sábado, 10 de diciembre de 2016

UN SANADOR A LA CARTA

La hora sexta no había aliviado en el exterior el bochorno de la calina sufrida durante el transcurso del día.
 En el recinto principal de la casa de adobe, se respiraba el  aroma que despiden los frutos almacenados en tinajas de rústica cerámica. Sobre la mesa cubierta con mantel de recio tejido de algodón, la hogaza de pan y el queso de negra corteza parecía esperar al hambriento pastor que, después de dejar el rebaño  encerrado en el redil, regresa a reponer energías y a disfrutar de un  merecido descanso.
 En un rincón, Junto a la ventana que daba a un estrecho callejón, se hallaba una rueca y el huso, un poco más allá , un gran cesto con algodón recién desmotado, útiles de trabajo de las mujeres de la casa. Cultivaban la planta que producía la preciada fibra, la despojaban de su semilla,la hilaban para después tejer y confeccionar todo lo necesario. 

En un cuartucho contiguo se oía la respiración agitada de alguien que tosía sin cesar, una cortinilla del mismo tejido casero que el mantel velaba la entrada a la habitación. 

Unos golpes en la puerta de entrada a la casa hicieron levantarse de la rueca a Mirian. Esperaban al doctor. Rebeca estaba en la fase final de una enfermedad que no había sido capaz de superar y languidecía por momentos. 
Cuando el médico entró en el cuarto donde yacía Rebeca un fuerte olor a sándalo y a manzanas maduras le embargó los sentidos. El lecho exhalaba los perfumes. Rebeca parecía un ángel dormido con su larga melena negra en contraste con el blanco inmaculado de las sábanas que la cubrían. Todo resplandecía con esa luminosidad de las paredes encaladas. 

El doctor incorporó a la enferma sobre almohadones y se dispuso a examinarla: Observó con detenimiento el blanco de sus ojos. Fue examinando todas las partes de su cuerpo que tuvo por conveniente y llamando a Mirian, su hemana, le dio su diagnóstico: -Muere de melancolía. Es preciso
que, de alguna manera, vuelva a tener ganas de vivir.

-¿Qué puedo hacer yo,  señor doctor?
-Empezaremos por traer a su habitación  una rama grande de naranjo con su fruto maduro y una jaula con un ruiseñor cantarín. Yo te prestaré una dulzaina para que tres veces al día le digas una cantiga y le recitarás un poema que yo mismo le haré.

Anduvo el doctor con tal celo en el cuidado de la enferma, que ésta, se convirtió en una obsesión. Los poemas  que le hacía para que recobrara su alegría de vivir se convirtieron en el alimento de su propia alma. Paseaba por la noche a la luz de la luna buscando inspiración y era tan feliz con el trabajo, que al final casi deseaba que no sanara nunca, para no tener que dejar de ir a verla.  

Rebeca se lamentaba y le decía:  -Vos no sois mago, vuestra medicina no da resultado. Prefiero la muerte a seguir viviendo sumida en esta angustia que me consume. Estoy muerta en vida.

-¡Oh, Rebeca! Ocúpate en ser feliz. Disfruta de la luminosidad de la mañana, del sonido del mar, del baile de los árboles cuando el viento sopla. Siente la calidez de los rayos del Sol cuando se filtran entre sus hojas..., sueña. Vive el amor. Yo te quiero. Por favor, vive con esperanza. No hay nada más dulce y placentero para mí, que una mirada tuya. Lo mejor que me ha sucedido ha sido encontrarte.
-¿Y, para qué me quieres Rael?
-Para perder la cabeza junto a ti y atravesar la barrera que me separa de lo subliminar y decir después, a mi regreso:  ¡Yo, he estado allí!
-¿Me llevarás hasta allí contigo?
-Te prometo que la traspasaremos juntos.
-Y,¿Necesitarás alguna droga que te ayude?
-Tú, serás mi droga. Tus besos, tus caricias serán el elixir que me transporte  a la explosión que produce en mí la fricción de todos mis sentidos.
Me parece que esto se puede convertir en un desatino.
No si lo tomas como la cosa más natural, igual que dormir o comer.
-No sé..., no sé..., tenéis un sistema algo especial para sanar a las enfermas..., señor Rael.
-La poesía, el amor, son panacea para sanar las enfermedades del alma. Y si el alma está sana, nuestro cuerpo también lo estará. Nuestra mente alberga todo lo que necesitamos para encontrar la felicidad.




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6 comentarios:

  1. ¡Es precioso!
    Me llegó a través de tus letras la dulzura y un embriague de mágicos olores y sensaciones, qué amor tan bello.

    La reflexión que haces al final, "si la mente está sana, el cuerpo también lo estará" Cuanta sabiduría encierran estas últimas frases, querida amiga. La felicidad, tan lejana que nos parece y está siempre junto a nosotros.

    Un placer volver por tu casa, Encarna, ha sido una lectura amena.
    Besos, y un abrazo fuerte.

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  2. Un placer querida amiga Mila. La felicidad depende de nosotros. Así lo pienso y así lo aplico a mi vida. También va en ello la salud. ¡Dios es grande, amiga mía! Un fuerte abrazo.

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  3. Un buen relato donde nos adentras en una casa humilde muy bien descrita, una historia de melancolía que se cura con amor. Es un maravilla de historia. Una brazo

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  4. Gracias, amiga. Así, quisiera ser capaz de transmitir el maravilloso mundo que podemos encontrar dentro de sí mismo cuando aceptamos con humildad la voluntad de Dios. Un abrazo.

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  5. Un relato precioso, la belleza, el amor... son las únicas medicinas para la melancolía. Muy bien narrado, mostrando todo los detalles para que el lector vea la escena. Saludos!

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  6. Gracias, amigo David. Encantada. Tu comentario me anima. Un saludo.

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