viernes, 18 de mayo de 2018

LÁGRIMAS DE MIEL

LÁGRIMAS DE MIEL

Una cuna se mecía con la brisa marina  una  mañana de primavera. Desde el balcón poblado de exuberantes bugambillas se divisaba la dársena del puerto. La incauta joven, al pie de la cuna, derramaba lágrimas que humedecían la cuna de su niño. Había caído en la trampa que la naturaleza tiende los que se enamoran. Se había atrevido a entregarse a un hombre sin pasar antes por el altar. El joven, faenando ,trabajaba en un pesquero.
                                                                                           
Un día,  una tormenta hizo zozobrar su barco. Nunca más se supo de él ni de su tripulación.  Una joven embarazada quedó sin amparo. Su hijo destinado a ser un genio recordado por siempre, nacería de madre soltera. 
 Tiempos difíciles para cometer ese pecado. La familia, avergonzada,  otorgaba sin otra  opción.  ¡Una mancha en la familia!  
Años de intachable reputación tirados por la borda.


                                              
Sentía sobre sí las miradas de rechazo cuando caminaba por las calles del pueblo de empinadas cuestas. También las lascivas de algunos que pensaban en ella como presa fácil de conseguir por el hecho de tener un hijo siendo soltera. Las vecinas evitaban mirarla cuando pasaba cerca.
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El mar se divisaba desde el balcón de las buganvillas. Acunaba a su niño y  miraba cómo salían los barcos cargados hacía el Nuevo Mundo. Un día marchó dejando tras de sí brisas perfumadas de brumas del mar y jarales de los montes. Se llevaba a su hijo del pueblo discriminador de jóvenes incautas… Se enfrentaba a un futuro lleno de incógnitas, misterios…
Quedó una cuna vacía. El viento la mecía en arrebatos de lágrimas derramadas. ¿Es justo arrebatar de manera tan cruel el inmenso placer de ser madre?  ¿Sabemos de qué se vale la naturaleza para crear un genio? Cada ser humano que nace puede serlo. No importan los documentos previos.  Esperemos expectantes respetando a toda mujer que se expone para que surja ese milagro.

En la torre del homenaje aparecieron nuevas insignias. No era feudal ni de regio linaje el señor de las nuevas huestes.  Quedaban lejos los tiempos en que las doncellas cubrían sus cabelleras con finos velos. 
Las que ahora paseaban por los salones del castillo, decorados con blasones, pendones y armaduras, lucían ajustados vestidos que modelaban su figura y dejaban adivinar  sus torneadas piernas. Había una orquesta de afinados Instrumentos  manejados por artistas especializados, como correspondía  a  tan destacado  anfitrión.
El ambiente medieval contrastaba con el lujo derrochado por doquier. Coches de gran categoría, privilegio de unos cuantos. Joyas de valor incalculable. Se inauguraba el capricho de un genio mimado  por la fortuna.
Se podía permitir comprar un castillo medieval y transportar a  decenas de invitados a miles de kilómetros de distancia para festejarlo. De prestancia varonil, su gran porte y su historial profesional harían sentirse orgullosa a cualquier nación de contar con su presencia. El genio, el artista, el señor que todo lo podía comprar, guardaba secretos. 

Se miraba al espejo…  ¿Qué veía?:
Veía a un hombre enamorado de unos ojos negros clavados en su memoria que jamás podría encontrar. Un sueño que le tenía obsesionado por la frecuencia con que se repetía:   “Un balcón con buganvillas  y brisas perfumadas con jarales de los montes.”
--¿Dónde están esos ojos negros? ¿Dónde ese balcón de buganvillas?
Paseaba por su castillo en las noches de insomnio. Desde las almenas de su torreón, miraba los campos queriendo encontrar una respuesta a su inquietud, a su terrible ansiedad.  

El transeúnte  dormía  en el banco del jardín del los ficus centenarios.  Los parterres de las rosas se deshacían en perfumes con el rocío de la noche. El caminante recorría caminos sin fin. Los pajarillos que dormían junto a él se contaban historias antes de alzar el vuelo.  Se decían unos a otros:
¿Con porte de gran caballero, y durmiendo en un banco del jardín?
—Tenemos un intruso 
—No temáis —decía el transeúnte— yo voy de paso. Busco un balcón con buganvillas, con brisas perfumadas con jaras de los montes.
La verja del jardín, que de noche se veía negra, de día se volvió dorada. Una mujer bella, de pelo negro, clavó sus ojos en los suyos y rompió  el  hechizo.
—¿Qué te ha pasado? ¿Por qué un hombre como tú anda de transeúnte por la vida?  —Le dijo.
—Busco un balcón con buganvillas y unos ojos como los tuyos.
—Sal de tus sueños, yo te ayudaré.  Encontraremos juntos jarales y ese balcón que, con sus brisas marinas, te hará sentir fantasías sin fin.   Soñaremos  que navegamos para encontrar un castillo donde  tú crearás cuentos  fantásticos que asombrarán al mundo.

Un día, paseando por una villa rocosa con historias milenarias, la vista del balcón se hizo patente.
¡Allí estaba el soñado balcón!
Todavía se mecía la cuna con el golpe de los vientos. Las buganvillas  llenaban de colorido el lugar y se movían con la brisa del mar, despidiendo  perfumes de las jaras del monte.
-No llenaré  mi balcón de ánforas milenarias, ni glorias de estos tiempos, —se decía—. Se secaron con los vientos las lágrimas derramadas sobre mi cuna.  Daré mi fruto al lugar dónde encontré cobijo.
—¡Encontré el balcón de mis recuerdos!  
—¡En mis recuerdos lo guardaré en arcón cerrado con siete cerraduras! 
—¡He vuelto!  Me acompañan unos ojos negros…  Más los de mis sueños...
—¡Tenían lágrimas de miel!



domingo, 22 de abril de 2018

La niña pintora

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 Yayita se iluminaba
 si acauarelas pintaba.
Por consejo de su abuela
siempre pintaba acuarela.
 Y mezclando los colores
lo hacía de mil amores.
Le parecían rosarios,
 neutros o secundarios.
La imagen imaginando
figuras iba pintando.
Soñaba con los laureles
ganados con los pinceles.
No tenía gran problema
para la elección de tema.
Lo mismo un personaje
que bodegón o paisaje.
¡Qué bonito es pintar!
Se decía sin cesar.
Pintaré amaneceres
y también atardeceres.
La estrellada  noche
como colofón y broche,
del esplendoroso día
que escribí mi poesía.







miércoles, 11 de abril de 2018

LA SONRISA DE PASCUALA


LA SONRISA DE PASCUALA
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Rosita era una niña que vivía en un pueblo perdido en el campo.
Su abuela Engracia, cuando venía a verla, siempre le contaba cuentos. Ella la esperaba con ilusión y la llamaba “abuela cuenta-cuentos”.
Un día de invierno vino la abuela “cuenta-cuentos” de visita, y fue tan grande la nevada, que cubrió puertas y ventanas y no se podía salir de casa. Rosita no fue a la escuela. Todos quedaron al calor de la chimenea.
—Cuenta un cuento, abuelita— pidió la niña con ilusión.
—Vale. Te contaré uno que me contó mi abuela un día de invierno que quedamos atrapados por la nieve. Habla de mariposas y de otras cosas. A mí me  gustan los cuentos que hablan de sol en invierno, y los que hablan de nieve en verano. Decía así:

Pascuala tenía una bella sonrisa, ella lo sabía y abusaba un poco de ello: siempre tenía la boca abierta. Su madre le anunciaba sin cesar malos presagios:
—¡Pascuala, cierra la boca! Se te va a colar por ella todo lo que pulula por el embrutecido ambiente.
Pascuala hacía caso omiso a las advertencias de mamá, y no solo en eso, sino que tenía por norma no obedecerla en nada. Campaba a sus anchas haciendo siempre lo que le venía en gana.

Un día de sol radiante, salió Pascuala al campo, le gustaba cazar mariposas. Corría y corría tras ellas. Tenía una habilidad especial para atraparlas con sus propias manos: las cogía, las observaba durante un largo rato, y luego las dejaba abandonadas a su suerte con las alas rotas e inservibles para seguir volando.

Esa mañana de primavera, Pascuala iba riendo tras las mariposas. Llevaba como de costumbre la boca abierta. Una mariposa bruja se coló por ella, y la tuvo que tragar. Al pasar entre sus dientes, los fue impregnado de todos los colores de sus alas. No quedaban muy bonitos, más bien algo asquerosos.

Cuando llegó a casa, su madre quedó asustada al verla, su sonrisa era fea y repugnante. Las orejas se habían convertido en una especie de alas, que más bien parecían dos orejas de elefante. Ella, no se daba cuenta de que las movía sin cesar, y formaba tal ventolera, que las cortinas de casa estaban bailando a ritmo de vals.

Su madre asustada la llevó al médico. Cuando estaba en la consulta, todos los papeles que estaban encima de la mesa salieron volando estrepitosamente.
El médico, presuroso, le puso dos inyecciones en cada oreja, con el fin de conseguir su relajación.
Las orejas se relajaron, pero Pascuala no: empezó a cantar tan alto y desafinado, que todos los pacientes que esperaban en la consulta empezaron a increparla para que se callase.

El médico, que entendía mucho de hechizos de mariposas brujas, le dio un jarabe de polen de “mandrágora”, y Pascuala quedó profundamente dormida.
Cuando despertó ya se encontraba bien. Tenía las orejas como siempre las había tenido y los dientes también. Se los lavó con esmero, y desde ese mismo instante, obedeció a su madre, cuidó de todos los animales que veía, y solo abrió la boca para hablar cosas correctas y sonreír en los momentos que eran oportunos.

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—¡Qué bonito! Me ha gustado mucho, abuelita. Cuenta otro.
—Vale... Contaré otro. Pero antes tomaré una tacita de caldo calentito para recuperar fuerzas. El que voy a contar ahora es de los que absorben toda mi energía... Ese no me lo ha contado nadie.







martes, 3 de abril de 2018

Guitarra feliz en bancal de coliflores

Jadeante, iba pedaleando a toda prisa, con todo el ímpetu que me permitían mis cansadas piernas. 

Las nubes amenazaban lluvia y en un largo trecho no se veía lugar donde guarecerse. 
Había  bancales a ambos lados del camino con sus cultivos de distintas hortalizas: lechugas, alcachofas, coliflores y varías clases de plantas aromáticas. 

El viento arrancaba al pasar aromas embriagadores. Una golondrina surcó los vientos, rauda. 

Aparqué mi bicicleta, saqué mi bloc de notas, y me dispuse a dar rienda suelta a la inspiración que su paso había provocado en mi interior:

Dime, golondrina bella,
tú que viajas y vuelas...
¿Has visto mi amor volando
por otras tierras?

Peregrina vas y vienes,
surcando valles y mares,
buscando para ser feliz
al amor que aquí dejaste.

Yo bien quisiera tener
alas para desplazarme
a buscar el amor mío
y con él reencontrarme.

No pude seguir escribiendo. No fue falta de inspiración: fue la lluvia que comenzó a caer con fuerza. 

 Toda mojada, con mi blog de notas estropeado por las gotas de agua que caían, se me ocurrió refugiarme en un cuartucho casi en ruinas que había en unos bancales de coliflores. 

Me sorprendió encontrar una chimenea encendida cuando hube entrado dentro. 
Era una estancia pequeña y no había nadie allí. Tenía un camastro en un rincón. Estaba desaliñado y había una guitarra encima que parecía estar dormida después de un arduo trabajo. Tenía una cuerda rota. 

Quedé frente a la entrada mirando cómo llovía. 

De pronto, sobresaltada, me giré sobre mis pasos, y allí estaba, la guitarra rasgueaba una rumba.
 Nadie la tocaba. 
Ella seguía sin cesar rasgueando, con su cuerda rota haciendo surcos cimbreantes.
 Me daban ganas de ponerme a bailar; pero me contuve.
Me percaté de que estaba sola en medio del campo, en un cuartucho solitario y con una guitarra que tocaba una rumba sin que nadie pusiera sus manos en ella. 

Salí corriendo de allí. Subí a mi bicicleta, y con la lluvia chocando contra mi cara, marché con la intención de contar a quién quisiera escucharme la extraña experiencia que había vivido. 
Desistí de ello, ya que me tomarían por loca y nadie me iba a creer.

María Encarna Rubio




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sábado, 31 de marzo de 2018

ARDILLA COLOR FRESA

La ardilla Pedicusa, no era una ardilla como todas; ella era una ardilla color fresa.
Resultado de imagen de ardillas disneyCorría de pino en pino buscando las piñas maduras para con sus fuertes dientes, abrir sus escamas y comer sus sabrosos piñones.

Todas las ardillas del bosque le tenían envidia, por su color tan bonito y particular. 
Ella quiso dejar de ser de color fresa y tener el mismo color que las demás para que todas la quisieran; pero su amigo el búho Caroncio, que era muy sabio, le dijo que cada uno se tiene que aceptar tal cómo lo ha hecho la madre naturaleza,
porque es la única manera de ser feliz. 
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La ardilla Pedicusa tenía otra peculiaridad, el sol y la luna, cuando salían, lo primero que hacían era darle los buenos días y las buenas noches con muchos besos. A nadie le pasaban desapercibidos, porque eran muy sonoros y se oían por montes y valles llevados con ondas convertidas en ecos... 


Mua...Mua...Mua... El viento enmudecía, las nubes corrían a esconderse detrás los picos más altos de las montañas cuando los escuchaban, y la ardilla Pedicusa, se abanicaba con su larga cola y reía feliz subida en una rama del pino más alto. 
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Un día que estaba nublado, Pedicusa se puso triste, nadie la iba a besar aquel día. 
El búho Caroncio, que siempre admiraba a la ardillita, se compadeció de ella, la quiso consolar con sus sabios consejos y le dijo:


No te preocupes, Pedicusa. El sol, si no sale hoy saldrá mañana. Siempre es así con todas las cosas de la vida. Los días tristes pasan y después de un día nublado siempre sale el sol. 

María Encarna Rubio

martes, 20 de marzo de 2018

ALMA MÁGICA



Cuando abro un libro y leo...
¡siempre te veo!
"Tu alma mágica"
Siento sueños alados.
Transportan mi pensamiento
por altas cumbres y verdes prados.
Siento en el aire un lamento,
Veo en su vibrar tu sentimiento.
María Encarna Rubio

miércoles, 7 de marzo de 2018

POEMA PARA ANGELITA


Tengo una casa en el campo.
Huele a tomillo y romero.
Cuando aspiro sus perfumes,
sé lo mucho que te quiero.

Tengo una fuente en mi huerto,
me fascina su murmullo,
cuando lo oigo yo siento
Que eres mi amor y mi orgullo.

Tengo alas y no vuelo.
Preciosas como tu cara;
tan bonita y tan clara...
¡Tan linda como un cielo!

Puedo seguir componiendo
versitos maravillosos...
Para decirte que tienes
unos ojitos preciosos.

María Encarna Rubio



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MAMÁ OSA PERIPITOSA

En la casita del bosque todo iba bien. Las gallinas ponían sus huevos en una cesta y mamá osa los llevaba al mercado. Sería bonito pensar q...