jueves, 31 de julio de 2014

LA PUESTA DE SOL

 Rayaba el alba. En casa de Justina todos dormían, menos Rodrigo, su marido. Éste, madrugaba: trabajador autónomo, vivía para sacar adelante su pequeño negocio y su familia.
  
También Justina esta mañana había madrugado. Atendía su aseo personal con especial cuidado. Su pelo en melena de rizos naturales, siempre recogido, hoy lo llevaba suelto. También su atuendo se distinguía con diferencia de lo habitual. Su vestido distaba mucho de ser discreto, tanto como su ropa interior, sexi y sugerente.

Deambulaba como una sombra evitando hacer ruido, cuando:
 -¿Ya estás arreglada?
Era Cándida, la madre de Rodrigo, que vivía con su hijo y la familia de éste. La suegra de Justina todo lo quería llevar bajo control; Justina, precavida, se había puesto un abrigo negro que para nada hacía sospechar el verdadero look de la nuera, que según había dicho, se iba al médico y no tenía hora para volver; pero la verdad era otra bien diferente: se tomaba el día libre.

Apuntaba el sol por el horizonte. Todo hacía presagiar un espléndido día de primavera. Subió Justina a su coche. Con una alegría que rezumaba por todos los poros de su piel, aparcó un poco más adelante, se quitó el abrigo y atusando su melena perfiló sus labios de morado y se dedicó a sí misma una sonrisa pícara desde el espejo retrovisor.

En un despacho que ella bien conocía sonó el teléfono; alguien que esperaba su llamada ansioso lo cogió:
 -¡Hola, ya estoy dispuesta para la marcha! ¿Paso o vienes?
Una voz susurrante le respondió: 
-Espérame donde siempre.

Le vio venir. El, la miró, y una sonrisa espléndida iluminó su rostro. A ella le pareció el hombre más guapo e interesante. A él le pareció ella, la mujer más sexi y bella del mundo.
-¡Hola preciosa! Le dijo dándole un beso. ¿Sabes que te quiero?
-Si. Lo sé. ¿Nos vamos?
-¡Pues claro que nos vamos! Conduzco yo.
-¿A donde me llevas?
-Te llevo a un lugar que conoces para que me enseñes lo que llevas puesto debajo del vestido. Emprendieron viaje entre risas de complicidad y adulaciones cariñosas.

Llegados a un pueblo de la costa se alojaron en un hotel con vistas al mar. Allí, la sencilla ama de casa, madre de familia puritana, destapó sus encantos con arrebatada pasión. Al atardecer, después de ver abrazados la puesta de sol, emprendieron el viaje de regreso.

Llegados a casa, Cándida les tenía la cena preparada. Volvían a ser el matrimonio comedido, serio, con intimidad vigilada. Hubo entre ambos durante la cena miradas furtivas llenas de complicidad. ¿A caso recordarían la puesta de sol?



lunes, 7 de julio de 2014

NOCHE NEGRA



La noche casi tocaba su fin. El búho Caroncio no había conocido una noche más negra que aquella. 


Casi despuntaba el alba y, él, sin ratoncillo que llevarse al pico.

 El día anterior lo había pasado repasando un libro muy famoso... de cuyo nombre no podía acordarse.


Cada vez que lo leía quedaba más sorprendido de la agudeza y del sentido del humor de su autor...--¡Pero, calla, estomago mio, mira quién aparece por ahí! ¡Un ratoncillo! ... "Placerdemivida"


¡Pobre Caroncio! Fue tal la risa que le dio al asociar ese momento con algo leído el día anterior, que el ratón se le escapó.


La señora búho, que por fin estaba ganando la batalla y muy pronto sería la señora búha, le pidió explicaciones:
--¿Qué te ha sucedido para que no traigas a casa nada para llevarnos al pico?


--¡Mira, ave de rapiña mía! Estaba a punto de cazar un ratón, pero me ha dado la risa, y se me ha escapado.
-¡Pero, bueno! ¿Qué es eso de darte risa cazando, no sabes que es una cosa muy seria?


--¡Sí, ave de rapiña mía! Pero...desde ayer que leí que una doncella tenía por nombre "Placerdemivida" pues, en el momento menos oportuno me da la risa.
¡Ay, Caroncio, Caroncio! --decía la señora búho--Que cuando se trata de la comida hay que estar atento... A ver si tú,.. tendrás qué... quemar... también...