domingo, 22 de junio de 2014

LA ORUGA POTULA




A la oruga Potula le encantaba bañarse en las gotas de rocío que la brisa marina depositaba en el haz de las hojas del ficus centenario. En el envés, las gotas caían cuando el ficus lloraba. A pesar de sus años, estaba enamorado de un imposible. Sus raíces le tenían atrapado sin posibilidad de acercarse a la fecunda de sus sueños.

Las noches de luna, Potula gustaba disfrutar del baño al son de la sinfonía de los álamos, de sus hojas mecidas a impulsos del viento.

El búho Caroncio, que también salía de noche, la observaba con preocupación. Quiso advertirle del peligro que suponía andar
 sola a deshoras de la noche. También de los estragos que sufriría su intachable reputación: 



--No salgas sola, Potula, --le decía-- hay algunos que comen insectos. Tienen su mirada puesta en ti. Además, bañarte sola y desnuda, no me parece adecuado.

--No perdería un baño de rocío a la luz de la luna, con notas musicales, aunque me costase la vida y la reputación, --decía. ¿Y tú? ¿Porqué sales de noche, solapado, cuando todos duermen? ¿Acaso tú no corres peligro alguno?

--Tú sabes,--decía el búho-- que yo por el día estoy explorando el pozo del saber.
--¡Bueno, pues ya me avisarás cuando llegues al fondo!

Esta conversación estaba perturbando el descanso de la araña Tiesa. Ésta dormía poco. Por los hilos de su tela se deslizaban las gotas de rocío cuando el ficus lloraba los sinsabores de su amor imposible. Todo eran goteras. ¿Porqué no se secará ya este viejo verde? --Decía, --¡solo me faltaba que estos dos no tengan el más mínimo sentido de la discreción!

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