jueves, 22 de octubre de 2026

La bella inspiración


 El crepúsculo vespertino causaba gran melancolía a la anciana escritora de cuentos infantiles, la que un día cambió su nombre de Dolores por el de consuelo. Ver tornarse la luz en penumbra lentamente, sentir el frío de la noche nublaba su  inspiración para seguir escribiendo. Por nada del mundo quería crear historias tristes. Sabía que sus cuentos quizá ningún niño los leyese jamás; pero por si acaso, nunca escribía con la penumbra del atardecer, amaba a todos los niños como si fuesen sus lindos nietecitos, solo escribiría cuentitos lindos y alegres para ellos. En verdad los amaba con todo su corazón. Por ese motivo, escribía poemas de gatitos y de animales, sus preferidos eran las lagartijas, los saltamontes, los gatitos y también las vaquitas, porque nos dan mucha leche, y quesos, y yogures, que están muy ricos y son muy buenos para hacer crecer a los niños. 
Por el contrario, el crepúsculo matutino le emociona y le inspira, porque está naciendo un nuevo día. Las flores despiertan y abren sus hojas para que entren las abejitas a libar su polen para hacer la miel. Los pajaritos despiertan y trinan en el pinar. Hacen su melodía mañanera antes de salir a volar por los montes floridos de tomillos y romeros perfumados de aromas imposibles de olvidar para quién tiene el placer de caminar a esa hora por valles y quebradas.
Y al son de su trinar, acaba esta canción.

María Encarna Rubio 

 

domingo, 18 de octubre de 2026

Canto a la anciana juventud


 


 Fue ayer que cantaba

al amor y a la vida

a los montes nevados, 

a la pradera florida

amaba y rezaba

lloraba y reía...

Que todo lo daba, 

todo lo cogía.

Ni canto ni salto

no abrazo la vida

los sueños se han roto

se deshizo el lazo

que todo lo unía.

Guardado el lamento

nadie lo escucha 

ni se lleva el viento. 


María Encarna Rubio




 


 

domingo, 11 de octubre de 2026

La lagartija Fernanda quiere ver el mar

 


 La lagartija Fernanda tiene un sueño no cumplido. Nunca ha visto el mar. Cierto que una vez viajó hasta el desierto de Sonora, pero embutida en una bolsa de aíre templado, las nubes y el mareo provocado por la altura nublaron su entendimiento. El océano no lo vio. Apareció de momento a la sombra de un nopal. Recuerda que el hambre le acuciaba, el nopal cuajado de tunas podría haber saciado su apetito voraz, pero ni idea tenía de que fueran comestibles los frutos.  Ese momento crucial en su vida, en que podría morir de hambre y de sed en medio de un desierto desconocido, vino a  su memoria un consejo que doña Carlota la gata sabia solía prodigar a los amigos en momentos de tertulia: "De trigo o centeno, el baúl lleno".  Probó a morder el dulce fruto. Las pinchitas que abundaban laceraron su cuerpo y su boca, pero los ruidos que de su tripa salían cesaron. También desapareció la sed. El desierto parecía solitario, pero cuando la noche tendió su manto oscuro sobre el paisaje salieron de los lugares más insospechados  animales de todas las especies que habitaban el lugar. Su instinto de conservación le instaba a permanecer escondida, pero se hallaba en la salida de la guarida de mamá coyote y su prole. La vio salir seguida de sus
 cachorros. Ni lo pensó. De un salto subió sobre la cola de mamá coyote y se dispuso a dar una vuelta para reconocer el lugar cómodamente sin exponerse a los rayos del sol lacerante del desierto de Sonora. Y fue de esta manera, cómoda y fresca, que la lagartija Fernanda llegó hasta la playa hermosa del océano Pacífico, pero la noche oscura y el impulso que mamá coyote ejercía sobre su cola no la dejaron admirar su color azul intenso y su gran  inmensidad. 

María Encarna Rubio 

martes, 6 de octubre de 2026

A la sombra del manzano


 







 Una mañana soleada dormitaba tranquilo el saltamontes Nicasio a la sombra de un manzano. Cansado, muy cansado. Su apetito voraz había sido saciado, vitaminado, profusamente hidratado con el jugo dulce de una manzana rosada, apetitosa. Había sido transportado por una ventisca del desierto, allí no crecía nada capaz de nutrir su hambre después de haber nacido. Una tormenta repentina propició la eclosión de todos los huevecillos esparcidos por los congéneres suyos por dunas y territorio reseco antes de morir. La suerte suya fue la ventisca.  Arribó arrastrado por los vientos en un vergel de gran hermosura, circundado de manzanos, cerezos y toda clase de árboles frutales exuberantes. Allí quedó. No conoció a padre, ni madre que le cuidase con amor y con mimos. Había otros hermanos nacidos junto a él, pero cada una hacía su vida y para nada se ocupaban de cuidarle. Cada uno a lo suyo. Quiso entablar amistad con un ingrato que por poco le come una patita. Ahora, a la sombra del manzano, no veía a ninguno de ellos. Mejor así—pensaba. Y fue en ese momento que se presentó ante él la lagartija Fernanda. Estaba en las mismas condiciones que él. No conocía padre. Ni madre. Por un momento pensó Nicasio si aquella lagartija querría amistad con él con algún propósito. Si querría comerlo en un descuido; pero no, no se le adivinaba mala intención. Le decía su intuición que él estaba incluido entre los adecuados a su dieta, pero la lagartija Fernanda era especial, inspiraba confianza. Y así fue como el saltamontes Nicasio y la lagartija Fernanda se conocieron un día de sol radiante a la sombra de un manzano espléndido y cargado de fruta jugosa y dulce.

María Encarna Rubio

 

martes, 29 de septiembre de 2026

Genio figura hasta la sepultura





 Perolo se jactaba de no ser un ratón cualquiera. Paseaba todos los días sobre las tapas de los libros más famosos del mundo en los sótanos de la biblioteca. Salía de vez en cuando muy atildado con toga y birrete a encontrar a otros ratones en el "Jardín de Manolo". Su vocabulario culto resultaba muy diferente del lenguaje coloquial  de los amigos que frecuentaba. —¡Quedarás sin amigos, Perolo!—Replicaba Rufina—no marques diferencia, pon cuidado en ser como los demás, los que nunca leen ni estudian no lo pueden ocultar cuando hablan, entenderán lo que dices pero serán incapaces de expresar de igual manera que un erudito lo que piensan. —¡No dejaré de ser yo mismo por nada de este mundo! —Encaró Perolo a Rufina contundente—quién quiera ser mi amigo tendrá que aceptarme como soy y el que no entienda mi vocabulario que busque en el diccionario y aprenda. 

María Encarna Rubio

 

miércoles, 12 de agosto de 2026

Las dudas de la hormiguita Buba




 La hormiguita Buba había abandonado el huevito que fue su cuna. Las historias que oyera desde el lugar en que creció la llenaban de confusión. ¿Sería cierto que el mundo se componía de tierra y agua? ¿Qué el planeta Tierra viaja a gran velocidad por el espacio y  nadie se da ni cuenta? ¡No puede ser! —Pensaba— Tenía que averiguarlo por sí misma. 



 Salió del hormiguero una mañana muy temprano, el rocío de la noche perlaba las hojas de las flores del camino. Vio salir el Sol y se asustó mucho al contemplar el disco rojo que asomaba detrás de los montes iluminando con rayos incandescentes el horizonte lejano. Corrió despavorida a esconderse debajo de unas hojas de margaritas. Pasó largo rato esperando ver si algo se movía en su alrededor. Asomó su cabecita y pudo comprobar que nada se movía. ¡Qué mentiras nos cuentan a los críos, aquí nadie viaja! Todo está quieto. Salió alborotando con gritos de protesta. ¡Nos engañan! ¡Todo mentira!

 El búho Caroncio que dormía despertó con gran disgusto. Siempre aparecía alguien que no le dejaba descansar. Había pasado la noche intentando encontrar algún ratoncillo despistado para atraparlo para alimentar a sus pollitos buhitines y se encontraba muy cansado. Ahora, una hormiguita de nada gritaba sin respeto por los que de día descansan después de trabajar toda la noche.  Salió a increpar a la inoportuna ruidosa.
 —¿Por  qué gritas, insensata?  Dime, qué te pone tan furiosa—adujo el búho Caroncio tratando de abrir sus ojos agredidos por la luz del día.
—Soy pequeña pero no tonta. Dicen que la tierra viaja a gran velocidad por el espacio y no veo que nada se mueva, cada cosa permanece en el mismo sitio que ayer—aclaró la hormiguita Buba con mucho desparpajo. 
El búho Caroncio se dio a reír, sus ojos binoculares permanecían fijos en la hormiguita Buba, de pronto movió su cabeza de modo que Buba quedó atónita, parecía una peonza dando vueltas.
—Escucha, hormiga infantil—argumentó Caroncio aguantando los espasmos que le producía la ignorancia de Buba—¿has visto salir el Sol esta mañana?
—Lo he visto, grande y rojo como el fuego. Estaba escondido detrás de los montes. 
—Bien—afirmó el búho con actitud de personaje sabio —¿Adónde lo ves ahora, crees que se ha movido?
—Sí, se ha movido, está en la mitad del cielo—dijo la hormiguita con ojos muy abiertos. —Entonces es el Sol el que viaja.
—¡No, el Sol está quieto! Es la tierra la que jira alrededor del Sol y tarda un día en dar la vuelta. Nosotros no sentimos la velocidad porque una poderosa fuerza nos atrae y nos mantiene tal como nos ves. Dios es poderoso y todo lo ha creado a propósito para que nosotros podamos disfrutar de su grandiosa creación.  

María Encarna Rubio
  

viernes, 26 de junio de 2026

Aventuras de la cabrita Maruja

 


La cabrita Maruja reía feliz, por fin había conseguido reunir a los amigos la gata Rufina, el ratoncito Perolo, el saltamontes Nicasio y a la lagartija Fernanda en la casita del bosque. Sería el próximo fin de semana. Cierto que hacía mucho tiempo que no se veían. Dudaba de reconocerlos, eran tan jovencitos cuando se conocieron que seguro habrían cambiado. La gata Rufina era casi un bebé, el ratoncito Perolo no era mucho mayor que ella y el saltamontes Nicasio y la lagartija Fernanda casi adolescentes. Todos eran ya adultos, pero ella los extrañaba y los apreciaba igual que antes. 
Preparó con ilusión el encuentro. Había desalojado a los cuervos invasores que todo lo ensuciaban y había devorado las malas hiervas que habían crecido limpiando así el recinto con chimenea que les había dado cobijo a todos. Fueron tiempos que ella nunca podría olvidar.
El día de sábado no salió a pastar por el monte. Esperaba impaciente con la puerta abierta y la chimenea encendida. Por fin, apareció la gata Rufina, pero no venía sola, la acompañaba doña Carlota, la gata sabia. Había aceptado la invitación de Rufina. Su mirada resplandecía de felicidad, ella había nacido en el campo y la idea de respirar el aíre fresco del monte le producía gran ilusión. Perolo llegó al poco, tampoco venía solo. Unos ratones venidos del extranjero le acompañaban. Doña Carlota, la gata sabia pensaba que no era coherente invitar a desconocidos que no entendían el idioma y así se lo hizo saber a Perolo:
—Amigo Perolo, por qué has traído compañeros que no hablan nuestro idioma, no lo van a pasar bien y nosotros tampoco. Es un fiasco, cómo te vas a arreglar en esta reunión de encuentro tan desigual —argumentó doña Carlota disimuladamente, con gestos de desaprobación.
—Amiga doña Carlota—expuso Perolo con contundente valoración, mesándose los bigotes con su rabito con habilidad—son expertos en el manejo del traductor de Google y siempre salen airosos de los retos que se les van presentando. Quieren practicar. Quieren aprender... y yo les voy a ayudar. Tengo previsto viajar a su país y necesito contactos que me apoyen allí. —¡Ya veo lo interesado que eres, Perolo! Nunca ayudas de modo altruista, pensando siempre en tu beneficio a largo plazo—adujo la gata sabia con gesto aducto. —Yo tengo otro criterio—refirió Perolo enseñando sus dientes incisivos largos y bien afilados—mi opinión es que para cosechar el fruto antes hay que hacer buena siembra. Enzarzados estaban en esta contienda cuando aparecieron la lagartija Fernanda y el saltamontes Nicasio. Presentaban un aspecto cuidado y alegre. Nada más llegar propusieron salir de excursión subidos a lomo de la cabrita Maruja. Esta quedó un poco indecisa, eran muchos, pero decidió complacerlos, por su tamaño  pequeño  pesarían poco. 
Con gran algarabía, distribuidos por el lomo, las orejas y el cuello de la cabrita Maruja salieron de marcha rumbo a la cueva del manantial. Cuando la cabrita saltaba por los riscos del monte se veían forzados a sujetarse con fuerza al peludo cuero cabelludo de la cabrita, cosa que le provocaba risotadas por cosquillas y espasmos. Lo estaban pasando muy divertido. Llegados a la cueva bajaron de su medio de transporte y los que pudieron se dieron un baño en el manantial. Después tomaron una buena merienda, había comida para todos. Abundaban los mosquitos, los frutos de los arbustos y la hierba tierna y fresca. Parecía aquello el jardín del Edén. Perolo sufrió una indigestión, abusó de la ingesta de higos secos que había debajo de una higuera.  
Fue un día inolvidable. Los ratones extranjeros hablaron poco, pero rieron mucho. La gata sabia hizo algunas reprimendas que parecían justas, pero nadie le hizo caso. Quedaron en repetir la experiencia otro día entre risas y abrazos guardaron muchas fotos de la casita del bosque como recuerdo entrañable.

María Encarna Rubio  
    
   

MAMÁ OSA PERIPITOSA

En la casita del bosque todo iba bien. Las gallinas ponían sus huevos en una cesta y mamá osa los llevaba al mercado. Sería bonito pensar q...