miércoles, 13 de junio de 2018

LAS COSAS DE NALEM




Nalem caminaba de modo peculiar: lo hacia a grandes zancadas agitando su melena. Daba la impresión de ser un híbrido de caballo mustang y cebra africana cuando vestía una minifalda a rayas...

¡Pobrecita Nalem! Había nacido en el seno de una familia barrio bajera y de todo había tenido carencias: de amor, de sustento, de educación, y por más que lo intentaba no lograba emanciparse del lastre que todo ello había imprimido en sí misma.

Ella lo sabía, y en su sempiterno empeño por pulir su estilo y sus modales, daba un paso adelante y tres hacía tras. ¡No conseguía lucir fina y elegante!

El caso es que, tenía muchas virtudes, y sobre todo, una linda voz de soprano que cautivaba. Cantaba sin cesar, y no solo en la ducha: se había integrado en el coro de la parroquia, donde todos los componentes eran de lo más selecto del barrio.

Sus complejos la hacían sentirse fuera de lugar, y esto, a la hora de cantar, le impedía dar de sí todo lo que llevaba dentro... ¡Una pena!

Una mañana, decidida a resolver el problema, pensó pedir cita con el psicólogo para vaciar en él sus angustias y buscar un poco de paz interior.

Por fin llegó el día de la cita:

—Doctor, me siento abrumada. No consigo afianzar mi personalidad... Y fue desgranando con detalle todos los avatares que había tenido que superar a lo largo de su vida desde que nació.
—Está bien —dijo el doctor —si sigues mis consejos todo lo vas a superar. Ten la seguridad, de que cuando halles la calma en tu interior, esa calma se reflejará en ti. Es indudable que se refleja hasta en nuestra manera de andar nuestro estado interior. Busca un rincón que todos tenemos, dónde se halla nuestra capacidad de amar. ¡Ama! Ama a la vida...A los demás, a ti misma, olvida el pasado que ya no existe, y canta... La música es la panacea para todos los males. ¡Dios te dio un don para que lo disfrutes y lo des para que lo disfrutemos todos.



Y Nalem cantó, y la vida le sonrió.

viernes, 8 de junio de 2018

UNA EXCURSIÓN MEMORABLE




¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! Resonaban las pisadas chapoteando sobre el lecho del exiguo riachuelo.
—«¡Soy un híbrido de mustang y cebra africana!» Las risas de los niños sonaron explosivas mientras el abuelo hundía, una y otra vez los pies, saltando encima del hilillo del agua, haciendo asomar sus calcetines a rayas levantando con sus manos los bajos de las perneras de sus pantalones.

En verdad, era cómica la postura del abuelo, y los niños, contagiados de su euforia, comenzaron a chapotear y a gritar con fuerza: «¡Somos híbridos de abuelos y de abuelas!»

El estruendo se hacía eco en la lejanía que devolvía multiplicadas las voces infantiles: «¡Elas! ¡Elas! ¡Elas!»
Todos acabaron salpicados y empapados por el agua del arroyo, que discurría sosegada, y en llegando a la “poza” se emancipaba del reguero y se quedaba en el remanso.

El vientecillo sempiterno del monte, hacía tiritar de frío sus cuerpos cubiertos de ropas húmedas. Corrieron a toda prisa hacía la tienda de campaña instalada a la sombra de un pino.

Allí les esperaba la abuela, que puso el grito en el cielo al verlos llegar de aquella guisa:
—«¡Pero, bueno! ¿No habíamos quedado en que para bañaros en la poza os pondríais el bañador?»

—¡Dame vitaminas, abuela! Recibió por toda respuesta la abuela, que siempre salía provista de todo lo que más gustaba a sus nietos. Entró en la tienda de campaña, sacó de una mochila camisetas secas, y puso sobre la mesa las viandas. Todos se abalanzaron sobre los bocadillos y las frutas olorosas.

Mayo, es un mes lindo para hacer acampadas en los montes cercanos a la casa donde vivían Ela y Fermin. Disfrutaban llevando de excursión a sus cinco nietos para inculcarles el amor por la naturaleza y buenos hábitos para emplear el tiempo libre.

Aquél domingo, sería memorable y difícil de olvidar. Dani, el menor de sus nietos, marcó la anécdota del día, cuando vinieron a darse cuenta, había desaparecido.

Angustiados, echaron a buscarle por los alrededores llamándolo a gritos. Cuando llevaban poco tiempo de búsqueda, encontraron una escalera cuyos peldaños estaban esculpidos en la roca. Llegados al final de la misma, encontraron la entrada de una caverna.

Avanzando hacia dentro, vieron a Dani. Éste, al verlos, agitaba los brazos y gesticulaba invitándoles a llegar hasta donde él estaba. Se hallaba ante un cofre lleno de joyas y de monedas de oro que brillaban a la luz cenital que se filtraba a través de una rendija que había en el techo.

La cueva había sido guarida de bandoleros que anduvieron por aquellos contornos en siglos pasados.

Los niños, llenos de contento, pensaban que aquellas riquezas serían para ellos, pero Fermín, su abuelo, los informó de que tendrían que  declarar el hallazgo a las autoridades y que pasarían a ser de bien común como todos los tesoros que se encuentran en cualquier parte.

De vuelta a la tienda, Dani, hizo un guiño a su abuela y sacó un precioso anillo de su bolsillo:
—Mira, abuela, lo encontré en le monte y lo guardé para ti.











lunes, 4 de junio de 2018

LA CANCIÓN DEL AGUA


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Habían pasado dos años desde que llovió la última vez. Las lluvias se habían dejado notar por su ausencia. La primavera era inminente, pero la hierba en el campo se resistía a brotar. Donde años atrás, todo era una explosión de amapolas y margaritas, este año apenas asomaban uno hierbajos enfermizos. El sol, al aparecer en la cima de los montes, deslumbraba con su aspecto incandescente, y todos los seres vivos del lugar corrían a refugiarse de sus rayos abrasadores. En aquellos contornos, ya no había agua almacenada en los aljibes.

No cabía ninguna duda de que iba a ser una primavera seca y un verano abrasador. Por ello, estaba prohibido agotar las escasas reservas de agua del “Alubión” nombre del gran aljibe que estaba emplazado al final del ramblizo que bajaba desde lo alto del monte. Los dueños del caserón racionaban su contenido y solo se utilizaba el agua para beber. No se podía lavar la ropa. Para este menester se enganchaba a la "Rubia" yegua joven y robusta, en el carro y se hacía todo un día de salida hasta llegar al río, que se hallaba a seis kilómetros de distancia. Ese día era de gran algarabía para unos y de gran tristeza para otros: alegría para los que se iban, tristeza para los que se quedaban.

No era frecuente salir de la casa solariega emplazada en la soledad del campo. En el carro, ocupado en sus alforjas con ropa de cama y y grandes ollas con jabón disuelto en agua caliente, viajaban las jóvenes sirvientas  que reían con sus chistes y su alegría de vivir. Habían madrugado para hacer los preparativos necesarios, pero no acusaban cansancio alguno. En la casona, el ambiente era triste y de gran recogimiento religioso, no había espacio para el esparcimiento y la distensión. Julina, la señora de la casa, estaba recluida en la inmensa soledad de la sierra intentando sanar de su enfermedad pulmonar, azote de la época, la tuberculosis la estaba consumiendo. Languidecía sin remedio. Rogativas y cantos religiosos se oían por doquier, y la servidumbre vivía en gran recogimiento realizando las tareas del hogar. El día de colada era recibido como un bálsamo para sus jóvenes espíritus inquietos... Cuando iban en busca del caudal de aguas cristalinas, sus canciones iban dirigidas a la vida y al amor.



Las ruedas del carro chirriaban al chocar con las piedras del camino. Transcurrida media hora, bajando por el puerto de la sierra, se veían a lo lejos los tejados de las casas de la aldea que se hallaba justo al borde de la vega del río. Ya en la huerta, todo era exuberancia y verdor. Los brazales y las landronas se hallaban jalonados de todo un enjambre de árboles frutales, de chopos y moreras. Los bancales quedaban como a parcelados por ellos, con sus cultivos alineados con esmero y sus trigales salpicados de amapolas. Era el milagro del río. Un inmenso jardín que alimentaba el espíritu, seco, hambriento de la brisa que se desprende del vergel que produce a su paso el agua del río.

 Mariana, la más joven y callada, estaba muy influida por el ambiente religioso que se vivía en el caserón. Mientras todas charlaban y reían por cosas banales, ella meditaba. Restregaba y frotaba las sábanas de hilo primorosamente bordadas y miraba sus delicadas manos juveniles:
—¡Qué maravilla hizo Dios al crear al hombre! Seguro que nada sería igual si no tuviéramos manos. Con ellas lo hacemos todo... El ser humano es la más hermosa creación de Dios.
No importa que estemos destinados a desaparecer dejando el cuerpo abatido como un despojo. Antes de partir cumplimos misiones que van quedando al servicio de los que se quedan.
“Te doy gracias, Señor: Por mi salud, por mis manos, y por todo mi ser”
Y sus reflexiones emocionadas se las llevó la corriente del río.





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domingo, 3 de junio de 2018

POEMA A MIS NUEVAS AMIGAS

 PALOMAS QUE VUELAN ALTO

Queridas niñas mías:
Los cortos espacios de tiempo
que de vosotras he disfrutado
me llenan de dicha y contento.

Sed felices, os lo ruego,
no cedáis ante el tedio ni el tiempo.
Sois palomas que vuelan alto.
Dios nos guíe hacía un próximo encuentro.

                      Mª ENCARNA RUBIO




jueves, 31 de mayo de 2018

UN CARACOL MUY UFANO

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 El caracol Takitin vivía feliz y satisfecho. Nacía ya con casa propia e independizado. 
Cuando llovía, le encantaba salir a impregnarse de lluvia y aprovechaba el momento para darse una ducha y lavar su casita, adornada con una preciosa y perfecta espiral.
Pensaba él, que en su vida todo eran ventajas, ya que comía gratis y no pagaba alquiler.
Pero un día que deambulaba por el campo, vio a Rudito, un pájaro carpintero que se atareaba en hacerse su casita en el tronco de un árbol. 
Le dio un ataque de risa, y se burlaba de él diciendo:
Pica, pica. Sudor de sangre te va a costar tener un hogar para meterte.
Rudito le miró y le dijo: No sé de qué te ríes. Yo, cuando tenga terminada mi casa, tendré a mis hijos. Jugaremos y estaremos todos juntos con mucho amor. En cambio tú, estarás siempre solo y no podrás tener ni amigos, porque en tu casa, solo cabes tú. 
En esta vida, nada es gratis. Lo que tenemos, siempre lo pagamos de un modo o de otro.

M.E.Rubio González

sábado, 26 de mayo de 2018

AMOR FILIAL



Todo estaba dispuesto. Los equipajes y los bultos que llevaríamos con nosotros esperaban amontonados en el zaguán. Al día siguiente nos marchábamos del pueblo a vivir a la ciudad.
Pedí permiso a mi madre para ir al campo a casa de mi amiga Visita, no podía marcharme sin despedirme de mi amiga del alma. Sentía dejar el lugar solo porque ya no  más.

Llegué caminando por el sendero polvoriento y le comuniqué a mi amiga la triste noticia.
Visita sacó un pañuelo del bolsillo de su chaqueta y secó una lágrima que pugnaba por salir a humedecer su mejilla. Estaba segura de que yo no me había percatado del impacto que habían causado mis palabras en su ánimo.
Las dos disimulamos nuestras emociones y continuamos saboreando aquellos pastelitos de té que con tanto esmero había preparado la anciana Purita. A pesar de sus años, le costaba dejar de trajinar en la cocina, había cifrado en ello la motivación de su existencia.

Yo recordaba cuando tenía el placer de ser invitada a compartir mesa con la familia, las excelencia de los manjares que disfrutaban los comensales. Purita tenía unas manos de “oro”, según opinión de la madre de mi amiga, que presumía de la buena cocinera que tenía en casa. A Purita, no era fácil hacerla sentirse ufana. Hacía como si fuera lo más natural del mundo.
Nosotras disfrutábamos de ágape cuando sucedió un hecho sorprendente: se presentó en casa de mi amiga Visita, sin previo aviso, una hermana de su madre con un bebé envuelto en una toquilla de lana. Era una niña de pocos días. Dormía el angelito ajena a la trama que se cernía en torno a ella.

Entró con cara de circunstancias y doña Celina, después del saludo de rigor, la hizo pasar a su cuarto cerrando la puerta. Yo jugaba con mi amiga y enseguida me percaté de que allí pasaba algo raro.
Las dos mujeres estuvieron largo rato en la habitación contigua hablando con mucho misterio. Cuando la hermana de doña Celina salió, el bebé ya no estaba en sus brazos. Las dos hermanas se dirigieron silenciosas hacia la cocina. Allí siguieron hablando casi en susurro de manera que no pude captar ni una palabra de lo que decían.
Mi amiga y yo estuvimos saltando a la comba hasta que casi oscureció. Pude comprobar que la hermana de doña Celina se marchaba sin el bebé que había traído envuelto en toquilla de lana. Y así fue como entró “Plácida” a formar parte de aquella familia tan entrañable que tanto supuso para mí en tiempos de mi niñez.
Pasaron los años y crecimos lejos una de otra, pero nuestro cariño permaneció inalterable.
Un día, paseando por el bulevar de mi ciudad, me encontré frente a frente con mi amiga Visita. Iba acompañada de una preciosa joven de tez morena y ojos color azabache. Los rizos incontrolables de su larga melena le daban un aspecto muy particular.
—Ella es Plácida— me dijo Visita. Todos creen que es mi hermana, pero es aquella niña que dejó mi tía aquella tarde que tú . No quería que nadie supiera que su hija había tenido una niña siendo soltera. Ahora mi tía, quiere que venga a vivir con ella porque mi prima a muerto. Nosotros lo dejamos a su elección. Somos su familia, lleva nuestros apellidos.
Plácida, con una sonrisa entre ingenua y divertida, dijo: —Me vuelvo al campo. Mi abuela, ni me quiso antes, ni me quiere ahora.
«Me obliga a permanecer horas y horas en remojo en la bañera para ver si se me aclara la piel».

 María Encarna Rubio

miércoles, 23 de mayo de 2018

EL GUSANITO DE SEDA

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Había una vez, una casita emplazada en un huerto de moreras. Allí vivía Crispín, un gusanito de seda. 



A pesar de encontrarse a gusto en su hogar porque no le faltaba el sustento, él solo comía hojitas de morera, tenía mucha ilusión por viajar a lugares desconocidos.

Hacía mucho tiempo que maduraba una idea un poco atrevida, quería visitar un país llamado “China”. Siempre había oído decir que los gusanos de seda procedían de allí. 

No sabía qué hacer para conseguir hacer viaje tan largo, pues China quedaba algo lejos. 
Su obsesión fue creciendo y ya ni comía ni dormía, solo pensaba en la manera de hacer realidad su gran ilusión. 

Viendo que no podía comer ni dormir, pensó en hacerse una casita para meterse dentro a descansar. 

Así lo hizo. Sacó un hilito que llevaba en su vientre, y lo fue tejiendo, tejiendo, y cuando estuvo cerrado se echó una siestecita para descansar de tanto trabajo. 

Cuando despertó, al desperezarse de su sueño, encontró que ya no era un gusano, se había convertido en una mariposa, le habían salido unas preciosas alas. Se puso muy contento. Pensó que al tener alas, sus problemas se habían resuelto. Con sus alas volaría hacía lugares desconocidos sin ningún problema. 

A veces estas cosas suceden. Piensas que tienes problemas para hacer lo que te hace ilusión. Te duermes, y cuando despiertas los problemas se han resuelto de una manera fácil y placentera. Lo importante es no desfallecer y mantener siempre la esperanza de que todo irá bien. 



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MAMÁ OSA PERIPITOSA

En la casita del bosque todo iba bien. Las gallinas ponían sus huevos en una cesta y mamá osa los llevaba al mercado. Sería bonito pensar q...