viernes, 9 de febrero de 2018

UN DÍA CUALQUIERA

Un día cualquiera, sin previo aviso,
llegará la alegría a tu corazón.
Si perdonas y olvidas las ofensas,
los agravios, y amas sin condiciones,
la paz será tu aliada
y el rencor dejará de azuzaste.
Las noches serán serenas
y serán las fuentes cantarinas.
 Verás más azul el cielo
 los ruiseñores te mecerán con sus trinos.
 Alguien aparecerá en tus sueños
y el recordarlo te hará sonreír.
Sentirás que formas parte del infinito
y cantarás poemas de amor.

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 Sigue la senda de lo bello.
Sueña las bondades del Creador.
Si pones empeño en ello,
tu ser prodigará esplendor.
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 Frescas están tus mejillas.
De miel parecen tus  ojos.
Cuando te miro y me miras,
mi amor te adora de hinojos.

En las noches en mis sueños
apareces deslumbrante.
Es tan limpia tu mirada,
¡imposible el olvidarte!

La paz que tu aura desprende
se hace de mí, la ¡bendigo!
Espero que llegue la noche
para encontrarme contigo.

Me duermo pensando en ti.
Pongo en verte mis empeños.
Porque me ayuda a vivir,
pensar que te veré en mis sueños.


domingo, 28 de enero de 2018

UN PLANETA LLENO DE MANOS

El invierno había sido muy seco. Las lluvias se habían dejado notar por su ausencia. La primavera era inminente, pero la hierba en el campo se resistía a brotar. Donde años atrás todo era una explosión de amapolas y margaritas, este año apenas asomaban uno hierbajos enfermizos. El sol al aparecer en la cima de los montes, asustaba con su aspecto incandescente y todos los seres vivos del lugar corrían a refugiarse  de sus rayos abrasadores. No había agua en los aljibes. No cabía ninguna duda de que iba a ser una primavera seca y un verano abrasador; por ello: estaba prohibido agotar las escasas reservas de agua del —Alubión—,nombre del gran aljibe que estaba emplazado al final del ramblizo que bajaba desde lo alto del monte. Los dueños del caserón racionaban su contenido y solo se utilizaba el agua para beber. No se podía lavar la ropa. Para este menester se enganchaba a la —"Rubia"— yegua joven y robusta en el carro y se hacía todo un día de salida hasta llegar al río, que se hallaba a seis kilómetros de distancia. Ese día era de gran algarabía para unos y de gran tristeza para otros: alegría para los que se iban, tristeza para los que se quedaban. 

No era frecuente salir de la casa solariega emplazada en la soledad del campo. En el carro, ocupado en sus alforjas con ropa de cama y demás, viajaban las jóvenes empleadas que reían con sus chistes y su alegría de vivir. En la casona, el ambiente era de gran recogimiento religioso, no había espacio para el esparcimiento y la distensión. Julina, la señora de la casa, estaba recluida en la inmensa soledad de la sierra intentando sanar de su enfermedad pulmonar, azote de la época. Rogativas y cantos se oían por doquier, y la servidumbre rezaba en alta voz realizando las tareas del hogar. El día de colada era recibido como un bálsamo para sus jóvenes espíritus inquietos... Cuando iban en busca del caudal de aguas cristalinas, sus canciones iban dirigidas a la vida y al amor. 

Las ruedas del carro chirriaban el chocar con las piedras del camino. Transcurrida media hora, bajando por el puerto de montaña, se veían a lo lejos los tejados de la aldea que se hallaba justo al borde de la vega del río. Ya en la huerta, todo era exuberancia y verdor. Los brazales y las landronas se hallaban jalonados de todo un enjambre de árboles frutales, de chopos y moreras. Los bancales quedaban como a parcelados por ellos con sus cultivos variopintos alineados con esmero y sus trigales salpicados de amapolas. Era el milagro del río. Un inmenso jardín que alimentaba el espíritu seco, hambriento de la brisa que se desprende del vergel que produce a su paso el agua. 

 Mariana, la más joven y callada, estaba muy influida por el ambiente religioso que se vivía en el caserón. Mientras todas charlaban y reían por cosas banales meditaba. Restregaba y frotaba las sábanas de hilo primorosamente bordadas y miraba sus delicadas manos juveniles. —¡Qué maravilla hizo Dios! ¿Qué haría yo sin mis manos? Seguro que nada sería como es si no tuviéramos manos. Con ellas lo hacemos todo... Se abren, se cierran... ¡Qué maravilla hizo Dios al crear al hombre! 
No importa que esté destinado a desaparecer dejando su cuerpo abatido como un despojo. Antes de partir cumple misiones que van quedando al servicio de los que se quedan. Si de la noche a la mañana apareciese un humano creando un ser idéntico al hombre... No puedo imaginar lo que pasaría... Y, aquí tenemos, tanta maravilla... Y algunos ponen en duda la existencia de su Creador.    







martes, 9 de enero de 2018

LA GALLINA PULARDA

LA GALLINA PULARDA

Pitia era una gallina “pularda”. Ella no era una gallina cualquiera. Era tratada con esmero, le daban ricos alimentos para que estuviese feliz porque así su carne sabía mejor. Estaba destinada a servir de alimento.

El plumaje de Pitia desprendía destellos que se veían a larga distancia. Era tal su belleza que todos los gallos de los corrales vecinos estaban enamorados de ella.
Una mañana de sol radiante, paseaba Pitia junto a su amiga Repeta, otra gallina “pularda” que compartía con ella gallinero.

El gallo del corral vecino, “Ripicón”, que estaba empeñado en fertilizar los huevos de Pitia, saltó la valla que separaba los corrales y se le acercó zalamero:
«¡Hola, Pitia!» —le dijo casi rozando su cresta con el pico.
A Pitia, se le puso la cresta tan roja que Ripicón quedó cegado durante largo rato, momento que aprovechó Pitia para desaparecer junto a su amiga Repeta.
¡«Corre, corre»! —le decía muy alterada a su compañera.
¿Tienes miedo de Ripicón? —le preguntó Repeta a Pitia con ánimo de tranquilizarla—. Solo quiere ser tu amigo.
¡Mi amigo! —dijo Pitia impaciente—. Yo sé que quiere algo más. Quiere fertilizar mis huevos, y me causa gran vergüenza que se entere que las pulardas no ponemos huevos. Estamos des-programadas para ser reproductoras de la especie. Quieren que nuestra carne esté tan rica, que se nos coma enteras sin dejar ni los huesos.
Ripicón que las estaba oyendo se le acercó y le dijo:
Resultado de imagen de fotos de gallinas con pollitosNo me importa si no pones huevos. Hazte la despistada y huye conmigo a mi corral. Te puedo asegurar que junto a mí serás tan feliz, que pondrás un huevo todos los días. Si ahora no los pones es debido a la clase de comida que te dan y a los cuidados que te prodigan. Algunas veces aquellos que nos tratan tan bien nos manipulan en su propio beneficio.

Pitia se fue con Ripicón a su corral y al poco tiempo puso huevos que Ripicón fertilizó y tuvieron sus buenas nidadas de pollitos chiquitos.

jueves, 4 de enero de 2018

CANCIÓN PARA MI BEBÉ

Ven cariñito, ven y mira,
como mamá hace palmas,
y te canta una canción,
para ver si tú la cantas.

Aladá, da, da.
Aladé, dé, dé.
El gatito Bigotitos,
nunca para de correr.

Salta, que salta y salta.
Corre, que corre y corre.
Cuando ve a un ratoncito
con su colita que arrastra.

Aladá, da, da.
Aladé, dé, dé.
Ven ratoncito bonito,
y contigo jugaré.

Y como soy pequeñito
muy buenecito seré.
Y aunque yo soy un gatito,
un quesito te daré.

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sábado, 30 de diciembre de 2017

ODA AL VIENTO

¡Oh, viento!
Quisiera saber
si sientes rozando mi piel
lo que siento
cuando pasas llenando mi ser.

Si me besas.
Si se enerva tu ansia viril.
Si te anima mi ansia a vivir
cuando pasas a través de mi aliento,
lleno de promesas.

Promesas de vida
de tu amor oxigenado
que me llena de alegre placer
por haber nacido mujer...
Placer por estar viva.
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viernes, 22 de diciembre de 2017

NOCHE ESTRELLADA

Asomado a iris de tus ojos
veo un paisaje de tierna inocencia.
¿Veo lo que siento, o siento lo que quiero ver?
Si los sentimientos tienen poder de expansión,
los nuestros transcienden e invaden el espacio infinito.
El cosmos se llena de alegría y ángeles cantan himno de gloria.
Paz de noche estrellada nos cubre.
Después de la entrega, dos almas aladas,
sienten ensoñación de anhelos cumplidos, abrazos que queman.
Ya todo ha sido, y el Universo, de nuestro amor se ha nutrido.


viernes, 1 de diciembre de 2017

ROMANOS Y CARTAGINESES

Lena no era una mojigata, pero no lo podía evitar: se sentía como una vil mujerzuela si vestía minifalda. Cuando lo hacía,  todos los ojos la seguían cuando caminaba por la oficina de acá para allá con los papeleos del negocio. Haría falta un bombero para apagar los fuegos —involuntarios— que iban encendiendo sus piernas torneadas y todas las formas rotundas de su conformación femenina. Su rostro se endurecía al sentirse tan observada. Su gesto adusto no era suficiente para restar encanto a su fisonomía. «¡Qué fastidio»! Decía para sí. Pasaba ante todos con aire de suficiencia sin mirar nada que no fuesen sus documentos, absorta en sus contenidos, dándoles enérgico manoseo.
 
  Pertenecía a un grupo de teatro Amateur. Siempre hacían la misma representación conmemorativa en las Fiestas Patronales de su ciudad. Era ésta, tierra de muchas culturas. Allá donde intentaban edificar, aparecían restos arqueológicos de los distintos pueblos que se habían asentado allí: Griegos, romanos, cartagineses... Hacían simulacros de batallas y casi todos los habitantes estaban involucrados pasando todo el año preparándose para el evento. 
 
  Con gran "pompa y boato", montaban un Senado romano y debatían los asuntos de la Comunidad con gran carga satírica, emulando los procedimientos que seguían aquéllos en sus tiempos de gloria.
      Durante días, se llenaban las hermosas calles de la ciudad de gente ataviada —con todo tipo de detalle— a la usanza de cartagineses, romanos, y sus damas, llenando de color y de ambiente festivo hasta el último rincón.
       Lena y Tonio, su pareja en la vida real, militaban en bandos opuestos:  Ella, en las filas cartaginesas representado a la sacrificada Himilce, cónyuge de Anibal, y... Tonio... en las filas romanas. La rivalidad de los dos bandos era bien notoria. Por suerte, no tanto como en su día tuvieron aquéllos contendientes. 

Por cosas de la casualidad... Ahora, Himilce... «Convivía con un gladiador romano»
       
     .

martes, 28 de noviembre de 2017

SE CIERNE LA PASIÓN

No existe la melodía que envuelve
tu alma y la mía,
sólo la escuchamos tú yo.
Nada perturbe tu entrega y mi embeleso.
La pasión se nos cierne con trémulas ansias.
Siente el calor de mi cuerpo desnudo
entre sábanas tersas
con aromas de espliego y lavanda.
Besa mi boca, pero no te apresures.
Deja que antes me nutra de tu aliento.
Deja que adivine el fuego de tus ojos entornados.
El mundo desaparece cuando cierro los míos.
Ya solo existimos tú y yo.

viernes, 17 de noviembre de 2017

MISTERIO EN LA CASA DESHABITADA



+MISTERIO EN LA CASA DESHABITADA
De la casa deshabitada, allá en lo alto del cerro, dos columnas de humo subían hasta las nubes. Salían de sus grandes chimeneas. 
   
 Ese día, iluminado por un sol radiante, se había disipado la densa neblina que habitualmente ocultaba la silueta del vetusto caserón. 
   
 Todos los habitantes del lugar, recordaban las historias que habían trascendido acerca de aquella casona, contadas por los ancianos al calor de la hoguera en las largas noches de invierno.

 ¡Esa casa está embrujada! —decían—.  Nadie se atrevía a acercarse a ella.  Cierto era que, el paso del tiempo no se hacía notar en su antigua estructura, permanecía sin mácula, como recién construida. 

 Comentaban los lugareños, amedrentados por el misterio, que las noches de luna llena una lucecita difusa se dejaba vislumbrar a través de la densa niebla que envolvía el edificio del promontorio. Unas veces era verde. Otras de un rojo intenso; pero nunca, azul. 
   
 Azul, dicen que se llamaba la hija del dueño. 
Cuentan, que era una niña especial. Cuando llovía, Azul salía a la ladera del monte y cantaba canciones nunca oídas y las dedicaba a su madre a la que nunca conoció. 
  
Tenía una madrastra de comportamiento melifluo. Se comunicaba con el maligno. Éste le había prometido la eterna juventud si era capaz de pervertir a la niña... Cómo no conseguía su propósito, buscó en los bajos fondos ocultos un hechizo, y la convirtió en un pan de hogaza. Acto seguido, con la colaboración de señor de las tinieblas, convocaron a los malos espectros. 
Intentaron comer la hogaza de pan, pero no pudieron, ésta desapareció entre la bruma, volando con alas de cóndor andino.
  
 Ahora, cuando el sol difumina la niebla, sale humo por las chimeneas, y todo el valle se impregna de un delicioso olor a pan de pueblo recién cocido.


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miércoles, 15 de noviembre de 2017

UNA NOCHE ESTRELADA

Era una noche estrellada de verano. A pesar de ser entrada la madrugada, el calor se hacía notar. La familia al  completo, compuesta por cuatro hijas y el matrimonio de José y de Josefa, esperaban que la noche apaciguara el bochorno que se notaba en los dormitorios, a pesar de tener las ventanas abiertas, para retirarse a descansar. Sin más alumbrado que el que venía de las estrellas, charlaban sentados a las puertas de su casa. 
    Se hallaba ésta en el llano, cerca del monte. Cantaban los grillos y las cigarras como música de fondo.  
  
  El ladrido de Fani, una perra de raza Pastor aleman, y el relincho de su caballo, de pura raza española, que tenía por nombre, Mágico, les puso sobre aviso de que alguien se acercaba. Entraron de inmediato a la casa y cerraron la puerta con mucho temor. Los vecinos más cercanos estaban a dos kilómetros de distancia. No era muy frecuente, pero se habían dado casos de asaltos a los escasos habitantes de aquellas soledades.
   
  José, dispuesto a defender a su familia, dispuso su escopeta. Las niñas se encerraron en su cuarto. Temerosas, encendiendo una velita a una  imagen de la virgen del Carmen que tenían en una hornacina hecha en un hueco en la pared, se pusieron a rezar.
     En el gallinero, las gallinas formaron un gran alborozo, desacostumbrado a aquellas horas de la noche. Hasta el gallo se puso a cantar. 
    
 Josefa, toda amedrentada, se dispuso con apremio a guardar las ristras de ajos y de cebollas que tenía en el cobertizo del patio. También guardó las  obleas puestas a secar, y las almendras, provisiones que se hacían de los cultivos de verano para pasar el invierno. ¿Quién será? Se preguntaba. Hacía meses que no pasaba nadie por allí. 
     
 Nadia, la hija más pequeña, se subió al palomar. Las palomas, asustadas al recibir a la intrusa, salieron en bandada por los huecos de escape aleteando y tropezando unas con otras en la oscuridad de la noche.
     
 Elena, la mayor de las hermanas, abrió la trampilla que conducía al aljibe seco que estaba debajo de su cama y que sus padres habían habilitado para conservar allí las provisiones para el invierno. Llamó a sus hermanas para que se ocultaran allí con ella, y viendo que faltaba Nadia, salió en su busca. 
    
  Cuando la encontró, comenzaba a rayar el día. Primero todo se tiñó de rojo. Después, fue apareciendo el disco solar en el horizonte. 
Cuando fueron a la cuadra, Mágico no estaba. Había desaparecido. No sabían cómo, pero se había esfumado. Quedaron anonadados. 
Se consolaban unos a  otros con el susto todavía en el cuerpo. A ellos no le había pasado nada... Y...
    Bueno, por lo menos las palomas, habían vuelto todas al palomar.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

CASTAÑAS ASADAS

La noche era de lo más normal para la época del año que corría: odiosamente fría y muy desangelada.
En las calles de toda la ciudad, —a pesar de estar excesivamente iluminadas—no se veía ni un alma. Hasta las ratas temían sacar el hocico, por si se les congelaba.
En un rincón escondido entre parterres y setos de la glorieta, un indigente y una indigente se disponían a pasar la noche apretujados, uno contra otra, aportando al conjunto el propio calor de sus cuerpos. Se arrebujaban con una manta dentro de su cabañita de cartón, hecha a propósito.

¿Cómo te has escapado de la recogida de indigentes?—Y, a todo esto... ¿Cómo te llamas? —dijo el chico a la chica a la que acababa de conocer de modo fortuito.
¿Para qué quieres saber cómo me llamo? ¿Acaso te he preguntado yo a ti cómo te llamas?
Si te parece bien, —antes de entrar en intimidades—, vamos a comernos ese bocadillo que dices que has comprado y a echar un trago, porque... has traído vino, ¿verdad? —le contestó ella algo tiesa.
No. He traído coñac. Pero coñac del bueno. ¿A que no sabes cuánto dinero he recogido hoy?
Si no me lo dices, no.
He recogido... ¡Cien euros!
¡Qué barbaridad! Podrías haber dormido en una pensión. Con las ganas que tengo yo de coger un colchón decente, en una cama decente, en una habitación decente, con un cuarto de baño... más o menos decente...Y hablando de decencia, tú, ¿por qué estás en la calle... tirado?
¿No me has dicho que antes de intimidades el bocadillo? — Anda, toma y come. —Le replicó él irritado, —Y, ojo con meter la mano donde no debes meterla. Que he visto como te brillaban los ojos cuando te he dicho el dinero que he recogido.
No se hable más. Venga el bocadillo y a comer. Y prepárate para ir a comprar unas castañas asadas calientes para el postre, que mañana tendrás que regalarme algo bueno si quieres que pasemos la noche juntos. Ah...y otra cosa... pasa por los servicios de la estación de autobuses y lávate, que pareces el hombre de las cavernas. Ya no se sabe a qué hueles.
!Mira, quién vino a hablar! ¿Acaso te has creído que tú hueles a rosas? ¿Y que eres la reina de Sava? Pues que sepas que vas dejando un tufillo que se sabe donde estás a cien metros de distancia.
¡No te enfades, que la noche es larga! Trae ese coñac para acá... A mí ya no me queda bocadillo, ¿y a ti?
Vamos a callarnos... que como se den cuenta de que estamos aquí... vendrán, nos recogerán y nos llevarán al albergue.
¡Al albergue no! ¡Qué manía tienen...! —¿Por qué no la dejarán a una vivir su vida en paz?— Tú crees que si yo quisiera vivir de otra manera, ¿no buscaría la forma de hacerlo? Los vagabundos somos necesarios en esta vida: El estímulo, el ejemplo para la gente que nos ve. Se sienten generosos y buenos cuando nos ayudan, y se animan a trabajar duro para no verse en nuestra situación... Somos muy necesarios para que los demás se sientan ricos—, por pobres que sean.


Anda, echa otro trago y arrímate pacá, que me has salido muy filósofa.

sábado, 21 de octubre de 2017

EL DESPERTAR


¡Qué bonito despertar!
Y ver que estás a mi lado.
Ver que en la almohada mi pelo
con tu pelo se ha enredado.


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Andrés Elles quedó gratamente sorprendido cuando al salir del  trabajo hizo un alto en su camino. Entró en un bar, como era su costumbre, y sintió que alguien le tocaba en el hombro.  Era Paco, su amigo de la infancia que le saludaba con alegría, había pasado mucho tiempo desde la última vez que se vieron. Desde que Andrés se casó con Pepa, había descuidado sus amistades, su vida era rutinaria y desabrida, nada había salido como él esperaba.

 —¡Qué bien te debe ir la vida, amigo mío! Dame un abrazo, hombre... y cuéntame... ¡«tienes muy buen aspecto»! —Le dijo su amigo con gran regocijo.
—Sí... bastante bueno. Si me hubieses visto hace un mes, seguro que no habrías pensado lo mismo. Aunque no lo parezca, mi vida es un asco. Para empezar, mi salud hace tiempo que hace aguas: me hacen revisiones de colon, me falta un riñón, duermo todas las noches con una mujer que no me gusta, y por si eso fuera poco, me han clavado en una deuda de doce mil Euros.

—¡Vaya...! Pensé que eras un hombre afortunado y que tu mujer era el centro de tu vida.
—¡El centro de mi vida! Hace tiempo que abrí los ojos a lo evidente, toda su belleza se olvida a los cinco minutos  hablando con ella. Es inconstante, vulgar, pasiva, y qué sé yo. Aburre hasta la saciedad. Necesita que el dinero caiga del techo sin parar de noche y de día, es una manirrota.

—Hombre, tal como lo pintas, cualquiera saldría corriendo por piernas.
—Todos los días salgo pensando en no volver.    
—¿Por qué no lo haces?
—Cualquier día lo hago.
Venga, hombre, la vida es una sola. No la desperdicies. 
—A veces me veo por mares lejanos, sobreviviendo como Robinson Crusoe en una isla desierta.

—¿Por qué no te vas a Australia? Creo que allí necesitan gente especializada. Tú eres un buen veterinario.
—¡Hombre, Paco! ¡Qué lejos me mandas! además, no tengo dinero para todos los gastos...
—No te preocupes de nada. Si quieres que te eche una mano cuenta conmigo. Yo lo puedo mirar todo. Tú, sigues tu vida normal. Cuando esté todo preparado te llamo y hablamos. Del dinero no te preocupes, allí se ganan sueldos muy altos. Ya me lo irás devolviendo.
—¡Paco, me parece algo canallesco! Desaparecer así, sin más, es muy fuerte la cosa.
—Tú puedes hacer lo que quieras, Andrés; pero vivir así, sin ilusión, vale más no vivir. El tiempo todo lo borra. Ella se sobrepondrá y quizá sea lo mejor para los dos.

—¡Creo que me estoy ilusionando con la idea! Qué gran amigo eres, Paco. 
—¡Venga, venga! ¡Los amigos se ayudan! Tú sabes que puedes contar conmigo.

Se separaron ambos compañeros y Andrés marchó a su casa dispuesto a dar un cambio a su vida.

Pasaron unos días y la rutina hizo olvidar a Andrés los proyectos que iniciara junto a su amigo de la infancia. Desde la guardería fueron compañeros inseparables. Se apreciaban como hermanos, con una sincera amistad.
Una mañana sonó el teléfono en casa de Andrés. Pepa, la mujer de éste, atendió la llamada:

—¡Hola, soy Paco, ¿está Andrés?
—Hola, Paco. Andrés no está. ¿Quieres dejarle un recado?
—Sí, dile que me vea en el bar.
—Paco, ¿cómo estás? no vienes mucho por aquí.
—Estoy muy liado Pepa. Cualquier día paso. ¡Un saludo!

Cuando vino Andrés a casa recibió la noticia y se dispuso a ir al encuentro con Paco. Pepa, haciendo gala de su falta de tacto, en opinión de Andrés, se empecinaba en acompañarle.
—Necesito que me hagas un favor, Pepa. —Le dijo de un modo solapado—. Espero una llamada importante. ¿Quieres esperar aquí y atender al teléfono? Te prometo que no tardaré.

Pepa dejó marchar a regañadientes a Andrés. Éste anduvo el camino hacia el bar en cuatro zancadas; nervioso, apresurado. 
—¿Qué hay Paco? —Le dijo a modo de saludo a su amigo:
Ya no me acordaba del trancazo que llevamos entre manos. Me parece una locura indigna.
—Pues todo está dispuesto. El martes a las seis sale el avión que te llevará a Sidney. Tienes hotel y contactos que se comunicarán contigo nada más llegar para el contrato de trabajo. Te adjunto, con el pasaporte, una cuenta bancaria. Confío en que serás prudente en el gasto ya que pongo mis recursos en tus manos.
—Amigo, no tienes que preocuparte. Basta que seas tú el perjudicado para que yo procure no ponerte en apuros. Te devolveré con creces el favor que me haces. —Le dijo Andrés—

Aquella noche Andrés observaba a Pepa más que de costumbre. Los remordimientos querían aflorar... ¡qué diablos! —Se dijo—, ¡libertad divino tesoro! Todo estaba decidido. ¡Viva la aventura! ¡Adiós a la rutina!
¡Viva la libertad!

Llegó el día. Él salió para el trabajo, al parecer, como de costumbre; pero estaba de acuerdo con su amigo, que le  recogió  y le llevó al aeropuerto donde embarcó rumbo a Australia. 



Por la ventana entreabierta, la luz tamizada y suave de la mañana iluminaba la habitación. En la cama, Pepa duerme despreocupada; se acostó temprano y ni se había dado cuenta de que su marido se había ido. 
 Los ruidos de la calle la despiertan. Coge el  móvil y llama a su marido. El teléfono de Andrés no da señales. Toda nerviosa se tira de la cama con tan mala fortuna que resbala y cae. Pierde el sentido y queda inconsciente en el suelo. 
¡Pobre pepa! Nadie la va a socorrer, Andrés ya estaba surcando el espacio que le llevaba a su nuevo destino. 


Paco, que tenía la misión de comunicar a Pepa la marcha de Andrés, fue hasta su casa a darle la noticia. Llamó al timbre y nadie le abrió.
Después de varias llamadas telefónicas y al timbre sin respuesta, con un extraño presentimiento de que algo extraño pasaba, avisó a la policía. 
La encontraron como ya sabemos, inconsciente en el suelo. La trasladaron al hospital, donde, después de muchos cuidados, Pepa despertó con una amnesia total: no recordaba nada de su vida anterior, ni de si tenía familia, ni de la existencia de Andrés... 
A Paco se le complicaba la vida. Él, que había elegido la vida de soltero huyendo de responsabilidades y de problemas, ahora, sentía la obligación de cuidar de aquella mujer que conocía muy poco. Se sentía culpable. ¡Quién le mandaría a él  meterse de redentor de nadie!  ¿Qué iba a hacer ahora? Andrés ya habría llegado a su destino; pero estaba obligado a permanecer en ese país cinco años sin salir ni de vacaciones. Era la norma que se imponía al firmar el contrato.

Cuando le dieron el alta a Pepa le dijeron que sola no podía vivir de momento. Al no tener familiares cerca, Paco la tuvo que instalar en su casa para poder seguir con su trabajo y cuidar de ella hasta que recuperase la memoria, si es que lo hacía.


Los días fueron transcurriendo y Paco al volver del trabajo encontraba a una bella mujer esperándole. Se sorprendía al encontrar cambios en su hogar que a él nunca se le hubiesen ocurrido. Salían a caminar e iban juntos al gimnasio. Los domingos paseaban en barca por el estanque del parque e iban al cine. 

Paco se sorprendió deseando que Pepa no recuperase nunca la memoria y que Andrés se quedara en Australia para siempre. 




sábado, 14 de octubre de 2017

LAS MANÍAS DE DOÑA ASUN

Doña Asun, mujer luchadora y muy activa, tenía preocupada a toda su familia y gente que le tenía gran aprecio. A pesar de que su aspecto físico y su clarividencia mental eran inmejorables, por tener ya una edad preocupante, pensaban que estaba perdiendo el juicio. Corría por toda la casa de un lado para otro sin parar, y hasta que no transcurría una hora, no dejaba de hacerlo.

Ella caminaba también por las calles siempre que le apetecía. Le gustaba mirar los montes en su lejanía, disfrutaba del paisaje con deleite; pero, cuando estaba tranquila en su hogar y no le apetecía salir al exterior, hacía su caminata a golpe de reloj. Caminaba con movimientos circulares de brazos hacía delante y hacía tras hacía tras haciendo natación : —Tengo en casa un gimnasio que no se paga cuota; conecto mi ordenador, y tengo: teatro, Universidad, salón de música, discoteca, conferencias, biblioteca, piscina, ópera, cine y todo lo que pueda desear. «YouTube querido», ¡gracias por existir!, —se decía.
Todo sucedió, porque su hijo dejó en casa un ordenador conectado en perfectas condiciones de uso.
—¡Qué pena que esto esté aquí sin darle utilidad! Se va a estropear. —Pensó ella que siempre, a lo largo de su vida, había aprovechado todo lo servible que se había puesto a su alcance. 
Ni corta, ni perezosa, habló con su vecina que acababa de terminar la carrera de ingeniería, y la contrató para que le diera clases de  informática. 


A partir de ahí, todo  vino rodado.  Su viudedad reciente y sus setenta y tantos sufrieron un cambio drástico. Entró en un mundo  impensable para ella. Mujer dedicada a cuidar de la familia, nacida en la posguerra en un pueblo de provincia, está completamente actualizada y llena de vitalidad. 
«¡Ancianos, aprender informática, es genial »










jueves, 28 de septiembre de 2017

LA SEÑORA PACA Y SU CARRO DE LA COMPRA

Con gran determinación, la señora Paca avanzaba por la acera empujando su carrito de la compra. Le servía de apoyo y pasito a pasito, hacía cálculos de lo que le faltaba para llegar al supermercado.
Había tomado la costumbre de caminar hablando a su carrito de la compra, en su soledad, hablaba a cualquier cosa:
—¡Vaya tiempecito que nos hace esta mañana! Suerte que se me ha ocurrido ponerme la manteleta. Cuando mi pobre Ernesto vivía, siempre miraba como estaba el tiempo fuera antes de salir. Yo, no soy tan precavida, salgo a la buena de Dios. Ayer sin ir más lejos, salí sin paraguas y me calé hasta los huesos; debo tener bien las defensas porque no me he resfriado. Mi vecina Lola está perdiendo la chapeta, se ha puesto de «vaqueros» y con ochenta cumplidos, tú me dirás; pero... ¡qué vas a decir tú!...
 Está bien eso de que tú no hables... Pero no te preocupes, pronto sacarán uno que hablará... Aunque lo saquen, yo a ti no te cambio por nada del mundo, eres el mejor compañero que he tenido: escuchas en silencio y me llevas los paquetes de la compra; también me echas una mano y me sostienes el equilibrio. Qué malo es llegar a viejo. ¡Quién me ha visto y quién me ve...! Yo, que me comía el mundo:  siete hijos he criado, y mira, si quiero conversar con alguien tengo que hacerlo con el carrito de la compra; claro, que si quisiera ir a vivir con alguno... Tengo a mi Paquita que con el alma y la vida. Pero no. Si me voy de mi casa no podré recibir a todos, eso está claro. Se irán distanciando y perderán el interés de ver a su madre. Ellos cuando vuelven a casa encuentran allí los recuerdos de su infancia. Les encanta subir a sus habitaciones y encontrar lo que dejaron en su sitio, y rememorar sus vivencias en el hogar de sus padres... ¡No, no me iré! ¡Ah, mira, ya hemos llegado! Espera aquí que enseguida vuelvo.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

ENSALADA DE PERLAS


—Cuéntame un cuento Yayi, y dime que comen las hadas. 

—Ensalada de perlas, aderezada con jazmines y suspiros de estrellas.
Es lo que comen las hadas cuando quieren celebrar el equinoccio. Sueltan su melena al viento y encienden las luces de sus baritas. Van buscando a las niñas soñadoras y les conceden un deseo. 
«Dime, Thais, ¿que deseo es el tuyo?»

—¿Acaso eres tú un hada con facultad para conceder deseos?
—Soy la noche y el día, soy el viento y la lluvia; soy el Sol y la Luna, soy la Tierra y el mar. Pide lo que desees, que yo con mi poder te lo voy a conceder.

—Es mi deseo que la luz de la sabiduría inunde mi entendimiento.
 Saber tomar siempre la decisión correcta.
Conectar mi ser espiritual con mi ser físico en perfecta armonía.


—¡Oh, Thais!  deseos de una niña precoz; de todas formas...

 Todo eso se consigue comiendo la ensalada de perlas aderezada con jazmines y suspiros de estrellas. Las hadas no han dejado ni pizca de ella. Hasta el próximo equinoccio te tendrás que conformar con iluminación intermitente, acertar en tus decisiones solo de vez en cuando, y el desajuste entre tu ser físico con el espiritual cada vez que te distraigas en cosas banales del mundo. Escucha con atención a quién te habla en el silencio. La voz de tu interior te dirá cuando la ensalada de perlas aderezada con jazmines y suspiros de estrellas está preparada, y come antes de que las hadas acaben con ella. 

—Sí, bien... ¿Pero dónde la podré encontrar?
—Las hadas, cautelosas, van dejando mensajes ocultos.  «Adivina tú dónde»
—¡Tengo sueño, Yayi! «Mañana terminaremos el cuento»



   


martes, 26 de septiembre de 2017

CADA DÍA ES NUEVO

El agua del grifo caía con fuerza produciendo chispazos que lo estaban mojando todo alrededor del lavabo. El ruido que hacía atrajo la atención de Julina, gran amante de la limpieza y el orden:

—¡Pacooo! —gritó—. El grito se que se oyó salió por la ventana, y el viento de Tramontana lo arrastró hasta el valle que se extendía allá a lo lejos. El viento quiso jugar con él, y lo fue llevando por montañas y valles, hasta que en su enredo con ellos, se lo fueron pasando convertido en «eco» que repetía una y otra vez... —¡Pacooo... Pacooo...!

Paco, al oír la potente voz de Julina, dejó la pastilla de jabón en la jabonera, y temeroso, corrió asustado y arrepentido del tremendo delito cometido, y no encontrando otra salida, se deslizó por la barandilla, escaleras abajo.

En su escapada precipitada y sin saber dónde esconderse, vio que la puerta que daba absceso al sótano de casa estaba abierta: bajó, cerrando cauteloso tras de sí.
La oscuridad más absoluta lo envolvió. No tuvo que esperar largo rato a que sus pupilas se adaptaran a la oscuridad, pronto fueron apareciendo ante sí los objetos que el lugar tenebroso contenía: baúles, máquinas de coser antiguas, maniquís sin brazos y sin piernas, y un gran armario con las puertas abiertas que parecía quererlo  tragar.

Se fue acercando medroso con la intención de esconderse detrás de la gabardina de papá, que tenía las mangas en posición de abrazo, invitándolo a refugiarse a su abrigo. En ese preciso instante, los goznes de la puerta chirriaron a modo de lamento. Una voz un tanto excitada, exclamó: «Pacooo, ¿estás ahí?» — Paco estuvo tentado de decir: «¡nooo!»; pero, contuvo la respiración y esperó a que la voz se hiciera silencio y la puerta se cerrara. 

Paco tenía miedo de las sombras, pero el temor a mamá lo superaba... "Era tan limpia y exigente" De vez en cuando hasta pegona. Si Paco no era obediente en todo, se enfurecía, gritaba y zarandeaba al pobre chico. Éste le tenía un miedo tal, que le era sumiso hasta la médula: no se atrevía a contradecirle. Si había de despedirse de ella por el motivo que fuese, le aterrorizaba acercarse para darle un beso. 

A pesar de estas circunstancias anómalas de lo que es una madre, Paco era un niño soñador. Jugaba con los bichitos que encontraba a su paso cuando salía al jardín y le gustaba bañarse en la acequia que lo surcaba de Norte a Sur. Se tendía bajo el magnolio  centenario y leía los cuentos que su tía abuela le regalaba en su cumpleaños. Recordaba con deleite sus caricias y sentía el calor placentero de que alguien lo quería. —Cuando estés triste, —le decía— recuerda al buen «Jesús», cuando dijo a Lázaro: —«Lazaro, levántate y anda». — Lázaro se levantó y anduvo... 

Y vendrá la Tramontana. Se llevará por la ventana los temores, los reproches... Y el agua de la acequia regará el magnolio centenario, y cada año, tendrás ante tus ojos la maravilla de verlo en flor. 

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