miércoles, 29 de enero de 2014

VIAJABA DE INCÓGNITO

La araña venenosa viajaba de incógnito en el dobladillo del vestido de la señora Pérez. Se había colado por un huequecillo entre puntada y puntada.
   
En casa de la modista, en los tiestos del jardincillo, tenía su morada. Oía a las oficialas comentar que el traje que cosían era para la señora Pérez. La habían invitado a una fiesta de disfraces. Ellas, cosiendo todo el día, reían y comentaban sobre las señoras clientas de la casa.

 La señora Pérez -según decían ellas- era orgullosa y altanera. Trataba mal a la servidumbre y les racionaba la comida.
  A la araña, al oír las conversaciones por la ventana, le hacía mucha ilusión soltarles un buen picotazo.

 Al parecer, la servidumbre se había puesto de acuerdo en meterle mano a la despensa. Le robaban los primeros caldos del cocido. Los regalos de Navidad, si llegaban sin confirmar, no aparecían en la lista.

   -Ya lo decía mi madre -pensaba la araña venenosa- "el ladrón de dentro de casa es muy difícil de guardar".

  La calesa se deslizaba majestuosa por  el camino de sauces. Bajaban sus ramas rendidas
y cándidas a besar el agua de la fuente que discurría a lo largo de ambas orillas. La araña veía el paisaje asomada por el agujero que un descuido con la tijera había abierto. 
-Nunca había visto nada igual, si mi madre lo viera... -decía para sí.

   La mansión de los sauces era majestuosa. Resaltaban sus ventanas blancas sus buhardillas y chimeneas con gárgolas cómo en las catedrales.
   
   La señora Pérez hizo sensación vestida de María Antonieta y el señor Pérez, de Luis XVI. Bailaron compases de época . La araña tuvo ocasión de picar a la señora Pérez,  lo dejó para después por si se perdía lo mejor de la fiesta.
   
Seguía la algarabía. De pronto, notó la araña que la señora Pérez se quitaba el vestido. Queriendo averiguar el motivo salió de su escondite, lo que vio no le gustó y se marchó a esconderse en el macetero  que había en la entrada. 
    
Con gran sorpresa  se encontró con su madre que había venido a buscarla.
-¿ Qué haces aquí, madre?.
-He venido a buscarte, aquí corres mucho peligro, a las arañas venenosas las pisan sin piedad.
-Pero madre, tú eres una araña venenosa, se supone que eres muy mala. ¿Por qué te preocupas por mí?
-Tienes razón hija, de hecho vengo de picarle a toda la servidumbre de la señora Pérez, a ti te quiero tanto que jamás te picaría.
-Gracias madre, yo tampoco te picaría a ti.
  
 Le contó a su madre el motivo de su escapada. Su madre le aplaudió la mala intención y se propuso secundarla en su propósito. Marcharon unidas con un mismo fin. Tuvieron suerte, pues el señor Pérez se había quitado la peluca en otra habitación. Se metieron juntas dentro. Cuando se la volvió a poner, vieron cosas que jamas soñaron ver, enormes arañas pendían del techo.
  
Pasaron largo rato con música y charlas. Se enteraron de que los señores de Pérez no eran dos, sino cuatro. De pronto, un fuerte olor a humo las puso sobre aviso. La peluca del señor Pérez ardía. Fue lanzada por la ventana y cayó en la fuente. Quiso su buena fortuna que, por la Inercia Centrífuga, salieran despedidas yendo a caer en la cola de un caballo de la calesa de los señores de Pérez.
  
 Cuando acabó la fiesta, vinieron los señores. Traían dos amigos que se habían encontrado en la fiesta y les habían  invitado a su casa.
 Acordaron madre e hija  picar a todos.
 Picaron no una vez, sino varias. Ellos llegaron a casa riendo, los criados salieron a recibirlos. ¡Estaban inmunizados, no había veneno que pudiera con ellos! 
Las arañas se marcharon compungidas al macetero de la modista. En otra ocasión quizás hubiera más suerte. 




  
    

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