Rufina creía estar soñando. Siempre había pensado que los desiertos eran lugares inhóspitos y resecos; pero el saltamontes Nicasio había dado otra versión de un desierto florido y exuberante, un regalo para la vista y el olfato. Había viajado junto a la lagartija Fernanda en un bolsillo de la mochila de don Isidoro, maestro rural aficionado a la exploración de desiertos del mundo. Pasaba las vacaciones de manera muy natural afrontando grandes desafíos por lugares de riesgo para su integridad física, pero él lo pasaba en grande arrastrando sus pantuflas por riscos con aristas y dunas de alto volumen, volátiles e itinerantes.
Comentando con Perolo acerca de los argumentos del saltamontes Nicasio, Rufina refirió a su amigo ratón la ilusión alucinante que le producía pensar en ver directamente aquellas maravillas descritas por el aludido saltamontes. Perolo asintió positivamente a su invitación de ir juntos. Dispusieron hacer los preparativos para darse ese placer. El asunto no estaba fácil. No sabían con qué medios lo harían. Confiados en su buena fortuna hicieron el equipaje y marcharon a la estación de autobuses. Pasaron dos noches con el olfato de un sabueso buscando a viajeros con destino al desierto del Négev, porque según Nicasio era este el lugar florido y hermoso que ellos habían descubierto por cosas del destino. Perolo lo tenía más fácil, pues su tamaño era más discreto a la hora de camuflar. Rufina, entró con sigilo en el portaequipaje del autobús y permaneció escondida y sin hacer ningún maullido por mucho apremio que sintiese. Hubo trasbordos. Pasaron a los fondos de un avión, con sigilo y cuidados de expertos en estos eventos.
La llegada, por fin, sucedió de modo simple. Había muchos gatos y ratones en el lugar. Pasaron desapercibidos entre ellos. Visitaron lugares muy concurridos por devotos de muchas partes del planeta. Los yacimientos arqueológicos eran innumerables, pero el desierto no aparecía por ninguna parte. Rufina ya perdía la paciencia. Perolo la increpaba, —¡No seas tan impaciente, Rufina! Todo vendrá a su tiempo.
Después de tomar un descanso, Perolo reconoció a Ariel, un guía de turismo muy famoso que informaba a un grupo sobre la vida que llevó el rey Herodes en su tiempo y dijo a Rufina, —Sigamos a este grupo, seguro que irán al Négev florido. Por fin la expedición, después de visitar los yacimientos arqueológicos del desierto hicieron parada en los cultivos de flores, lo más bonito que se podía ver.
La ensoñación de Rufina entre rosas de mil colores la dejó dormida en mitad del desierto. Perolo siguió su inspección del lugar en compañía de otros ratones venidos de América del Sur. Pensaban quedarse allí para siempre pues era imposible encontrar otro lugar más lindo para vivir.María Encarna Rubio
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