viernes, 26 de junio de 2026

Aventuras de la cabrita Maruja

 


La cabrita Maruja reía feliz, por fin había conseguido reunir a los amigos la gata Rufina, el ratoncito Perolo, el saltamontes Nicasio y a la lagartija Fernanda en la casita del bosque. Sería el próximo fin de semana. Cierto que hacía mucho tiempo que no se veían. Dudaba de reconocerlos, eran tan jovencitos cuando se conocieron que seguro habrían cambiado. La gata Rufina era casi un bebé, el ratoncito Perolo no era mucho mayor que ella y el saltamontes Nicasio y la lagartija Fernanda casi adolescentes. Todos eran ya adultos, pero ella los extrañaba y los apreciaba igual que antes. 
Preparó con ilusión el encuentro. Había desalojado a los cuervos invasores que todo lo ensuciaban y había devorado las malas hiervas que habían crecido limpiando así el recinto con chimenea que les había dado cobijo a todos. Fueron tiempos que ella nunca podría olvidar.
El día de sábado no salió a pastar por el monte. Esperaba impaciente con la puerta abierta y la chimenea encendida. Por fin, apareció la gata Rufina, pero no venía sola, la acompañaba doña Carlota, la gata sabia. Había aceptado la invitación de Rufina. Su mirada resplandecía de felicidad, ella había nacido en el campo y la idea de respirar el aíre fresco del monte le producía gran ilusión. Perolo llegó al poco, tampoco venía solo. Unos ratones venidos del extranjero le acompañaban. Doña Carlota, la gata sabia pensaba que no era coherente invitar a desconocidos que no entendían el idioma y así se lo hizo saber a Perolo:
—Amigo Perolo, por qué has traído compañeros que no hablan nuestro idioma, no lo van a pasar bien y nosotros tampoco. Es un fiasco, cómo te vas a arreglar en esta reunión de encuentro tan desigual —argumentó doña Carlota disimuladamente, con gestos de desaprobación.
—Amiga doña Carlota—expuso Perolo con contundente valoración, mesándose los bigotes con su rabito con habilidad—son expertos en el manejo del traductor de Google y siempre salen airosos de los retos que se les van presentando. Quieren practicar. Quieren aprender... y yo les voy a ayudar. Tengo previsto viajar a su país y necesito contactos que me apoyen allí. —¡Ya veo lo interesado que eres, Perolo! Nunca ayudas de modo altruista, pensando siempre en tu beneficio a largo plazo—adujo la gata sabia con gesto aducto. —Yo tengo otro criterio—refirió Perolo enseñando sus dientes incisivos largos y bien afilados—mi opinión es que para cosechar el fruto antes hay que hacer buena siembra. Enzarzados estaban en esta contienda cuando aparecieron la lagartija Fernanda y el saltamontes Nicasio. Presentaban un aspecto cuidado y alegre. Nada más llegar propusieron salir de excursión subidos a lomo de la cabrita Maruja. Esta quedó un poco indecisa, eran muchos, pero decidió complacerlos, por su tamaño  pequeño  pesarían poco. 
Con gran algarabía, distribuidos por el lomo, las orejas y el cuello de la cabrita Maruja salieron de marcha rumbo a la cueva del manantial. Cuando la cabrita saltaba por los riscos del monte se veían forzados a sujetarse con fuerza al peludo cuero cabelludo de la cabrita, cosa que le provocaba risotadas por cosquillas y espasmos. Lo estaban pasando muy divertido. Llegados a la cueva bajaron de su medio de transporte y los que pudieron se dieron un baño en el manantial. Después tomaron una buena merienda, había comida para todos. Abundaban los mosquitos, los frutos de los arbustos y la hierba tierna y fresca. Parecía aquello el jardín del Edén. Perolo sufrió una indigestión, abusó de la ingesta de higos secos que había debajo de una higuera.  
Fue un día inolvidable. Los ratones extranjeros hablaron poco, pero rieron mucho. La gata sabia hizo algunas reprimendas que parecían justas, pero nadie le hizo caso. Quedaron en repetir la experiencia otro día entre risas y abrazos guardaron muchas fotos de la casita del bosque como recuerdo entrañable.

María Encarna Rubio  
    
   

jueves, 18 de junio de 2026

La lagartija Fernanda entra en letargo

 


 La lagartija Fernanda andaba atareada, veía acercarse a pasos agigantados el frío del invierno y buscaba refugio para guarecerse en su letargo. ¡Pobrecita! Necesitaba el calor del verano, su sangre no tenía termostato, quedaba heladita sin sol radiante. 
Anduvo por el monte un poco perdida, había quedado con su amiga la lagartija Botija para pasar juntas los largos meses de frío intenso y no encontraba su guarida.
 Doña Carlota, la gata sabia, le había aconsejado que comprara un buscador JPS para lagartijas, pero ella no tenía dinero, no trabajaba en nada. Buscaba trabajo y si lo encontraba tenía que abandonar, la ivernación consumía meses de inactividad. Además, ella no necesitaba ropa, ni casa, ni comprar comida, lo poco que comía le caía del cielo gratis. 
La gata Rufina decía que era una lagartija feliz. Ella, sin ir más lejos, tenía que comer en verano y en invierno y si hacía frío lo sentía en sus carnes, no quedaba en letargo había que espabilar, buscar chimeneas con fuego.
 La gata doña Carlota decía que lo mejor era que cada uno viviera como le toca y hacerlo contento porque estaba visto que en este mundo nada es perfecto y a gusto de todos.

María Encarna Rubio 

MAMÁ OSA PERIPITOSA

En la casita del bosque todo iba bien. Las gallinas ponían sus huevos en una cesta y mamá osa los llevaba al mercado. Sería bonito pensar q...