martes, 30 de junio de 2020

Pergeñar colmena y legendario



El Cid cabalga
Relato basado en tres palabras sin sobrepasar las setecientas: «pergeñar, legendario, colmena»

Por la inmensa llanura castellana, camino del exilio, El Cid cabalga. Hambriento, aterido por el frío de la noche y calcinado por un sol fulgurante por el día en la estepa solitaria, sin más amparo que la de su fiel caballo "Babieca" y la de su espada "Tizona". 

Rememoraba la imagen de Jimena que se afanaba en pergeñar lo poco que podía contener un hatillo.  
Se lamentaba:
— Rodrigo Díaz de Vivar, en la posteridad tus hazañas serán recordadas y tu nombre será legendario. 
 ¿Por qué se empeña el destino en ser protagonista de nuestras vidas? ¿Será que tiene envidia de tu nobleza y apostura y de mi devoción por ti?
Cruelmente nos separa y nos hiere sin saber que a pesar de tu destierro, nuestras almas van unidas con lazos que ni la misma muerte podrá romper.

 Sus lágrimas eran torrentes que bañaban sus mejillas. No sería fácil olvidar el calor de su abrazo y la dulzura de sus besos de despedida...
 ¡Adiós amor!
 —decía entre sollozos —. Te han desposeído de lo que más aprecia un hombre, su honor y su orgullo. Solo llevas como recompensa a tanto esfuerzo por servir a tu rey la más injusta de las humillaciones. Será duro tu transitar sin poder recibir ayuda: han decretado  pena de muerte a los que osen ayudarte desobedeciendo las órdenes del rey. ¡Dios mío! 
¡La historia te hará justicia y a él lo condenará!

El sol abrasador, el hambre y la fatiga, mermaban su capacidad de razonamiento. Ya estaba presto a dejarse vencer por el desánimo. Solo le mantenía el afán de supervivencia el recuerdo de su amada Jimena, que le decía con encarecida súplica: «¡Vive para mí, Cid Campeador!» 

Un halo de esperanza se dibujó en el horizonte de la basta llanura: una palmera se divisaba junto a una casona que se confundía con el paisaje, firme, vetusta, con orgullosa robustez que el tiempo en su transcurrir no conseguía doblegar. 

Cabalgaba Babieca con paso acompasado. Llegó el hidalgo al lugar a lomos de su corcel, con sigilo no exento de temor. 

El silencio más absoluto lo invadía todo.
 Desmontó de su cabalgadura y sujetó las riendas en una de las anillas que pendían de la pared. Por su aspecto, la casona parecía deshabitada.
 El portón estaba cerrado, pero el aljibe que se encontraba a escasos metros estaba lleno a rebosar de agua fresca y cristalina. Un algarrobo y una higuera ofrecían abundante fruto maduro.

Estaban saciando su perentoria necesidad de sustento el caballero y su montura, cuando un ruido estrepitoso les puso sobre aviso: desenvainando el Cid su espada se dispuso a cerciorarse de lo que acontecía; una puerta de servicio que daba paso al patio de la casona oscilaba sobre sus goznes con estrépito a impulso del viento.

Todo prudencia y cautela, se introdujo en el gran patio y anduvo inspeccionando todos los establos y aposentos del recinto.
 Un hallazgo que le llenó de regocijo le hizo dar gracias a la Divina Providencia por sus bondades: en un rincón había un saco con algunos kilos de trigo y un odre con restos de vino.
Se dispuso sin demora a caldear un horno que había en el exterior, y a hornear el trigo que quedó en perfectas condiciones para ser consumido directamente. 

Rendido, tornó a refugiarse a la sombra del algarrobo centenario, con bellas ramas, que nunca acusan la inclemencia del ardiente sol.  Un regalo para el caminante su fresca  exuberancia.

Un sueño profundo le invadió. Soñó que Jimena le ungía el rostro con agua de azahar y refrescaba su torso con suave caricia impregnada de cariño y contenido anhelo. Su duro lecho se hizo mullido y suave como el regazo de su amada.

Le despertó el aliento de Babieca que le husmeaba presto, en busca de su atención. Unas abejas con su zumbido delataban la colmena que se hallaba detrás de un matorral.
 La Providencia me sostiene—pensó—.                                        
 Hizo acopio de provisiones, dispuso sus pertrechos a lomos de su montura, y prosiguió su camino galopando los campos de Castilla en busca de hazañas gloriosas para ser escritas en la Historia.

María Encarna Rubio

















lunes, 29 de junio de 2020

La gran sorpresa

Recorriendo el mundo en trenes legendarios. - Viajar es para siempre

 

Lilia se dispuso a pergeñar con desgana los preparativos de un viaje imprevisto, había recibido la noticia de que su tía Nola había fallecido.

Ella se encontraba tan gris como un día lluvioso, desde que quedó viuda no levantaba cabeza. 

 

No estoy para duelos—se decía—. Estarán los primos de Madrid, los de Málaga… hace años que no los veo y mis ánimos no están para cumplidos.

Debería decir que estoy indispuesta, pero…  no puedo dejar de ir. Los sobrinos somos los herederos directos. Habrá hecho testamento, supongo. La finca con las colmenas se la dejará al primo Eladio.

 Siempre tuvo predilección por él. Cualquier deseo que él manifestaba se apresuraba a complacerlo. Un día le vio manipulando una colmena: "le compró un libro de apicultura y lo necesario para comerciar en esa especialidad". Decía que el negocio de la miel era legendario y lucrativo. Seguro que lo ha nombrado su único heredero.

Cuando tuvo hecha la maleta, se sentó a descansar, la depresión se adueñaba de ella con cualquier esfuerzo.

Miró sus piernas y pensó que para su edad, se conservaban muy bonitas.

¡Cuánto le gustaban mis piernas a mi Adolfo! —pensaba—, ¡me quería tanto! Era tierno y dulce conmigo. Hasta el día de su fallecimiento me llenó de cariño y de halagos. Sus últimas palabras fueron: «Eres lo mejor que me ha sucedido».


 Con estas cavilaciones se fue a la estación a coger el tren que la llevaría al pueblo donde había vivido la tía Nola.

El trayecto fue transcurriendo con toda normalidad. Le tocó asiento junto a la ventanilla y fue mirando el paisaje sin ningún interés, simplemente para no tener que entablar comunicación alguna con la pasajera que tenía enfrente, no dejaba de masticar chicle y no le caía bien.

Al llegar al pueblo nadie la estaba esperando. Cogió un taxi, que por cierto olía a muy usado, y sin mediar palabra con el conductor llegó a casa de su tía.

Pensaba que la encontraría de cuerpo presente, pero no, ya la habían enterrado. Todos los primos esperaban junto al abogado para la lectura del testamento.

Llegado el ansiado momento el impacto fue impresionante: en el testamento se les comunicaba que la tía Nola había sido madre soltera, y que Lilia era hija suya.

Para evitar la deshonra de Nola, maestra de escuela, a la niña la crio su hermana Cándida, por lo cual, Lilia era heredera universal de todos sus bienes.

Lilia no supo qué pensar. Todo era muy extraño. Había cuchicheos entre los presentes incapaces de ocultar su decepción. 

Se fueron pronto. La sorpresa los había dejado muy confusos. Solo mediaron unos cumplidos protocolarios y un adiós apresurado.

El abogado le dio las llaves y las cuentas, y quedó sola en el vetusto caserón.

Anduvo revisando toda la casa. Estaba limpia y muy cuidada, como corresponde a una maestra de escuela.

El dormitorio principal la dejó anonadada, de estilo medieval con incrustaciones de marfil, había pertenecido a la princesa de Éboli. Las sábanas y la colcha eran un primor digno de una noche de bodas.

Estaba impresionada de la herencia que le había dejado la tía Nola. 
 
No pensaba en ella como si fuese su madre, nunca podría hacerlo. Ella había disfrutado de una madre perfecta y amorosa y todo lo demás no le preocupaba lo más mínimo.

Se cercioró de que la cama estaba bien dispuesta para dormir en ella y se dispuso a pasar la noche allí, en su casa, donde  debió crecer y vivir.

Se puso el camisón y quedó extasiada, las sábanas con olor a jazmín y espliego competían con las de «Marilyn con Chanel nº5». 

En su sueño recibió la visita de Adolfo, el amor de su vida; este hizo gala de su habilidad para los juegos amorosos: «pasaron juntos una  fantástica  noche de amor»  

 María Encarna Rubio 


 
 


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sábado, 27 de junio de 2020

La tortuguita Maruja



La tortuguita Maruja tenía prisa. Quería llegar a la playa para desovar antes de que los bañistas lo invadieran todo.
 El tiburón Ricardo la iba siguiendo por si moría exhausta antes de llegar a su destino.
Era el encargado de limpiar los mares y los océanos.
Andaba atareado, pues con los plásticos que van a parar al mar morían muchas tortugas.  
Estaba irritado y las tachaba de bobas por no saber distinguir plásticos de medusas.


María Encarna Rubio



 

miércoles, 24 de junio de 2020

BIBI y sus precauciones



 

Bibi era una mariposa que había nacido muy precavida. estaba obsesionada por evitar cosas que podían ser posibles. Se disfrazaba de cojín volador y salía al monte a buscar pareja. Los mariposones no la reconocían, pasaban de largo sin mirarla.

Bibi, se valía de esa artimaña esperando confundir a todos; pero estaba segura de que no encontraría pareja con aquella facha. 
Elegía cojines con colores y dibujos atractivos, ya que una mariposa se ha de presentar con mucha vistosidad en su look, pero nada se parecían a los decorados de sus bellas alas.

Sus temores no eran fundados.
 Una mantis religiosa, la tenía localizada. Le parecía buen menú para el desayuno. 
También a la señora grillo, le parecía cosa rica para abastecer su despensa. Las dos esperaban muy atentas que se posara en el seto muy florido de la casa donde vivía el gato Relamidón. A él, también le gustaba cazar mariposas. Se hacía el dormido en la terracita, tumbado al sol, pero siempre tenía un ojo abierto. 


Las vacaciones de la familia Aldaes, transcurría casi siempre en su casita de campo.
Los niños eran cuatro: Gelda, Lilia, Perucho y Toribio.
 A Gelda, que era la mayor, le fastidiaba que el gato Relamidón se divirtiera con las mariposas; en cambio Lilia, pasaba horas atizándoles con un colador con rabo.

Perucho y Toribio, eran de pescar en el río. Las mariposas no les atraían nada... Ni fu, ni fa. Preparaban su zurrón con cebo y algo para comer, y pasaban la mañana lanzando el anzuelo con arte y maña en la corriente del manso río. Casi nunca pescaban nada, pero ellos no perdían la esperanza. Sabían que lo importante en la pesca de río no son los peces que atrapas: es un buen método para ejercitar la paciencia. 
La mariposa Bibi, junto a ellos se sentía muy segura.
 Otra cosa era cuando venía de visita su primo Hernio: pasaba todo el día corriendo tras las mariposas con el colador con rabo de su prima Lilia. 

Por fin Bibi, después de mucho reflexionar, llegó a la conclusión de que, si quería encontrar el amor, tendría que arriesgarse y perder el miedo; ser valiente. No se consigue nada viviendo asustado evitando cosas que quizá nunca sucedan.
 



martes, 23 de junio de 2020

Mi tumba


 Observo con horror...
¡Cómo mi tumba me persigue!
El frío de su aliento me envuelve
Y deja reseco de sentimiento
Mi corazón agujereado por la carcoma y el miedo.
Quiere instalarse el odio en sus rendijas mohosas
Que luchan por no dar lo último de apego que les queda.
Ama, y serás feliz, me dice mi intelecto que lucha
Contra el influjo que ejerce en mi ánimo mal trecho
Ojo de mirada opaca que cierra mis puertas y quiere
Sepultarme en vida en la tumba que me espera
Cegado de odio y codicia fiera. 

domingo, 21 de junio de 2020

Adhara la niña del armario volador


«Adhara la niña del armario volador»

« ¡ACCIÓN! »

 

¡Me gusta mucho jugar! Gritaba Adhara escondida dentro del viejo armario abandonado en el desván. Ella pensaba que era mágico.

Invitaba a entrar con ella a su amiga imaginaria Algieba. Le hablaba. Pensaba que las dos dibujaban mariposas de colores y las hacían volar con los conjuros de la brujita Bunda.

Adhara había pedido muy encarecidamente a Bunda que hiciera hablar a Algieba, ya que oía todo, pero no decía nada.

Bunda, había prometido a Adhara que una noche de luna llena, Algieba, aparecería junto a la fuente de la plaza mayor de la ciudad y hablaría.

  ¡Ja,ja,ja,! ¡Es luna llena! —Gritaba Adhara—; me lo ha dicho mi madre, ella no miente.

Adhara estaba con Algieba y con Bunda esperando ver salir el armario por la ventana del desvencijado desván.

¡Por fin esta noche Algieba me hablará! —dijo—. Y quedó dormida.

A los pocos instantes, Adhara vio salir el armario haciendo curvas vacilantes por la ventana. 

Bunda, que con las prisas había olvidado su varita mágica, intentaba recordar el conjuro para aterrizar junto a la fuente de la plaza mayor, pero le salió equivocado y aterrizaron junto al aljibe de una casa de campo abandonada. Se oía el croar de las ranas y el cri cri de los grillos.

—Sal del armario, Algieba—dijo Bunda con un siseo bajito—. A ver si tenemos suerte y un sortilegio hace efecto en aljibes. Salieron las tres.

La luna miraba a Bunda, quería darle aviso. Había visto hacer sortilegios en ese aljibe y solo habían conseguido hacer ranas y grillos gigantes.

Bunda no consultó a la luna como en otras ocasiones hacía: se limitó a pronunciar las palabras mágicas: las ranas y los grillos comenzaron a crecer y crecer. Parecían monstruos asesinos.

Adhara, Algieba y Bunda, subieron al armario volador y salieron a toda prisa de aquel lugar. La ranas croaban tan fuerte que se oían hasta en el monte donde se posó con suavidad el armario en la cima de una peña. Parecía que iba a despeñarse de un momento a otro.

 Justo debajo de la peña había un manantial. Bunda quiso probar su conjuro, por si allí, en agua transparente hacía efecto, pero no miró a la luna que decía que no, que allí solo hablarían las lagartijas. 

Después de que Bunda hiciese su conjuro, en todo el monte se oía un griterío: todas las lagartijas se contaban las historias que tenían calladas durante tantos años.

Una lagartija les gritó que se fueran, que aquella peña era suya, había nacido allí, y sus padres, y sus abuelos...¡Fuera, fuera! —gritaba. 

Salieron apesadumbradas por los fracasos. 

—No preocuparos—dijo Bunda—. No siempre se consiguen las cosas a la primera. Cuando se quiere algo hay que ser constante, no dejar de intentarlo. A ver si ahora aterrizamos en la plaza mayor, seguro que allí sale bien. 

En efecto, aterrizaron en la plaza como deseaban, pero, algo sucedió que las dejó a las tres de brazos cruzados: Bunda, al decir el conjuro en las últimas palabras se equivocó, en vez de decir "Algieba hablará, dijo Algieba  cantará". Todos podían verla, pero ella, no podía hablar, solo podía cantar. Todo lo que quería decir lo hacía cantando. Lo hacía tan bien, que todos la querían escuchar. Se hizo muy famosa...

Adhara escuchó que su madre la llamaba: 

—Adhara, mi niña, sal y dí adiós a tu armario, las vacaciones han acabado. Volvemos a casa.

—¡No mamá! Yo me quedo. A mí me gusta mucho jugar.

—No te preocupes mi niña, la vida toda es un juego maravilloso, teniendo en cuenta que siempre hay ganadores y perdedores: «Has de saber perder igual que ganar».

Y con tiernos besos, le dijo en un susurro:

« A mí también  me gusta mucho jugar »


María Encarna Rubio

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jueves, 11 de junio de 2020

La charca de los sapos verdes


Alkes era un sapito que vivía en la charca de los sapos verdes. Le gustaba vivir allí, pero por las noches pasaba mucho miedo. Oía ruidos extraños. Además, una pantera negra se acercaba a beber agua de la charca con mucho sigilo, la veía cuando ya la tenía cerca.


La pantera al ver a Alkes temblar de miedo decía: ¡Qué ignorante! ¿No sabe que las panteras no comemos sapos verdes y asquerosos?

Alkes pensó en ir a vivir a la charca de su amigo Acrux, pero después pensó que él había nacido  allí y que si alguien se tenía que ir no era él.
Habló con todos sus amigos y quedaron de acuerdo en dar un buen susto a la pantera para que no volviera más por allí. 
Esa misma noche, cuando la pantera intentaba beber, salieron todos los sapos y, tomando aíre, comenzaron a inflarse, inflarse, y escupiendo todos a la vez a los ojos de la pantera, que se llevó un gran susto; salió corriendo y ya nunca más volvió a la charca.

María Encarna Rubio
 


MAMÁ OSA PERIPITOSA

En la casita del bosque todo iba bien. Las gallinas ponían sus huevos en una cesta y mamá osa los llevaba al mercado. Sería bonito pensar q...