sábado, 4 de abril de 2026

Los amigos del ratoncito Perolo

 


 Los amigos de Perolo eran múltiples y cosmopolitas. Casi todas las naciones del mundo tenían representantes en el sótano de la biblioteca donde residía Perolo. Cómo se entendían entre sí era un misterio. Fuerzas sobrenaturales hacían una simbiosis ratonil en el sótano de la biblioteca. Cada cual hablaba su idioma, pero la comprensión entre todos era perfecta, exceptuando vocablos de insultos y groserías. La comunidad era tan extensa que Perolo había cerrado la admisión de nuevos componentes.  

Todo parecía ir bien, pero llegó un emisario que todo lo estaba alborotando. Traía noticias para sus compatriotas muy notables, les conminaba a volver a su país de origen en un dialecto difícil de descifrar. Perolo tenía ante sí un gran dilema. Como moderador del grupo, su responsabilidad era ineludible para resolver el problema. 

Dejó aplazado todo acto y marchó en busca de la gata Rufina, no porque ella fuese pieza clave para la solución del asunto directamente, pero a través de ella podría contactar con doña Carlota, la gata sabia. Llegó al piso de la anciana Consuelo, la escritora de cuentos y poemas infantiles, la que cambió su nombre de Dolores por el de Consuelo.

 Salió por la ratonera secreta abierta en la despensa de la escritora. Encontró a Rufina dormitando en su cesta de mimbres. —¡Esta gata siempre dormitando! —Dijo para sí, en su semblante se dibujó un gesto de asco. Dio un salto propio de ratón que ejercita su potencial de robustez y se encaramó en el lomo de Rufina. —¡Rufina, despierta! Necesito hablar con doña Carlota. La espero en el Jardín de Manolo, a la sombra del tronco seco del ficus centenario. Por favor, avísale, es muy urgente. 

Cuando la gata doña Carlota fue a encontrarse con el ratoncito Perolo encontró a este muy afanado en roer una porción de la raíz seca del tronco centenario. —¿Qué haces, Perolo?—maulló doña Carlota. Sus ojos centellaban. La extrañeza producía ese efecto sin que lo pudiera evitar. —Tengo que aprovechar cada momento para desgastar mis incisivos, nunca dejan de crecer — razonó Perolo ante la gata sabia. —Rufina me ha dicho que necesitas hablar conmigo—argumentó doña Carlota. Presentaba esta una piel limpia y brillante y hasta parecía más delgada. Perolo cesó en su tarea de roído. Se posicionó ante la gata sabia y  fue relatando el cometido que la había traído hasta allí. 

Pasaron dos horas. Rufina los observaba desde el balcón de la casa de la escritora de cuentos. Veía gesticular a Perolo con vehemencia y a la gata sabia asentir con expresiones de locución acentuada.

Por fin Perolo hizo su aparición ante Rufina. Su semblante denotaba la satisfacción por tener un proyecto claro para la solución de su problema. —Verdaderamente, doña Carlota es una gata sabia—adujo enfatizando la frase con ímpetu. A Rufina la corroía la curiosidad. Sentía necesidad de pedir a Perolo explicaciones de su charla con la gata sabia, pero Perolo estaba lejos de perder tiempo en complacerla, le dijo que ya hablarían después y se marchó.

     En el sótano de la biblioteca  Perolo fue recibido con euforia por el  grupo de ratones. Ansiosos por ver resuelto el problema. Se presentó calmado y muy elocuente. —¡Silencio, escuchad todos!—Aclamó con enérgica resolución—Nosotros, todos nos entendemos a la perfección, el problema no es nuestro. Si este nuevo visitante no es capaz de comunicarse con normalidad con nuestro grupo, le aconsejo que se presente con interprete. El caso queda cerrado. 


María Encarna Rubio

 

    

   








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