miércoles, 7 de enero de 2015

SIN SOL NO HAY SOMBRA

  Un día nublado y triste, meditaba Julio sobre el misterio de la existencia. Pasaban los días y su estado de ánimo era tan inestable como los cambios del tiempo. Si lucia el sol, su melancolía desaparecía igual que las nubes desaparecían del cielo.

 Salía de casa un día de los que se le hacía cuesta arriba superar su abulia con intención de tomar unas copas para de alguna manera alegrar su existencia. Solía hacerlo con más frecuencia de lo deseable, pero algo iba a suceder que cambiaría su vida para siempre:

 Allí, en el mostrador del bar, apareció ella. Con su sonrisa contagiosa y su belleza sin par. Se conocían desde la infancia, pero hacía tiempo que dejaron de verse. Los avatares de la vida alejan y acercan a las personas de un modo caprichoso y desconcertante:

--¡Julio! Lo saludó, como si se hubiesen visto el día anterior.
--¿Qué haces bebiendo a estas horas de la mañana? 
A Julio, casi se le escapa una lágrima indiscreta.

--Los días nublados ejercen sobre mí una sombra, que solo soporto bebiendo. Le dijo.

--¡No me vengas con esas! Le dijo su amiga. --A ti, lo que te faltan son inquietudes, proyectos. Prueba a hacer algo positivo que te satisfaga y comprobarás que si no hay sol no puede haber sombra. 

Sintió una atracción hacia ella que antes no había sentido. Algo en su interior había sufrido una metamorfosis inexplicable: un proyecto nuevo. También comprendió que las peores sombras son las de nuestro interior. 


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