viernes, 2 de enero de 2015

AVENTURAS DE DOS SUPERVIVIENTES

Se calentaba el agua en un puchero. Dos bacilos asustados se decían: 
--¡Tenemos que escapar de aquí!
--¿Y, cómo?

Pronto la solución a su problema se presentó en forma de dedo. Vieron cómo una mano levantaba la tapadera del puchero e introducía en el agua una uña grasienta... Quizás para comprobar la temperatura del agua. Se agarraron a ella como náufrago al madero que flota a meced de la marea. 

--Espero que el dueño de este dedo no use mucho el jabón-- decía el superviviente número uno.

--Quizás ni lo conoce; el aspecto de esta uña denota su completa ausencia-- decía el segundo superviviente.

--Nosotros, por si acaso, nos meteremos en el primer resquicio que se nos presente a tiro. No me gustaría desaparecer sin multiplicar mi especie.

Aquel dedo, pertenecía a su vez a una mano que, también ella, a su vez, pertenecía a un brazo que pertenecía a una anciana. Ésta, vivía hace muchos, muchos años, en una casita de adobe en el bosque junto al río.
Ella, se comportaba según le enseñaron los mensajes culturales que sus ancestros fueron transmitiendo generación tras generación. 

Cuando sentía la comezón en un oído, introducía su dedo índice en el orificio que se encontraba en su oreja, allí mismo donde la comezón fastidia, y  lo agitaba con vehemencia hasta lograr alivio.

Esta situación hizo acto de presencia para regocijo de nuestros dos bacilos. Se quedaron enganchados en el cerumen que protege al oído interno de microbios y bacterias.

Nuestros supervivientes, pronto cayeron en la cuenta de que aquél, no era, el lugar adecuado, pues cada vez que la anciana llamaba a sus gallinas dispersas por los alrededores para agregar un poco de cereal a su dieta: --¡Piula!--¡Piula!-- sentían como martillazos directos que hacían peligrar su seguridad bacilona.

Decidieron que lo más sensato era espabilar; cuando apareciese el dedo por allí, se marcharían a un lugar más tranquilo.

No tardó el dedo inquieto en aparecer. Preparados como estaban, se acomodaron en su uña y salieron de una para meterse en otra, pues el dedo fue directamente hasta la nariz. El cambio no fue acertado, pues aquello era una corriente vertiginosa que pretendía arrástralos hacia no sabían donde.
El superviviente número uno se lamentaba:

--Más nos valdría  haber quedado en el puchero. Oí decir a mi abuelo que el agua hirviendo no puede con nosotros.      






1! 

  

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