lunes, 13 de junio de 2016

UNA SONRISA DE COMPLACENCIA

¡Soy una escritora, no cabe la menor duda! -Decía Adela al contemplar la expresión de estupor de su madre. La pobre mujer había quedado anonadada al escuchar la lectura de su adolescente hija.
Ésta, mesaba su melena de lacios cabellos negros. Su expresión de suficiencia y coquetería espasmódica sacó de quicio a la mujer que a punto estuvo de zarandearla.
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-¡Madre..., porque de ahora en adelante te llamaré siempre madre. Soy demasiado mayor para llamarte mamá...
¡Voy a ser escritora! Las escritoras escriben las vivencias de los demás y nunca las suyas propias. Si son buenas describiendo,  son capaces de entenderlo todo y darlo a entender. Por lo tanto, no me vigiles. Voy a escribir cosas reales de la vida. Y si a mi protagonista le gusta el abrazo de su amor entre sábanas perfumadas, así lo escribiré...

-¿Tú, has caído en la cuenta? -Dijo la madre-, para ser escritora antes tendrás que saber escribir muy bien. Es una larga carrera de estudios exhaustivos. 
-No madre. Ahora, para escribir bien no hace falta nada más que imaginación y de eso, estoy segura, a mí me sobra. Los ordenadores corrigen todas las faltas.

-¡No cariño! ¡Todas no! Si lo sabré yo que también quiero ser escritora. Hay acentos e incorrecciones  que los ordenadores no son capaces de detectar. Tú, si quieres ser escritora estudia. No te anticipes a los acontecimientos. Hazme caso. De eso sé más que tú.
La lacia melena de Adela quedó toda erizada. Pensar en lo que se le venía encima, a punto estuvo de  hacerla desistir en su empeño de hacer relatos de amor con príncipes enamorados y princesas de modales refinados. Apagó su ordenador y se marchó decida a merendar cereales de chocolate con leche..., ya pensaría qué hacer más adelante.

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