domingo, 15 de febrero de 2015

MARÍA, LA HORMIGUITA

El canto de las cigarras rompía la monotonía con la canícula del medio día. Los grillos, ponían notas estridentes a las noches estrelladas.

Tenía los víveres en la despensa de su suegro a tres kilómetros de distancia. Este, almacenaba cantidad de productos que criaban en la
finca. Nunca se vaciaban las zafras de aceite de un año para otro. Cargada, caminaba por el camino angosto y pedregoso pensando. Los niños quedaron solos. Ni el sol, ni los kilómetros andados, podían con su gran determinación.
 
Su figura menudita, y aparentemente frágil, ni sentía el cansancio ni las penas. Cantaba desde que se levantaba hasta que se acostaba. Su casa siempre olía a pan recién cocido.

En el pinar, en la ladera del monte, vivía en una casita prestada por los dueños de la finca que su suegro llevaba al tercio. En los ramblizos, aprovechando la humedad y los limos arrastrados por las lluvias, prosperaban los almendros y las higueras. Frutos de secano que se recogen en verano para consumir en invierno.

Cuando amanecía, se oía el canto de los gallos y el ladrido de los perros en la lejanía. Parecía que se contaban historias en la distancia.
--¡Arriba, hijos, hay que levantarse! –decía María a sus hijos dormidos a tan tempranas horas. Tenemos que recoger las almendras! Cuando el sol caliente tendréis tiempo de acostaros si tenéis sueño.

Se acoplaban los horarios de trabajo a las condiciones del clima.
María pensaba viendo a sus hijos tan pequeños 
--¡Qué porvenir les espera! No tengo casa propia. ¿Cómo prosperaremos? ¡Este suegro mío, que sólo nos da lo comido por lo servido!

María cantaba por las mañanas cuando caldeaba el horno. Hasta las casitas que en la distancia se veían unas a otras, llegaban sus cantos
y los aromas de su pan. Todos la conocían por su carácter alegre y por sus habilidades en todo lo que hacía. ¡Las tartas de María! Tierna como ninguna, su amor de madre se palpaba en el ambiente.
--Mis niños han de estudiar,--decía.
 
Un día, cuando vino del trabajo su marido, le planteó el problema: 

--Así, como vamos, no podemos seguir. 

La escuela queda lejos, no

 tenemos casa propia, tu padre no te da sueldo, comemos, sí; pero, 

no es suficiente. ¡A ver cómo arreglamos esto! En principio pienso

que tendríamos que mudarnos a vivir a casa de tu padre. La escuela

 está cerca y los niños podrán ir. Tendremos la despensa más

 a mano y, ya que tu padre hace siembras a medias con quien se lo 

solicita, que te dé a tí esa oportunidad.

Del pajar salían las cluecas a pares con manadas de polluelos. En estado semisalvaje, prosperaban igual que los conejos. Los días de mercado, hacía María su negocio con los sobrantes del consumo propio. Los huevos de las gallinas aparecían a nidadas en los sitios más insospechados. Sobraba para vender a pesar de que era casa grande de labriegos.

Todo no marchaba bien. María trabajaba de gobernanta haciendo de cocinera de empleados y pastores; pero a pesar de que el abuelo cedía tierras a su hijo para repartir a medias el producto de la cosecha, a la hora del reparto todo quedaba en el mismo montón.
En la era, las mulas, arrastraban el trillo. La mies se machacaba soltando el trigo. Aromas de monte se cernían con el vientecillo al tiempo que se aventaba el grano. Kilos y kilos de trigo serían repartidos entre amo y medieros pero, ninguno para Juan, que sólo lo vería almacenado en la despensa.

El niño cursaba estudios. El maestro de la escuela pública lo preparaba para los exámenes libres. Se decía que el niño, para estudiar, valía.
--¿Por qué no acuden las nenas a clase, María? –Reclamaba el maestro.
--¡Mire usted, desde que le pegó a una de ellas con la regla en la mano por poner bicicleta con uve, no quieren ir! Dicen que saben las cuatro reglas, leer y escribir y que no van más.
--Lo hice por su bien. “La letra con sangre entra” Ya no se le olvidará que bicicleta escribe con (b)

Los días de mercado se aprovechaban para visitar a familiares y amigos del pueblo. En este día, la visita de María, fue para su tía Dolores, a la que le unía una especial confianza. Hablaron largo y tendido. Quedaron en que, subiría la tía a visitar al abuelo para hacerle una propuesta.
En la cocina, las artes culinarias de María estaban de manifiesto a juzgar por los aromas que invadían la casa y los alrededores. La ocasión lo merecía. Venía la tía de visita.
 
Los capones, que durante meses corrían los alrededores buscando semillas y gusanillos, harían las delicias de los comensales. El abuelo siempre lo decía:
--¡Esta María, vale un tesoro! --Se vanagloriaba de ello; de hecho, siempre estaba de francachela invitando al cura, al boticario, y a la guardia civil del pueblo.
 
Los manteles de fiesta adornaban la bien surtida mesa. Ese día, todos se sentaron a ella con sus mejores galas.
Después de los postres, hizo el barón de la casa una demostración de su vena artística recitando poesías que él mismo había compuesto. También el abuelo dedicó sus trovos a la tía Dolores. Parecía mujer de ciudad por sus ademanes refinados y su bien conservada belleza.
 
Después de la sobremesa, llegada la hora de la partida, la tía Dolores quedó de acuerdo con el abuelo en que ese año sembrarían veinte tahúllas de trigo a medias. Ella pondría el grano para la siembra, y él, la tierra y el trabajo.

Año de nieves año de bienes”. En la chimenea crepitaban los leños. Las veladas del invierno reunían al calor de las llamas a grandes y chicos. El abuelo trenzaba cuerdas de esparto y Juan confeccionaba con ellas calzado: (esparteñas) para los trabajos del campo.

De pronto, se formó la algarabía: fuera estaba nevando. Cuando los ánimos se calmaron se hizo el silencio más absoluto. Había llegado la hora esperada por todos: todas las noches, el joven muchacho, leía un capítulo de una novela de aventuras de bandoleros que robaban a los ricos para remediar a los pobres.

El frío invierno trajo una espléndida primavera. Los trigales prometían una cosecha de excepción. Llegado el tiempo de la siega, llegaron jornaleros contratados de los pueblos cercanos y se armó la algarabía. Se hacía el trabajo más llevadero con los tragos de vino de la bota.
Las migas que hacía María, tenían fama en la comarca. Ya las surtía bien con los embutidos de los cerdos sacrificados para la ocasión. Muchos esperaban la llegada de la siega por participar en el ambiente que allí se respiraba. A pesar del duro trabajo, reinaba el buen humor. Después de la cena se aligeraba el cansancio con la guitarra y los trovos del abuelo, era un artista recitando, famoso por este hecho en la comarca. 
 
Todo llega. “Estaba hecha la siega, la trilla, y el aventado del grano”.
La tía Dolores, estaba presente a la hora del reparto. Con su carro y su mula, bajaba por el puerto llevando tanto peso que la mula se veía apurada para contenerlo sin que el carro se le echase encima.
Hubo trasiego de visitas inesperadas al pueblo por parte de los dos esposos. Algo misterioso se cernía en el ambiente.

La venta del grano reportó pingües beneficios.
Un día se oyó una noticia que ya no podía estar oculta. Juan y María, ante el asombro de todos, tenían finca con casa. En zona de regadío y muy cerquita del pueblo.

El pobre abuelo sufrió un infarto.
No se sabe si de alegría o de pensar en que se le iban los que más quería en el mundo: ¡su hijo! (sus pies y sus manos), ¡su María! (su pan de cada día). Cayó junto a la chimenea. Su cabeza dio tropiezo con la novela de bandoleros que robaban a los ricos para remediar a los pobres. El joven estudiante se la llevó para leerla por capítulos al calor de la lumbre de su nueva casa.

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