jueves, 3 de julio de 2014

EL GALLO GASPACHÓN




 A la gallina Patueca, a pesar de los muchos defectos de gallo Gaspachón, éste, le gustaba: era fatuo, engreído, pendenciero, y con todo eso: la gallina Patueca perdía los vientos por Gaspachón.

--¡Me gusta como es! ¡Para mí, no tiene que cambiar en nada! --decía ella y... es que, Gaspachón tenía la mejor cresta que jamás tuvo gallo alguno.

--Hija, vas a ser muy desgraciada con él, le gustan todas la gallinas del corral, --le decía su madre.
--Madre, eso no me preocupa, me gusta como es.
Una madrugada, después del canto matutino al despuntar el alba, miró Gaspachón a Patueca de manera intencionada, invitándole a 
que le siguiese.

 Llegados ambos al lugar donde Gaspachón acostumbraba a tener sus escarceos amorosos, observó Patueca que... ¡Aquello estaba lleno de plumas! 

Quiso Patueca retroceder y dejar a Gaspachón solo en su rincón, pero éste, maestro en las lides del amor, cogió con ademán delicado a Patueca y la hizo mirar el cielo estrellado: 

--Mira, cierra los ojos y escucha la melodía... ¿Oyes a los pajaritos, sientes la suave brisa del batir de sus alas? ¡Trinan volando, aspirando los perfumes que emanan de la rosaleda! ¿Sientes su espíritu libre volando por la alameda? ¡Es primavera, Patueca!

--Vive libre de penar y de sufrir, la primavera, si la llevas dentro, está hecha para ti. 
Y Patueca cayó rendida en las redes de Gaspachón.

--Te quiero como eres, para mí no tienes que cambiar en nada, sigue siendo tú mismo Gaspachón.  

lunes, 30 de junio de 2014

LA ARAÑA TIESA


La araña Tiesa era mala, de sentimientos reprobables. Ya no se contentaba con absorber la sangre a sus víctimas. Ahora, también quería robarles sus conocimientos intelectuales. Sin haber dado jamás un golpe, pretendía saber tanto como aquellos que pasaron su vida almacenando conocimientos a costa de esfuerzo y sacrificio. ¡Qué mala era! 


 Dejaba a sus víctimas colgando de los hilos de su tela, hasta extraerles el último de sus datos. 
Estaba fastidiada de tanto escuchar al búho Caroncio:
 --¡Estoy explorando el pozo del saber!  
¡Qué fatuo! Ella tenía que sacarle ventaja. 

Tampoco comprendía que el sentimiento no caduca con los años.
Nace y muere con nosotros. Por eso no soportaba que el ficus centenario estuviese enamorado. Es el acicate que el Sumo Hacedor nos ha puesto para que siempre nuestra vida tenga aliciente. 

El búho Caroncio, lleno de sabiduría y buenas intenciones, aconsejaba a su vecina la oruga Potula:
 --¡No desperdicies tu vida, Potula, ama siempre, verás que la vida, amando, es un jardín de tiernas y jugosas hojas con gotas de rocío y álamos con sinfonías.
--¡Sí, Caroncio, --decía Potula-- de hecho yo amo. Te amo a ti Caroncio, y me regocijo en este amor, aunque, como ves, la vida está llena de amores imposibles. 

sábado, 28 de junio de 2014

MI TIERRA

El color de tu piel me subyuga.
El perfume que de ti emana, 
Me enardece.
Ardo en deseos de probar en mi boca,
Tu sabor, tu esencia que provoca.
¿Quién eres? ¿De dónde tu figura redondita?



Soy del lugar donde el sol tiene su hogar,
Invadimos el mundo para llenarlo de vida.
¡Quien no conoce Murcia,
No conoce la tierra prometida!
Su vigor se manifiesta,
En ricas frutas cómo ésta.









miércoles, 25 de junio de 2014

LAZO AZUL


Ven, abre la ventana,

Verás las montañas en la lejanía.

El paisaje lo hizo el Sumo Hacedor,

Para que en este momento lo admires tú.

Peinaré tu pelo.

Lo recogeré con lazo de seda azul.

Porque la niña más linda,

Luce brillante el amor de su madre.

Seré tu ejemplo y tu protectora.

Donde estemos las dos juntas,

Estaremos bien,

Espérame.

Que tengo que peinar tu pelo,

Y cogerlo con lazo azul.

martes, 24 de junio de 2014

ÉSTO SÍ ES AMOR










Le amaba tanto,tanto, que no podía conciliar el sueño.

Se le acercaba cuando dormía y susurraba en su oído palabras de dulce amor con la intención de grabarlas en su subconsciente,

para que nunca las olvidara. 

Oía su respiración. 
Esperaba a que despertara para regalarle la más luminosa de sus sonrisas. 
Ella le correspondía llenando las auras de flores, de mariposas, de ilusiones, de promesas de una larga vida en común. 

Amándose mutuamente con la más fiel de las entregas. 

¡Todo lo mío es tuyo! Te daré lo que tengo y lo que soy. ¡Mi yo ha desaparecido cuando has aparecido tú! ¡No existo! 

¡Sólo existes tú! 

Y... la sacó de la cuna, y la meció en sus brazos.

lunes, 23 de junio de 2014

EL BRAZO DE HIERRO

 Marchaba sediento campo a través. Fluían los recuerdos en su mente, sin orden. La perspectiva era aciaga  con los rayos de sol de frente, abrasadores. Una voz imperiosa en su interior le ordenaba: -- "sigue, sigue, eres el superviviente..., el brazo de hierro"
  Con el fusil al hombro y la mirada en la distancia, no era momento, ni para llantos, ni para mirar atrás: ¡Sólo para sobrevivir! Con el alma rota por el espanto de haber visto la muerte de cara, tragando su aliento, sintiendo su hedor. Al sentirse vivo, fluían en su mente perdida los recuerdos de la batalla: ¡Sangre! ¡Lamentos!

 Los campos yermos, secos de lluvias, se regaban con la sangre de sus compañeros muertos. El silencio y la soledad, el hambre, la sed, eran ahora los  que seguían sus pasos, inexorables, si no lo habían hecho los tiros..., ¡éstos acabarían con él! 


No se rinde fácilmente el guerrero que a los siete años, ya se ganaba el pan. En su pueblo, agrícola, emplazado al borde de la vega del río, todos los vecinos tenían su parcela donde cultivar lo necesario para vivir. 

Las mulas y los carros paseaban por las calles a diario. No era necesario contratar empresas para la limpieza de los excrementos que éstos iban dejando, los niños del pueblo los recogían muy de mañana para abonar las tierras de cultivo. Siete años tenía él cuando había de recoger siete capazos de estiércol antes de desayunar.

No le afectó el trabajo desde su infancia, ni en el desarrollo físico ni en el carácter: ¡Era fuerte y alegre!

 A los dieciséis años dirigía su grupo de trabajo de maestro albañil...  Ahora, en una guerra cruel entre hermanos,trabajaba matando en las trincheras. No lo hacia por voluntad propia. Le obligaban a hacerlo; esta batalla había sido sangrienta: ¡Todos habían caído! ¡Manos, piernas, cuerpos destrozados por doquier!  ¡A todo el batallón había visto caer!  Todos... menos él. La sangre de sus compañeros salpicaba sus ropas y su alma.  Ahora le tocaba batallar solo, perdido en la lejanía, en los campos yermos...
 Lejos de la civilización, se abría ante él la incógnita: ¿Sería ésta también su última batalla? ¿Sobreviviría al hambre, al desafío de la soledad y el miedo?

Cuando el límite de su resistencia física era casi inminente, una palmera en la lejanía abrió una brecha a la esperanza. Pronto se vislumbraba una casa solariega.

 Estaba desierta. En muchos kilómetros a la redonda  todas lo estaban, debido a la proximidad de los campos de batalla. Inspeccionó los alrededores. 
El hambre mordía sus entrañas.  La necesidad aviva el ingenio.  Hay variedad de plantas silvestres que son 
comestibles y son una verdura apreciada y agradable al paladar.  En aquella inmediaciones había variedad de ellas.

Él las conocía.  Encontró una olla abandonada, casi oculta, junto un horno y aljibe lleno de agua a rebosar, de los que se hacen en el exterior de las casas de campo, y las puso a cocer .   Su destino estaba jugando la partida, no era su momento de partir de este mundo: abandonado en un rincón,  encontró un saco que contenía varios kilos de trigo, dorado..., limpio, pero difícil de consumir en su estado natural... 
Encendió el horno con unos leños y algunos matojos y lo puso a tostar.
Una vez tostado, ya lo podría comer, más fácil de ingerir y de digerir. Comió de las verduras silvestres y del trigo tostado y descansó. Ya recuperado,  puso el trigo tostado en el saco donde lo encontró, lo ató a su cintura, llenó su cantimplora con agua del aljibe, y se dispuso para la partida.

 Con fuerzas recuperadas y provisiones, siguió su camino hasta encontrar los puestos de mando de su tropa. No tenía sólo el brazo de hierro, el corazón y todo él, era fuerte cómo el metal.   

domingo, 22 de junio de 2014

LA ORUGA POTULA




A la oruga Potula le encantaba bañarse en las gotas de rocío que la brisa marina depositaba en el haz de las hojas del ficus centenario. En el envés, las gotas caían cuando el ficus lloraba. A pesar de sus años, estaba enamorado de un imposible. Sus raíces le tenían atrapado sin posibilidad de acercarse a la fecunda de sus sueños.

Las noches de luna, Potula gustaba disfrutar del baño al son de la sinfonía de los álamos, de sus hojas mecidas a impulsos del viento.

El búho Caroncio, que también salía de noche, la observaba con preocupación. Quiso advertirle del peligro que suponía andar
 sola a deshoras de la noche. También de los estragos que sufriría su intachable reputación: 



--No salgas sola, Potula, --le decía-- hay algunos que comen insectos. Tienen su mirada puesta en ti. Además, bañarte sola y desnuda, no me parece adecuado.

--No perdería un baño de rocío a la luz de la luna, con notas musicales, aunque me costase la vida y la reputación, --decía. ¿Y tú? ¿Porqué sales de noche, solapado, cuando todos duermen? ¿Acaso tú no corres peligro alguno?

--Tú sabes,--decía el búho-- que yo por el día estoy explorando el pozo del saber.
--¡Bueno, pues ya me avisarás cuando llegues al fondo!

Esta conversación estaba perturbando el descanso de la araña Tiesa. Ésta dormía poco. Por los hilos de su tela se deslizaban las gotas de rocío cuando el ficus lloraba los sinsabores de su amor imposible. Todo eran goteras. ¿Porqué no se secará ya este viejo verde? --Decía, --¡solo me faltaba que estos dos no tengan el más mínimo sentido de la discreción!

MAMÁ OSA PERIPITOSA

En la casita del bosque todo iba bien. Las gallinas ponían sus huevos en una cesta y mamá osa los llevaba al mercado. Sería bonito pensar q...