domingo, 19 de abril de 2015

SILA

   ¡Enhorabuena! ¡Enhorabuena! ¡Ha nacido una niña destinada a vaticinar el futuro!
Este comentario corría en boca de todos los habitantes del poblado.
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Se hallaba éste, en lo más alto del monte. De difícil acceso, no 
necesitaba murallas para defenderse de los invasores, cosa muy común en la época que nos ocupa. 
Se hallaban en su apogeo las culturas que fueron haciendo caminos para que fuese posible que hoy, en el siglo XXI, podamos disfrutar de los conocimientos y avances de la humanidad.

Tenía la niña los ojos tan grandes, que todos dieron por sentado que vería hasta el fin del paso del hombre por la tierra. La llamaron Sila.
Sucedió que la educaron y la cuidaron de tal forma que, ella no pastoreaba, ni hilaba, sólo miraba; veía naves griegas  y egipcias navegar por el Mediterráneo. 

También veía obreros haciendo grandes obeliscos que luego se depositaban delante de grandes pirámides. Veía a gente que cruzaba el desierto y sobrevivía con los milagros de un Dios que prometía un Salvador que marcaría el camino. 
--¿Qué dirá, cómo será?--Le preguntaron.
--Su mansedumbre no tendrá límite. --Contestó-- Predicará la tolerancia, el amor y la solidaridad, como remedio para salir adelante en todos los problemas del mundo.

Creció la niña. Convertida en mujer, sentada en lo más alto del monte, un día, vio algo que la dejó perpleja: veía un pueblo que se tendía bajo la sombra del monte. Al principio era una aldea. Sus gentes sencillas cultivaban la tierra. Fue creciendo en torno a un templo donde se enseñaba la doctrina marcada por el Salvador prometido que vino y dio la luz y la esperanza al mundo. Les vio subir a un tren llamado cultura que se deslizaba pausado, sin prisa.

--¿Llegará a su destino? --Le preguntaron--. Sí. Veo, cómo todos se apresuran a subir al tren. No serán muchos los que le dejen pasar en marcha.

Ahora, en el siglo XXI, están las tumbas donde aquellos habitantes, casi anónimos en los anales de la Historía, dan testimonio de que, ellos, estuvieron ahí. 

 En las noches de luna llena, aseguran ver a una dama  en la cima contemplando el paisaje que ofrece nuestro pueblo a la sombra del monte. Siempre hay ojos destinados a ver lo que nadie ve.

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