viernes, 26 de junio de 2026

Aventuras de la cabrita Maruja

 


La cabrita Maruja reía feliz, por fin había conseguido reunir a los amigos la gata Rufina, el ratoncito Perolo, el saltamontes Nicasio y a la lagartija Fernanda en la casita del bosque. Sería el próximo fin de semana. Cierto que hacía mucho tiempo que no se veían. Dudaba de reconocerlos, eran tan jovencitos cuando se conocieron que seguro habrían cambiado. La gata Rufina era casi un bebé, el ratoncito Perolo no era mucho mayor que ella y el saltamontes Nicasio y la lagartija Fernanda casi adolescentes. Todos eran ya adultos, pero ella los extrañaba y los apreciaba igual que antes. 
Preparó con ilusión el encuentro. Había desalojado a los cuervos invasores que todo lo ensuciaban y había devorado las malas hiervas que habían crecido limpiando así el recinto con chimenea que les había dado cobijo a todos. Fueron tiempos que ella nunca podría olvidar.
El día de sábado no salió a pastar por el monte. Esperaba impaciente con la puerta abierta y la chimenea encendida. Por fin, apareció la gata Rufina, pero no venía sola, la acompañaba doña Carlota, la gata sabia. Había aceptado la invitación de Rufina. Su mirada resplandecía de felicidad, ella había nacido en el campo y la idea de respirar el aíre fresco del monte le producía gran ilusión. Perolo llegó al poco, tampoco venía solo. Unos ratones venidos del extranjero le acompañaban. Doña Carlota, la gata sabia pensaba que no era coherente invitar a desconocidos que no entendían el idioma y así se lo hizo saber a Perolo:
—Amigo Perolo, por qué has traído compañeros que no hablan nuestro idioma, no lo van a pasar bien y nosotros tampoco. Es un fiasco, cómo te vas a arreglar en esta reunión de encuentro tan desigual —argumentó doña Carlota disimuladamente, con gestos de desaprobación.
—Amiga doña Carlota—expuso Perolo con contundente valoración, mesándose los bigotes con su rabito con habilidad—son expertos en el manejo del traductor de Google y siempre salen airosos de los retos que se les van presentando. Quieren practicar. Quieren aprender... y yo les voy a ayudar. Tengo previsto viajar a su país y necesito contactos que me apoyen allí. —¡Ya veo lo interesado que eres, Perolo! Nunca ayudas de modo altruista, pensando siempre en tu beneficio a largo plazo—adujo la gata sabia con gesto aducto. —Yo tengo otro criterio—refirió Perolo enseñando sus dientes incisivos largos y bien afilados—mi opinión es que para cosechar el fruto antes hay que hacer buena siembra. Enzarzados estaban en esta contienda cuando aparecieron la lagartija Fernanda y el saltamontes Nicasio. Presentaban un aspecto cuidado y alegre. Nada más llegar propusieron salir de excursión subidos a lomo de la cabrita Maruja. Esta quedó un poco indecisa, eran muchos, pero decidió complacerlos, por su tamaño  pequeño  pesarían poco. 
Con gran algarabía, distribuidos por el lomo, las orejas y el cuello de la cabrita Maruja salieron de marcha rumbo a la cueva del manantial. Cuando la cabrita saltaba por los riscos del monte se veían forzados a sujetarse con fuerza al peludo cuero cabelludo de la cabrita, cosa que le provocaba risotadas por cosquillas y espasmos. Lo estaban pasando muy divertido. Llegados a la cueva bajaron de su medio de transporte y los que pudieron se dieron un baño en el manantial. Después tomaron una buena merienda, había comida para todos. Abundaban los mosquitos, los frutos de los arbustos y la hierba tierna y fresca. Parecía aquello el jardín del Edén. Perolo sufrió una indigestión, abusó de la ingesta de higos secos que había debajo de una higuera.  
Fue un día inolvidable. Los ratones extranjeros hablaron poco, pero rieron mucho. La gata sabia hizo algunas reprimendas que parecían justas, pero nadie le hizo caso. Quedaron en repetir la experiencia otro día entre risas y abrazos guardaron muchas fotos de la casita del bosque como recuerdo entrañable.

María Encarna Rubio  
    
   

jueves, 18 de junio de 2026

La lagartija Fernanda entra en letargo

 


 La lagartija Fernanda andaba atareada, veía acercarse a pasos agigantados el frío del invierno y buscaba refugio para guarecerse en su letargo. ¡Pobrecita! Necesitaba el calor del verano, su sangre no tenía termostato, quedaba heladita sin sol radiante. 
Anduvo por el monte un poco perdida, había quedado con su amiga la lagartija Botija para pasar juntas los largos meses de frío intenso y no encontraba su guarida.
 Doña Carlota, la gata sabia, le había aconsejado que comprara un buscador JPS para lagartijas, pero ella no tenía dinero, no trabajaba en nada. Buscaba trabajo y si lo encontraba tenía que abandonar, la ivernación consumía meses de inactividad. Además, ella no necesitaba ropa, ni casa, ni comprar comida, lo poco que comía le caía del cielo gratis. 
La gata Rufina decía que era una lagartija feliz. Ella, sin ir más lejos, tenía que comer en verano y en invierno y si hacía frío lo sentía en sus carnes, no quedaba en letargo había que espabilar, buscar chimeneas con fuego.
 La gata doña Carlota decía que lo mejor era que cada uno viviera como le toca y hacerlo contento porque estaba visto que en este mundo nada es perfecto y a gusto de todos.

María Encarna Rubio 

viernes, 22 de mayo de 2026

Perolo y los libros virtuales

 

  
 Doña Carlota, la gata sabia, dormitaba tendida sobre una hendidura del tronco seco del ficus centenario. No se había citado para un encuentro con nadie por ello sintió extrañeza al sentir un roce sobre su lomo encogido y abrió un ojo, Perolo estaba azuzando con una de sus muletas para atraer su atención. 
—¿Qué te ha pasado, Perolo, por qué te veo lisiado, de dónde vienes?—Preguntó con gran susto. 
Perolo puso al corriente a doña Carlota de su accidente con todo lujo de detalles, que la gata Rufina le había tratado con poca consideración y por ello se encontraba decepcionado. Venía resentido por la reprimenda recibida por parte de Rufina, total por roer un cuentito anticuado.
   —¡Qué cansancio me da Rufina! Está atrasada, no se da cuenta de que los tiempos han cambiado, que los libros impresos están pasando de moda y que los que imperan son los libros virtuales—adujo  así, de repente, con cara de asco. Doña Carlota estaba muy extrañada, creía que la gata Rufina y el ratoncito Perolo gozaban de una amistad sin fisuras.
 La gata sabia sacaba conclusiones de los razonamientos de Perolo. Este, decía que Rufina no estaba al día y era él el que estaba muy desfasado y así se lo hizo saber:
 —Perolo, razona, estás en un error—adujo con voz pausada, despacio, para que entrara en razones—eso que dices de los libros impresos nunca va a suceder. Nunca pasarán de moda. Los libros virtuales son dependientes de energía, sin ella no pueden existir, los libros impresos tienen presencia, existen, los virtuales son una ilusión, sin presencia física. Rufina tiene razón. No estropees los libros impresos, son un maravilloso tesoro porque ellos pueden durar miles de años si hay energía eléctrica o no,  eso es seguro y demostrado.

María Encarna Rubio

 



jueves, 14 de mayo de 2026

Perolo con cicatrices por caer de narices

   


Una mañana de domingo estaba la gata Rufina practicando su deporte favorito.  Desde que vino a vivir con la anciana escritora de cuentos infantiles, la que antes se llamaba Dolores y había cambiado su nombre por el de Consuelo, esperaba junto al agujero por donde salía el ratoncito Perolo cuando venía de visita. Hacía tiempo que eran cada vez más espaciadas, pero ese día, cuando Rufina le vio salir con muletas y lisiado en la frente llevó gran sobresalto. 
—¿Qué te ha pasado Perolo?—Preguntó alterada, su piel que siempre se erizaba en los sobresaltos puso sus pelos de punta. Perolo que casi no podía hablar respondió con un balbuceo 
—Un descuido, Rufina. Quise saltar desde la última estantería hasta la segunda y caí al suelo. Tenía un ejemplar del cuento de Pulgarcito a medio roer y quería terminarlo de una vez. 
—¡Perolo, no quedamos en que los cuentos no se tocan si no es para leerlos! —Gritó Rufina en un ataque de histeria— te voy a decir algo que te va a doler, te vino bien la caída, a ver si así escarmientas. No tienes que roer los libros. Cuando los encargados de cuidar la biblioteca se den cuenta pondrán veneno y caeréis en la trampa. No vas a necesitar muletas. Caerás en redondo. Eso merecen los que no saben respetar algo tan precioso como es un libro. Cuantas familias se ven privadas del lujo de poseer los libros que le gustan. En la biblioteca se los prestan y ellos los leen con mucho placer sin que les cueste dinero.
 —No exageres, Rufina. Un cuento no es un libro —refirió Perolo con un gesto de burla. 
—¡Qué bruto eres, Perolo! Tanto que presumes de ratón culturizado. Un cuento es un libro para niños. Ve a curar tus heridas y no hagas más el tonto.  

María Encarna Rubio      

martes, 5 de mayo de 2026

Una muralla insalvable

  


La lagartija Fernanda tenía ante sí un problema, para ella, grave. No dormía, no comía y sus patitas traseras se estaban debilitando a causa de su inestabilidad emocional. 
Una mañana en que tanto le costaba desplazarse pensó pedir ayuda, pero... ¿a quién? Su amigo el ratoncito Perolo estaba descartado, hacía tiempo que había marchado al extranjero, la gata Rufina no tenía criterio para ciertos problemas y el saltamontes Nicasio no respondía a sus llamadas. Estaba sola. Sola para escalar la muralla que la separaba de su amado. Este, había desaparecido una mañana sin sol con un salto titánico desde el muro adyacente a la gran muralla y no sabía nada de él. 
Fernanda hizo reflexiones, si tenía que superar ese obstáculo por sí misma era preciso buscar una solución efectiva. Sin comer y sin dormir no conseguiría nada. La estrategia sería hacer todo lo contrario, dormir, comer y ejercitar la fuerza física al máximo, junto con la habilidad para dar grandes saltos. 
Puso en marcha su proyecto. Hizo ingesta de alimentos con propósito. Fue al gimnasio para lagartijas intrépidas, siguió instrucciones de especialistas sin reparo. 
El día siguiente de su comienzo fue desalentador, no quedaba parte de su menudo cuerpecito que no le doliese, estaba extenuada. 
—¡Esto no funciona! —Dijo para sí—estoy peor que estaba. 
Por unos días pensó dejar de esforzarse y desistir del intento, pero algo dentro de sí se rebelaba. Pidió consejo a los profesionales del gimnasio, los cuales pusieron en claro que sus dolencias eran agujetas producidas por el esfuerzo, que no pasaba nada anormal, todo pasaría en pocos días.
Así fue como la lagartija Fernanda subió considerablemente su potencial físico. Su aspecto había cambiado de modo espectacular. Era la lagartija más bella que jamás había pasado desde el muro a la gran muralla.
La sorpresa de Fernanda no fue encontrar a su lagartijon con otra pareja. Este le dijo que había salido huyendo. Quería encontrar otra compañera con mejor presencia, pero ahora que estaba tan guapa, si ella quería podían volver a estar juntos. A Fernanda, lo de volver no le pareció bien. Ella también quería ahora a otro lagartijón con mejor presencia. 
Fernanda se presentó a competir en saltos a las olimpiadas para lagartijas. Quedó campeona. Fue famosa y siguió compitiendo hasta que se enamoró de un instructor de gimnasia y se unieron para siempre.

María Encarna Rubio

     

sábado, 25 de abril de 2026

La visita al gimnasio del saltamontes Nicasio


 Nicasio, al contemplar su imagen en el espejo quedó anonadado.
Se vio flacucho, daba pena. Sus piernas como hilos de coser. Sus brazos no los reconocía, sin musculación, sin brillo de saltamontes bien nutrido y con salud plena. Fue de inmediato a visitar a su abuela Vicentella, ella disfrutaba de un estado envidiable, musculosa, con una anatomía perfecta a pesar de cumplir cinco meses, equivalente a cien años de persona humana.
Anduvo saltando por la campiña en flor, las amapolas y las margaritas formaban una pradera de belleza sin igual, el invierno había sido lluvioso y la explosión de hierbas se veía hermosa. Nicasio se vio tentado a buscar a la lagartija Fernanda para disfrutar de un día de relax, pero lo pensó mejor, el recuerdo de su imagen en el espejo le acuciaba, no iba a perder más el tiempo, era preciso trabajar para recuperar su forma física, no quería ser el hazme reír de todos. 
 
Llegó algo cansado a casa de su abuela Vicentella. La encontró haciendo ejercicio con pesas al tiempo que limpiaba el polvo del salón. —Qué haces, abuela. No tienes quién te haga la limpieza —Sorprendido, muy sorprendido preguntó Nicasio. —¡Mi casa es mi gimnasio, Nicasio!—Respondió Vicentella a su nieto—hago esfuerzo con intención mientras limpio mi salón. El esfuerzo me fortalece y lo hago cuando me apetece.
Dejó Vicentella su tarea aparcada para atender a su nieto. Algo le decía que era importante el motivo de su visita. Marchó a la cocina a prepararle una mezcla reconstituyente sin preámbulos, porque le vio tan flaco, que le preocupaba. —¡Toma, bebe hijo!—Con mucho cariño le dijo—bebe tranquilo y despacio, y después ve y pide turno en el gimnasio. 


Verás pronto el resultado. Come con orden, y procura estar contento. Es preciso estar alegre, si no haces una vida constructiva, con superación y propósito, no habrá gimnasio que te arregle.
Y ahí quedó Nicasio, poniendo a prueba su fuerza de voluntad en el gimnasio. A pesar de estar cansado, él seguía sin enfado. Prestando mucha atención a su buena alimentación. También a correr de prisa, y unos minutos de risa. 


Un resultado feliz, por correr comer y reír.

María Encarna Rubio

  










 

    

 

jueves, 16 de abril de 2026

Rufina y Perolo viajan de incognito

 


Rufina creía estar soñando. Siempre había pensado que los desiertos eran lugares inhóspitos y resecos; pero el saltamontes Nicasio había dado otra versión de un desierto florido y exuberante, un regalo para la vista y el olfato. Había viajado junto a la lagartija Fernanda en un bolsillo de la mochila de don Isidoro, maestro rural aficionado a la exploración de desiertos del mundo. Pasaba las vacaciones de manera muy natural afrontando grandes desafíos por lugares de riesgo para su integridad física, pero él lo pasaba en grande arrastrando sus pantuflas por riscos con aristas y dunas de alto volumen, volátiles e itinerantes.

Comentando con Perolo acerca de los argumentos del saltamontes Nicasio, Rufina refirió a su amigo ratón la ilusión alucinante que le producía pensar en ver directamente aquellas maravillas descritas por el aludido saltamontes. Perolo asintió positivamente a su invitación de ir juntos. Dispusieron hacer los preparativos para darse ese placer. El asunto no estaba fácil. No sabían con qué medios lo harían. Confiados en su buena fortuna hicieron el equipaje y marcharon a la estación de autobuses. Pasaron dos noches con el olfato de un sabueso buscando a viajeros con destino al desierto del Négev, porque según Nicasio era este el lugar florido y hermoso que ellos habían descubierto por cosas del destino. Perolo lo tenía más fácil, pues su tamaño era más discreto a la hora de camuflar. Rufina, entró con sigilo en el portaequipaje del autobús y permaneció escondida y sin hacer ningún maullido por mucho apremio que sintiese. Hubo trasbordos. Pasaron a los fondos de un avión, con sigilo y cuidados de expertos en estos eventos. 

La llegada, por fin, sucedió de modo simple. Había muchos gatos y ratones en el lugar. Pasaron desapercibidos entre ellos. Visitaron lugares muy concurridos por devotos de muchas partes del planeta. Los yacimientos arqueológicos eran innumerables, pero el desierto no aparecía por ninguna parte. Rufina ya perdía la paciencia. Perolo la increpaba, —¡No seas tan impaciente, Rufina! Todo vendrá a su tiempo. 

Después de tomar un descanso, Perolo reconoció a Ariel, un guía de turismo muy famoso que informaba a un grupo sobre la vida que llevó el rey Herodes en su tiempo y dijo a Rufina, —Sigamos a este grupo, seguro que irán al Négev florido. Por fin la expedición, después de visitar los yacimientos arqueológicos del desierto hicieron parada en los cultivos de flores, lo más bonito que se podía ver.


La ensoñación de Rufina entre rosas de mil colores la dejó dormida en mitad del desierto. Perolo siguió su inspección del lugar en compañía de otros ratones venidos de América del Sur. Pensaban quedarse allí para siempre pues era imposible encontrar otro lugar más lindo para vivir.

María Encarna Rubio 


   


domingo, 12 de abril de 2026

Entre el campo y la huerta

 

 Leocadio Moriles, en un descuido, había sufrido un percance, quería tocar con sus manos el agua fresca y cayó dentro de la acequia. Por poco muere de la impresión. Se dio a pedir socorro y por suerte un vecino que presenció el accidente acudió en su ayuda. 
—¡Vaya susto! —comentaba asiéndolo con fuerza inusitada por debajo de los brazos. El tirón dejó a Leocadio sentado en el costón del cauce tiritando de frío, había perdido un zapato y la bolsa que llevaba con peras y níspolas que Cirilo le había regalado.
—¿A donde vas, qué te ha pasado? 
—¡Deja que te cuente, amigo! —refirió Leocadio en un esfuerzo por no entrechocar los dientes —. Para empezar te diré que soy el nuevo maestro del pueblo, he venido a visitar a Cirilo, tu vecino. Me llamo Leocadio y te doy las gracias por tu ayuda.
—No hay de qué darlas, señor maestro. Ahora venga a mi casa, le daré ropa seca. En estas condiciones no puede usted ir hasta el pueblo, puede enfriarse y coger una pulmonía.
Se pusieron ambos en marcha. Llegados a la casona entre palmeras que se veía no muy lejos de allí Leocadio quedó muy sorprendido, nunca antes había visto joven más linda que la que se apresuró a socorrerle.
—¡Dios mío! Pase, pase, —dijo esta con cara de circunstancias y le señaló una silla junto al fuego de la chimenea. 
Leocadio estaba turbado. No podía apartar los ojos de aquella imagen que tenía frente así. Se llamó al orden. El joven que le había atendido le puso una manta sobre los hombros, se sintió más aliviado. Se hizo cargo de la situación en que se hallaba y le dio por reír dando comienzo a una retahíla de explicaciones que en poco tiempo puso al corriente a sus interlocutores de todo lo acontecido. Fue invitado a cambiarse de ropa en una habitación contigua y cuando salió tenía sobre la mesa una taza de café caliente con un una buena ración de bizcocho. 
—Gracias —dijo en tono agradable—ya que tan amablemente me habéis atendido, quiero corresponder con un regalo. Todos los domingos vendré a casa de vuestro vecino Cirilo a dar clases particulares a su hijo. Si estáis interesados en aprender podéis asistir de modo gratuito. Si algún amigo o conocido quiere asistir hay plazas libres.


Leocadio era un joven bien parecido. No había nacido en familia acomodada, era el único barón entre cuatro hermanas y había cursado estudios por libre, lo había atendido el maestro de su pueblo por obra y gracia de su madre que pagaba sus honorarios con huevos de las gallinas y conejos de las conejeras.  Hacía sus exámenes en el instituto de la capital una vez al año, siempre con muy buenas notas. Era un maestro vocacional y estaba ansioso por atender a esos niños que a los diez años dejaban la escuela para ayudar a la familia con su trabajo. Muchos de ellos llevaban las secuelas del hecho toda la vida, quedaban traumatizados. Les gustaba estudiar y tenían buenas facultades para ello, lo verificaba lo bien que se desenvolvían en la vida con lo poco que aprendieron. 


Llegó por fin el día de domingo. Los hermanos Isabel y Gerardo se hallaban en casa de su vecino Cirilo junto con unos cuantos amigos esperando que apareciese Leocadio para dar comienzo a sus clases de Cultura General. Sentados alrededor de una mesa a la sombra de la parra que había en la puerta de la casona hacían comentarios jocosos cuando vieron a Leocadio que se acercaba con paso firme por la vereda. Traía una mochila cargada a la espalda, su semblante era alegre y en la boca aparecía una rama fresca de limonero en flor.
—Los chicos se pusieron de pie y saludaron al unísono con voces entrecortadas.
—Buenos días jóvenes muchachos—manifestó el maestro con entusiasmo, contento de contar con un grupo de alumnos que superaba sus expectativas—haremos las presentaciones y hoy me dedicaré a comprobar el nivel de conocimientos de cada uno. Pondré tareas para toda la semana. Espero que el domingo próximo las traigáis todos hechas. 
La clase transcurrió con orden. Leocadio, una vez organizado el conjunto sacó un libro de su mochila y fue pasándolo uno por uno para la lectura de una página. Pudo comprobar que varios empezarían de cero y otros estaban en distintos niveles. Tendría que adaptarse a la capacidad de cada uno y tenia ante sí una tarea ardua; pero estaba contento. Había perspectiva de  honorarios que anexionar a su exiguo sueldo, aunque sabía que muchos le pagarían en especies, bienvenidas sean, que todo vale para salir adelante con la supervivencia diaria. Pero no era esa la circunstancia que más le satisfacía, pensaba en aquellas mentes casi en blanco donde había que imprimir algo de cultura que les sería vital para salir airoso de las vicisitudes que presenta la vida.
No existe nada más penoso que ver los retos y no tener palabras para resolverlos. 
Llegó el verano y Leocadio vio sorprendido como se llenaba su despensa de frutas y verduras, hasta tal punto que a sus vecinos más cercanos los abastecía de los productos que no podía consumir. Estaba feliz por los adelantos que veía en sus alumnos.  A ellos también se les veía satisfechos y motivados. Entre todos ellos la joven Isabel había destacado por su gran facultad para la literatura. Una mañana se presentó con un poema que a Leocadio le dejó perplejo, simplemente estaba dedicado a una hoja de manzano que mecía el viento. Quiso que ella lo leyese frente a todos sus compañeros, pero no lo hizo, sentía una andanada de timidez que le paralizaba el habla.
Leocadio se enternecía, había despertado en ella una punzada de romanticismo que permanecía dormido y sin él jamás hubiese despertado. Guardó celosamente el texto y esa noche, cuando encendió el candil para ir a la cama, leyó repetidas veces el poema, la emoción le invadía. La joven que le hacía perder la serenidad no solo era bella por fuera, también era poseedora de otras virtudes excepcionales.


Hoja tierna que el viento mece.
Tu haz y tu envés, la tarde mima,
con el brillo certero que enternece
y todo mi ser al contemplarte anima.
Tu bella perfección asombra,
la mirada y el oído se deleita
con sonidos que el viento nombra,
sinfonías de hojas en el estío
y aunque te sientas sola no lo estás
mi ser te acompaña, siente mi mano
que siempre te admira.

El joven Leocadio lloró. Lloró de impotencia. ¡Cuántos cerebros quedan tirados a lo largo del país como el "arpa dormida en un rincón de Gustavo Adolfo Bécquer"

María Encarna Rubio 


 


Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas
como el pájaro duerme en la rama
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!

¡Ay! -pensé-, ¡Cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: Levántate y anda!

G. A. B.

   
  

  
   

lunes, 6 de abril de 2026

Rufina reflexiona y argumenta


Desde que el ratoncito Perolo se fue de esa manera tan extraña Rufina no pudo conciliar el sueño. No estaba acostumbrada a esa actitud tan reservada hacía ella. Qué pasaría en la biblioteca, se preguntaba preocupada. No tardó en estar al corriente de lo acontecido, pues el saltamontes Nicasio hizo su aparición posado en la hoja de una colocasia del balcón. 
Hablaron largo y tendido. Nicasio había presenciado todo desde la estantería donde se encontraba el libro más bonito que alguien había escrito jamás. Al comienzo de la charla, Nicasio se hizo un poco de barullo, mezclaba retazos de lo acontecido en el sótano de la biblioteca con el tema del libro que había estado leyendo. Rufina anduvo un poco perdida entre la confusión de lenguas y las aventuras de un rey león. Llegó a la conclusión muy premeditada de que el desconcierto en la comprensión de lenguas nada tenia que ver con lo de la Torre de Babel, que era algo más cercano y simple, que Perolo, influido por los consejos de doña Carlota la gata sabía, había aceptado tomar el camino más fácil para él y no se había molestado en ayudar a su congénere ratonil venido del extranjero. No le parecía propio de Perolo, siempre tan altruista, dispuesto a ayudar sin mirar a quién. 

La mañana siguiente Rufina buscó un encuentro con Perolo. En la casita de juegos para niños del parque, allí lo encontró, sentado, meditabundo. —¿Qué haces Perolo?—Las palabras salieron de su boca en lenguaje gatuno... o sea, "miau, miau, miau" Perolo entendió a la perfección su pregunta, —Estoy esperando a doña Carlota, la gata sabia—contestó con murmullo ratonil—. Estoy decepcionada de ti—le interpeló Rufina mesándose los bigotes y guiñando un ojo. —De manera que ya no sabes tomar ni una sola decisión por tu cuenta. Necesitas que la gata doña Carlota supervise y evalúe cada situación comprometida que te acontece. No te conozco, Perolo. Ya no eres mi héroe, mi ratoncito querido y admirado, y dando un respingo desapareció entre los setos del jardín. 
La tribulación que sufrió Perolo con el desplante de su amiga la gata Rufina era evidente. Su tristeza se reflejaba en sus párpados caídos y su rabito quieto, sin vida. Cuando llegó la gata sabia, doña Carlota lo encontró así, pensó que algo había alterado el ánimo de Perolo. —Qué te ha pasado, Perolo—adujo doña Carlota sentándose junto a él. —No me ha pasado nada que no sea normal—argumentó Perolo—los amigos, la familia, todos se toman la molestia de opinar sobre nuestras acciones. Algunas veces con buenas intenciones, otras llevados de la mano de celos, de envidia. Pero la vida sigue siempre y el tiempo pone cada cosa en su lugar.

María Encarna Rubio          

 

sábado, 4 de abril de 2026

Los amigos del ratoncito Perolo

 


 Los amigos de Perolo eran múltiples y cosmopolitas. Casi todas las naciones del mundo tenían representantes en el sótano de la biblioteca donde residía Perolo. Cómo se entendían entre sí era un misterio. Fuerzas sobrenaturales hacían una simbiosis ratonil en el sótano de la biblioteca. Cada cual hablaba su idioma, pero la comprensión entre todos era perfecta, exceptuando vocablos de insultos y groserías. La comunidad era tan extensa que Perolo había cerrado la admisión de nuevos componentes.  

Todo parecía ir bien, pero llegó un emisario que todo lo estaba alborotando. Traía noticias para sus compatriotas muy notables, les conminaba a volver a su país de origen en un dialecto difícil de descifrar. Perolo tenía ante sí un gran dilema. Como moderador del grupo, su responsabilidad era ineludible para resolver el problema. 

Dejó aplazado todo acto y marchó en busca de la gata Rufina, no porque ella fuese pieza clave para la solución del asunto directamente, pero a través de ella podría contactar con doña Carlota, la gata sabia. Llegó al piso de la anciana Consuelo, la escritora de cuentos y poemas infantiles, la que cambió su nombre de Dolores por el de Consuelo.

 Salió por la ratonera secreta abierta en la despensa de la escritora. Encontró a Rufina dormitando en su cesta de mimbres. —¡Esta gata siempre dormitando! —Dijo para sí, en su semblante se dibujó un gesto de asco. Dio un salto propio de ratón que ejercita su potencial de robustez y se encaramó en el lomo de Rufina. —¡Rufina, despierta! Necesito hablar con doña Carlota. La espero en el Jardín de Manolo, a la sombra del tronco seco del ficus centenario. Por favor, avísale, es muy urgente. 

Cuando la gata doña Carlota fue a encontrarse con el ratoncito Perolo encontró a este muy afanado en roer una porción de la raíz seca del tronco centenario. —¿Qué haces, Perolo?—maulló doña Carlota. Sus ojos centellaban. La extrañeza producía ese efecto sin que lo pudiera evitar. —Tengo que aprovechar cada momento para desgastar mis incisivos, nunca dejan de crecer — razonó Perolo ante la gata sabia. —Rufina me ha dicho que necesitas hablar conmigo—argumentó doña Carlota. Presentaba esta una piel limpia y brillante y hasta parecía más delgada. Perolo cesó en su tarea de roído. Se posicionó ante la gata sabia y  fue relatando el cometido que la había traído hasta allí. 

Pasaron dos horas. Rufina los observaba desde el balcón de la casa de la escritora de cuentos. Veía gesticular a Perolo con vehemencia y a la gata sabia asentir con expresiones de locución acentuada.

Por fin Perolo hizo su aparición ante Rufina. Su semblante denotaba la satisfacción por tener un proyecto claro para la solución de su problema. —Verdaderamente, doña Carlota es una gata sabia—adujo enfatizando la frase con ímpetu. A Rufina la corroía la curiosidad. Sentía necesidad de pedir a Perolo explicaciones de su charla con la gata sabia, pero Perolo estaba lejos de perder tiempo en complacerla, le dijo que ya hablarían después y se marchó.

     En el sótano de la biblioteca  Perolo fue recibido con euforia por el  grupo de ratones. Ansiosos por ver resuelto el problema. Se presentó calmado y muy elocuente. —¡Silencio, escuchad todos!—Aclamó con enérgica resolución—Nosotros, todos nos entendemos a la perfección, el problema no es nuestro. Si este nuevo visitante no es capaz de comunicarse con normalidad con nuestro grupo, le aconsejo que se presente con interprete. El caso queda cerrado. 


María Encarna Rubio

 

    

   








viernes, 13 de febrero de 2026

El relajado mundo de la abuelita Dora

  




Camino de almendros en flor

la abuelita Dora paseaba.

Con diminutas pisadas

los pétalos caídos arrastraba.

La sensación de dañarlos

el alma se le apenaba.

Una tórtola preciosa

en una rama posada

al ver a Dora afligida

esta canción le cantaba:

No te aflijas, pisa firme,

el manto de hojas tupido

para recibir tus plantas

de sus flores han caído.

Alfombra mullida y bella

que deleita y enamora

la dedican los almendros 

para ti, abuelita Dora.

Una ensoñación de amor

aromas de primavera

sabía de pasión y vida

por tus venas reverbera.

María Encarna Rubio

 


martes, 13 de enero de 2026

FIESTA DEL NIÑO JESÚS DE LA HUERTA 2025—2026

 

FIESTA DEL NIÑO JESÚS DE LA HUERTA Y DEL ROSARIO PATRÓN DE LOS AMIGOS DE LA MÚSICA Y LAS TRADICIONES, LA CUADRILLA 2025 – 2026

PADRINOS: GINÉS ROMERO

 TOÑI TRISTÁN

¡Escuchad, Toñi y Ginés¡

¿Estáis oyendo el rasgueo

de guitarras que se acercan,

el murmullo de la gente

que viene hasta tu puerta?

El niño Jesús está aquí,

ha venido a saludaros

y con su amor infinito

el corazón inundaros.

Mira Toñi con Ginés

al niño JESÚS tan tierno

tiene brillando en sus ojos

mensaje de amor eterno.

¡Qué bonito, qué bonito!

Toñi y Ginés con ilusión

lo llevarán para siempre

dentro del corazón.

La madrina primorosa

le preparará una cuna

mullida de tiernos besos

 y almohada luz de luna.

¡Qué regalo mi Dios padre!

Hiciste a la humanidad,

nació pobre entre los pobres

como ejemplo de humildad.

Al Niño Dios le divierte

que se acerquen los pastores,

y le canten villancicos

con dulzainas y tambores.

le encanta que en Santomera

este grupo de cantores

con notas de sus guitarras

le dediquen sus canciones.

¡Qué no se pare la fiesta!

La alegría santifica.

Con fraternidad compartida

su templo Dios edifica.

Nosotros somos el templo

que Dios quiere habitar,

su hijo es el camino

El Mesías vino ya.

María Encarna Rubio

 

lunes, 24 de noviembre de 2025

La gata Rufina desafina


La gata Rufina recibía con frecuencia la visita de su vecina la gata doña Carlota. El ratoncito Perolo sentía celos de muerte por este hecho. Hacía críticas perniciosas sobre ello con el saltamontes Nicasio que se había instalado por unos días en el sótano de la biblioteca donde vivía Perolo desde que dejó la casita del bosque. —Has de saber, Nicasio, que la gata Rufina está acusando bastante la mala influencia que ejerce sobre su comportamiento la amistad de su vecina la gata Carlota—refería Perolo a Nicasio con un movimiento de bigotes descontrolado. No podía disimular pelusa. Nicasio le observaba sorprendido, nunca lo hubiese imaginado, Perolo haciendo comentarios negativos acerca de Rufina.
—¿Qué te hace pensar así de tu amiga gata?—Inquirió Nicasio con displicencia.
—Noto que Rufina ya no se presenta tan aseada como antes de conocer a su vecina—adujo Perolo con sonrisita sarcástica —a veces, hasta noto a distancia que huele mal.
—¿Sabes qué pienso, Perolo, que sientes celos de la gata Carlota—adujo Nicasio moviendo una de sus alas—precisamente oí a Carlota exaltar el buen aliño de Rufina. 
—¡Es extraño lo que dices!—Argumentó Perolo con fastidio—oí a Carlota decir todo lo contrario, recomendaba a Rufina con palabras de gata sabia que la felicidad provenía en gran parte del orden, la limpieza y el aseo meticuloso.
—¡También de los buenos alimentos!—Expuso Nicasio con contundencia—para tener una mente sana y un cuerpo sano has de tener buenos hábitos, aseo meticuloso, buena alimentación y orden en todo en tu alrededor.
—¡Pues, todo eso lo está olvidando Rufina, y cada día está más fea!—Exclamó Perolo con sus dos dientes roedores raspando su labio inferior.
—¡No será para tanto!—Alardeó Nicasio dando un gran salto que le hizo subir hasta el último estante y fue a parar encima del cuento de Pinocho.


María Encarna Rubi


 

domingo, 9 de noviembre de 2025

Carlota, la gata sabia



 —¡Bonito día! —Comentaba la gata doña Carlota junto a la gata Rufina, ambas esperaban ver aparecer al ratoncito Perolo y al saltamontes Nicasio, apostadas en un huequecito del tronco seco del ficus centenario. Hacía conclusiones Carlota de por qué Rufina concertaba reuniones si allí el sol calentaba,  ese árbol no tenía ramas con follaje que diera sombra. Aquél tronco seco no servía para nada en el jardín y así se lo hizo saber a Rufina: 
—No encuentro explicación para dejar este esqueleto de árbol en un jardín tan bonito como este.
Rufina no hizo comentario alguno hasta pasados unos minutos. Quedó meditando acerca de la crítica de la gata anciana doña Carlota sobre el tronco seco. La respuesta fue muy analizada antes de ser comentada:
 —La razón de no ser sacado de este entorno es puramente sentimental —adujo la gata Rufina —cuando ese tronco era un bello árbol frondoso y lleno de vida el "Jardín de Manolo" pertenecía a una finca cuyos dueños vivían en Madrid. Este era su lugar de recreo. Pasaron por él grandes personajes y a la sombra de ese árbol espectacular se hacían tertulias de jóvenes destacados en las artes y las letras. Ha visto pasar los años que han transformado el pueblecito apostado al margen de la huerta en una ciudad. Le amamos. Queremos todos que sea testimonio de lo fue.

Pasó largo rato, Perolo y Nicasio no aparecían. Rufina, cansada de esperar dispuso marchar a casa, pero la gata Carlota propuso una estrategia, esconderse ella detrás de un arbusto por un ratito ya que los amigos de Rufina no la conocían y era de suponer que no se acercarían entre tanto que ella permaneciese junto a Rufina, pues era una gata y no estarían seguros por ser ellos ratón y saltamontes.
Así lo hicieron, Carlota se escondió y Rufina quedó solita junto al tronco seco del ficus centenario. Pasados unos momentos aparecieron los dos.
—Hola Rufina —comentó Perolo nada más llegar —¡Quién era esa gata gorda que te acompañaba! Qué miedo hemos pasado Nicasio y yo. 
—No tenéis que tener miedo, es una vecina. La pobrecita es muy anciana y poco daño puede hacer a nadie. Ha venido a vivir aquí desde una aldea del campo y se encuentra necesitada de cariño y amistad. Se encuentra escondida detrás de ase arbusto. Espera que la adoptéis como amiga. 
—¡Recáspita!—Exclamó Perolo. El saltamontes Nicasio no dijo palabra, esperaba la reacción de Perolo, si él estaba de acuerdo no pondría objeción alguna en aceptarla como amiga.
—¡Qué salga! —Dijo Perolo en alta voz —queremos conocerla.
Salió Carlota de detrás del arbusto a tres patas, pues se había lastimado una patita con una espina y su cara era un poema, sonreía y lloraba al mismo tiempo. Acudieron todos a ayudarla y la acomodaron junto a una raíz del tronco centenario. 
Como hicieron en otros tiempos personajes ilustres, conformaron una tertulia  interesante. Hablaron de todo. Cada uno contó anécdotas de los avatares de sus vidas. Rufina expuso algunas inquietudes que le causaban desasosiego.
—Cómo sabéis, la anciana de mi casa antes se llamaba Dolores—argumentó Rufina —un buen día decidió que no quería ya más ese nombre y que en adelante se llamaría Consuelo. Pues bien, observo que desde entonces lo a tomado por costumbre y miente sin ningún reparo siempre que se le presenta la ocasión. A las amigas les cuenta que vive muy ocupada, que tiene tareas sin fin cuidando a una anciana. Cuenta que esta es muy exigente en su alimentación, los zumos naturales de licuadora son diarios. Esa máquina es trabajosa, está compuesta de muchas piezas y su limpieza es engorrosa. Sus platos favoritos requieren bastante manipulación y la limpieza y el orden del hogar son muy meticulosos. Se parte de risa cuando cuelga la llamada de las amigas, pues no está cuidando de ninguna anciana, miente como una bellaca.
—¡Ja, ja, ja,!—Rio de buena gana la gata anciana Carlota —la anciana Consuelo hace gala de tener un sentido del humor exacerbado, adivina quién es esa anciana de la que ella se cuida si no hay otra persona que cuide de ella. 
Fue una como una fiesta el fin de la tertulia. Marcharon cada uno a su lugar habiendo quedado para reunirse otro día.

María Encarna Rubio    



 

 

 


jueves, 6 de noviembre de 2025

Carlota viene de lejos

 
 


 La mirada triste de la gata doña Carlota lo decía todo. Habían cambiado su estancia en una aldea de campo por la vida en una ciudad. El piso que tenían alquilado en un edificio bastante grande le resultaba claustrofóbico. No se atrevía a salir a pasear, se encontraba torpe, sus años le marcaban limitaciones, había engordado y su agilidad para dar saltos no se parecía en nada a la de antes. 
—¡Estoy enamorada de mí misma, tengo un talento que me lo piso!—Escuchó la gata Carlota con sorpresa. Observó con incredulidad, el sonido venía del piso contiguo, entraba por el balcón abierto de par en par. Asomó sus bigotes con prudencia. Acercó con sigilo sus patas hacía la baranda medianera y vio a la Anciana Consuelo escritora de cuentos y poemas infantiles tecleando en el ordenador. Cerca se encontraba una cesta de mimbres con una gata dentro que dormitaba.
—¡Santo cielo! Tengo una vecina—pensó en un arrebato de alegría por ver a la gata Rufina —estoy salvada, haré amistad con ella. 

Por otro lado, Rufina, al escuchar la exclamación de la anciana Consuelo le dio un ataque de risa gatuna. ¡Enamorada de sí misma! Qué esperpento de mujer—pensó para sí —lee las tontearías que escribe y cree que es un portento.
Al instante de sacar esta conclusión acerca de su ama y cuidadora, Rufina sintió vergüenza de sí misma. Debería sentirse feliz de ver que su anciana cuidadora estaba contenta. Dio un salto, salió de la cesta y puso rumbo al balcón. La grata sorpresa que allí le esperaba fue grande: quedó frente a frente a la gata doña Carlota que la miraba expectante. El primer impulso fue de extrañeza, quedó estática, no supo qué decir. Por el contrario Carlota reaccionó al instante, sacó su lengua y le propinó un solemne lamido de bigotes en señal de saludo. Era gata vieja y eso da mucha ventaja ante una gata que apenas ha salido de la adolescencia. Rufina hizo otro tanto y se formó una comunicación muy complacida entre ambas. Hicieron sus presentaciones y quedaron en reunirse en el jardín de Manolo bajo el tronco seco del ficus centenario a la mañana siguiente. Rufina había quedado allí con el ratoncito Perolo y el saltamontes Nicasio, estaba en su ánimo  presentarlos a Carlota.








   
 

martes, 28 de octubre de 2025

La cabrita Catalina está que trina



 


 La cabrita Catalina pasaba la vida en busca de comida. Había observado lo que hacía su vecina, la serpiente doña Clementina y no salía de su asombro, mientras ella corría toda la mañana buscando brotes tiernos para después pasar horas masticando de nuevo todo lo que había ingerido por esos caminos de dios, la serpiente comía una vez cada nueve meses. —¡Qué injusticia!—Pensaba y refunfuñaba sin cesar de moler y moler las hierbas que había almacenado en la primera bolsa de su estómago de animal rumiante.
El búho Caroncio, que venía observando a la cabra Catalina, sentíase apenado por lo mal que llevaba Catalina los quehaceres de su vida. Hubiese querido tener una vecina alegre y dispuesta a llevar los avatares con paciencia, que aprovechara los espacios de tiempo libre que le quedaba entre buscar comida y rumiar. A nadie le gusta vivir cerca de personas que continuamente se quejan de lo que tienen que hacer para vivir y de cómo son. 
—Tengo que hablar con Catalina y contarle el secreto de dónde se encuentra la eterna felicidad— se dijo una mañana Caroncio. Él estaba muy adormilado, pues la búsqueda de sus alimentos la tenía que hacer por la noche. No sabía lo que era pasar un descanso tranquilo y dormir cuando los demás lo hacían. No se quejaba. Siempre se encontraba dispuesto a cumplir sus obligaciones cuando anochecía. Nunca decía nada.
Esa mañana, el búho Caroncio sacó fuerza de flaqueza y fue a ver a la cabrita Catalina que rumiaba con lágrimas en los ojos, llorando su mala fortuna:
 —¡Venga! Se lamentaba—¡a comer dos veces lo mismo!
—Buenos días Catalina—saludó Caroncio con cara de mareado—. Hace días que observo tu estado de ánimo y me preocupas. A decir vedad no puedo descansar tranquilo después de estar toda la noche trabajando ganando mi sustento oyendo tus lamentaciones. ¡Deja de balar tus quejas! Tienes que saber que en esta vida cada cual tiene sus problemas. Nada ayudas lamentándote ni das buen ejemplo. 
En ese preciso momento apareció la lagartija Fernanda—¡ Eso, eso! Mírame a mí, que si no paso tendida horas al sol no puedo correr. Me tacharán algunos de holgazana, no necesito comer tanto como tú, pero es un gran inconveniente tener que absorber calorcito de rayos UVA para ir tirando hacía adelante. Exactamente igual le pasa a la serpiente doña Clementina, come de tarde en tarde, pero sin rayos UVA se duerme y no despierta.

—¡Lo ves, Catalina!—Adujo el búho Caroncio— Vive feliz con lo que eres y como eres! ¡Ese es el secreto de la felicidad eterna! 

María Encarna Rubio 

  


domingo, 26 de octubre de 2025

Una aventura del saltamontes Nicasio

 



La mañana, con vientos huracanados, sorprendió al saltamontes Nicasio que dormía plácidamente sobre el viejo cojín de la casita del bosque. Salió al exterior a comprobar qué tal tiempo hacía, cuando se vio sorprendido, atrapado en una ráfaga de aire templado que lo arrastró a un lugar remoto. Nunca antes había visto el saltamontes Nicasio nada parecido. Un lugar sorprendente de cactus gigantes y un clima tan caluroso que derretía sus patitas si las posaba en el suelo. ¡Qué calor!—Pensó anonadado—. ¡Dónde me esconderé! Creo que debajo de esos nopales estaré fresquito y a salvo —dijo para sí—tienen pinchas lacerantes, pero oí decir un día a la gata Rufina que son comestibles, por lo tanto algo podré comer cuando sienta que el hambre me acucia. 
Así lo hizo el saltamontes Nicasio. Quedó oculto a la sombra de los nopales y cual fue su sorpresa al encontrar casi en letargo a la lagartija Fernanda. Estaba casi confundida con la piedrecita que la apoyaba. —¡Fernanda, Fernanda, despierta, soy el saltamontes Nicasio! Qué te ha traído hasta aquí. Estamos lejos de casa. A mí me trajo la ventolera. 
—Igual a mí—repuso Fernanda con voz entrecortada—Iba caminando por los pedruscos de los senderos que llevan a la casita del bosque y una bolsa de aíre caliente me atrapó. Hemos viajado gratis a otro continente. Sin esfuerzo. Igual que viajan los albatros desde América hasta Europa sin mover ni una pluma de sus alas. ¡Es bonito verdad! De ahora en adelante vendremos al desierto de Sonora sin que nos cueste dinero. Y como han descubierto el modo de hacer cultivos de frutas y verduras en el desierto, no pasaremos falta de nada.
—¡No puede ser!—Argumentó Nicasio—en el desierto no hay agua.
—¡Qué sí! El aíre es como vacas con ubres llenas de agua. Con el sistema de enfriamiento del aíre las ordeñan y extraen la que necesitan para el riego gota a gota.
Nicasio no salía de su asombro. ¡Las cosas que sabía la lagartija Fernanda! Vería de coger la próxima bolsa de aíre caliente y viajar a Europa para contarle a ratoncito Perolo y a la gata Rufina su gran aventura. 

María Encarna Rubio     


MAMÁ OSA PERIPITOSA

En la casita del bosque todo iba bien. Las gallinas ponían sus huevos en una cesta y mamá osa los llevaba al mercado. Sería bonito pensar q...