viernes, 12 de febrero de 2016

UN REBAÑO DE CABRAS

 Se sentía importante conduciendo el rebaño de cabras por el monte, tanto como lo haría un presidente de gobierno conduciendo a sus ministros. Le impresionaba sobre manera comprobar que llevaba a las cabras por donde quería. No le importaba que su profesión no fuera, ni la más remunerada, ni la más ponderada de la escala social.
 Vestía con tejanos y calzaba zapatillas adecuadas para caminar por los montes más escarpados. También llevaba auriculares para escuchar música desde su móvil. Y no era sólo música lo que escuchaba, también oía las noticias y estaba al corriente de todo.

No siempre había sido cabrero. Hubo un tiempo que fue futbolista. El destino le jugó una mala pasada. Se lesionó el menisco de las dos rodillas. Un día decidió que necesitaba un cambio  radical en su vida. Cogió su mochila y, escuchando su voz interior, se marchó de peregrino por el Camino de Santiago. Tenía ampollas en los pulpejos y al llegar a Portomarín decidió hacer un alto en el camino. 

El hospedaje le resultaba ingrato y marchó al monte más cercano para hacer acampada. Encontró a un peregrino con el hubo buena conexión. Éste, le condujo a una cabaña, rústica a más no poder, con aspecto de gran antigüedad. Tenía un hogar donde poder hacer fogatas.
 Se instalaron los dos peregrinos pero el placer duró muy poco. Apareció el dueño y los quería echar. Llegaron a un acuerdo, y con una suma sustanciosa, quedaron alojados por un tiempo. No tenían problemas para la subsistencia pues el dueño era cabrero. 

No lejos de allí, en una caverna muy apropiada hacía sus quesos. El cabrero se llamaba Remigio. Hicieron amistad y ayudaban al cabrero a elaborar el queso a cambio de la comida. Pasaban el día llevando las cabras de monte en monte. Veían a los peregrinos con sus mochilas a cuestas, hincando sus bastones en el suelo. A muchos les podía el cansancio y se agrupaban a la orilla del camino a descansar.

 Hubo quién les preguntó por qué llevaban cabras y no vacas, como era típico en el lugar. Ellos respondían que las cosas habían venido así. El ordeño de las cabras les puso los biceps fuertes. También los gemelos se fortalecieron con las andadas por el monte. Y no digamos nada del estado anímico, se sentían contentos y eran felices. De este cuento tan bucólico sacaremos algo en claro: 
"El simple hecho de tener una salud óptima, hagas lo que hagas, te hará sentir feliz."

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