Una mañana soleada dormitaba tranquilo el saltamontes Nicasio a la sombra de un manzano. Cansado, muy cansado. Su apetito voraz había sido saciado, vitaminado, profusamente hidratado con el jugo dulce de una manzana rosada, apetitosa. Había sido transportado por una ventisca del desierto, allí no crecía nada capaz de nutrir su hambre después de haber nacido. Una tormenta repentina propició la eclosión de todos los huevecillos esparcidos por los congéneres suyos por dunas y terracerías resecas antes de morir. La suerte suya fue la ventisca. Había otros hermanos nacidos junto a él, pero cada una hacía su vida y para nada se ocupaban de cuidarle. Cada uno a lo suyo. Quiso entablar amistad con un ingrato que por poco le come una patita. Ahora, a la sombra del manzano, no veía a ninguno de ellos. Mejor así—pensaba. Y fue en ese momento que se presentó ante él la lagartija Fernanda. Estaba en las mismas condiciones que él. No conocía padre. Ni madre. Por un momento pensó Nicasio si aquella lagartija querría amistad con él con algún propósito. Si querría comerlo en un descuido; pero no, no se le adivinaba mala intención. Le decía su intuición que él estaba incluido entre los adecuados a su dieta, pero la lagartija Fernanda era especial, inspiraba confianza. Y así fue como el saltamontes Nicasio y la lagartija Fernanda se conocieron un día de sol radiante a la sombra de un manzano espléndido y cargado de fruta jugosa y dulce.
María Encarna Rubio
