martes, 18 de abril de 2017

EL RÍO DE LA VIDA

Entre las sombras, arrebujado en su capa, se deslizaba sigiloso. Las calles desiertas olían a piedras añejas oscurecidas por las húmedas nieblas que alimentaban los musgos adosados a sus perfiles. Cómplice, la noche, ocultaba a los ojos del mundo su figura y su existencia. Solo la luna se había percatado de su nocturno deambular.

¿Cuándo llegará el día que mi suplicio acabe? Decía para sí el cautivo de la noche. Y se ocultaba cuando en el horizonte aparecían los primeros claros del día. Se adentraba en el armario que ocultaba la puerta de acceso al aposento oscuro y triste que albergaba su existencia. Un triste ventanuco dejaba pasar un rayo de luz, tenue, plomiza, que denotaba la llegada de la noche cuando su luz se apagaba.

-¿Qué misterioso ser soy yo, que nadie me conoce, ni yo conozco a nadie? ¿Quién alimenta mi existencia, que ni las aves del cielo posan sobre mis ramas? Siempre oculto entre los pliegues de mi capa ennegrecida por el paso de los latidos del tiempo. ¿Cuándo saldré a la luz? Quiero traspasar la barrera de lo oculto y ver que ese tenue rayo de luz se expande e ilumina un mundo donde la primavera es eterna; donde los ríos fluyen con sus aguas cristalinas dando vida a vegas y naranjales.


Quiero sentir los perfumes que emanan de campos floridos de azahar y albahaca. ¡OH! Mano que rige los destinos de planetas y galaxias, saca a la luz mi vida y dame un cuerpo vigoroso y una capa nueva para que pueda ver la luz del día.  


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