lunes, 3 de febrero de 2014

LA FUENTE CRISTALINA

   Se había despedido de todos. Atrás quedaban todas las comodidades, los amigos y la familia. Había pedido un año sabático. 

   Cerraba los ojos. Imaginaba los picos de los montes que, en la distancia, besaban las nubes. ¿Donde iba a ir?  Sólo él lo sabía. Ni teléfono, ni comunicación posible. A pesar de las controversias, había tomado la decisión más firme de su vida. Ya tenía edad para decidir y regir su propio destino.
  
   El helicóptero transportaba los escasos pertrechos, a él, su perro  y una pareja, macho y hembra, de cabras. Los dejó en unas soledades perdidas entre picos y vaguadas de montes. Él había estado allí hace tiempo. En un viaje de trabajo, el helicóptero que los transportaba sufrió una avería, tuvieron que hacer aterrizaje forzoso. Desde entonces, una obsesión rondaba sus pensamientos más íntimos:  pasar un año sabático allí.

   Nadie sabía que en aquel lugar existía una cueva. Se le podía llamar "La Capilla Sixtina", no sólo por la belleza de sus estalagmitas, sino también, por sus preciosas y profusas pinturas rupestres. Las aguas cristalinas de una fuente caían en cascada desde lo alto.  
  
   Instaló en un recodo, que parecía echo a propósito, sus enseres y su avituallamiento, y se dispuso a vivir su vida de ermitaño. Provisto de herramientas rudimentarias, con el hacha en la mano, salió al exterior a construir un cercado para sus cabras.

   La primavera casi tocaba su fin. Un viento agradable le acariciaba el rostro como en señal de bienvenida. No halló problemas. En poco tiempo  hizo el cercado y puso a sus compañeras a buen recaudo. Confiaba en ellas para la supervivencia.
  
   -¿Qué haces tú aquí? -Sentía una voz interior que le preguntaba. 
-Busco el cómo y el porqué, los puntos y las comas -otra voz le respondía.
     
   El  Sol salía, como tenía por costumbre, todos los días. Él le esperaba sentado en lo alto de un monte. Gustaba de darle los buenos días porque siempre recibía una cálida respuesta. Un día, mientras le esperaba, horadaba con su machete una protuberancia agrietada que había llamado su atención varias veces. 
-¿Qué es  ésto? -Un tubérculo  parecido a una patata salió del pequeño promontorio. Se propuso recolectarlos, había leído que, en cierto monasterio de la antigüedad,  los comían.

   En las noches oscuras, allá en la lejanía, creía atisbar un resplandor que le daba qué pensar. Tomó la decisión de salir de
marcha y averiguar qué era aquello. Preparó su mochila sin olvidar su minitienda de campaña. Marchó con su fiel compañero "Poncho". Le era cotidiano mantener largas conversaciones con él. Estaba encantado con su compañía. A Poncho, todo le parecía bien.
Anduvo todo el día. Hacía altos para recolectar los tubérculos, que sólo daban señales de su existencia con protuberancias agrietadas.

   Al atardecer instaló su tienda. Repuso energías con un queso, que él mismo había hecho con la leche de su cabra, y varios tubérculos asados que hacían las veces de pan. Durmió tranquilo. Había un guardián que le protegía. Cercano el amanecer, un sueño premonitorio le mantuvo todo el día con cierto desasosiego. Una voz suave, suave, le susurraba muy bajito:
-Quiero hablar a tu espíritu sin que se enteren tus sentidos.
-Esto no es posible, -respondía él- mi oído es quien te percibe. Es uno de mis sentidos.
-¿No has oído hablar del sexto sentido?
-Si, algo he oído.
-Por el sexto sentido nos entenderemos y lo haremos bien -dijo la voz.
  
   Llegada la mañana se sentía descansado. Desayunó de lo mismo que cenó. Siguió su camino meditando sobre el extraño sueño que se hacía  más misterioso influido por la soledad. En el camino encontró un arroyo. Guiado por el sexto sentido siguió su curso. Anduvo en pos de sus orillas largo trecho. Sus pies cansados le detuvieron a la sombra de un sauce que parecía llorarle al agua. Quedó dormido al calor de su perro.

   Creía estar soñando. Unas voces excelsas parecían bajar del infinito. Su perro le devolvió a la realidad con ladridos de aviso. Marchó éste corriendo e invitándole a que le siguiese. Como por arte de magia, un monasterio románico apareció ante sus deslumbrados ojos. 
-Ya has llegado -le dijo su sexto sentido.
La inmensa y milenaria mole parecía estar hecha para la eternidad. Al abrigo de su pórtico se hallaba un portón de descomunales dimensiones. Su aldabón, propio para hacer brazos fuertes a quien lo toque con asiduidad, tenía la forma monstruosa de las gárgolas.

   Golpeó tres veces. Al rato, un leve ruido denotaba que la mirilla había sido abierta. La puerta empezó a ceder haciendo chirriar sus goznes herrumbrosos. A  nadie vio cuando entró. El claustro estaba desierto y silencioso. Como si de cristal fuese, el brillo de su pavimento reflejaba sus columnatas con sus capiteles tallados por manos de artistas, dignos de pedestales en la gloria. Sobrecogido, siguió  adelante ganado por la curiosidad. De
pronto, un  estallido de voces con ecos profundos y misteriosos llenaron los espacios de tal forma, que hacía imposible averiguar de donde provenían. Un encapuchado le salió al paso. Parco en palabras le dijo que le siguiera.  En un despacho que, para nada se podía llamar austero por la importancia de su tallado, un anciano de blanca barba y ojos penetrantes le recibió como si le hubiese estado esperando. Se levantó, le dio la mano, y, precediéndole, le rogó que le siguiese.  De acuerdo con su sexto sentido, le siguió a través de pasillos y escaleras.

   Tres hombres de mediana edad estaban muy enfermos. En sus celdas sufrían dolores terribles. No podían comer, pues la hinchazón  de sus bocas lo hacía ya imposible. Se le hizo patente, casi al instante, el diagnóstico de aquella enfermedad. La carencia total de vitamina C les había producido el Escorbuto. En su avituallamiento había puesto gran profusión de complejos vitamínicos   para paliar una deficiente nutrición.

   Se puso en camino. Ni pernoctó ni recolectó. Desandando lo andado, llegó a su actual morada. Hizo acopio de lo que necesitaba y marchó con su "familia" al completo. No sabía el tiempo que tardaría en volver.

   El padre Anselmo le dio conocimiento del celo tan excelso que ponían los hermanos en el cumplimiento de las reglas. De ahí el motivo de las carencias nutricionales. 
-Padre Anselmo, cambie las reglas de su orden,  -le dijo-  el cuerpo humano  no es algo miserable que hay que combatir ni abatir. Es el templo donde DIOS habita. Del que se vale para completar su creación en la tierra. Cuidémonos con esmero, cuerpo y espíritu están creados para habitar juntos.

   Se quedó en el monasterio hasta que los enfermos sanaron. Después, marchó a terminar su año sabático en compañía de su perro, sus cabras, y su sexto sentido.   FIN
  
  
     

jueves, 30 de enero de 2014

QUIERO SUBIR EN LA NORIA

   -Mamá quiero subir en la noria. -Pacocho estaba en la feria con mamá y unos amigos. 
Su madre, protectora y precavida, siempre le acompañaba cuando subía en las atracciones de la feria. También ella disfrutaba como una niña. La noria no le gustaba, subió una vez y le pareció espantoso. Para conformar a Pacocho, le dijo: 
-Te compraré un regalito, pero a la noria no subiremos.

   Pacocho aceptó el ragalito. Cuando lo tuvo, siguió queriendo subir a la noria. La madre, como era su costumbre, cedió y subieron los cuatro niños y ella.  Se dispuso a sufrir con paciencia el gran terror que esto le causaba. La noria empezó a girar y girar, cuando llegó al máximo de sus revoluciones, el módulo donde viajaban ellos se soltó, saliendo disparados a tal velocidad que, si no llevan los cinturones puestos, se habrían dispersado por el espacio. 

   Aterrorizados, se cogían de las manos. Un haz de luz blanca les absorbió. Asustados los niños, gritaban. Para tranquilizarlos, la madre de Pacocho les decía:  
-No tengáis miedo, estamos en buenas manos. Estas luces blancas siempre  han visitado nuestro planeta y nunca ha pasado nada. Seguro que pertenecen a la esencia misma de nuestra madre Tierra. 
    
   No había acabado de decir esto, cuando una nube de horribles insectos negros, iguales a los mosquitos, estaban devorando el haz de luz. Cuando acabaron con el haz de luz, los cogieron prisioneros. Los llevaron al planeta de chocolate. Allí todo era agridulce y marrón oscuro. Los monstruos, al llegar, empezaron a crecer y crecer; su aspecto terrorífico causaba pavor, los miraban con aspecto de quererlos comer.
   La madre, muy observadora, les dijo:  
-No tengáis miedo, éstos devoran la luz y no tienen boca. Los niños empezaron a reír y como si de un sortilegio se tratara, los monstruos fueron cayendo en masa, sólo quedaron unos pocos que estaban inmunes por haberse salvado en experiencias anteriores.

  Pacocho portaba en su cintura el regalo que mamá le hiciera en la feria. Se trataba de una cimitarra con doble filo. Como venía camuflada en su funda, mamá no la vio en profundidad, si no, no se la hubiese comprado.

   -¡Pacocho, dame el regalo que te compré!
Mamá, con determinación premeditada, desenfundó la cimitarra, y se lanzó como una heroína contra los monstruos. Los niños, entusiasmados, empezaron con gritos y risas a jalearla. Todos cayeron bajo el brazo poderoso de mamá, sin olvidar los poderes de las risas de los niños.

   A los monstruos tendidos en el suelo, los envolvió un haz de luz y se fueron derritiendo y convirtiéndose en chocolate. 
Los niños querían comer de aquel chocolate. Mamá lo impidió, quizás era una trampa que les haría quedar en el abismo para siempre.

   El haz de luz les devolvió a la noria que seguía dando vueltas y más vueltas. Mamá les decía: 
-¿Veis qué poderes tienen la luz y la risa?  " La llevaremos como consigna siempre"       

miércoles, 29 de enero de 2014

VIAJABA DE INCÓGNITO

La araña venenosa viajaba de incógnito en el dobladillo del vestido de la señora Pérez. Se había colado por un huequecillo entre puntada y puntada.
   
En casa de la modista, en los tiestos del jardincillo, tenía su morada. Oía a las oficialas comentar que el traje que cosían era para la señora Pérez. La habían invitado a una fiesta de disfraces. Ellas, cosiendo todo el día, reían y comentaban sobre las señoras clientas de la casa.

 La señora Pérez -según decían ellas- era orgullosa y altanera. Trataba mal a la servidumbre y les racionaba la comida.
  A la araña, cuando oía las conversaciones por la ventana, le hacía mucha ilusión soltarles un buen picotazo.

 Al parecer, la servidumbre se había puesto de acuerdo para meterle mano a la despensa. Le robaban los primeros caldos del cocido. También parece ser que los regalos de Navidad, si llegaban sin confirmar, no aparecían en la lista.

   -Ya lo decía mi madre -pensaba la araña venenosa- "el ladrón de dentro de casa es muy difícil de guardar".

  La calesa se deslizaba majestuosa por  el camino de sauces. Bajaban sus ramas rendidas
y cándidas a besar el agua de la fuente que discurría a lo largo de ambas orillas. La araña veía el paisaje asomada por el agujero que un descuido con la tijera había abierto. 
-Nunca había visto nada igual, si mi madre lo viera... -decía para sí.

   La mansión de los sauces era majestuosa. Resaltaban sus ventanas blancas como palomas, sus buhardillas y chimeneas con gárgolas como en las catedrales.
   
   La señora Pérez hizo sensación vestida de María Antonieta y el señor Pérez, de Luis XV1. Bailaron compases de época . La araña tuvo ocasión de picar a la señora Pérez pero, se lo dejó para después por si se perdía lo mejor de la fiesta.
   
Seguía la algarabía. De pronto, notó la araña que la señora Pérez se quitaba el vestido. Queriendo averiguar el motivo salió de su escondite, lo que vio no le gustó y se marchó a esconderse en el macetero  que había en la entrada. 
    
Con gran sorpresa  se encontró con su madre que había venido a buscarla.
-¿ Qué haces aquí, madre?.
-He venido a buscarte, aquí corres mucho peligro, a las arañas venenosas las pisan sin piedad.
-Pero madre, tú eres una araña venenosa, se supone que eres muy mala. ¿Por qué te preocupas por mí?
-Tienes razón hija, de hecho vengo de picarle a toda la servidumbre de la señora Pérez, pero a ti te quiero tanto que jamás te picaría.
-Gracias madre, yo tampoco te picaría a ti.
  
 Le contó a su madre el motivo de su escapada. Su madre le aplaudió la mala intención y se propuso secundarla en su propósito. Marcharon unidas con un mismo fin. Tuvieron suerte, pues el señor Pérez también se había quitado la peluca en otra habitación. Se metieron juntas dentro. Cuando se la volvió a poner, vieron cosas que jamas soñaron ver, enormes arañas pendían del techo. Dicen que no se sabe si son venenosas hasta que se las toca con contacto y humedad.
  
Pasaron largo rato entre música y charlas. Se enteraron de que los señores de Pérez no eran dos, sino cuatro. De pronto, un fuerte olor a humo las puso sobre aviso. La peluca del señor Pérez ardía. Fue lanzada por la ventana y cayó en la fuente. Quiso su buena fortuna que, por la Inercia Centrífuga, salieran despedidas yendo a caer en la cola de un caballo de la calesa de los señores de Pérez.
  
 Cuando acabó la fiesta, vinieron los señores. Traían dos amigos que se habían encontrado en la fiesta y les habían  invitado a su casa.
 Acordaron madre e hija repartirse el trabajo, cada una picaría a dos. 

 Picaron no una vez, sino varias. Ellos llegaron a casa riendo, los criados salieron a recibirlos. ¡Estaban inmunizados, no había veneno que pudiera con ellos! 
Las arañas se marcharon compungidas al macetero de la modista. En otra ocasión quizás hubiera más suerte. 




  
    

lunes, 27 de enero de 2014

EL SOL TAMBIÉN SALE POR EL OESTE

   -El mar también llora. Un día lo vi furioso, parecía querer entrar tierra adentro y cumplir sus deseos de venganza. ¿Quién habrá ofendido al mar? ¿No será que el mar se ofende por cualquier cosa?
No hay sirenas en el mar, o, ¿Quizás sí las hay?

    Esta conversación tonta la tenía una joven que un día se aburría en la playa y hablaba consigo misma. De pronto, una ola furiosa la arrastró mar adentro. Su lucha por salir a flote, desaforada y tremenda, ya la tenía al limite de sus fuerzas, cuando una mano poderosa la agarró con fuerza. Por fin sintió que se hallaba en algo firme. Abrió lo ojos. Tenía ante sí una dama, bella hasta lo imposible.
-Has sido elegida,  -decía-  vendrás y comprobarás que "el Sol
también sale por el OESTE". Su voz dulce acariciaba los sentidos.
-Cosas bellas vas a ver. Ten cuidado, debes estar preparada, hay quien ha perdido la razón. Tú eres privilegiada, pero de ahora en adelante sólo podrás decir y hacer cosas bellas. Tu apariencia será la misma, por dentro serás blanda como la gelatina.
Cuando sientas hacia los demás cosas negativas, una gran descarga te hará sentir el peor de los martirios. Observó que se hallaba en una nave extraña. Con la velocidad de la luz, partió hacia un lugar desconocido.

   Perdió el sentido y la noción del tiempo. Cuando por fin abrió los ojos, vio con sorpresa que la nave planeaba por las cercanías de un planeta.  Prestó atención y vio que no era un planeta azul, sino color violeta.

    La nave se posó con suavidad y la bajaron dejándola sola.
Todo era maravilloso. El violeta en todas sus tonalidades era el color dominante: las casas, ¡ Instrumentos musicales!, los habitantes, ¡Notas que al hablar hacían sonar bellas sinfonías!
Una "do" se dirigió a ella y le preguntó:
-¿Te han traído a cambiarte el sensor?
-No sé por qué estoy aquí -le contestó-  dime, ¿qué es eso del sensor?
-Yo se lo diré -dijo una "re"
-No se lo digas, puede quedar presa en el pentagrama.
-¡Pues que se quede!  Haremos una nota nueva.
-¡No, podría ser peligroso! ¿Y si se distorsionan las sinfonías  ya compuestas?  Yo sugiero que la devolvamos y que se quede como está. 
Todas las notas musicales cantaron:  "Eso, eso, que se quede como está"

   La nave se presentó. La bella dama le dijo:
-El sensor lo llevas puesto. Te di conocimiento de ello cuando te informé de tu norma de conducta. De ahora en adelante, si no quieres sufrir grandes tormentos, nada negativo puedes sentir.
Las cosas que te pasen en el devenir de tu vida, de un modo positivo las has de entender. Cuando un día regreses al país donde el Sol sale por el OESTE, el sensor ha de estar en perfectas condiciones. Te quedarás dormida y aparecerás en el lugar donde estabas. Lo que te ha sucedido, no lo cuentes. Nadie te creerá.
Ni se asustó, ni se sorprendió, ella, anteriormente, todo eso lo sentía  y lo hacía.

    Al haber desaparecido, la buscaban por el mar. La encontraron en una tabla de surfing aferrada con todas sus fuerzas. Una nube color violeta la envolvía. En un planeta donde el Sol sale por el "OESTE" sonaba esta melodía:  ¡"Que se quede como está, eso, eso, que se quede como está"   

FIN

Este cuento va dedicado a mi amiga MICHELLE


    

jueves, 23 de enero de 2014

ESPERANDO EL MILAGRO

Don Ramiro, hombre culto y educado, gustaba de los paseos por el monte. Por recovecos y vericuetos, cargado con su mochila, sentía que el peso se le hacía más llevadero si  hacía un alto y admiraba el paisaje.

--¡Pone usted mucho peso en la mochila!
Solía charlar de vez en cuando con un joven pastor. Siempre tenían el mismo tema. "Plantando la semilla del bien muchas cosas se arreglarían" 

Al pastor, esto de la semilla, le tenía intrigado. 
--¡Quisiera saber yo qué es eso de la semilla!

Un día le abordó directamente y le dijo :
--¿Quiere explicarme qué quiere decir esto de la semilla?
--Claro hombre, nadie es feliz si no es fiel a sí mismo.  Si analizas esto, has encontrado la semilla, si la riegas siendo fiel a ti mismo empezará a  germinar.
--Gracias Don Ramiro. Sigo sin entender cómo esto arreglará el mundo.
--Muy fácil, si la semilla da fruto y se multiplica, todos seremos felices haciendo lo correcto, y, si se hace lo correcto, te aseguro que el mundo se arregla.
--¿Sabré yo cuándo he encontrado la semilla?
--¡Si lo intentas, tal vez!

--Usted perdone, ¿por qué pesa tanto su mochila?
--Tengo ya mis años. Además de mis tesoros más queridos, llevo secretos que a nadie he contado, y, pesan tanto, que apenas puedo con ellos.
--Yo siempre pensé en usted cómo en un hombre feliz.
--Siempre no es lo que parece, amigo mío.
--Puede usted contar conmigo, acaba de llamarme amigo.
Te contestaré con un poema, lo escribí hace tiempo, quiero que me digas si te gusta: 

"¡Dame tu corazón!"
Viniste a rogarme un día,
Mi corazón no lo tengo, 
Lo entregué  con mi alegría.

"¿Qué esconden esas cadenas?"
Esconden, las penas mías.
Entonces, dame tus penas.
Te daré mis alegrías
"Mis penas, sólo son mías"

--Respeto su intimidad, es usted un hombre generoso al no querer agobiar a nadie con sus problemas.

Un día, recibió el pastor una visita inesperada. Don Ramiro  había fallecido y le dejaba su mochila de herencia. 
Descubrió por fin lo que había dentro. Algunos libros y un bloc de notas donde le daba algunos consejos:

Busca, que el que busca encuentra.
La felicidad se encuentra en el deber cumplido.
Por el camino de la maldad no se va a ninguna parte.
Tus problemas hazlos vistos sólo para solucionarlos.  
En esta vida, siempre puedes estar aprendiendo.
En la fe hallarás tu fuerza. 

 Los libros de don Ramiro despertaron la curiosidad del pastor.
No era extraño encontrarle dando discursos a sus ovejas. Se convirtió en un hombre muy ilustrado. Desempeñó cargos de cierto poder político que dio beneficios a los de su gremio.      

domingo, 19 de enero de 2014

EL OTOÑO TAMBIÉN ES BELLO

El regalo vino sin envoltura; cómo vides otoñales con hojas suspendidas cual rosas que arrancara el viento.  
-¿Sabes poner el alma en los ojos?
-¡No, sé ponerla en la mirada!
Dulce mirar, puro cómo los manantiales nacidos de los glaciares.
 -¿Lo encuentras en las hojas que arranca el viento?
Ven, cógelo y llévalo contigo allá dónde te encuentres.
Suenan melodías que nadie escucha.
El otoño  es bello.
El regalo vino sin envoltura.  











miércoles, 15 de enero de 2014

EL DUENDE DEL CUENTO

A la abuela Quesera le pusieron sus padres ese nombre, no porque le gustara mucho el queso, sino porque a ellos les pareció un nombre bonito.
Como todas las abuelas, disfrutaba con sus nietos. Cuando pedían que les contara un cuento, al no tener una imaginación muy fluida, contaba  siempre la misma historia. El duende de los cuentos se le presentó y le dijo:  
-Piensa en algo que te guste, este será el ovillo, tú tira del hilo. 
La abuela lo hizo así y contestó: 
-Vas a ver que he aprendido un cuento nuevo.

En tiempos remotos, cuando aun vivían en cuevas, una pareja hombre y mujer, tenían una niña.
-Ven, ven mi  niña bonita, ven que te acune un poquito -le decía su madre. Las madres siempre han querido a sus hijos, pues, si no, nosotros no estaríamos aquí.
Laíla, que así se llamaba la niña, tenía una mascota, la cabrita "Cara" con su cabritillo "Quico"; le seguían a todas partes.
Una noche, cuando dormían, había ruidos en el exterior. 
-No tengas miedo, acércate a mí y duerme -le decía su madre con voz susurrante. Una hoguera enorme protegía la entrada de la cueva. 
Esa noche el lobo se llevó a Quico. Sin saber cómo, sus vísceras quedaron colgando de un árbol.
-No llores mi niña, juega con mamá cabrita, ella te sigue a todas partes, te voy a enseñar a ordeñarla. 
Su madre la baña en el río, le peina el cabello con peine de hueso.
-¿Que hace la niña? -decía su padre.
-Está jugando a ordeñar la cabra.
Jugando, jugando, puso un trozo de vísceras del cabrito en la leche. Saltaba, corría, entraba y salía.
¡Niña! ¿qué comes?, dime ¿qué es eso?
- Toma mamá, come, ¡acabo de inventar el queso!
Y aquí acaba el cuento de la niña troglodita, que  inventó el queso jugando con su cabrita.
- ¿Te ha gustado?-
-Sí, mucho.
-Mañana te contaré otro.



MAMÁ OSA PERIPITOSA

En la casita del bosque todo iba bien. Las gallinas ponían sus huevos en una cesta y mamá osa los llevaba al mercado. Sería bonito pensar q...