sábado, 25 de octubre de 2014

EN LA VEGA DEL RIO

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                      Emplazada sobre el curso de la acequia se hallaba la noria.                                                                                                                                                                                                           Ésta, rodaba sin cesar movida por la fuerza del agua. Hundía sus cestillos elevándolos llenos,  vaciándolos en el pequeño caudal  que discurría sin prisa regando el algodonal.
Tumbado debajo de una enorme y frondosa higuera, el joven Andrés dormitaba vigilando la noria en su monótono rodar. Susurraba una cancioncilla acompasada con el rumor del agua, cuando, de repente, sus ojos entreabiertos vislumbraron que en la acequia, en el curso del agua, algo  flotaba con peligro de enredarse en la  noria haciendo peligrar su normal funcionamiento. Casi de modo instintivo, se lanzó al agua. El impacto fue brutal…
 ¡Una joven flotaba en el agua! --La sacó, y, con la mayor diligencia posible, trató de reanimarla,  con tan buena fortuna que ésta abrió los ojos y le miró con expresión ausente:   
--¿Qué ha pasado,  dónde estoy?...  --La voz entrecortada de la joven apenas era un susurro.
 --Acabo de sacarte de la acequia.  –Dijo Andrés.-- ¿Te acuerdas de lo que te ha pasado? –Preguntó.
--Estaba yo lavando en la acequia. Recuerdo que “Gripo” mi perro se me ha abalanzado, me he caído. No recuerdo nada más.
--¿Quién eres, cómo te llamas? –Dijo Andrés.
--¿No me conoces? Soy Adela. Tú pasas todos los días por mi puerta, somos vecinos.
 --¡No me lo puedo creer!... ¿Tú eres aquella niña flacucha que me robaba el almuerzo?
Adela se puso tan roja como las  amapolas del trigal. Andrés le hizo un guiño tranquilizador y le dijo:

--Estamos empapados, hay que ponerse ropa seca. Te llevaré a la casona. La joven quiso incorporarse. Andrés, al ver que vacilaba, la levantó en volandas y cruzó el algodonal con la joven en sus brazos dejando sus huellas profundas marcadas en el limo del bancal recién regado.
 La casa solariega, vetusta y deshabitada, servía de trastero para los aperos de labranza. La chimenea cumplía su cometido cuando se hacía uso de ella. Andrés encendió el fuego e invitó a la joven a desnudarse. Para que se cubriese, le dio una manta que él utilizaba cuando se quedaba alguna noche a dormir. Lo hacía en un pesebre donde comían los bueyes cuando, en el estío, descansaban del duro trabajo de la labranza.
Adela, toda pudorosa, dudaba entre quitarse la ropa o salir corriendo y perderse en el algodonal.  Andrés, el joven de bellos ojos color miel,  se dio la vuelta y salió al exterior respetando la intimidad de la joven.

Cuando lo creyó oportuno volvió; la ropa de Adela pendía de una cuerdecilla y la joven se acurrucaba junto al fuego envuelta en la manta.  Su figura escultural estaba oculta, sólo sus ojos tan negros cómo la noche más negra, brillaban al reflejo de las crepitantes llamas. Andrés se despojó de la camisa y se acercó al fuego, de pronto, la estancia se iluminó  seguida en segundos de un relámpago tras otro. De inmediato una tormenta puso la nota siniestra en el ambiente. Los truenos se sucedían sin cesar y el agua caía a raudales.

La situación se hizo un poco tensa: Adela sacó una mano para retirar el mechón de pelo que cubría sus ojos, la manta resbaló, y la memoria fotográfica de Andrés captó una instantánea que guardaría en su archivo… haciéndole a intervalos la presentación.
Hablaron de cosas triviales; poco a poco se enredaron en temas más profundos y todo se hizo fácil y ameno. Pasaba el tiempo y la lluvia no cesaba. Se hallaban tan integrados en sus confidencias que no se percataron de la avalancha de agua que discurría en el exterior. Ésta comenzaba a inundar las estancias anteriores. Pronto llegaría a donde ellos se encontraban.

 Andrés estaba prendido en los ojos de Adela y viceversa. Se oía un rumor inquietante; pero ellos hacían caso omiso y seguían hablando de sus correrías de la infancia, de sus sueños para el futuro. De pronto, una figura masculina de hombre curtido y fornido por el duro trabajo irrumpió en la estancia:
--¡Papá!!!   –El padre de la joven quedó atónito al contemplar el panorama que tenía delante:
--¡Adela!... ¡Ponte ahora mismo la ropa!... ¡Y tú, mozalbete!, ya me explicarás de qué va todo esto. ¡Ahora, vayámonos corriendo, que ha desbordado el río!

 No había tiempo para remilgos. Adela se puso la ropa como pudo bajo la manta, a la vez que Andrés se colocaba la camisa y salieron tras el padre de la joven. Pronto el agua les cubría hasta la cintura. El algodonal estaba anegado y no se distinguía por donde transcurría el caudal de la acequia. Había estruendos por doquier. La vieja casona se desmoronaba. Por fin, la enorme higuera les dio la oportunidad de trepar por ella y ponerse a salvo. Los tres se protegían uno a otro. El espectáculo era desolador. Pasaban ante sus ojos toda clase de enseres y de animales muertos. El desastre era dantesco. Todo anegado, perdido. Andrés no sabía que le producía más terror: la situación que estaban viviendo, o las miradas de Damián, el padre de Adela. Éste, casado en segundas nupcias, tenía reputación  de tener un carácter endiablado. El hombre, muy calmado no era. También decían que su tacañería no tenía límite, todo lo  controlaba: llegaba hasta el extremo de examinar todas las noches a las gallinas para saber los huevos que se recogerían al día siguiente.

  Tenían la esperanza de que viniesen a rescatarlos. Eran frecuentes los desbordamientos del rio. En situaciones parecidas el ejército venía con las lanchas al rescate.
 El joven, a veces, no podía evitar el mirar a Adela del modo con que los hombres miran a una mujer que les gusta.  Al fin Damián, como no tenía otra cosa que hacer, se propuso exhortarle:
--¡Bueno, ahora… me vas a explicar, qué hacías con mi hija desnuda al pie del fuego!
 El joven palideció más de lo que ya estaba, si esto era posible. Quiso empezar desde el principio, pero un gruñido cortante le dejó sin habla:
--¡Qué soy perro viejo!... ¡Qué me las sé todas!... ¡Tú eres un niñato que se equivoca! Ten la seguridad de que, cuando salgamos de ésta, ¡tú te casas con ella! Y si dices media palabra, te parto las narices…

--¡Bueno, bueno…, no se ponga usted así… Me caso con ella y aquí no ha pasado nada! Fue esto lo que se le ocurrió decir para amansar a la fiera.  En la cara de Adela había lágrimas de llanto. No se podía precisar si lloraba o era la lluvia que les estaba calando hasta los huesos.
Por fin, pasadas unas horas, acudieron a rescatarlos. Los  llevaron al pueblo. Alojaron a los damnificados en casa de familiares y amigos. La hermana de Damián le dio acogida a toda la familia.  Andrés quiso marchar a tranquilizar a los suyos. Ellos residían en el pueblo.  El padre de Adela dijo que de eso nada… ¡Iría él, para hablar con su padre!  Las cosas se tenían que quedar arregladas. La sorpresa de todos los familiares presentes se hizo evidente:

--¡Que no tía!-- Protestaba Adela-- ¡Aquí hay un mal entendido!-- ¡Yo no me voy a casar… a este chico lo conozco de vista!... Lo que pasa es que, me ha sacado de la acequia y mi  padre cree algo que no es…  ¡Yo no me acuesto con él!
--¡Adela!-- Decía el padre-- ¡Qué soy perro viejo!... Yo no me quedo con una hija deshonrada… ¡Porque no! --¡Lo mato!-- ¡Lo mato!--.
La pudorosa Adela rompió en llanto. Damián enfurecido daba golpes en las puertas. De un puñetazo hizo saltar la vajilla de la mesa con los restos de la cena.
 La madrastra se mantenía al margen como si aquello no fuese con ella.  --La tía, como no estaba al corriente de los hechos, no sabía qué decir--.
Andrés, se acercó a Adela, con la dulzura del más delicado de los enamorados, cogió a la  joven de la mano y le dijo:

--Ven conmigo y no temas nada.  Verás cómo todo se arregla de la mejor manera. —Marcharon con paso acompasado sin que nadie pusiese la más mínima objeción.

La situación no podía ser más inverosímil.  
--¿Qué les podría decir a sus padres? –Se preguntaba Andrés,una joven que casi no conocía caminaba junto a él con todas las incertidumbres y desamparos a cuestas. Se sentía responsable… protector…y, también todos los miedos caminaban junto a él.
Sentía escalofríos, empezaba a sentirse mal. Las calles del pueblo, sin asfalto, estaban cubiertas de barro y de charcos. Habían de andar buscando donde poner los pies, en la oscuridad de la noche no podían evitar chapotear en ellos. Cuando  estuvieron  frente a la casa donde vivía Andrés, levantó el picaporte de la puerta cediendo ésta sin más. Cuando  su  madre le  vio, se lanzó a su cuello entre sollozos:   
--¡Gracias a Dios que estas bien! …  ¿Cómo ha quedado aquello?   
--¡Todo perdido, madre!.. Se ha derrumbado medía casa.   
--¡Bueno, lo importante es que estás bien!... Lo demás todo se arregla.  ¿Y esta joven?   
--No tiene donde ir, se quedará en casa.  
--¿Dónde está padre?

 --Ha salido a echar una mano y a buscarte.
Andrés se sentía cada vez peor. Se quedó sin voz en cuestión de minutos. Empezó a temblar y una tos desgarradora no le dejaba respirar. Se metió en la cama. Su madre le puso cuatro mantas encima y le daba tisanas de tomillo, que él bebía con lentitud. La joven  se sentó a los pies de la cama; apretaba sus brazos cruzados sobre su pecho, los mechones de su pelo negro casi cubrían su rostro, parecían rayos de luna pendiendo de su cabeza inclinada. Se oyó el picaporte de la puerta. El padre de Andrés venía acompañado del padre de Adela.

--¡Hay que llamar al médico! –Dijo la madre de Andrés a su marido toda nerviosa. Éste, se plantó en la habitación de una zancada y le tomó el pulso a su hijo. Pronto se hizo cargo de la situación. Reparó en la figura de la joven; pero hizo caso omiso. Se dirigió a su padre y le dijo:
--Como puedes ver… el momento no es adecuado. Deja a la chica aquí y márchate. Queda tranquilo que de esto me encargo yo. --El padre  de Adela hizo un gesto adusto y sin decir a su hija nada se marchó.

 Al cuarto de hora ya estaba el médico allí.  Auscultó al joven y llamó a su padre para hablar en privado. Cuando el médico se fue, el color de la cara del padre de Andrés, hablaba sin necesidad de palabras, estaba demudado. Se dirigió  a su mujer con la gravedad de la situación:
--¡Hay que llamar al cura!, la cosa es delicada. --A la madre de Andrés le dio un desmayo.  Adela se adelantó a socorrerla y se quedó con ella. El marido salió por pies en busca del cura. Al poco rato se oía el toque de la campanilla que anunciaba la llegada del cura con la Extremaunción.
Todos arrodillados a los pies de la cama apenas podían contener los sollozos. Cuando hubo terminado los rezos, el padre de Andrés se dirigió al cura con decisión y le dijo:
--Ahora, case a estos dos. No quiero que si tengo un nieto, venga sin padre al mundo.
La madre de  Andrés no salía de su asombro; pero el cura los casó.

La pobre Adela  pasó la noche de bodas esperando a que su flamante marido falleciese. La verdad sea dicha, ella le miraba, y cada vez le gustaba más. A pesar de que tenía sus bellos ojos cerrados.
Pasó la noche… y… todo el día siguiente. El enfermo, se encontraba estable. Todos estaban a los pies de la cama. Sólo salían para las necesidades insoslayables. El médico, hacía visitas espaciadas aplicando los remedios que había  en aquella época. “Se estaba temiendo que se iba a equivocar en el diagnóstico”. Llegada la noche, decidieron hacer turnos para cuidarlo e ir descansando todos. De madrugada, cuando Adela se inclinaba sobre él para arroparle, éste abrió los ojos:
 --¿Estoy vivo? ¿O estoy en el cielo?  ---Dijo, me parece que un ángel me cuida.
Ella, con el consiguiente sobresalto, le dedicó una tímida y  dulce sonrisa.  Él volvió a cerrar los ojos y no los abrió hasta la mañana siguiente.

El médico, en la visita de la mañana, anunció la buena nueva. La fortaleza física de Andrés y su juventud habían podido más que la gravedad de su pulmonía. En pocos días todo estaría superado. Cuando el padre de Andrés consideró oportuno, intentó poner al corriente a su hijo de lo sucedido respecto a su boda.
--No te preocupes…padre. Sé lo que ha pasado. He estado muy enfermo pero consciente de todo. Tú, has hecho lo que creías era tu deber, como siempre. Yo haré lo mismo que tú. Cumpliré como un hombre. Y no se hable más de esto.
La convalecía de Andrés tocaba su fin. Los padres, como era normal, se sentían en el deber de colocar a su hijo en un hogar donde comenzar su vida de casado. Como en la huerta estaba el trabajo y la casona, pensaron en instalarlos allí, en la parte que quedaba en pie. Así lo hicieron. Con el salón de la chimenea y un dormitorio, de momento, se podían arreglar.

Llevaron los muebles del  dormitorio de la abuela.. Ella, a su vez, lo había heredado de la suya. El armario llegaba hasta el techo. La cómoda, de seis cajones, era una pieza de museo. En el salón, llevaron la mesa de casa de los padres de Andrés. Era muy grande y ellos  la cedían.  La chimenea podía hacer la función de la cocina, y todo, arreglado.
Llegó el día de la mudanza. Los llevaron con algo de víveres y los dejaron allí. Andrés encendió la chimenea y fueron tres cosas las encendidas allí. Él miró a la joven y le dijo:
--No te preocupes, aquí no va a pasar nada que tu no quieras. Tenemos todo el tiempo del mundo para conocernos.
Ella se le acercó. En ese preciso momento… pasó un Ángel y los cubrió con sus alas…  Es de suponer que: 
Ante hombre del calibre humano de nuestro protagonista, habría amor y pasión y que se formaría una gran familia.