lunes, 9 de junio de 2014

MI QUERIDO TELO

 Las lágrimas cegaban sus ojos. Levantó el pie del acelerador y se dispuso a aparcar el coche, la congoja le hacía imposible seguir conduciendo. En su aturdimiento olvidó que el coche era automático, al pisar el freno pensando que era el embrague, la sacudida fue tremenda. Era noche cerrada y la autovía estaba desierta. Un fuerte viento de levante hacía presagiar que en el mar habría tormenta.

 Sin dejar de llorar, miró Adelina a su fiel compañero que yacía en el asiento del copiloto. Gimiendo quiso arrancar de nuevo y otra vez volvió a utilizar el pie izquierdo. La fuerte sacudida del Mercedes automático desplazó del asiento a Telo, cayendo éste hacia delante. Ella le volvió a acomodar emprendiendo compungida el camino de su casa de la playa.

Al llegar, le sobrecogió la soledad de la noche invernal en el entorno de casas vacías. No se veía ni una sola ventana iluminada, ni un solo coche que denotara la presencia de un ser humano en aquellos contornos.
 El viento humedecía las puertas y ventanas, y el mar, embravecido, parecía querer penetrar hasta el salón con sus olas espumosas.

Sentada frente a Telo, al que había tendido en el sofá, le hablaba como si éste pudiese escucharla: --Mañana te enterraré donde sé que te hubiese gustado reposar. Nadie sabe que te has ido, yo te echaré de menos, querido Telo... De pronto, un grito humano se oyó con claridad mezclado con los gemidos del viento. Sobresaltada, sintió como si alguien cayese junto a la puerta. 

Dio un salto instintivo, abrió, y sí..., en el suelo había alguien al parecer inconsciente. Una ráfaga de la ventisca estuvo a punto de tumbarla a ella también, pero esto no era tarea fácil, los kilos de grasa acumulada año tras año en su cuerpo la hicieron quedar tan firme como la torre centenaria a la que su casa estaba adosada. Ni la furia de los vientos, ni el batir de las olas, habían mermado lo más mínimo la fortaleza de sus sillares.

Con cautela, comprobó que se trataba de una mujer. Ésta, al acercarse ella, abrió los ojos, y de modo impulsivo se levantó y se abrazó a su cuello. Lloraba. De pronto, la empujó con violencia hacia dentro de la casa cerrando la puerta con un golpe fuerte y dijo:
--¡Disculpe señora! ¡Corremos gran peligro! Vengo huyendo de unos maleantes que me han asaltado en mi casa. Está unas calles más atrás. No sé cuantos van. Creo que más de cuatro. ¿Tiene móvil para llamar a la policía? 

 Adela estaba perpleja. Tenía ante sí a una mujer escultural con sus ropas empapadas hasta el punto de hacer un charco en el salón. Su melena pelirroja también goteaba. Con la noche de invierno que hacía, pensó que lo estaría pasando mal y que era urgente que se cambiase de ropa.
--¡Si, llamaremos a la policía, pero antes miraremos qué tengo por aquí para que te cambies de ropa, estás empapada -dijo.

No había terminado de hablar, cuando se oyeron ruidos que venían de la puerta de entrada.
--¡Corramos, corramos! Dijo Adelina dirigiendo sus pasos con premura hasta un punto determinado de una gran librería que había en el salón. Pulsando en un resorte oculto, ésta fue cediendo quedando al descubierto una puerta blindada que daba asceso a la torre. 
--¡Dios mio! --Dijo la evadida--. No salgo de mi asombro. ¿Quién ha tenido esta idea!

--Mi marido,--dijo Adelina-- en tiempos ya lejanos sólo estaba la torre. Servía para vigilar e impedir las incursiones de los piratas. La compramos. Mi marido era un
apasionado de las antigüedades arquitectónicas. Hicimos la casa adosada a ella. Mi marido no tuvo tiempo de disfrutarla, al poco de acabarla, falleció.

Entraron. Quedaron sumidas en la oscuridad. La puerta volvió a ocultarse y Adelina hizo servir su móvil de linterna. Subieron por la escalera que conducía a la única sala existente justo debajo de la terraza de las almenas. 

Buscaba Adelina el interruptor. Un hedor nauseabundo les golpeó nada más abrir la puerta. Aquello era un nido de gaviotas. Los excrementos lo invadían todo. Salieron a la terraza, el viento hacía tiritar de frío a la evadida con sus ropas mojadas pegadas al cuerpo.

 Recordó Adelina que tenía unos baúles con ropas del vestuario de cuando hacía teatro. Entraron. Andaba con repugnancia pisando la inmundicia: resbaló dando con su exceso de kilos encima de aquella materia orgánica, impregnándose toda ella.

--¡Dios mio! --dijo la evadida-- ¡Esto sobrepasa los límites de mi comprensión! ¿Cómo ha podido almacenar tanta grasa en su cuerpo, mujer de Dios? Veremos qué hacemos ahora, --decía acercando una silla para que se agarrase.
 --¡Señora! ¿Cree apropiado el comentario? Decía Adelina mirándola desde el suelo con la cara salpicada con heces de gaviota.

 Las dos aunaron esfuerzos y, por fin, se levantó. Abrieron el baúl. Un traje de una obra de Enrique VIII sirvió para Adelina. Otro de Ana Bolena vino bien a nuestra evadida. Cuando se vieron vestidas de esta manera, las dos rieron de buena gana.

--Aún no me has dicho tu nombre, --le dijo Adelina atusándose las arrugas del traje.

--¡Es cierto, no nos hemos presentado! Pues allá va:
Yo soy Isabel, escritora. El motivo por el que me hallo en este lugar solitario en esta época del año es éste: vengo buscando vivencias, aventuras para escribir mi próxima novela, y... estoy aquí vestida de Ana Bolena, perseguida por unos maleantes, encerrada en una torre inmunda con una señora que no sé ni cómo se llama. Las dos rieron.

--Pues, yo soy Adelina. Estoy aquí porque soy la dueña de esta torre, y he venido en esta noche infernal a enterrar a mi perro. Creo que lo más sensato es que llamemos a la policía. Un olor a chamuscado les sacó de sus coloquios. Salieron a mirar con disimulo por un hueco de las almenas. Una hoguera crepitaba en el jardín avivada por el fuerte viento. Olía a carne quemada.

--¡Dios mio! ¡Están  incinerando al perro! Exclamó Adelina horrorizada. ¡Dios quiera que venga pronto la policía!
Fueron descubiertas. Con una ballesta que decoraba el salón trataban de lanzar las flechas hacia ellas.
--¡Qué manía la de mi marido con las cosas medievales! Se quejaba Adelina mientras corrían a refugiarse a la sala.
--¡Ten cuidado Adelina, no vayas a resbalar y manches ese traje tan hermoso que llevas puesto! --Le avisaba Isabel, que a pesar de las circunstancias no perdía el sentido del humor.

Se oyó la sirena de la policía. Se dispusieron a bajar sin tener en cuenta lo peculiar de sus atuendos. Las vieron salir de detrás de la librería de aquella guisa. Los delincuentes habían desaparecido sin dejar rastro. Por más explicaciones que dieron no las creían, se las llevaron detenidas.

Cuando llegaron a la comisaría todos los allí presentes sintieron arcadas. Hubo hasta vómitos, se apresuraron a abrir ventanas y las encerraron sin dilaciones. Los delincuentes que había allí, les querían pegar por no poder soportar lo mal que olían. 

--Espero que me harás protagonista de tu próxima novela,--Le decía Adelina a Isabel. 
--Prometido, si adelgazas treinta kilos.
      


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