viernes, 20 de junio de 2014

VILLA ADRIANA

  En "Villa Adriana" el verano tocaba a su fin. Los álamos hacían tintinear sus hojas mostrando el haz y el envés sin cesar, a impulsos del viento. La finca era un oasis en el desierto. Oculta tras una cerca de mampostería, que más bien parecía una muralla, pocos conocían el lugar de su emplazamiento.  Se abastecía de las aguas del arroyo que emanaba de los montes cercanos. El entorno, en muchos kilómetros a la redonda, eran campos de secano. Villa Adriana era un vergel, donde parecían tener su morada las ninfas y todos los dioses del Olimpo.       
El doctor Amador desde su más tierna infancia pasaba allí los veranos con su familia. Esta heredad, había pasado de padres a hijos primogénitos desde tiempos inmemoriales. Estaban los herederos sujetos y obligados a conservar y proteger el patrimonio recibido y guardar el secreto de su existencia.  Amador amaba el lugar. Era una auténtica villa romana. El esplendor de sus mosaicos, sus murales, las columnas de mármol, todo de un valor arqueológico incalculable, estaba preservado, cerrado a los ojos del mundo.

 Algo aciago se presagiaba. Manuela, la única hija del doctor Amador, hacía tiempo que no hacía sus practicas de piano. El doctor andaba cabizbajo. La niña estaba pálida. Languidecía. 

Temía el doctor que el azote de la época se hubiese instalado en su hogar. La temida tuberculosis hacía estragos en esos tiempos. 
Él tenía más que claros los síntomas de ésta enfermedad. En Manuela no se daban. También había barajado la posibilidad de que una tenia, un parásito que se instala en el intestino humano absorbiendo todos los elementos vitales de la sangre, la hubiese invadido. También lo había descartado. Se aplicaron los remedios conocidos sin resultado.

Varios colegas conocidos del doctor visitaban a Manuela. Ninguno encontraba el diagnóstico de la enfermedad.

 La preocupación de todos se estaba convirtiendo en angustia.  La niña no se levantaba ya de la cama, y su final se veía cercano. 
La adolescente Clarita, sufría por la desgracia de sus benefactores.

Marchó Clarita de incógnito a visitar a una señora a la que, por curar por medio de oraciones, la llamaban "santera". Tenía ésta una habilidad fuera de lo común para sanar a los enfermos con tisanas y brebajes, acompañados de oraciones y jaculatorias.

Después de contarle Clarita a la señora todo lo que ella quiso saber,  ésta quedó un rato a solas en oración.
 Concluidas  sus oraciones le dijo: 
--La niña no tiene mal de ojo. Diles a sus padres que si el relleno de su almohada es de plumas de ave que lo sustituyan.

Lo trágico de la situación le dio el impulso para vencer su timidez. No era tarea fácil dirigirse a los señores para hacer la sugerencia. ¿Cómo explicarlo?  Pensó que no había tiempo que perder y se dirigió con valentía a la habitación de la moribunda. Todo un conjunto de grandes eruditos en medicina acompañaban a los afligidos padres junto al lecho de la niña. Con voz temblorosa les dijo: 
 -—Disculpen los señores, conozco a una señora, que sana con hierbas. Creo que no se pierde nada con seguir su consejo. Me ha aconsejado que si es de plumas de ave el relleno de la almohada de Manuela, se le sustituya por otro que no lo sea.

 Todos la miraban con cierta curiosidad. La reacción de la madre fue inmediata. Se dirigió hacia la niña y, con exquisito cuidado, retiró la almohada dando la orden de que trajesen otra que no tuviera relleno de plumas de ave.
  
Igual que sale el sol después de la tormenta, así sucedió con Manuela. Quedó sumida en profundo sueño. Despertó con apetito, y fue resurgiendo de su letargo. Volvió la alegría a Villa Adriana. La adolescente Clarita había ganado la estima de todos para siempre. 

María Encarna Rubio








    





domingo, 15 de junio de 2014

SUCEDIÓ A PRINCIPIOS DEL NOVECIENTOS

 Clarita estaba asustada. Le había dicho su madre que preparara sus cosas que se iba a servir a casa del doctor Amador.


 Éste veraneaba en el campo, en una finca de su propiedad colindante con la casa de los padres de Clarita.


  La esposa del doctor, movida por un sentimiento de compasión al ver a la niña en un grado peligroso de desnutrición, le dijo a su madre que la dejase ir con ellos a la capital.


 Anduvo escondida llorando hasta que llegó la hora de la partida. En contadas ocasiones había visitado la capital, precisamente para ir a la consulta del doctor. Éste, de un modo altruista, resolvía los problemas de salud y ayudaba en muchas ocasiones a sus desfavorecidos vecinos.  

 --¿Por dónde andas hija? --La llamaba su madre-- ¡Venga, que te están esperando!

 Subió al coche sin mirar a nadie. En el asiento trasero, encogida, con la mirada perdida, sonrojada, se sentía como parte del equipaje. 


 La familia del doctor al completo se componía del matrimonio, la hija (Manuela), y la madre de éste (doña Virginia) que vivía con ellos. Charlaban éstos ignorándola de un modo total. Manuela hacía comentarios que a ella le resultaban sorprendentes. Su léxico rara vez lo comprendía. Tenía la sensación de que estaba dando un salto hacia un mundo desconocido lleno de seres extraños. 

  
El trayecto hasta la capital se le hizo largo. Sentía una presión desagradable en su estómago. En cierto momento pensó que iba a vomitar.



  Nada más llegar, doña Virginia la condujo hasta las dependencias de la servidumbre. Allí estaba Engracia, la cocinera, y Concha, la que hacía las tareas de la casa. 

   --Encargaros de que se bañe --les dijo. Os traeré ropa limpia. Llevarla a la consulta cuando esté lista para que la examine el doctor.
   Fue muy humillante para ella que aquellas dos desconocidas la vieran desnuda. También oír sus comentarios sobre su delgadez.


En la consulta esperaban el doctor, su señora y doña Virginia.

Otra vez se hubo de desnudar delante de todos con el consiguiente pudor. Se sentía indefensa.
  La examinó el doctor. Sintió el frío del fonendoscopio auscultando su pecho y espalda. La mandó sentar y anduvo el doctor golpeando sus rodillas con un martillo, por suerte no muy grande. Inspeccionó sus oídos, su cuero cabelludo, sus ojos, sus narices, su boca, y ciertas partes que nadie antes había mirado. 
  
 Por fin, las señoras que se hallaban expectantes y ansiosas, temerosas de haber metido en casa un nido de infecciones, hallaron la tranquilidad con la explicación del doctor: 
 --Está sana. Con los cuidados adecuados pronto se recuperará.



Le fue asignada una cama para ella sola. En su casa, en el campo, dormían las tres hermanas en el mismo lecho. En invierno, antes de Navidad cuando los pavos estaban grandes, su madre los escondía en la habitación de las niñas por las noches para protegerlos de los ladrones.


Este hecho le causaba tal humillación, que se cuidaba mucho de comentarlo con nadie. 



 La vistieron con ropa de Manuela. A pesar de tener ésta diez años y ella trece le venía grande. No le gustó mucho el hecho, pero le gustó mucho menos el aceite de hígado de bacalao que le hicieron tomar. Aquello sabía a demonios. Si hubiese estado en casa, de ninguna manera lo hubría tomado, --pensaba ella.

  De momento la dejaban dormir cuanto quería y no le pusieron obligaciones. Andaba como una sombra por las dependencias de la servidumbre. Para que se entretuviera, Concha le dio un paño y la mandó pasarlo, uno por uno, a todos los libros de la biblioteca. Los ojos de Clarita se agrandaron cuando vio tantos libros  apilados uno junto a otro en las estanterías. Ella sólo había visto dos: La Primera Enciclopedia y Lecturas y Dibujos. Con ellos había aprendido a leer sin profundizar mucho en las reglas de ortografía y sintaxis para un uso correcto del idioma y la escritura. 

 Pasaba las horas encerrada cumpliendo esta tarea, según creía Concha, que era la responsable de su cuidado, pero la realidad era otra. Había descubierto "El Libro de la Selva" de Rudyard Kipligng. Después de éste vinieron, La Isla del Tesoro, y  otros. Un mundo nunca vivido se habría ante sus ojos. Dos Años de Vacaciones de Julio Verne le impactó. Aquella aventura la mantuvo un día entero en otro mundo. Decidió leer la colección completa.

 Increíble la agilidad que fue adquiriendo en lectura y comprensión de los textos. Soñaba con saber expresar sus pensamientos con aquellas palabras tan cultas y bellas.
 --¡Qué cosas se me ocurren! --Decía para sí-- y, ¿por qué no? Oigo decir al doctor a muchos de sus pacientes que, si pones empeño, todo se puede conseguir. Que aquello que se cultiva es lo que florece.



 Pasaban los días y la niña desnutrida y mal cuidada iba cambiando de aspecto y de hábitos. Descubrió el placer que proporciona el aseo personal y la lectura. Sentirse plena y bien nutrida. Por fin apareció la menstruación, y en unos meses su aspecto de niña se iba transformando. La promesa de una bella mujer se hacía patente. 


 Se esforzaba en ser útil, pero sobre todo en ampliar sus conocimientos del idioma. Se había propuesto que un día, ella, sería escritora.



 Había pasado casi un año. El verano ya se hacía notar con las altas temperaturas propias de la zona. Manuela había vuelto del colegio y se preparaba la marcha para la residencia del campo. Todo había sido como un sueño para Clarita. Ahora, su temor era que la dejasen en casa de sus padres. Por suerte, el doctor tenía planes para ella. En vista de la evolución tan sensacional que había tenido en todos los sentidos, le preparaba un empleo en su consulta. Observaba cómo la niña se promocionaba y adquiría un encanto especial. Un día en que su recepcionista se puso enferma la sustituyó con soltura y talento.  Quedó patente que había en ella una promesa de aptitud para ocupar el cargo.

 Llegados al campo, su familia la miraba con ojos atónitos. Ahora su melena era larga. Negra como el azabache. Los ojos grandes, claros, de un gris azulado tenían el brillo de la salud y la juventud. Su perfecta dentadura, limpia, resaltaba en su amplia sonrisa. Sí, todos pensaban que era una belleza.



 Había nacido para ser querida y admirada y nadie iba a cambiar su destino. <<Continuará>>












EL PATO CLETINO

 El pato Cletino tenía calor. Entre juncos y cañas, nadando en el río, transcurría su vida. Tenía muchos hermanitos; pero a él, que era muy independiente, le gustaba nadar solo. Lo que más le gustaba comer... ¡Caracoles!

 Tenía su pico de pato, patas palmeadas de pato, porque como él era un pato, por eso tenía todo lo que tiene un pato. 

Gastaba bromas a sus hermanos cuando sesteaban en las márgenes del río debajo del puente.

 Estos, a veces, le hacían el boicot porque se las daba de listo. 

Siempre estaba mamá pata a la expectativa porque terminaban utilizando los picos de una manera poco apropiada, picándose unos a otros con la consiguiente algarabía.
--¡Cua, cua, cua!  --Decía mamá pata--, que traducido quiere decir:  ¡Estoy de los nervios!

 A mamá pata le sorprendían algunas veces, cuando se paraba para escucharlo, las ocurrencias de Cletino: 
 --Mamá, ¿A que no sabes cómo puede cruzar un pato un puente nadando con una pata sola? 
 --¡Qué ocurrencia! --Que traducido al idioma patuno quiere decir: ¡Cua, cua, cua! 

 Las amigas de mamá pata, que, por cierto, siempre estaban de cotilleo, le decían a raíz de escuchar su comentario sobre la ocurrencia se su hijo : --Cua, cua, cua,  --Que traducido quiere decir: ¡Esto parece una adivinanza! 

 Mamá pata, preguntó a Cletino: --¿Cua, cua, cua?-- Que traducido quiere decir: --¿Es sto una adivinanza?
--Me tacháis de sabiondo, --contestó él--  ¿Se puede cruzar un puente nadando con una pata sola? 

  Mamá pata decía que no. Cletino decía que lo podía demostrar. 
 Decidieron todos los patos del río hacer una concentración para que demostrara Cletino su habilidad para cruzar el puente nadando con una pata sola.

Aquello resultó espectacular. Todos los patos apostados en ambas orillas para ver a Cletino cruzar el río nadando con una pata sola.

 Cletino con sonrisa pícara, solicitó a una de sus hermanas para que le acompañara en un cruce de prueba. Esta accedió y nadaron juntos, ante la expectación de todos, por debajo del puente. 
 --¡Cua, cua, cua,! Decía eufórico Cletino. Que traducido quiere decir: ¡Lo he conseguido, he pasado el puente nadando con una pata sola!
     

lunes, 9 de junio de 2014

MI QUERIDO TELO

 Las lágrimas cegaban sus ojos. Levantó el pie del acelerador y se dispuso a aparcar el coche, la congoja le hacía imposible seguir conduciendo. En su aturdimiento olvidó que el coche era automático, al pisar el freno pensando que era el embrague, la sacudida fue tremenda. Era noche cerrada y la autovía estaba desierta. Un fuerte viento de levante hacía presagiar que en el mar habría tormenta. Sin dejar de llorar, miró Adelina a su fiel compañero que yacía en el asiento del copiloto. Gimiendo quiso arrancar de nuevo y otra vez volvió a utilizar el pie izquierdo. La fuerte sacudida del Mercedes automático desplazó del asiento a Telo, cayendo este con estruendo hacia adelante . Ella le volvió a acomodar emprendiendo compungida el camino de casa de la playa. Al llegar, le sobrecogió la soledad de la noche invernal en el entorno. No se veía ni una sola ventana iluminada, ni un solo coche que denotara la presencia de un ser humano en aquellos contornos.
 El viento humedecía las puertas y ventanas, y el mar, embravecido, parecía querer penetrar hasta el salón con sus olas espumosas. Sentada frente a Telo, al que había tendido en el sofá, le hablaba como si éste pudiese escucharla: -—Mañana te enterraré donde sé que te hubiese gustado reposar. Nadie sabe que te has ido, yo te echaré de menos, querido Telo... De pronto, un lamento humano se oyó con claridad mezclado con los gemidos del viento. Sobresaltada, sintió como si alguien cayese junto a la puerta. Dio un salto instintivo, abrió, y sí..., en el suelo había alguien al parecer inconsciente. Una ráfaga de la ventisca estuvo a punto de tumbarla a ella también, pero esto no era tarea fácil, los kilos de grasa acumulada año tras año en su cuerpo la hicieron quedar tan firme como la torre centenaria a la que su casa estaba adosada. Ni la furia de los vientos, ni el batir de las olas, habían mermado lo más mínimo la fortaleza de sus sillares.

Con cautela, comprobó que se trataba de una mujer. Ésta, al acercarse ella, abrió los ojos, y de modo impulsivo se levantó y se abrazó a su cuello. Lloraba. De pronto, la empujó con violencia hacia dentro del recinto cerrando la puerta con un golpe fuerte y dijo:
—¡Disculpe señora! ¡Corremos gran peligro! Vengo huyendo de unos maleantes que me han asaltado en mi casa. Está unas calles más atrás. No sé cuantos van. Creo que más de cuatro. ¿Tiene móvil para llamar a la policía? 
Adela estaba perpleja. Tenía ante sí a una mujer escultural con sus ropas empapadas hasta el punto de hacer un charco en el salón. Su melena pelirroja también goteaba. Con la noche de invierno que hacía, pensó que lo estaría pasando mal y que era urgente que se cambiase de ropa.
--¡Si, llamaremos a la policía, pero antes miraremos qué tengo por aquí para que te cambies de ropa, estás empapada -dijo.

No había terminado de hablar, cuando se oyeron ruidos que venían de la puerta de entrada.
--¡Corramos, corramos! Dijo Adelina dirigiendo sus pasos con premura hasta un punto determinado de una gran librería que había en el salón. Pulsando en un resorte oculto, ésta fue cediendo quedando al descubierto una puerta blindada que daba asceso a la torre. 
--¡Dios mio! --Dijo la evadida--. No salgo de mi asombro. ¿Quién ha tenido esta idea!

--Mi marido,--dijo Adelina-- en tiempos ya lejanos sólo estaba la torre. Servía para vigilar e impedir las incursiones de los piratas. La compramos. Mi marido era un
apasionado de las antigüedades arquitectónicas. Hicimos la casa adosada a ella. Mi marido no tuvo tiempo de disfrutarla, al poco de acabarla, falleció.

Entraron. Quedaron sumidas en la oscuridad. La puerta volvió a ocultarse y Adelina hizo servir su móvil de linterna. Subieron por la escalera que conducía a la única sala existente justo debajo de la terraza de las almenas. 

Buscaba Adelina el interruptor. Un hedor nauseabundo les golpeó nada más abrir la puerta. Aquello era un nido de gaviotas. Los excrementos lo invadían todo. Salieron a la terraza, el viento hacía tiritar de frío a la evadida con sus ropas mojadas pegadas al cuerpo.

 Recordó Adelina que tenía unos baúles con ropas del vestuario de cuando hacía teatro. Entraron. Andaba con repugnancia pisando la inmundicia: resbaló dando con su exceso de kilos encima de aquella materia orgánica, impregnándose toda ella.

--¡Dios mio! --dijo la evadida-- ¡Esto sobrepasa los límites de mi comprensión! ¿Cómo ha podido almacenar tanta grasa en su cuerpo, mujer de Dios? Veremos qué hacemos ahora, --decía acercando una silla para que se agarrase.
 --¡Señora! ¿Cree apropiado el comentario? Decía Adelina mirándola desde el suelo con la cara salpicada con heces de gaviota.

 Las dos aunaron esfuerzos y, por fin, se levantó. Abrieron el baúl. Un traje de una obra de Enrique VIII sirvió para Adelina. Otro de Ana Bolena vino bien a nuestra evadida. Cuando se vieron vestidas de esta manera, las dos rieron de buena gana.

--Aún no me has dicho tu nombre, --le dijo Adelina atusándose las arrugas del traje.

--¡Es cierto, no nos hemos presentado! Pues allá va:
Yo soy Isabel, escritora. El motivo por el que me hallo en este lugar solitario en esta época del año es éste: vengo buscando vivencias, aventuras para escribir mi próxima novela, y... estoy aquí vestida de Ana Bolena, perseguida por unos maleantes, encerrada en una torre inmunda con una señora que no sé ni cómo se llama. Las dos rieron.

-uscado les sacó de sus coloquios. Salieron a mirar con disimulo por un hueco de las almenas. Una ho-Pues, yo soy Adelina. Estoy aquí porque soy la dueña de esta torre, y he venido en esta noche infernal a enterrar a mi perro. Creo que lo más sensato es que llamemos a la policía. Un olor a chamguera crepitaba en el jardín avivada por el fuerte viento. Olía a carne quemada.

--¡Dios mio! ¡Están  incinerando al perro! Exclamó Adelina horrorizada. ¡Dios quiera que venga pronto la policía!
Fueron descubiertas. Con una ballesta que decoraba el salón trataban de lanzar las flechas hacia ellas.
--¡Qué manía la de mi marido con las cosas medievales! Se quejaba Adelina mientras corrían a refugiarse a la sala.
--¡Ten cuidado Adelina, no vayas a resbalar y manches ese traje tan hermoso que llevas puesto! --Le avisaba Isabel, que a pesar de las circunstancias no perdía el sentido del humor. Se oyó la sirena de la policía. Se dispusieron a bajar sin tener en cuenta lo peculiar de sus atuendos. Las vieron salir de detrás de la librería de aquella guisa. Los delincuentes habían desaparecido sin dejar rastro. Por más explicaciones que dieron no las creían, se las llevaron detenidas.
Cuando llegaron a la comisaría todos los allí presentes sintieron arcadas. Hubo hasta vómitos, se apresuraron a abrir ventanas y las encerraron sin dilaciones. Los delincuentes que había allí, les querían pegar por no poder soportar lo mal que olían. 

—Espero que me harás protagonista de tu próxima novela —decía Adelina a Isabel. 
—Prometido, si adelgazas treinta kilos.
      


lunes, 7 de abril de 2014

EL FAVOR






Valle de Goreme


 Le había sido dado nacer en lugar tan singular. Su belleza pletórica a todos se les prohibía contemplar. Cubierta con tupido manto nadie podía imaginar lo que se ocultaba debajo. 
En su castillo de roca natural presentía que estaba viviendo en  tiempos de privilegio. A partir de ahora nada sería como antes.



Disfrutaba tejiendo sus bellas creaciones famosas en el mundo conocido. Mercaderes venían buscando las maravillosas alfombras que harían más majestuosos los salones de los ricos, si esto cabía.
Traían rumores con ellos que causaban asombro y estupor. 




Un nazareno hacía ver a los ciegos, andar a los paralíticos, y resucitaba a los muertos. 
Un vecino del lugar había presenciado un sermón en una montaña, donde más de cinco mil personas comieron con unos cuantos panes y unos pocos peces. Con las sobras llenaron no sé cuantos cestos.



Se llama Jesús y es hijo de un carpintero. Hombre valiente va diciendo su verdad. No le importan las críticas ni las humillaciones.

Tiene poder sobre los vientos y las aguas.
Dice en sus sermones que somos hermanos y que nos amemos unos a otros.

 Por decir que es hijo de Dios le han crucificado.
Y, como  es natural resucitó y ha dejado las normas de conducta adecuadas para que vivamos con paz en esta vida y seamos dignos de alcanzar la otra en el más allá.




Tú eres Jesús, el Salvador.
Si lo tienes a bien Señor,
ilumina al mundo con tu luz.
No hay peor castigo que la oscuridad.
El odio lo sufre quien lo siente.
La envidia causa más sufrimientos
por los bienes ajenos,
que por los males propios.
Contra envidia caridad.
Danos la gracia de saber ser felices.
El amor es, simplemente la solución.
Si no hay amor, estás muerto.
El don de la fe se cultiva.
Es algo delicado que hay que tratar con esmero.
Con el más leve roce se quebranta.
Sólo el que no la tiene lo sufre.















domingo, 6 de abril de 2014

SIMPLEMENTE


                                                                 



                                             






Nacido en familia de pastores pasaba los veranos en el refugio al cuidado del rebaño en el monte, en completa soledad.

Sentía algo místico en su espíritu cuando el crepúsculo matutino se cernía sobre los montes.

Escuchaba voces que hablaban en su interior con lenguaje excelso y cultivado sin haber acudido jamás a lugar alguno donde hubiese escuchado ni sentido expresarse en aquellos términos.

A veces, le dictaban poemas que hablaban de lugares tan bellos e infinitamente lejanos, que deseaba con todo su corazón poder siquiera por un momento visitarlos.

Un día, una visión casi real le dejó sumido en tremenda incertidumbre. Esa noche las voces tomaron forma humana en sus sueños.

--¡Ve, -le decían- camina por los montes, cuidaremos tu rebaño, encuentra ese lugar!

Iba caminando y escuchando lo que se hablaba en su interior. Hay remansos infinitos de paz y de amor destinados a todo humano. No se encuentran en las flores ni en los montes ni valles. Se hallan en el interior de todo el que se interne en su mundo íntimo para 
escucharlo. Ahí se encuentra el canto Divino del Sumo Hacedor.


Anduvo por picos y montes. Algo sorprendente apareció ante sus ojos. Como águila posada en una cresta de montaña, se hallaba el lugar de su visión.


Fue recibido y aceptado entre los ocupantes de lugar tan singular.

Tuvo visiones y premoniciones. Acudían a su mente como mariposas en primavera la inspiración de bellas composiciones en verso y en prosa. Los hermanos del monasterio trabajaban haciendo los manuscritos que llenarían las bibliotecas de los potentados de la época.  



Fue feliz haciendo aquello para lo que había nacido.


















sábado, 5 de abril de 2014

LA CASA ENCANTADA


 En la casa de los abedules se cernía el misterio. Por el día, con los primeros rayos del sol, se oían sonar las notas misteriosas de un piano. El maullido de los lobos erizaba los bellos a los vecinos del lugar.
Dicen, que en las noches de luna llena, la casa se cubre con capa negra. Unas hogueras azuladas la rodean.
Cuentan, que, todos los libros de su biblioteca, empolvados y aburridos de que nadie los lea, quedan en blanco. 
Asombrados los lugareños, ven como las letras salen por sus chimeneas a modo de chispas de crepitantes llamas. Crecen de un modo descomunal y bajan a las hogueras danzando a través de su circulo. 
A veces, por pura coincidencia, se forman sonetos que luego aparecen en las páginas que quedaron en blanco. Todos los libros se van llenando de contenidos sin firma del autor. 
Parece ser, que, los curiosos que antes no ojeaban ni de casualidad un libro, ahora pasan horas en las colas esperando turno para acceder a alguno de ellos y curiosear en sus contenidos.

 Al cura, en sus homilías, de un modo involuntario, todo le sale en verso. La gente, llena las misas esperando presenciar el nuevo sistema. Se demuestra que los libros de la parroquia se han sumado a la revolución. 
 Temen que el hecho se propague y que todos acabemos hablando con rimas.
 En la calle, dos vecinas hablaban de esta guisa:
 -¿ A dónde vas, María?
-¡A por el pan nuestro de cada día!
-¿Y, porqué llevas tanta prisa?
-¡Porque sino moriré de risa!
  
Otro vecino del lugar
a hecho rimas sobre su pajar. 
Los plenos del Ayuntamiento, 
derrochan poesía y talento.
Ahora los vecinos rezan con recogimiento
para que no se rompa el encantamiento. 
















MAMÁ OSA PERIPITOSA

En la casita del bosque todo iba bien. Las gallinas ponían sus huevos en una cesta y mamá osa los llevaba al mercado. Sería bonito pensar q...