lunes, 3 de febrero de 2014

LA FUENTE CRISTALINA

  En el mundanal ruido, a penas había un momento de respiro para el joven Mario Cabero, doctor en medicina. Se hallaba inmerso en un mar de dudas; a pesar de su entrega total al cumplimiento de su profesión con toda honestidad y capacidad a quién solicitaba sus servicios, en su fuero interno, tenía necesidad imperiosa de un cambio en su vida, un descanso espiritual para su alma que sentía de un modo demoledor los sufrimientos y penurias ajenas.

A veces, cerraba los ojos y se imaginaba en ciertos parajes que un día, por cosas de la casualidad, viera. En un viaje de rescate en helicóptero, éste sufrió una avería, fue necesario un aterrizaje forzoso. Desde aquél día, subyugado por la belleza del lugar, rondaba en su mente el pedir un año sabático y vivir una experiencia insólita de soledad y supervivencia. 

NO fue fácil, pero, cierto día que tuvo que sufrir la pérdida de un paciente, un joven de dieciocho años, por el que se había esforzado hasta el máximo, tomó la decisión de su vida. Puso en marcha los procedimientos y, a pesar de las controversias, preparó su viaje hacia su pretendida aventura.  
Se había despedido de todos. Atrás quedaban todas las comodidades, los amigos y la familia. 

  Cerraba los ojos. Imaginaba los picos de los montes que, en la distancia, besaban las nubes. ¿Donde iba a ir?  Sólo él lo sabía. Ni teléfono, ni comunicación posible.
  
   El lugar era abrupto. En un  helicóptero transportaba los escasos pertrechos, a él, su perro, un pastor alemán   y una pareja, macho y hembra, de cabras. Los dejó en unas soledades perdidas en picos y vaguadas de montes.

  Nadie sabía que en aquel lugar existía una cueva. Él la descubrió aquél día que anduvo por aquellos lugares.  Se le podía llamar "La Capilla Sixtina", no sólo por la belleza de sus estalagmitas, sino también, por sus preciosas y profusas pinturas rupestres. Las aguas cristalinas de una fuente caían en cascada desde lo alto.  
  
   Instaló en un recodo, que parecía echo a propósito, sus enseres y su avituallamiento, y se dispuso a vivir su vida de ermitaño. Provisto de herramientas rudimentarias, con el hacha en la mano, salió al exterior a construir un cercado para sus cabras.

   La primavera casi tocaba su fin. Un viento agradable le acariciaba el rostro cómo en señal de bienvenida. No halló problemas. En poco tiempo  hizo el cercado y puso a sus compañeras a buen recaudo. Confiaba en ellas para la supervivencia.
  
   -¿Qué haces tú aquí? -Sentía una voz interior que le preguntaba. 
-Busco el cómo y el porqué, los puntos y las comas -otra voz le respondía.
     
   El  Sol salía, cómo tenía por costumbre, todos los días. Él le esperaba sentado en lo alto de un monte. Gustaba de darle los buenos días porque siempre recibía una cálida respuesta. Un día, mientras le esperaba, horadaba con su machete una protuberancia agrietada que había llamado su atención varias veces. 
-¿Qué es  ésto? -Un tubérculo  parecido a una patata salió del pequeño promontorio. Se propuso recolectarlos, había leído que, en cierto monasterio de la antigüedad,  los comían.

   En las noches oscuras, allá en la lejanía, creía atisbar un resplandor que le daba qué pensar. Tomó la decisión de salir de
marcha y averiguar qué era aquello. Preparó su mochila sin olvidar su minitienda de campaña. Marchó con la compañía de su perro . Le era cotidiano mantener largas conversaciones con él, siempre le escuchaba y nunca le contradecía. Estaba encantado con su compañía. 
Anduvo todo el día. Hacía altos en el camino siempre que lo creía oportuno para recolectar los tubérculos, que sólo daban señales de su existencia con  protuberancias agrietadas.

   Al atardecer instaló su tienda. Repuso energías con un queso, que él mismo había hecho con la leche de su cabra, y varios tubérculos asados que hacían las veces de pan. Durmió tranquilo. Había su perro, fiel guardián que le protegía. Cercano el amanecer, un sueño premonitorio le mantuvo todo el día con cierto desasosiego. Una voz suave, suave, le susurraba muy bajito:
-Quiero hablar a tu espíritu sin que se enteren tus sentidos.
-Esto no es posible, -respondía él- mi oído es quien te percibe. Es uno de mis sentidos.
-¿No has oído hablar del sexto sentido?
-Si, algo he oído.
-Por el sexto sentido nos entenderemos.
  
   Llegada la mañana se sentía descansado. Desayunó de lo mismo que cenó. Siguió su camino meditando sobre el extraño sueño que se hacía  más misterioso influido por la soledad. En el camino encontró un arroyo. Guiado por el sexto sentido siguió su curso. Anduvo en pos de sus orillas largo trecho. Sus pies cansados le detuvieron a la sombra de un sauce que parecía llorarle al agua. Quedó dormido al calor de su perro.

   Creía estar soñando. Unas voces excelsas parecían venir del infinito. Su perro le devolvió a la realidad con ladridos de aviso. Marchó éste corriendo e invitándole a que le siguiese. Cómo por arte de magia, un monasterio románico apareció ante sus deslumbrados ojos. 
-Ya has llegado -le dijo su sexto sentido.
La inmensa y milenaria mole parecía estar hecha para la eternidad. Al abrigo de su pórtico se hallaba un portón de descomunales dimensiones. 

   Golpeó su aldabón tres veces. Al rato, un leve ruido denotaba que la mirilla había sido abierta. La puerta empezó a ceder haciendo chirriar sus goznes herrumbrosos.  El claustro estaba desierto y silencioso. Respiraba sobriedad. Enmarcado por sus columnatas con sus capiteles tallados por manos de artistas, dignos de pedestales en la gloria. Sobrecogido, siguió  adelante ganado por la curiosidad. De
pronto, un  estallido de voces con ecos profundos y misteriosos de los cantos gregorianos llenaron los espacios de tal forma, que hacía imposible averiguar de donde provenían. Un  fraile encapuchado le salió al paso. Parco en palabras le dijo que le siguiera.  En un despacho que, para nada se podía llamar austero por la importancia de su tallado, un anciano de blanca barba y ojos penetrantes le recibió; se levantó, le dio la mano, y,  le rogó que le siguiese.  De acuerdo con su sexto sentido, le siguió a través de pasillos y escaleras.

   Tres hombres de mediana edad estaban muy enfermos. En sus celdas sufrían dolores terribles. No podían comer, pues la hinchazón  de sus bocas lo hacía ya imposible. Se le hizo patente, casi al instante, el diagnóstico de aquella enfermedad. La carencia total de vitamina C les había producido una grave enfermedad. En su avituallamiento había puesto gran profusión de complejos vitamínicos   para paliar una deficiente nutrición. 

   Cómo los había dejado en la cueva, se puso en camino. Ni pernoctó ni recolectó. Desandando lo andado llegó al lugar. Hizo acopio de lo que necesitaba y marchó con sus cabras y su perro. No sabía el tiempo que tardaría en volver.

   El padre Anselmo le dio conocimiento del celo tan excelso que ponían los hermanos en el cumplimiento de las reglas. De ahí el motivo de las carencias nutricionales. 
-Padre Anselmo, cambie las reglas de su orden,  -le dijo-  el cuerpo humano  no es algo miserable que hay que combatir ni abatir. Es el templo donde DIOS habita. Del que se vale para completar su creación en la tierra. Cuidémonos con esmero, cuerpo y espíritu están creados para habitar juntos.

   Se quedó en el monasterio hasta que los enfermos sanaron. Después, marchó a terminar su año sabático en compañía de su perro, sus cabras, y su sexto sentido.   FIN
  
  
     

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