La lagartija Fernanda andaba atareada, veía acercarse a pasos agigantados el frío del invierno y buscaba refugio para guarecerse en su letargo. ¡Pobrecita! Necesitaba el calor del verano, su sangre no tenía termostato, quedaba heladita sin sol radiante.
Anduvo por el monte un poco perdida, había quedado con su amiga la lagartija Botija para pasar juntas los largos meses de frío intenso y no encontraba su guarida.
Doña Carlota, la gata sabia, le había aconsejado que comprara un buscador JPS para lagartijas, pero ella no tenía dinero, no trabajaba en nada. Buscaba trabajo y si lo encontraba tenía que abandonar, la ivernación consumía meses de inactividad. Además, ella no necesitaba ropa, ni casa, ni comprar comida, lo poco que comía le caía del cielo gratis.
La gata Rufina decía que era una lagartija feliz. Ella, sin ir más lejos, tenía que comer en verano y en invierno y si hacía frío lo sentía en sus carnes, no quedaba en letargo había que espabilar, buscar chimeneas con fuego.
La gata doña Carlota decía que lo mejor era que cada uno viviera como le toca y hacerlo contento porque estaba visto que en este mundo nada es perfecto y a gusto de todos.
María Encarna Rubio
