jueves, 15 de enero de 2015

A LA MADRE TIERRA

Todas las mañanas al despertar, yo, abría mi ventana. Ante mis ojos aparecía un mar inmensamente azul; unas veces en calma, con una calma de ensoñación; otras, embravecido, como si quisiera entrar tierra adentro y arrasar la costa. Mar y cielo, en una misma identidad, se perdían en el horizonte. 
La suave brisa movía la espuma de las cadenciosas olas, y viajaba con las nubes blancas recorriendo continentes, islas con volcanes, alientos incandescentes que nos dicen: 
-- ¿ Oís cómo suena mi voz? ¡Flotáis en mí, encima de mí! ¡Soy de fuego, es mi corazón de ardiente palpitar...,y mi cabeza y mis pies..., de hielo!

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