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miércoles, 12 de agosto de 2026

Las dudas de la hormiguita Buba




 La hormiguita Buba había abandonado el huevito que fue su cuna. Las historias que oyera desde el lugar en que creció la llenaban de confusión. ¿Sería cierto que el mundo se componía de tierra y agua? ¿Qué el planeta Tierra viaja a gran velocidad por el espacio y  nadie se da ni cuenta? ¡No puede ser! —Pensaba— Tenía que averiguarlo por sí misma. 



 Salió del hormiguero una mañana muy temprano, el rocío de la noche perlaba las hojas de las flores del camino. Vio salir el Sol y se asustó mucho al contemplar el disco rojo que asomaba detrás de los montes iluminando con rayos incandescentes el horizonte lejano. Corrió despavorida a esconderse debajo de unas hojas de margaritas. Pasó largo rato esperando ver si algo se movía en su alrededor. Asomó su cabecita y pudo comprobar que nada se movía. ¡Qué mentiras nos cuentan a los críos, aquí nadie viaja! Todo está quieto. Salió alborotando con gritos de protesta. ¡Nos engañan! ¡Todo mentira!

 El búho Caroncio que dormía despertó con gran disgusto. Siempre aparecía alguien que no le dejaba descansar. Había pasado la noche intentando encontrar algún ratoncillo despistado para atraparlo para alimentar a sus pollitos buhitines y se encontraba muy cansado. Ahora, una hormiguita de nada gritaba sin respeto por los que de día descansan después de trabajar toda la noche.  Salió a increpar a la inoportuna ruidosa.
 —¿Por  qué gritas, insensata?  Dime, qué te pone tan furiosa—adujo el búho Caroncio tratando de abrir sus ojos agredidos por la luz del día.
—Soy pequeña pero no tonta. Dicen que la tierra viaja a gran velocidad por el espacio y no veo que nada se mueva, cada cosa permanece en el mismo sitio que ayer—aclaró la hormiguita Buba con mucho desparpajo. 
El búho Caroncio se dio a reír, sus ojos binoculares permanecían fijos en la hormiguita Buba, de pronto movió su cabeza de modo que Buba quedó atónita, parecía una peonza dando vueltas.
—Escucha, hormiga infantil—argumentó Caroncio aguantando los espasmos que le producía la ignorancia de Buba—¿has visto salir el Sol esta mañana?
—Lo he visto, grande y rojo como el fuego. Estaba escondido detrás de los montes. 
—Bien—afirmó el búho con actitud de personaje sabio —¿Adónde lo ves ahora, crees que se ha movido?
—Sí, se ha movido, está en la mitad del cielo—dijo la hormiguita con ojos muy abiertos. —Entonces es el Sol el que viaja.
—¡No, el Sol está quieto! Es la tierra la que jira alrededor del Sol y tarda un día en dar la vuelta. Nosotros no sentimos la velocidad porque una poderosa fuerza nos atrae y nos mantiene tal como nos ves. Dios es poderoso y todo lo ha creado a propósito para que nosotros podamos disfrutar de su grandiosa creación.  

María Encarna Rubio
  

viernes, 26 de junio de 2026

Aventuras de la cabrita Maruja

 


La cabrita Maruja reía feliz, por fin había conseguido reunir a los amigos la gata Rufina, el ratoncito Perolo, el saltamontes Nicasio y a la lagartija Fernanda en la casita del bosque. Sería el próximo fin de semana. Cierto que hacía mucho tiempo que no se veían. Dudaba de reconocerlos, eran tan jovencitos cuando se conocieron que seguro habrían cambiado. La gata Rufina era casi un bebé, el ratoncito Perolo no era mucho mayor que ella y el saltamontes Nicasio y la lagartija Fernanda casi adolescentes. Todos eran ya adultos, pero ella los extrañaba y los apreciaba igual que antes. 
Preparó con ilusión el encuentro. Había desalojado a los cuervos invasores que todo lo ensuciaban y había devorado las malas hiervas que habían crecido limpiando así el recinto con chimenea que les había dado cobijo a todos. Fueron tiempos que ella nunca podría olvidar.
El día de sábado no salió a pastar por el monte. Esperaba impaciente con la puerta abierta y la chimenea encendida. Por fin, apareció la gata Rufina, pero no venía sola, la acompañaba doña Carlota, la gata sabia. Había aceptado la invitación de Rufina. Su mirada resplandecía de felicidad, ella había nacido en el campo y la idea de respirar el aíre fresco del monte le producía gran ilusión. Perolo llegó al poco, tampoco venía solo. Unos ratones venidos del extranjero le acompañaban. Doña Carlota, la gata sabia pensaba que no era coherente invitar a desconocidos que no entendían el idioma y así se lo hizo saber a Perolo:
—Amigo Perolo, por qué has traído compañeros que no hablan nuestro idioma, no lo van a pasar bien y nosotros tampoco. Es un fiasco, cómo te vas a arreglar en esta reunión de encuentro tan desigual —argumentó doña Carlota disimuladamente, con gestos de desaprobación.
—Amiga doña Carlota—expuso Perolo con contundente valoración, mesándose los bigotes con su rabito con habilidad—son expertos en el manejo del traductor de Google y siempre salen airosos de los retos que se les van presentando. Quieren practicar. Quieren aprender... y yo les voy a ayudar. Tengo previsto viajar a su país y necesito contactos que me apoyen allí. —¡Ya veo lo interesado que eres, Perolo! Nunca ayudas de modo altruista, pensando siempre en tu beneficio a largo plazo—adujo la gata sabia con gesto aducto. —Yo tengo otro criterio—refirió Perolo enseñando sus dientes incisivos largos y bien afilados—mi opinión es que para cosechar el fruto antes hay que hacer buena siembra. Enzarzados estaban en esta contienda cuando aparecieron la lagartija Fernanda y el saltamontes Nicasio. Presentaban un aspecto cuidado y alegre. Nada más llegar propusieron salir de excursión subidos a lomo de la cabrita Maruja. Esta quedó un poco indecisa, eran muchos, pero decidió complacerlos, por su tamaño  pequeño  pesarían poco. 
Con gran algarabía, distribuidos por el lomo, las orejas y el cuello de la cabrita Maruja salieron de marcha rumbo a la cueva del manantial. Cuando la cabrita saltaba por los riscos del monte se veían forzados a sujetarse con fuerza al peludo cuero cabelludo de la cabrita, cosa que le provocaba risotadas por cosquillas y espasmos. Lo estaban pasando muy divertido. Llegados a la cueva bajaron de su medio de transporte y los que pudieron se dieron un baño en el manantial. Después tomaron una buena merienda, había comida para todos. Abundaban los mosquitos, los frutos de los arbustos y la hierba tierna y fresca. Parecía aquello el jardín del Edén. Perolo sufrió una indigestión, abusó de la ingesta de higos secos que había debajo de una higuera.  
Fue un día inolvidable. Los ratones extranjeros hablaron poco, pero rieron mucho. La gata sabia hizo algunas reprimendas que parecían justas, pero nadie le hizo caso. Quedaron en repetir la experiencia otro día entre risas y abrazos guardaron muchas fotos de la casita del bosque como recuerdo entrañable.

María Encarna Rubio  
    
   

jueves, 18 de junio de 2026

La lagartija Fernanda entra en letargo

 


 La lagartija Fernanda andaba atareada, veía acercarse a pasos agigantados el frío del invierno y buscaba refugio para guarecerse en su letargo. ¡Pobrecita! Necesitaba el calor del verano, su sangre no tenía termostato, quedaba heladita sin sol radiante. 
Anduvo por el monte un poco perdida, había quedado con su amiga la lagartija Botija para pasar juntas los largos meses de frío intenso y no encontraba su guarida.
 Doña Carlota, la gata sabia, le había aconsejado que comprara un buscador JPS para lagartijas, pero ella no tenía dinero, no trabajaba en nada. Buscaba trabajo y si lo encontraba tenía que abandonar, la ivernación consumía meses de inactividad. Además, ella no necesitaba ropa, ni casa, ni comprar comida, lo poco que comía le caía del cielo gratis. 
La gata Rufina decía que era una lagartija feliz. Ella, sin ir más lejos, tenía que comer en verano y en invierno y si hacía frío lo sentía en sus carnes, no quedaba en letargo había que espabilar, buscar chimeneas con fuego.
 La gata doña Carlota decía que lo mejor era que cada uno viviera como le toca y hacerlo contento porque estaba visto que en este mundo nada es perfecto y a gusto de todos.

María Encarna Rubio 

viernes, 22 de mayo de 2026

Perolo y los libros virtuales

 

  
 Doña Carlota, la gata sabia, dormitaba tendida sobre una hendidura del tronco seco del ficus centenario. No se había citado para un encuentro con nadie por ello sintió extrañeza al sentir un roce sobre su lomo encogido y abrió un ojo, Perolo estaba azuzando con una de sus muletas para atraer su atención. 
—¿Qué te ha pasado, Perolo, por qué te veo lisiado, de dónde vienes?—Preguntó con gran susto. 
Perolo puso al corriente a doña Carlota de su accidente con todo lujo de detalles, que la gata Rufina le había tratado con poca consideración y por ello se encontraba decepcionado. Venía resentido por la reprimenda recibida por parte de Rufina, total por roer un cuentito anticuado.
   —¡Qué cansancio me da Rufina! Está atrasada, no se da cuenta de que los tiempos han cambiado, que los libros impresos están pasando de moda y que los que imperan son los libros virtuales—adujo  así, de repente, con cara de asco. Doña Carlota estaba muy extrañada, creía que la gata Rufina y el ratoncito Perolo gozaban de una amistad sin fisuras.
 La gata sabia sacaba conclusiones de los razonamientos de Perolo. Este, decía que Rufina no estaba al día y era él el que estaba muy desfasado y así se lo hizo saber:
 —Perolo, razona, estás en un error—adujo con voz pausada, despacio, para que entrara en razones—eso que dices de los libros impresos nunca va a suceder. Nunca pasarán de moda. Los libros virtuales son dependientes de energía, sin ella no pueden existir, los libros impresos tienen presencia, existen, los virtuales son una ilusión, sin presencia física. Rufina tiene razón. No estropees los libros impresos, son un maravilloso tesoro porque ellos pueden durar miles de años si hay energía eléctrica o no,  eso es seguro y demostrado.

María Encarna Rubio

 



jueves, 14 de mayo de 2026

Perolo con cicatrices por caer de narices

   


Una mañana de domingo estaba la gata Rufina practicando su deporte favorito.  Desde que vino a vivir con la anciana escritora de cuentos infantiles, la que antes se llamaba Dolores y había cambiado su nombre por el de Consuelo, esperaba junto al agujero por donde salía el ratoncito Perolo cuando venía de visita. Hacía tiempo que eran cada vez más espaciadas, pero ese día, cuando Rufina le vio salir con muletas y lisiado en la frente llevó gran sobresalto. 
—¿Qué te ha pasado Perolo?—Preguntó alterada, su piel que siempre se erizaba en los sobresaltos puso sus pelos de punta. Perolo que casi no podía hablar respondió con un balbuceo 
—Un descuido, Rufina. Quise saltar desde la última estantería hasta la segunda y caí al suelo. Tenía un ejemplar del cuento de Pulgarcito a medio roer y quería terminarlo de una vez. 
—¡Perolo, no quedamos en que los cuentos no se tocan si no es para leerlos! —Gritó Rufina en un ataque de histeria— te voy a decir algo que te va a doler, te vino bien la caída, a ver si así escarmientas. No tienes que roer los libros. Cuando los encargados de cuidar la biblioteca se den cuenta pondrán veneno y caeréis en la trampa. No vas a necesitar muletas. Caerás en redondo. Eso merecen los que no saben respetar algo tan precioso como es un libro. Cuantas familias se ven privadas del lujo de poseer los libros que le gustan. En la biblioteca se los prestan y ellos los leen con mucho placer sin que les cueste dinero.
 —No exageres, Rufina. Un cuento no es un libro —refirió Perolo con un gesto de burla. 
—¡Qué bruto eres, Perolo! Tanto que presumes de ratón culturizado. Un cuento es un libro para niños. Ve a curar tus heridas y no hagas más el tonto.  

María Encarna Rubio      

martes, 5 de mayo de 2026

Una muralla insalvable

  


La lagartija Fernanda tenía ante sí un problema, para ella, grave. No dormía, no comía y sus patitas traseras se estaban debilitando a causa de su inestabilidad emocional. 
Una mañana en que tanto le costaba desplazarse pensó pedir ayuda, pero... ¿a quién? Su amigo el ratoncito Perolo estaba descartado, hacía tiempo que había marchado al extranjero, la gata Rufina no tenía criterio para ciertos problemas y el saltamontes Nicasio no respondía a sus llamadas. Estaba sola. Sola para escalar la muralla que la separaba de su amado. Este, había desaparecido una mañana sin sol con un salto titánico desde el muro adyacente a la gran muralla y no sabía nada de él. 
Fernanda hizo reflexiones, si tenía que superar ese obstáculo por sí misma era preciso buscar una solución efectiva. Sin comer y sin dormir no conseguiría nada. La estrategia sería hacer todo lo contrario, dormir, comer y ejercitar la fuerza física al máximo, junto con la habilidad para dar grandes saltos. 
Puso en marcha su proyecto. Hizo ingesta de alimentos con propósito. Fue al gimnasio para lagartijas intrépidas, siguió instrucciones de especialistas sin reparo. 
El día siguiente de su comienzo fue desalentador, no quedaba parte de su menudo cuerpecito que no le doliese, estaba extenuada. 
—¡Esto no funciona! —Dijo para sí—estoy peor que estaba. 
Por unos días pensó dejar de esforzarse y desistir del intento, pero algo dentro de sí se rebelaba. Pidió consejo a los profesionales del gimnasio, los cuales pusieron en claro que sus dolencias eran agujetas producidas por el esfuerzo, que no pasaba nada anormal, todo pasaría en pocos días.
Así fue como la lagartija Fernanda subió considerablemente su potencial físico. Su aspecto había cambiado de modo espectacular. Era la lagartija más bella que jamás había pasado desde el muro a la gran muralla.
La sorpresa de Fernanda no fue encontrar a su lagartijon con otra pareja. Este le dijo que había salido huyendo. Quería encontrar otra compañera con mejor presencia, pero ahora que estaba tan guapa, si ella quería podían volver a estar juntos. A Fernanda, lo de volver no le pareció bien. Ella también quería ahora a otro lagartijón con mejor presencia. 
Fernanda se presentó a competir en saltos a las olimpiadas para lagartijas. Quedó campeona. Fue famosa y siguió compitiendo hasta que se enamoró de un instructor de gimnasia y se unieron para siempre.

María Encarna Rubio

     

sábado, 25 de abril de 2026

La visita al gimnasio del saltamontes Nicasio


 Nicasio, al contemplar su imagen en el espejo quedó anonadado.
Se vio flacucho, daba pena. Sus piernas como hilos de coser. Sus brazos no los reconocía, sin musculación, sin brillo de saltamontes bien nutrido y con salud plena. Fue de inmediato a visitar a su abuela Vicentella, ella disfrutaba de un estado envidiable, musculosa, con una anatomía perfecta a pesar de cumplir cinco meses, equivalente a cien años de persona humana.
Anduvo saltando por la campiña en flor, las amapolas y las margaritas formaban una pradera de belleza sin igual, el invierno había sido lluvioso y la explosión de hierbas se veía hermosa. Nicasio se vio tentado a buscar a la lagartija Fernanda para disfrutar de un día de relax, pero lo pensó mejor, el recuerdo de su imagen en el espejo le acuciaba, no iba a perder más el tiempo, era preciso trabajar para recuperar su forma física, no quería ser el hazme reír de todos. 
 
Llegó algo cansado a casa de su abuela Vicentella. La encontró haciendo ejercicio con pesas al tiempo que limpiaba el polvo del salón. —Qué haces, abuela. No tienes quién te haga la limpieza —Sorprendido, muy sorprendido preguntó Nicasio. —¡Mi casa es mi gimnasio, Nicasio!—Respondió Vicentella a su nieto—hago esfuerzo con intención mientras limpio mi salón. El esfuerzo me fortalece y lo hago cuando me apetece.
Dejó Vicentella su tarea aparcada para atender a su nieto. Algo le decía que era importante el motivo de su visita. Marchó a la cocina a prepararle una mezcla reconstituyente sin preámbulos, porque le vio tan flaco, que le preocupaba. —¡Toma, bebe hijo!—Con mucho cariño le dijo—bebe tranquilo y despacio, y después ve y pide turno en el gimnasio. 


Verás pronto el resultado. Come con orden, y procura estar contento. Es preciso estar alegre, si no haces una vida constructiva, con superación y propósito, no habrá gimnasio que te arregle.
Y ahí quedó Nicasio, poniendo a prueba su fuerza de voluntad en el gimnasio. A pesar de estar cansado, él seguía sin enfado. Prestando mucha atención a su buena alimentación. También a correr de prisa, y unos minutos de risa. 


Un resultado feliz, por correr comer y reír.

María Encarna Rubio

  










 

    

 

jueves, 16 de abril de 2026

Rufina y Perolo viajan de incognito

 


Rufina creía estar soñando. Siempre había pensado que los desiertos eran lugares inhóspitos y resecos; pero el saltamontes Nicasio había dado otra versión de un desierto florido y exuberante, un regalo para la vista y el olfato. Había viajado junto a la lagartija Fernanda en un bolsillo de la mochila de don Isidoro, maestro rural aficionado a la exploración de desiertos del mundo. Pasaba las vacaciones de manera muy natural afrontando grandes desafíos por lugares de riesgo para su integridad física, pero él lo pasaba en grande arrastrando sus pantuflas por riscos con aristas y dunas de alto volumen, volátiles e itinerantes.

Comentando con Perolo acerca de los argumentos del saltamontes Nicasio, Rufina refirió a su amigo ratón la ilusión alucinante que le producía pensar en ver directamente aquellas maravillas descritas por el aludido saltamontes. Perolo asintió positivamente a su invitación de ir juntos. Dispusieron hacer los preparativos para darse ese placer. El asunto no estaba fácil. No sabían con qué medios lo harían. Confiados en su buena fortuna hicieron el equipaje y marcharon a la estación de autobuses. Pasaron dos noches con el olfato de un sabueso buscando a viajeros con destino al desierto del Négev, porque según Nicasio era este el lugar florido y hermoso que ellos habían descubierto por cosas del destino. Perolo lo tenía más fácil, pues su tamaño era más discreto a la hora de camuflar. Rufina, entró con sigilo en el portaequipaje del autobús y permaneció escondida y sin hacer ningún maullido por mucho apremio que sintiese. Hubo trasbordos. Pasaron a los fondos de un avión, con sigilo y cuidados de expertos en estos eventos. 

La llegada, por fin, sucedió de modo simple. Había muchos gatos y ratones en el lugar. Pasaron desapercibidos entre ellos. Visitaron lugares muy concurridos por devotos de muchas partes del planeta. Los yacimientos arqueológicos eran innumerables, pero el desierto no aparecía por ninguna parte. Rufina ya perdía la paciencia. Perolo la increpaba, —¡No seas tan impaciente, Rufina! Todo vendrá a su tiempo. 

Después de tomar un descanso, Perolo reconoció a Ariel, un guía de turismo muy famoso que informaba a un grupo sobre la vida que llevó el rey Herodes en su tiempo y dijo a Rufina, —Sigamos a este grupo, seguro que irán al Négev florido. Por fin la expedición, después de visitar los yacimientos arqueológicos del desierto hicieron parada en los cultivos de flores, lo más bonito que se podía ver.


La ensoñación de Rufina entre rosas de mil colores la dejó dormida en mitad del desierto. Perolo siguió su inspección del lugar en compañía de otros ratones venidos de América del Sur. Pensaban quedarse allí para siempre pues era imposible encontrar otro lugar más lindo para vivir.

María Encarna Rubio 


   


lunes, 6 de abril de 2026

Rufina reflexiona y argumenta


Desde que el ratoncito Perolo se fue de esa manera tan extraña Rufina no pudo conciliar el sueño. No estaba acostumbrada a esa actitud tan reservada hacía ella. Qué pasaría en la biblioteca, se preguntaba preocupada. No tardó en estar al corriente de lo acontecido, pues el saltamontes Nicasio hizo su aparición posado en la hoja de una colocasia del balcón. 
Hablaron largo y tendido. Nicasio había presenciado todo desde la estantería donde se encontraba el libro más bonito que alguien había escrito jamás. Al comienzo de la charla, Nicasio se hizo un poco de barullo, mezclaba retazos de lo acontecido en el sótano de la biblioteca con el tema del libro que había estado leyendo. Rufina anduvo un poco perdida entre la confusión de lenguas y las aventuras de un rey león. Llegó a la conclusión muy premeditada de que el desconcierto en la comprensión de lenguas nada tenia que ver con lo de la Torre de Babel, que era algo más cercano y simple, que Perolo, influido por los consejos de doña Carlota la gata sabía, había aceptado tomar el camino más fácil para él y no se había molestado en ayudar a su congénere ratonil venido del extranjero. No le parecía propio de Perolo, siempre tan altruista, dispuesto a ayudar sin mirar a quién. 

La mañana siguiente Rufina buscó un encuentro con Perolo. En la casita de juegos para niños del parque, allí lo encontró, sentado, meditabundo. —¿Qué haces Perolo?—Las palabras salieron de su boca en lenguaje gatuno... o sea, "miau, miau, miau" Perolo entendió a la perfección su pregunta, —Estoy esperando a doña Carlota, la gata sabia—contestó con murmullo ratonil—. Estoy decepcionada de ti—le interpeló Rufina mesándose los bigotes y guiñando un ojo. —De manera que ya no sabes tomar ni una sola decisión por tu cuenta. Necesitas que la gata doña Carlota supervise y evalúe cada situación comprometida que te acontece. No te conozco, Perolo. Ya no eres mi héroe, mi ratoncito querido y admirado, y dando un respingo desapareció entre los setos del jardín. 
La tribulación que sufrió Perolo con el desplante de su amiga la gata Rufina era evidente. Su tristeza se reflejaba en sus párpados caídos y su rabito quieto, sin vida. Cuando llegó la gata sabia, doña Carlota lo encontró así, pensó que algo había alterado el ánimo de Perolo. —Qué te ha pasado, Perolo—adujo doña Carlota sentándose junto a él. —No me ha pasado nada que no sea normal—argumentó Perolo—los amigos, la familia, todos se toman la molestia de opinar sobre nuestras acciones. Algunas veces con buenas intenciones, otras llevados de la mano de celos, de envidia. Pero la vida sigue siempre y el tiempo pone cada cosa en su lugar.

María Encarna Rubio          

 

sábado, 4 de abril de 2026

Los amigos del ratoncito Perolo

 


 Los amigos de Perolo eran múltiples y cosmopolitas. Casi todas las naciones del mundo tenían representantes en el sótano de la biblioteca donde residía Perolo. Cómo se entendían entre sí era un misterio. Fuerzas sobrenaturales hacían una simbiosis ratonil en el sótano de la biblioteca. Cada cual hablaba su idioma, pero la comprensión entre todos era perfecta, exceptuando vocablos de insultos y groserías. La comunidad era tan extensa que Perolo había cerrado la admisión de nuevos componentes.  

Todo parecía ir bien, pero llegó un emisario que todo lo estaba alborotando. Traía noticias para sus compatriotas muy notables, les conminaba a volver a su país de origen en un dialecto difícil de descifrar. Perolo tenía ante sí un gran dilema. Como moderador del grupo, su responsabilidad era ineludible para resolver el problema. 

Dejó aplazado todo acto y marchó en busca de la gata Rufina, no porque ella fuese pieza clave para la solución del asunto directamente, pero a través de ella podría contactar con doña Carlota, la gata sabia. Llegó al piso de la anciana Consuelo, la escritora de cuentos y poemas infantiles, la que cambió su nombre de Dolores por el de Consuelo.

 Salió por la ratonera secreta abierta en la despensa de la escritora. Encontró a Rufina dormitando en su cesta de mimbres. —¡Esta gata siempre dormitando! —Dijo para sí, en su semblante se dibujó un gesto de asco. Dio un salto propio de ratón que ejercita su potencial de robustez y se encaramó en el lomo de Rufina. —¡Rufina, despierta! Necesito hablar con doña Carlota. La espero en el Jardín de Manolo, a la sombra del tronco seco del ficus centenario. Por favor, avísale, es muy urgente. 

Cuando la gata doña Carlota fue a encontrarse con el ratoncito Perolo encontró a este muy afanado en roer una porción de la raíz seca del tronco centenario. —¿Qué haces, Perolo?—maulló doña Carlota. Sus ojos centellaban. La extrañeza producía ese efecto sin que lo pudiera evitar. —Tengo que aprovechar cada momento para desgastar mis incisivos, nunca dejan de crecer — razonó Perolo ante la gata sabia. —Rufina me ha dicho que necesitas hablar conmigo—argumentó doña Carlota. Presentaba esta una piel limpia y brillante y hasta parecía más delgada. Perolo cesó en su tarea de roído. Se posicionó ante la gata sabia y  fue relatando el cometido que la había traído hasta allí. 

Pasaron dos horas. Rufina los observaba desde el balcón de la casa de la escritora de cuentos. Veía gesticular a Perolo con vehemencia y a la gata sabia asentir con expresiones de locución acentuada.

Por fin Perolo hizo su aparición ante Rufina. Su semblante denotaba la satisfacción por tener un proyecto claro para la solución de su problema. —Verdaderamente, doña Carlota es una gata sabia—adujo enfatizando la frase con ímpetu. A Rufina la corroía la curiosidad. Sentía necesidad de pedir a Perolo explicaciones de su charla con la gata sabia, pero Perolo estaba lejos de perder tiempo en complacerla, le dijo que ya hablarían después y se marchó.

     En el sótano de la biblioteca  Perolo fue recibido con euforia por el  grupo de ratones. Ansiosos por ver resuelto el problema. Se presentó calmado y muy elocuente. —¡Silencio, escuchad todos!—Aclamó con enérgica resolución—Nosotros, todos nos entendemos a la perfección, el problema no es nuestro. Si este nuevo visitante no es capaz de comunicarse con normalidad con nuestro grupo, le aconsejo que se presente con interprete. El caso queda cerrado. 


María Encarna Rubio

 

    

   








lunes, 24 de noviembre de 2025

La gata Rufina desafina


La gata Rufina recibía con frecuencia la visita de su vecina la gata doña Carlota. El ratoncito Perolo sentía celos de muerte por este hecho. Hacía críticas perniciosas sobre ello con el saltamontes Nicasio que se había instalado por unos días en el sótano de la biblioteca donde vivía Perolo desde que dejó la casita del bosque. —Has de saber, Nicasio, que la gata Rufina está acusando bastante la mala influencia que ejerce sobre su comportamiento la amistad de su vecina la gata Carlota—refería Perolo a Nicasio con un movimiento de bigotes descontrolado. No podía disimular pelusa. Nicasio le observaba sorprendido, nunca lo hubiese imaginado, Perolo haciendo comentarios negativos acerca de Rufina.
—¿Qué te hace pensar así de tu amiga gata?—Inquirió Nicasio con displicencia.
—Noto que Rufina ya no se presenta tan aseada como antes de conocer a su vecina—adujo Perolo con sonrisita sarcástica —a veces, hasta noto a distancia que huele mal.
—¿Sabes qué pienso, Perolo, que sientes celos de la gata Carlota—adujo Nicasio moviendo una de sus alas—precisamente oí a Carlota exaltar el buen aliño de Rufina. 
—¡Es extraño lo que dices!—Argumentó Perolo con fastidio—oí a Carlota decir todo lo contrario, recomendaba a Rufina con palabras de gata sabia que la felicidad provenía en gran parte del orden, la limpieza y el aseo meticuloso.
—¡También de los buenos alimentos!—Expuso Nicasio con contundencia—para tener una mente sana y un cuerpo sano has de tener buenos hábitos, aseo meticuloso, buena alimentación y orden en todo en tu alrededor.
—¡Pues, todo eso lo está olvidando Rufina, y cada día está más fea!—Exclamó Perolo con sus dos dientes roedores raspando su labio inferior.
—¡No será para tanto!—Alardeó Nicasio dando un gran salto que le hizo subir hasta el último estante y fue a parar encima del cuento de Pinocho.


María Encarna Rubi


 

jueves, 18 de abril de 2024

Perolo sueña con Roesina


       En la biblioteca del señor Casamayor reinaba el silencio. Era noche cerrada y Perolo dormitaba tendido sobre el cuento "Ciento y un dálmatas". No tenía ni idea de quien era el autor ni le importaba, pero le había gustado tanto, que se propuso protegerlo de los intrusos roedores que pretendían acabar con todos los libros de la biblioteca.
 No solo había cuentos en el rancio recinto, también se podía encontrar allí libros de autores famosos de todo lugar y época... "La dama de las camelias, La vuelta al mundo en ochenta días, Ana Carenina" y muchos, muchos más; pero Perolo, los que más protegía eran unos cuantos cuentos que había leído cuando estaba aprendiendo. No tuvo maestro que le enseñara, aprendió a leer solito, con una inspiración que parecía venir de los rayos de las tormentas en días de invierno. 
Esa noche no había intrusos a la vista; pero por si acaso, Perolo había montado guardia y esperaba expectante dispuesto a jugársela con cualquiera que intentara hincar el diente a tan linda historia. 
Dejó pasar el tiempo y se dispuso a descansar de tan ardua tarea. Tenía la impresión de que soñaría algo bonito y lo pasaría bien; quizá se atreviera a escribir lo que soñara si merecía la pena, porque él sabía escribir muy poco, no había practicado.

Cerró los ojos y se dio a imaginar que recibía la visita de una linda ratoncita de piel rosada y rabito largo e inquieto que le sonreía, tenía los dientes más puntiagudos y lindos que había visto nunca... "Me llamo Roesina" dijo con voz fina y aterciopelada sonriendo a Perolo con tal dulzura, que a Perolo se le erizaron los bigotes. "Vengo a que me prestes ese cuento que tanto te gusta. Te lo devolveré cuando lo lea y lo cuidaré con todo esmero" Perolo abrió los ojos. Había sido un sueño tan real, que tenía que cerciorarse de que Roesina estaba allí, frente a él...¡ Cómo era de esperar, no la vio! Perolo lo había pasado tan bien, que se dispuso a seguir imaginando que conversaba con Roesina y construyó una linda historia que la contaremos mañana.

María Encarna Rubio



 

martes, 16 de abril de 2024

Perolo supera su trauma

 



La pequeña casita del bosque amenazaba ruina. 
Perolo, el ratoncito que vivía en la biblioteca del señor Casamayor, había salido en busca de su amigo el saltamontes Nicasio. Acostumbraban dar caminatas por senderos tortuosos y perdidos entre la maleza del intricado bosque... ¡Aleluya! ¡La encontraron! Quedaron sorprendidos y extasiados al ver la casita... ¡Qué bonita y abandonada está! Comentó Perolo enseñando sus dientes puntiagudos y afilados como cuchillos de matarife. Nicasio, de un salto se introdujo por la ventanita abierta e hizo inspección meticulosa. Estaba desierta, pero las cenizas de la chimenea estaban tibias.
Perolo siguió los pasos de su amigo Nicasio y trepó hasta el ojo de buey que ventilaba la buhardilla. Al pronto, sus ojuelos de ratón tardaron en acostumbrarse a la penumbra que reinaba en el recinto. Cuando por fin sus pupilas ratoniles divisaron el entorno con claridad, quedó muy sorprendido al ver a la niña que dormía con complacencia en un viejo diván. Tenía las piernecitas dobladas, reposaba su carita sobre las palmas de sus manos unidas y movía sus labios en un balbuceo ininteligible, sonreía de tanto en cuanto, por lo que Perolo dedujo que se hallaba sumergida en fantástico sueño maravilloso. 
Bajó por una escalera hecha de troncos muy corroída por la carcoma en busca de Nicasio para darle la noticia de que no estaban solos, que arriba había visto a una bella durmiente. Acordaron después de una larga charla marcharse sin hacer ruido y volver otro día. Resultaba misterioso que la niña estuviese tan feliz en la casita solitaria, seguro que sus padres andarían cerca y era peligroso que encontraran un ratón y un saltamontes merodeando por su refugio...
¡ Peligro, peligro! Dijeron al unísono. ¡Corramos ahora que aún tenemos vida! Perolo, en su alocada carrera, cayó terraplén abajo dando vueltas sobre sí. Nicasio, que acostumbra viajar a lomos de Perolo, fue junto a él de bruces en un charco. Salieron del agua con ayuda de la rana Casilda, que ese día estaba generosa y se prestó para la buena obra.

 
Nicasio se despidió de Perolo con un estornudo y quedaron para el día siguiente. Perolo, de vuelta en la biblioteca, tomó asiento encima del cuento Alicia en el país de las maravillas, y se dispuso a relatar  en su diario los acontecimientos del día. 

María Encarna Rubio

     


viernes, 5 de abril de 2024

El pozo seco de la casita en ruinas

 


En el pozo seco de la casita en ruinas se había refugiado la serpiente Zapota.
Hacía años que el agua no fluía por quedar abandonado, y Zapota había encontrado allí un lugar seguro para vivir. Pasaba aletargada los meses más fríos esperando que el sol ardiente del verano recargara su termostato y salía reptando desde el fondo para reposar sobre el brocal. dormitaba calentita y muy a gusto, con un ojo abierto por si pasaba por casualidad algún roedor engullirlo, hacía meses que no comía.
 A todo esto, se hallaba no lejos de allí el ratoncito Perolo, que también gustaba pasar alguna escapada en la casita en ruinas. Él, tenía su residencia en la biblioteca del señor Casamayor, un vecino que todo lo que tenía era tan anciano como él. Su mansión corría peligro de derrumbe. La biblioteca contenía cantidad de libros, con cantidad de polvo de años de antigüedad. Era por eso que Perolo gustaba tomar vacaciones en la casita en ruinas, allí corría el aíre libremente y traía aromas de las jaras del monte cercano. Nunca se atrevió a aventurarse más allá por si tenía la mala suerte de topar con alguna serpiente, no podía imaginar que tuviera el peligro tan cerca. Andaba confiado de que las serpientes solo estaban en el monte. Roía tranquilamente una cáscara de nuez cuando vio acercarse a la gallina Pitueca —¡Qué haces por aquí! —le dijo Pitueca en un cacareo estridente  —en el brocal del pozo dormita la serpiente Zapota —continuo cacareando asustada, con las plumas del cuello y de la cola erizadas y abatidas con celeridad —corre y escóndete, que si te ve, con el hambre que tiene, será rápida como una centella y te atrapará. Perolo hizo caso omiso y siguió royendo la cáscara de nuez. No confiaba para nada en la gallina Pitueca, tenía fama de cotilla y farfullera. La gallina Pitueca, al ver la pasividad de Perolo optó por marcharse y dejar que corriera su suerte, ya que para nada le había importado el aviso.



 Una vez que Perolo acabase de roer la cáscara de nuez, decidió darse una vueltecita por el lugar para estirar el rabito con toda tranquilidad, ya que en la biblioteca siempre lo tenía que retorcer para pasar de volumen en volumen. Además, la biblioteca estaba superpoblada de ratones royendo libros sin parar y todo eran tropezones y rabos enredados. Allí, tendría que entrar Zapota y aclarar un poco a los intrusos que llegaban de todas partes —pensaba Perolo —él había nacido allí, y sus padres, y sus abuelos... ¡Tenía todos los derechos para habitar allí! 

  

Perolo, ensimismado en sus pensamientos, ni se dio cuenta de que se hallaba frente al pozo seco de la casita en ruinas. Pasó imprudente frente a Zapota, que con su ojo medio abierto lo vio pasar distraído y sacando su lengua bífida lo atrapó. Quiso la buena suerte que Perolo, 
impregnado de polvo centenario de la biblioteca, causara nauseas a Zapota, que haciendo arcadas lo expulsó y lo dejó escapar. Corrió despavorido a su refugio, entre Los piratas del sur y La isla del tesoro.

María Encarna Rubio. 




  

domingo, 27 de noviembre de 2022

La vaquita Manolita

  




La vaquita Manolita, todos los días salía a pastar al prado. Tenía amigas que también salían y pastaban juntas.
Manolita era distinguida y educada, gustaba comer limpio. Cuando encontraba algún caracol entre las hierbas del pasto procuraba no comerlo. ¡Pobrecito caracol! —Pensaba—. Si lo como ya no podrá volver mañana, debo dejarle vivir su vida. Yo con hierba fresquita y tierna tengo suficiente.
Tenía la vaquita Manolita una amiga, la vaca Felisa. Reían y charlaban de sus cosas con cariño de hermanas.
A la vaca Felisa le daba risa cuando Manolita no quería comer caracoles. —¡Qué tonta eres!—Decía mirando hacía arriba, poniendo ojos de vaca aletargada—.Yo como lo que encuentro y no me preocupo por nada. ¡Todo para dentro! 
Manolita no se inmutaba: —¡Come lo que quieras! —Contestaba bajando la cabeza y seleccionando las hierbas que se llevaba a la boca—todos tenemos derecho a ser respetados. Que sea yo amiga de Felisa no quiere decir que tenga que hacer lo que a ella le parezca. 
Al final, dejaron de ser amigas, a la vaquita Manolita le daban náuseas cuando veía a Felisa tragar caracoles, orugas, mariquitas y hasta lombrices de tierra. Buscó la compañía de otras vacas que se comportaban como ella. 

María Encarna Rubio  


miércoles, 27 de julio de 2022

La ranita Lota

 




Lota era una ranita de color verde, igual que sus hermanas y todas las ranitas que había en el estanque. Un sauce llorón se miraba en el espejo de las aguas transparentes. La ranita, extasiada con la belleza de sus ramas tiernas y verdes, se admiraba cuando el viento las mecía y pasaba horas contemplando su oscilante balanceo. 

Las críticas eran corrientes entre las compañeras, no les parecía adecuado que perdiese el tiempo en cosa tan poco constructiva. Al fin y al cabo, qué importancia podía tener que las ramas de un sauce fuesen vapuleadas sin descanso; pero a Lota le causaba gran emoción. 

La rana Cescinia, que era muy envidiosa, se ponía de color amarillo cuando Lota acariciaba las hojas húmedas del sauce. Las demás ranas reían y croaban sin cesar: ¡Ya se ha puesto amarilla!—decían—.

Lota corría a ocultarse al otro lado del estanque. Le causaba pavor el color amarillo de la rana envidiosa. Recordaba que su
 abuela le decía: "Huye de todo aquél que te demuestre envidia, es peligroso, nunca querrá cosas buenas para tí" 

María Encarna Rubio


sábado, 11 de junio de 2022

La brujita canosa


  

 En el bosque de los abedules añosos tenía su casita la brujita canosa, que por añadidura, también era tuerta.

Había construido su casa entre abedules para huír de los malos pensamientos y dedicarse a ser una bruja exitosa. Cuando hacía un conjuro y no le salía bien se ponía muy nerviosa y tiraba los utensilios de ensayo por la ventana. Una mañana lluviosa que treinta conjuros le habían salido mal, se quedó sin equipo de trabajo.

Las dudas se apoderaron de su maltrecha autoestima, pensó que había fracasado y que nunca sería reconocida en el ámbito brujeril. Necesitaba algo más que ser canosa y tuerta para ser una bruja de verdad. Buscó su escoba para ir a buscar un colegio como el de Harry Potter, pero no le obedeció. 

Desesperada, se retorcía las manos y se tiraba de los pelos. El sapo Nicasio, que iba subido a lomos de la cabrita Maruja, le lanzaba escupitajos a larga distancia, y como eran verdes, verdes, la bruja parecía una loca espantosa. Fue derecha a bañarse en el río, donde habían ido a parar los trastos que había tirado por la ventana. 

Las aguas de río estaban impregnadas de sustancias ponzoñosas. A la bruja se le alargaron las piernas y se le encogieron los brazos. A cada mano le salieron dos hijitas y en la barbilla le creció una mata de perejil. El sapo Nicasio reía a carcajadas y la cabra daba saltos que parecía un caballo. ¡Muy bien, muy bien! Balaba entre salto y salto. Eso le pasa por contaminar el río.

María Encarna Rubio

jueves, 31 de marzo de 2022

Ferdinando, el cerdito feliz

 


  Esta es la historia del cerdito Ferdinado. Era el menor de doce hermanitos cerditos chiquitines. Siempre estaba triste y cabizbajo. Pensaba que no le querían. Sus hermanos siempre estaban jugando, les encantaba revolcarse por el barro, pero a él, eso no le gustaba, por ello, nunca se incorporaba a los juegos con todos ellos. Andaba siempre solo, correteando detrás de las mariposas. 

Un día que había llovido, sin querer se encontró de repente chapoteando dentro de un charco. Los gritos que daba se oían lejos. Mamá cerda fue rápida en su ayuda, pero no le encontró. Había desaparecido. 
Pasaron muchos días y Ferdinando no aparecía. Mamá cerda movilizó a toda su prole y salieron en su busca. Buscaban en todas las cuevas de la sierra y en todas las casitas del bosque.

Por fin lo encontraron tomando el sol junto a una cerdita que le acariciaba cariñosa. Era la cerdita Frasquita. A ella tampoco le gustaba chapotear en el barro. Habían decidido vivir alejados del barullo y dedicarse a tomar el sol tranquilamente y jugar a ser poetas. Los dos hablaban en verso y solo comían margaritas encarnadas.

Te encontré en un charco
Mi amado Ferdinando,
Supe que no te gustaba
Por lo que estabas gritando.
Lo hacías con tanta histeria
Y te daba tanto asco
Que sentí tu gran miseria
Y  te saqué de aquel charco.

Gracias mi amada Frasquita
Soy tu eterno agradecido
Eres mi bella  margarita
Pero aún no te he comido.
 Por lavarme el lodo infecto
Y hacerme tantos cariños
Viviremos siempre unidos,
Limpios como los armiños.

Si quieres ser feliz en la vida... 
Huye de lo que te desagrada y busca a quién te es afín.




María Encarna Rubio





  

martes, 22 de febrero de 2022

El terrario de Patricio

 


 El gusanito Nicolás había venido de lejos. Anteriormente, vivía en el terrario que le habían regalado a Patricio, un niño que cumplía años el día de San Nicolás. La fiesta fue tormentosa, pues también le regalaron una mascota muy original: una cabrita... Patricio la llamó Maruja. Pues bien, la cabrita Maruja, que siempre tira para el monte, se subió sobre el terrario, que al impacto de sus duras y afiladas pezuñas, se rompió.
Y fue entonces, que el gusanito Nicolás quedó en libertad. Su primera visión del mundo exterior, no le gustó. 
Se vio obligado a reptar por la alfombra. Con mucho esfuerzo llegó hasta el cuarto de Patricio. Allí estaba  su mochila, con un bolsillito abierto. Con el cansancio natural del esfuerzo realizado, se ocultó dentro, a descansar, a esperar los acontecimientos. 
Quedó profundamente dormido. Nunca supo el tiempo que había pasado durmiendo cuando le despertó el zumbido de un abejorro que libaba en las flores del parterre cercano. 
—¿Cómo he llegado hasta aquí? —decía con su voz de gusano de ciudad que nadie entendía. No daba crédito a lo que estaba viendo por primera vez.
 Recordando su duro reptar por la alfombra y contemplando la hermosura del florido entorno, sintió un enajenamiento difícil de
superar. 
Los aromas, los colores y la frescura de la tierra mojada, le hicieron arrepentirse de los improperios que le dedicó a la cabrita Maruja cuando hizo añicos el terrario de Patricio.
 Se ocultó bajo la umbría de los tulipanes. La brisa mecía sus tallos enhiestos, y las abejas zumbaban y zumbaban llenando sus cestillos de polen. 
Pronto hizo amistad con otros colegas que habitaban aquel maravilloso edén en primavera. Les contaba que él, era nacido en un terrario. Su presente fortuna había sido propiciada por un desafortunado acontecimiento. Ahora, solo esperaba que no apareciese por allí la cabrita Maruja y lo pusiera todo patas arriba.

María Encarna Rubio   





 
 

sábado, 1 de enero de 2022

La reina de las nieves

 

  



Lucila vivía en una cabaña, al final del camino.
 
Acostumbraba dar paseos por el monte en busca de setas y frutos silvestres. 
Una mañana caminaba por un sendero solitario. Siempre que salía llevaba su dulzaina consigo, le gustaba tocar sentada a la sombra de los árboles del bosque. Tomó su instrumento y se dispuso a hacer sonar su melodía favorita.
Y fue entonces que, una luz cegadora le dio en los ojos. Entre los destellos se dibujaba una figura de mujer deslumbrante que la miraba y le sonreía. Era bellísima. Estaba sentada al borde del camino bajo uno pinos frondosos.
  
Luego, apareció un unicornio y se llevó a la dama a lo más intrincado del bosque.
Al instante se produjo una gran nevada.


Un eco bajaba de lo alto de los montes:
¡Soy la reina de las nieves!
Huye, Lucila, cila, cila, cila.
 Regresa a tu cabaña, aña, aña, aña.
No mires hacía atrás.
 Recuerdo que alguien lo hizo 
y quedó convertida en sal. 
La sal derrite la nieve,
 y en vez de nevar llueve.
 Lucila no salía de su asombro. Corrió lo más de prisa que pudo.
Cuando llegó a su cabaña cerró puertas y ventanas. Nunca había visto una nevada semejante.
Se le ocurrió tocar la dulzaina para llamar la atención de la reina de las nieves, pero ya no apareció, estaba festejando la llegada del año nuevo dos mil veintidós.

María Encarna Rubio


MAMÁ OSA PERIPITOSA

En la casita del bosque todo iba bien. Las gallinas ponían sus huevos en una cesta y mamá osa los llevaba al mercado. Sería bonito pensar q...