lunes, 30 de junio de 2014

LA ARAÑA TIESA


La araña Tiesa era mala, de sentimientos reprobables. Ya no se contentaba con absorber la sangre a sus víctimas. Ahora, también quería robarles sus conocimientos intelectuales. Sin haber dado jamás un golpe, pretendía saber tanto como aquellos que pasaron su vida almacenando conocimientos a costa de esfuerzo y sacrificio. ¡Qué mala era! 


 Dejaba a sus víctimas colgando de los hilos de su tela, hasta extraerles el último de sus datos. 
Estaba fastidiada de tanto escuchar al búho Caroncio:
 --¡Estoy explorando el pozo del saber!  
¡Qué fatuo! Ella tenía que sacarle ventaja. 

Tampoco comprendía que el sentimiento no caduca con los años.
Nace y muere con nosotros. Por eso no soportaba que el ficus centenario estuviese enamorado. Es el acicate que el Sumo Hacedor nos ha puesto para que siempre nuestra vida tenga aliciente. 

El búho Caroncio, lleno de sabiduría y buenas intenciones, aconsejaba a su vecina la oruga Potula:
 --¡No desperdicies tu vida, Potula, ama siempre, verás que la vida, amando, es un jardín de tiernas y jugosas hojas con gotas de rocío y álamos con sinfonías.
--¡Sí, Caroncio, --decía Potula-- de hecho yo amo. Te amo a ti Caroncio, y me regocijo en este amor, aunque, como ves, la vida está llena de amores imposibles. 

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