lunes, 25 de junio de 2018

Miedo y terror

Delada tenía los ojos anegados por el llanto. Nada podía hacer para evitarlo, las lágrimas fluían  silenciosas. Había pasado la noche casa de los abuelos con otros primos y ya sabemos lo difícil que es la adolescencia, habían quedado disgustados. Ya falta poco para llegar a casa, pensaba para consolarse, siempre lo hacía.

Caminaba por el tortuoso sendero salpicado de matojos que amenazaban con hacerlo impracticable. El miedo le secaba la garganta. Imaginaba que Nequegro, el hombre siniestro que habitaba la única casa que se veía en aquellos parajes la estaba acechando para asaltarla. Tenía este muy mala reputación. Su mujer murió en extrañas circunstancias, apareció una mañana flotando boca abajo flotando en el enorme aljibe que recogía las aguas de lluvia que bajaban del barranco. Nunca se supo qué fue lo que motivó su muerte. Si fue suicidio o asesinato. Él quedó dueño y señor de la finca que ella había heredado de sus padres. La casa tenía un aspecto tan siniestro como el dueño, con sus rejas herrumbrosas y con las malas hierbas afeando sus alrededores descuidados y con gran cantidad de trastos viejos abandonados a su suerte.

Nequegro era un hombre venido de fuera. Se había conocido con Aurora, su mujer, en un tiempo de salida de temporeros a trabajar la vendimia en el país vecino. Él se esforzaba por parecer simpático, buen hombre, pero todos sabían que la pobre Aurora no recibía buenos tratos de su marido. Vivía amargada, con ese hueso duro de roer, que escondía detrás de una falsa sonrisa los más bajos sentimientos. 

No era la primera vez que Delada lo había visto aparecer frente a ella obstaculizando su paso por el estrecho sendero. Ella estaba dispuesta a defenderse si era necesario. Le daría un buen empujón y lo lanzaría monte abajo. Se hallaba inmersa en esos pensamientos cuando todo empezó a oscurecerse. Grandes y negros nubarrones ocultaron los rayos del sol. Gotas grandes como monedas caían con fuerza. Una lluvia torrencial comenzó a caer de improviso y grandes torrentes de agua bajaban de lo alto  del monte amenazando con arrastrarla por la vaguada. El único lugar que había para guarecerse era la casa de Nequegro. Venció su miedo y dirigió sus pasos hacía allí. 

Había un horno moruno a unos metros de distancia de la casa, humeaba. Al recibir el agua de la lluvia, esta, se vaporizaba debido a la fuerte temperatura que tenía: Nequegro estaba asando verduras. Aunque era lugar de secano, tenía un pequeño huerto donde hacía cultivos con el agua del aljibe. Nequegro se afanaba en poner a buen recaudo unos higos que tenía puestos a secar sobre un zarzo hecho con cañas. 

Cuando vio llegar a Delada corriendo, toda empapada, la invitó a entrar con esa sonrisa suya, que no por ser amplia ofrecía confianza sino todo lo contrario:

—"Pasa dentro, niña"—dijo en tono amable mientras abría la puerta de la casa. Vaya aguacero que nos está cayendo. 

—¡Sí, oh, estoy muy mojada!
—Si no te importa, puedo dejarte unas ropas de Aurora para que te cambies —dijo Nequegro al tiempo que se dirigía a la habitación contigua. Abrió la puerta con sigilo extremo, como si Aurora estuviese dentro durmiendo y temiera que  despertase. Cerró tras de sí con igual sigilo y se oyeron sonidos extraños de goznes que se abrían herrumbrosos, sin haber sido accionados en mucho tiempo.
Pasaron bastantes minutos, a Delada le pareció una eternidad. Al fin la puerta se abrió, y salió Nequegro portando un bulto de ropa envuelto en un pañuelo grande. Se lo ofreció a Delada al tiempo que le indicaba el lugar donde podría cambiarse de ropa.
Delada temblaba con un fuerte castañeteo de dientes, no sabía si de frío o de miedo. La introdujo por un oscuro y largo pasillo. Un ventanuco, al final del mismo, iluminaba de una manera tenue, difusa, el lúgubre lugar. Un fuerte olor a moho lo inundaba todo. Nequegro abrió una puerta, la invitó a entrar, y Delada se encontró en un dormitorio con una cama con dosel que la cubría toda. Las cortinas del dosel estaban cerradas, y la cama se ofrecía oculta llena de misterio. 

Delada comenzó a desnudar su cuerpo. Fue dejando sus ropas mojadas con cuidado sobre un sillón frailero que había en una esquina de la habitación y, cuando empezaba a ponerse lo que le había dado Nequegro, un estrépito tremendo la llenó de terror: algo saltó sobre ella salido de detrás de las cortinas del dosel:  —¡¡Ayyy!!—gritó mientras caía al suelo conmocionada.

Cuando Delada despertó se encontraba en su propia cama. Su madre la atendía con cariño y le curaba los arañazos que le había propinado el gato de Nequegro que saltó sobre ella asustado de recibir una visita inesperada que había perturbado su descanso. 

—¿Cómo he llegado hasta aquí? —Preguntó a su madre.
—¿No recuerdas lo que te ha sucedido en casa de Nequegro?
—No. Sólo recuerdo que una fiera se me abalanzó haciéndome caer.
—Nequegro nos avisó para que fuésemos a recogerte. Ya ves que corres peligros si te aventuras por los senderos del monte sola. No vuelvas ha hacerlo. 
—¡Hasta que sea mayor!—respondió Delada con una sonrisa. 

M.E.Rubio Gonzalez 


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