viernes, 26 de diciembre de 2014

EL MILAGRO DE CADA DÍA

Benito y Alicia eran hermanos gemelos. No se parecían en nada, pues, el niño era rubio y la niña morena. 
Un día jugando encontraron un gusanito. Estaba en unos matojos secos. Éste, con hebritas de seda, hacía una casita para meterse dentro. Cogieron amapolas del trigal para hacerle un lecho blandito, y se lo llevaron a casa. Lo pusieron en el establo en un rincón.
 El abuelo,  cuidaba de "Torda" una mula que él tenía en gran estima. Habían pasado muchos años uno junto a otro en perfecta compenetración y ayudándose mutuamente en su trabajo del campo. Cuando el abuelo la llamaba, Torda, siempre acudía a su lado sumisa. Le acoplaba el arado y labraban los bancales para sembrar el trigo.



Benito estaba interesado en buscar en el palomar los pichones. Le encantaba el canto de las palomas cuando lanzaban al viento su "currucucu". Los dos gemelos pasaban largas temporadas con sus abuelos. En estos días se encontraban con ellos por recomendación del médico. Tenían la tos ferina. Todas las enfermedades las pasaban juntos. 
El abuelo les veía interesados en cuidar del gusanillo y les dejaba pasar horas mirando como tejía su guarida donde en pocos días quedó oculto. Benito, el hermano gemelo de Alicia, pronto se olvidó de Germano, nombre que le habían puesto al gusano. Alicia en cambio, todos los días iba a mirar por si salía de su encierro.

Una mañana, Alicia, dando gritos de alegría llamaba a su abuelo:
--¡Abuelo! ¡Abuelo! Mira, el gusano se ha vuelto una mariposa. ¡Qué milagro! Nació gusano, y se ha vuelto mariposa de lindos colores. Tómala abuelo, para ti. 

--Déjala volar. Tiene que cumplir su misión; dejará su semilla para que pueda seguir ocurriendo la transformación. Nacerán gusanos, para convertirse en bellas mariposas...
¡Es un milagro que ocurre cada día! Se llama metamorfosis.

--¿Puedo yo hacer metamorfosis, abuelo?

--¡Todos podemos! A lo largo de nuestra vida hacemos la metamorfosis si nos superamos y corregimos nuestros defectos de conducta. Podemos convertirnos de gusanos a bellas mariposas.


jueves, 25 de diciembre de 2014

AL ALZA

Sonaba la melodía.
El ruiseñor cantaba.
Y en su canto decía,
 Yo estoy aquí,
Con mi amor al alza.
Así como el árbol hunde,
Sus raíces en la tierra,
En mi corazón,
 La esperanza penetra.
El amor no tiene límites;
Se expande y se diluye,
En los corazones...,
  Dispuestos a recibirlo.
Todo buen sentimiento,
 Viene de Dios.
Estemos dispuestos, 
A recibirlo y dispersarlo,
 Por todos los continentes.

domingo, 14 de diciembre de 2014

¿QUIÉN SOY YO?

 Las olas se estrellaban contra las rocas bramando como animal fiero que ruge. La tormenta era tal, que las palmeras que jalonaban ambas orillas del paseo marítimo parecían querer besar el suelo sin llegar a conseguirlo.

 Javier, hombre que gustaba contemplar la fuerza de la naturaleza, caminaba bajo la lluvia golpeado por el fuerte vendaval,  en solitario, envuelto en su abrigo y su bufanda.
 La soledad del entorno y la fuerza del oleaje le causaba gran nostalgia, quizás recuerdos de algún amor frustrado de su adolescencia. Se recreaba en su melancolía. 

El invierno en las zonas de  veraneo en la playa, es de una frialdad que hiela el alma. Todas las casas duermen en letargo esperando que la canícula veraniega traiga a sus moradores.

Conocía bien el lugar Javier. Siempre que pasaba junto a una  casona, casi a punto de derrumbarse, se imaginaba los años de bonanza que debió tener por su estructura imponente. En la tenebrosa noche de invierno, en la madrugada, algo especial sucedía en ella que atrajo enormemente su atención: 

En una de sus ventanas, una lucecita zigzagueaba de un lado para otro y una dulzaina ejecutaba una bella melodía.

Cedió a su gran curiosidad; atraído por el misterio que envolvía el momento, se acercó a la ventana: entre velos, una figura danzaba al compás de la melodía.
De pronto, esa figura difusa se paró frente a él. Su rostro demacrado, macilento, le mostró su espectral sonrisa y comenzó a cantar al compás de la melodía: 

¡Háblame de mí!
Dime lo que soy. 
Me pierdo,
En un laberinto sin fin, 
Y no me encuentro.
No sé quién soy.
Me pierdo, 
En un laberinto sin fin.
¡Háblame de mí!
Lloro,
Sí, lloro.
Te busco a ti.
Sí, te busco a ti.
Me busco,
 Y no me encuentro. 
Dime tú, ¿quién soy? 
Háblame de mí.
¿Soy un fantasma que llora?



Terminada su canción, se dirigió al baúl que había en el fondo de la sala y se ocultó. 
El estupor que le causó a Javier el encuentro no bastó para detenerle. Se introdujo en la casa por la ventana. No recapacitó sobre el peligro que el hecho pudiera acarrearle.

Abrió el baúl. Sólo encontró en el fondo una máscara que parecía traída de algún país andino. Sin meditarlo, impulsado por una fuerza incontrolable, colocó la máscara frente a su rostro. 
Algo increíble le sucedió:

Se vio  abocado a un sueño fantástico volando por los picos de los montes nevados. Los vientos le arrastraban a velocidad vertiginosa por bosques y praderas. Era él, un águila surcando los vientos de tierras desconocidas hasta entonces. Los delfines surcaban los mares, y las aves migratorias cruzaban junto a él el espacio.  Quedó anonadado por la belleza de nuestro planeta. 

Lo trajo a la realidad el recuerdo de la llamada angustiada del espectro. 

Sonó nuevamente la melodía cautivadora. Llamó con su deseo al espectro y éste no se hizo esperar, apareció ante él. Le tendió su mano. Él se la sujetó con fuerza, le sonrió y le dijo: 

--Yo sé quién eres:
 Eres el amor, la bondad, la esperanza que duerme en el alma humana. Tu belleza es como la melodía que suena. Arranca los velos que te cubren y sal a la luz a cambiar el mundo.  

miércoles, 10 de diciembre de 2014

CUENTO DE NAVIDAD

Cuentan que, en tiempos lejanos, a dos reyes magos de Oriente estudiosos de las estrellas, una señal les fue enviada desde lo alto:

--¡Mira, Melchor! ¿Acaso es esa una señal del cielo? Decía Gaspar a su compañero al descubrir una gran estrella de larga cola que se posaba ante ellos. 

--¡Sí, lo es! Sigamos su huella; algo en mi interior me dice que estamos destinados a  hacer un gran descubrimiento. 

 Melchor y Gaspar dispuestos a seguir la huella de aquella señal que en forma de estrella se mostraba ante ellos invitándoles a que la siguiesen prepararon sus camellos y se pusieron en camino. Encontraron a otro rey de una nación vecina, llamado Baltasar, al que les unía gran afecto por ser éste partícipe de sus mismas aficiones: mirar las estrellas para descubrir sus secretos. También ante él se había posado e invitado a seguirla.
Hubieron de pernoctar para descansar en el desierto. Melchor tuvo un sueño que le causó gran inquietud:

 Estaba él observando las estrellas y veía que cada estrella se convertía en un niño recién nacido, desnudito, sin madre que le cuidase, en el más absoluto desamparo. Lloró Melchor de pena. Aquellos niños sin abrigo y en desamparo...¿Quién los cuidaría?

Contó a sus compañeros su sueño. Éstos pensaron preocupados que aquello era un aviso. Tenían la premonición de que algo muy grande estaba sucediendo. Ellos tenían un papel muy importante en estos acontecimientos que cambiarían el mundo para siempre.

Siguiendo la huella de la estrella,  observaron  que se posaba sobre un establo donde un niño recién nacido reposaba en un pesebre. Pronto cayeron en la cuenta de que aquel niño era extraordinario. Éste, de un modo milagroso, sin que nadie lo notara les habló de esta forma:

--"Soy un niño que ha nacido para cambiar el mundo. Todos los días nacen cientos de niños. Muchos de ellos también traen secretos que cambiarían el mundo. Es cometido de las personas que tienen en su mano el poder hacerlo cuidar de cada uno de ellos. Que no les falte la educación ni los alimentos. Castigaré a los malvados que se atrevan a mancillar su inocencia.
Los tres reyes, quedaron anonadados con el mensaje de aquel niño.
Por esta razón, vienen todos los años a recordarnos que lo más importante del mundo son los niños; que les protejamos y les eduquemos con valores y principios. Los juguetes han de ir acompañados de cuidados adecuados y mucho amor durante todo el año. 
El niño del pesebre se llamó Jesús, y, es verdad que: ¡"Cambió el mundo"!