jueves, 3 de julio de 2014

EL GALLO GASPACHÓN




 A la gallina Patueca, a pesar de los muchos defectos del gallo Gaspachón, éste, le gustaba: era fatuo, engreído, pendenciero, y con todo eso: la gallina Patueca perdía los vientos por Gaspachón.

--¡Me gusta como es! ¡Para mí, no tiene que cambiar en nada! --decía ella y... es que, Gaspachón tenía la mejor cresta que jamás tuvo gallo alguno.

--Hija, vas a ser muy desgraciada con él, le gustan todas la gallinas del corral, --le decía su madre.
--Madre, eso no me preocupa, me gusta como es.
Una madrugada, después del canto matutino al despuntar el alba, miró Gaspachón a Patueca de manera intencionada, invitándole a 
que le siguiese.

 Llegados ambos al lugar donde Gaspachón acostumbraba a tener sus escarceos amorosos, observó Patueca que... ¡Aquello estaba lleno de plumas! 

Quiso Patueca retroceder y dejar a Gaspachón solo en su rincón, pero éste, maestro en las lides del amor, cogió con ademán delicado a Patueca y la hizo mirar el cielo estrellado: 

--Mira, cierra los ojos y escucha la melodía... ¿Oyes a los pajaritos, sientes la suave brisa del batir de sus alas? ¡Trinan volando, aspirando los perfumes que emanan de la rosaleda! ¿Sientes su espíritu libre volando por la alameda? ¡Es primavera, Patueca!

--Vive libre de penar y de sufrir, la primavera, si la llevas dentro, está hecha para ti. 
Y Patueca cayó rendida en las redes de Gaspachón.

--Te quiero como eres, para mí no tienes que cambiar en nada, sigue siendo tú mismo, Gaspachón.  

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