domingo, 12 de abril de 2026

Entre el campo y la huerta

 

 Leocadio Moriles, en un descuido, había sufrido un percance, quería tocar con sus manos el agua fresca y cayó dentro de la acequia. Por poco muere de la impresión. Se dio a pedir socorro y por suerte un vecino que presenció el accidente acudió en su ayuda. 
—¡Vaya susto! —comentaba asiéndolo con fuerza inusitada por debajo de los brazos. El tirón dejó a Leocadio sentado en el costón del cauce tiritando de frío, había perdido un zapato y la bolsa que llevaba con peras y níspolas que Cirilo le había regalado.
—¿A donde vas, qué te ha pasado? 
—¡Deja que te cuente, amigo! —refirió Leocadio en un esfuerzo por no entrechocar los dientes —. Para empezar te diré que soy el nuevo maestro del pueblo, he venido a visitar a Cirilo, tu vecino. Me llamo Leocadio y te doy las gracias por tu ayuda.
—No hay de qué darlas, señor maestro. Ahora venga a mi casa, le daré ropa seca. En estas condiciones no puede usted ir hasta el pueblo, puede enfriarse y coger una pulmonía.
Se pusieron ambos en marcha. Llegados a la casona entre palmeras que se veía no muy lejos de allí Leocadio quedó muy sorprendido, nunca antes había visto joven más linda que la que se apresuró a socorrerle.
—¡Dios mío! Pase, pase, —dijo esta con cara de circunstancias y le señaló una silla junto al fuego de la chimenea. 
Leocadio estaba turbado. No podía apartar los ojos de aquella imagen que tenía frente así. Se llamó al orden. El joven que le había atendido le puso una manta sobre los hombros, se sintió más aliviado. Se hizo cargo de la situación en que se hallaba y le dio por reír dando comienzo a una retahíla de explicaciones que en poco tiempo puso al corriente a sus interlocutores de todo lo acontecido. Fue invitado a cambiarse de ropa en una habitación contigua y cuando salió tenía sobre la mesa una taza de café caliente con un una buena ración de bizcocho. 
—Gracias —dijo en tono agradable—ya que tan amablemente me habéis atendido, quiero corresponder con un regalo. Todos los domingos vendré a casa de vuestro vecino Cirilo a dar clases particulares a su hijo. Si estáis interesados en aprender podéis asistir de modo gratuito. Si algún amigo o conocido quiere asistir hay plazas libres.


Leocadio era un joven bien parecido. No había nacido en familia acomodada, era el único barón entre cuatro hermanas y había cursado estudios por libre, lo había atendido el maestro de su pueblo por obra y gracia de su madre que pagaba sus honorarios con huevos de las gallinas y conejos de las conejeras.  Hacía sus exámenes en el instituto de la capital una vez al año, siempre con muy buenas notas. Era un maestro vocacional y estaba ansioso por atender a esos niños que a los diez años dejaban la escuela para ayudar a la familia con su trabajo. Muchos de ellos llevaban las secuelas del hecho toda la vida, quedaban traumatizados. Les gustaba estudiar y tenían buenas facultades para ello, lo verificaba lo bien que se desenvolvían en la vida con lo poco que aprendieron. 


Llegó por fin el día de domingo. Los hermanos Isabel y Gerardo se hallaban en casa de su vecino Cirilo junto con unos cuantos amigos esperando que apareciese Leocadio para dar comienzo a sus clases de Cultura General. Sentados alrededor de una mesa a la sombra de la parra que había en la puerta de la casona hacían comentarios jocosos cuando vieron a Leocadio que se acercaba con paso firme por la vereda. Traía una mochila cargada a la espalda, su semblante era alegre y en la boca aparecía una rama fresca de limonero en flor.
—Los chicos se pusieron de pie y saludaron al unísono con voces entrecortadas.
—Buenos días jóvenes muchachos—manifestó el maestro con entusiasmo, contento de contar con un grupo de alumnos que superaba sus expectativas—haremos las presentaciones y hoy me dedicaré a comprobar el nivel de conocimientos de cada uno. Pondré tareas para toda la semana. Espero que el domingo próximo las traigáis todos hechas. 
La clase transcurrió con orden. Leocadio, una vez organizado el conjunto sacó un libro de su mochila y fue pasándolo uno por uno para la lectura de una página. Pudo comprobar que varios empezarían de cero y otros estaban en distintos niveles. Tendría que adaptarse a la capacidad de cada uno y tenia ante sí una tarea ardua; pero estaba contento. Había perspectiva de  honorarios que anexionar a su exiguo sueldo, aunque sabía que muchos le pagarían en especies, bienvenidas sean, que todo vale para salir adelante con la supervivencia diaria. Pero no era esa la circunstancia que más le satisfacía, pensaba en aquellas mentes casi en blanco donde había que imprimir algo de cultura que les sería vital para salir airoso de las vicisitudes que presenta la vida.
No existe nada más penoso que ver los retos y no tener palabras para resolverlos. 
Llegó el verano y Leocadio vio sorprendido como se llenaba su despensa de frutas y verduras, hasta tal punto que a sus vecinos más cercanos los abastecía de los productos que no podía consumir. Estaba feliz por los adelantos que veía en sus alumnos.  A ellos también se les veía satisfechos y motivados. Entre todos ellos la joven Isabel había destacado por su gran facultad para la literatura. Una mañana se presentó con un poema que a Leocadio le dejó perplejo, simplemente estaba dedicado a una hoja de manzano que mecía el viento. Quiso que ella lo leyese frente a todos sus compañeros, pero no lo hizo, sentía una andanada de timidez que le paralizaba el habla.
Leocadio se enternecía, había despertado en ella una punzada de romanticismo que permanecía dormido y sin él jamás hubiese despertado. Guardó celosamente el texto y esa noche, cuando encendió el candil para ir a la cama, leyó repetidas veces el poema, la emoción le invadía. La joven que le hacía perder la serenidad no solo era bella por fuera, también era poseedora de otras virtudes excepcionales.


Hoja tierna que el viento mece.
Tu haz y tu envés, la tarde mima,
con el brillo certero que enternece
y todo mi ser al contemplarte anima.
Tu bella perfección asombra,
la mirada y el oído se deleita
con sonidos que el viento nombra,
sinfonías de hojas en el estío
y aunque te sientas sola no lo estás
mi ser te acompaña, siente mi mano
que siempre te admira.

El joven Leocadio lloró. Lloró de impotencia. ¡Cuántos cerebros quedan tirados a lo largo del país como el "arpa dormida en un rincón de Gustavo Adolfo Bécquer"

María Encarna Rubio 
 


   
  

  
   

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