domingo, 15 de junio de 2014

SUCEDIÓ A PRINCIPIOS DEL NOVECIENTOS

 Clarita estaba asustada. Le había dicho su madre que preparara sus cosas que se iba a servir a casa del doctor Amador.


 Éste veraneaba en el campo, en una finca de su propiedad colindante con la casa de los padres de Clarita.


  La esposa del doctor, movida por un sentimiento de compasión al ver a la niña en un grado peligroso de desnutrición, le dijo a su madre que la dejase ir con ellos a la capital.


 Anduvo escondida llorando hasta que llegó la hora de la partida. En contadas ocasiones había visitado la capital, precisamente para ir a la consulta del doctor. Éste, de un modo altruista, resolvía los problemas de salud y ayudaba en muchas ocasiones a sus desfavorecidos vecinos.  

 --¿Por dónde andas hija? --La llamaba su madre-- ¡Venga, que te están esperando!

 Subió al coche sin mirar a nadie. En el asiento trasero, encogida, con la mirada perdida, sonrojada, se sentía como parte del equipaje. 


 La familia del doctor al completo se componía del matrimonio, la hija (Manuela), y la madre de éste (doña Virginia) que vivía con ellos. Charlaban éstos ignorándola de un modo total. Manuela hacía comentarios que a ella le resultaban sorprendentes. Su léxico rara vez lo comprendía. Tenía la sensación de que estaba dando un salto hacia un mundo desconocido lleno de seres extraños. 

  
El trayecto hasta la capital se le hizo largo. Sentía una presión desagradable en su estómago. En cierto momento pensó que iba a vomitar.



  Nada más llegar, doña Virginia la condujo hasta las dependencias de la servidumbre. Allí estaba Engracia, la cocinera, y Concha, la que hacía las tareas de la casa. 

   --Encargaros de que se bañe --les dijo. Os traeré ropa limpia. Llevarla a la consulta cuando esté lista para que la examine el doctor.
   Fue muy humillante para ella que aquellas dos desconocidas la vieran desnuda. También oír sus comentarios sobre su delgadez.


En la consulta esperaban el doctor, su señora y doña Virginia.

Otra vez se hubo de desnudar delante de todos con el consiguiente pudor. Se sentía indefensa.
  La examinó el doctor. Sintió el frío del fonendoscopio auscultando su pecho y espalda. La mandó sentar y anduvo el doctor golpeando sus rodillas con un martillo, por suerte no muy grande. Inspeccionó sus oídos, su cuero cabelludo, sus ojos, sus narices, su boca, y ciertas partes que nadie antes había mirado. 
  
 Por fin, las señoras que se hallaban expectantes y ansiosas, temerosas de haber metido en casa un nido de infecciones, hallaron la tranquilidad con la explicación del doctor: 
 --Está sana. Con los cuidados adecuados pronto se recuperará.



Le fue asignada una cama para ella sola. En su casa, en el campo, dormían las tres hermanas en el mismo lecho. En invierno, antes de Navidad cuando los pavos estaban grandes, su madre los escondía en la habitación de las niñas por las noches para protegerlos de los ladrones.


Este hecho le causaba tal humillación, que se cuidaba mucho de comentarlo con nadie. 



 La vistieron con ropa de Manuela. A pesar de tener ésta diez años y ella trece le venía grande. No le gustó mucho el hecho, pero le gustó mucho menos el aceite de hígado de bacalao que le hicieron tomar. Aquello sabía a demonios. Si hubiese estado en casa, de ninguna manera lo hubría tomado, --pensaba ella.

  De momento la dejaban dormir cuanto quería y no le pusieron obligaciones. Andaba como una sombra por las dependencias de la servidumbre. Para que se entretuviera, Concha le dio un paño y la mandó pasarlo, uno por uno, a todos los libros de la biblioteca. Los ojos de Clarita se agrandaron cuando vio tantos libros  apilados uno junto a otro en las estanterías. Ella sólo había visto dos: La Primera Enciclopedia y Lecturas y Dibujos. Con ellos había aprendido a leer sin profundizar mucho en las reglas de ortografía y sintaxis para un uso correcto del idioma y la escritura. 

 Pasaba las horas encerrada cumpliendo esta tarea, según creía Concha, que era la responsable de su cuidado, pero la realidad era otra. Había descubierto "El Libro de la Selva" de Rudyard Kipligng. Después de éste vinieron, La Isla del Tesoro, y  otros. Un mundo nunca vivido se habría ante sus ojos. Dos Años de Vacaciones de Julio Verne le impactó. Aquella aventura la mantuvo un día entero en otro mundo. Decidió leer la colección completa.

 Increíble la agilidad que fue adquiriendo en lectura y comprensión de los textos. Soñaba con saber expresar sus pensamientos con aquellas palabras tan cultas y bellas.
 --¡Qué cosas se me ocurren! --Decía para sí-- y, ¿por qué no? Oigo decir al doctor a muchos de sus pacientes que, si pones empeño, todo se puede conseguir. Que aquello que se cultiva es lo que florece.



 Pasaban los días y la niña desnutrida y mal cuidada iba cambiando de aspecto y de hábitos. Descubrió el placer que proporciona el aseo personal y la lectura. Sentirse plena y bien nutrida. Por fin apareció la menstruación, y en unos meses su aspecto de niña se iba transformando. La promesa de una bella mujer se hacía patente. 


 Se esforzaba en ser útil, pero sobre todo en ampliar sus conocimientos del idioma. Se había propuesto que un día, ella, sería escritora.



 Había pasado casi un año. El verano ya se hacía notar con las altas temperaturas propias de la zona. Manuela había vuelto del colegio y se preparaba la marcha para la residencia del campo. Todo había sido como un sueño para Clarita. Ahora, su temor era que la dejasen en casa de sus padres. Por suerte, el doctor tenía planes para ella. En vista de la evolución tan sensacional que había tenido en todos los sentidos, le preparaba un empleo en su consulta. Observaba cómo la niña se promocionaba y adquiría un encanto especial. Un día en que su recepcionista se puso enferma la sustituyó con soltura y talento.  Quedó patente que había en ella una promesa de aptitud para ocupar el cargo.

 Llegados al campo, su familia la miraba con ojos atónitos. Ahora su melena era larga. Negra como el azabache. Los ojos grandes, claros, de un gris azulado tenían el brillo de la salud y la juventud. Su perfecta dentadura, limpia, resaltaba en su amplia sonrisa. Sí, todos pensaban que era una belleza.



 Había nacido para ser querida y admirada y nadie iba a cambiar su destino. <<Continuará>>












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