jueves, 29 de junio de 2017

EL ACANTILADO

Él era leñador y la soledad del monte le embrutecía el alma. Añoraba embriagarse con la brisa ante la vastedad del ancho mundo. Decidió escapar de la cueva vegetal escondida en la selva. Desde niño había trabajado en la carbonera junto a su amigo Mocholo y algunos más.

En su huida hacia lo desconocido, todo su equipaje lo portaba en una mochila sobre su espalda. Había robado a su amigo Mocholo lo único que poseía de gran valor para él: su bicicleta, que le unía a la civilización, y un pequeño alambique de cobre, con el que destilaba los frutos silvestres del bosque. Lo portaba amarrado atrás, en un pequeño portaequipajes. No lo había planeado así... Le hubiera gustado dejar tan valiosa prenda para su amigo, pero no podía correr el riesgo de que éste despertase mientras lo soltaba.
La decisión estaba tomada. Escaparía de la prisión que la vida le había impuesto. Se había visto obligado a crecer sin ver más mundo que el bosque y las carboneras ardiendo sin cesar. 


Si bien salió de noche, la claridad fue iluminando las sombras sobre la línea del horizonte. Allá, a lo lejos, las torres de las basílicas y de la catedral apuntaban al cielo teñido de un manto rosado, preludio de un sol naciente. 


Ahora pedaleaba con la ilusión de un adolescente por el camino, fuera del bosque. Él, imaginaba su llegada al pueblo. La felicidad le apretó el alma, le latían las sienes. La fascinación por ver el mar le causaba una ansiedad contenida durante años.

En su mochila, sus cosas: la manta, una botella de licor, un trozo de pan, un cuchillo..., nada más. Su rostro era el reflejo de cien años de soledad. 



¿Sería el mar tal como le habían contado? Un cielo azul que se funde con el mar en el horizonte... Esta imagen le iluminaba los ojos, le alimentaba la imaginación, le tensaba la ansiedad.

Cuando se hizo de noche estaba agotado. Decidió dormir bajo las estrellas. Mañana haría el trecho final. Sacó la botella de la serpentina, tomó un trago de licor destilado por Mocholo. Sabía a líquenes y a manzanas. Se quedó dormido sin encender la hoguera de protección contra las alimañas. Bajo el rocío de las estrellas, pudo aspirar los aromas de la noche y gozó feliz de un sueño inmaculado.



Le despertaron los ladridos pavorosos de la jauría que se acercaba veloz. A lo lejos, los cazadores armados con sus escopetas seguían a los perros que amenazaban con despedazar su entumecido cuerpo tirado sobre el duro suelo. Montó su bicicleta y salió como un estampido sin ver que se dirigía hacia el acantilado. La luz del sol saliendo del mar dejó sus pupilas cegadas y el mar se abrió, le acogió con puertas abiertas que se cerraron tras él. 

A pesar de todo, la expresión de su rostro era de euforia y disfrutó de la caída. Le complacía tener al ancho mar por sepultura.






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