Entre las sombras, arrebujado en su
capa, se deslizaba sigiloso. Las calles desiertas olían a piedras
añejas oscurecidas por las húmedas nieblas que alimentaban los
musgos adosados a sus perfiles. Cómplice, la noche, ocultaba a los
ojos del mundo su figura y su existencia. Solo la luna se había
percatado de su nocturno deambular. ¿Cuándo llegará el día que mi
suplicio acabe? Decía para sí el cautivo de la noche. Y se ocultaba
cuando en el horizonte aparecían los primeros claros del día. Se
adentraba en el armario que ocultaba la puerta de acceso al aposento
oscuro y triste que albergaba su existencia. Un triste ventanuco
dejaba pasar un rayo de luz, tenue, plomiza, que denotaba la llegada
de la noche cuando su luz se apagaba. —¿Qué misterioso ser soy yo, que
nadie me conoce, ni yo conozco a nadie? ¿Quién alimenta mi
existencia, que ni las aves del cielo posan sobre mis ramas? Siempre
oculto entre los pliegues de mi capa ennegrecida por el paso de los
latidos del tiempo. ¿Cuándo saldré a la luz? Quiero traspasar la
barrera de lo oculto y ver que ese tenue rayo de luz se expande e
ilumina un mundo donde la primavera es eterna; donde los ríos fluyen
con sus aguas cristalinas dando vida a vegas y naranjales. Quiero sentir los perfumes que emanan
de campos floridos de azahar y albahaca. ¡OH! Mano que rige los
destinos de planetas y galaxias, saca a la luz mi vida y dame un
cuerpo vigoroso y una capa nueva para que pueda ver la luz del día.
Hoy es un día especial, pues se hace realidad algo que es importante para mí. Desde siempre supe que los últimos años de mi vida los pasaría escribiendo, pero nunca imaginé que sería de esta forma.
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