lunes, 5 de diciembre de 2016

HISTORIAS AL AZAR

El bueno de Demetrio era gran aficionado a la caza. Tenía su peña de amigos y solían pasar la noche de sábado y todo el día de domingo fuera de casa.
Hacían acampada en el monte; una noche le dijo su amigo Jero: -¿Por qué no vuelves esta noche a casa y das una sorpresa a tu mujer? Puede ser que ella también te sorprenda a ti.
Con sentimiento de culpa volvió Demetrio muy cabizbajo. Él tenía plena confianza en Leti, su mujer. Era ella muy devota. Su  tiempo de ocio discurría en la iglesia, el rezo del rosario y la misa diaria eran sus aficiones.

El pueblo dormía. Abrió la puerta de casa y entró con sigilo. Llegó hasta el corredor, y, allá al fondo, un resplandor se filtraba por debajo de la puerta del dormitorio. Llegó y la abrió con lentitud, sin ruido; atónito, volvió a cerrarla con el mismo cuidado. 
Los latidos de su corazón pretendían ahogarle. Suspiró profundamente y se sentó en el butacón que había al final del pasillo: -¡Dios mio, Dios mio! La imagen de Leti, yaciendo en su propia cama con alguien que él conocía, le sumía en un mundo de pesadilla. Con la mirada perdida, tenía el semblante desencajado y las manos temblorosas. 

Carraspeó y se tragó el esputo que amenazaba hacerle toser y delatarle. Esperó sentado en la oscuridad hasta que la puerta se abrió y apareció don Jenaro, impecable, con su sotana que le cubría hasta los pies, su misal entre las manos, y una expresión angelical, como quien ha visto el cielo...
Demetrio, se le acercó y, tomándolo por el cuello..., apretó y apretó... 
 Don Jenaro no articuló palabra, no pudo. La potente complexión de Demetrio y la ira que le dominaba lo habían dejado kao, igual que un león atrapa a su presa.
 Se desplomó. Quedó tendido en la oscuridad, silencioso.

Demetrio buscó la complicidad de su hermana Dolores. Ésta, era soltera, vivía con el matrimonio y tenía sus aposentos en la buhardilla de la casa.
Entre ambos pusieron a don Jenaro enrollado en la alfombra del comedor. Solapados en la oscuridad de la noche, llevaron al difunto hasta la iglesia. Le pusieron frente al altar mayor, de rodillas, en un reclinatorio, con su misal entre las manos.

Así le encontraron al día siguiente. 
-¡Es un bendito! -Decían los feligreses-. Ha muerto rezando, ¡cómo un santo! Tiene la expresión de haber visto el cielo. 

Demetrio volvió al campamento de caza. Supuso que Leti no se había percatado del percance al no aparecer. Todo sucedió rápido con una discreción pasmosa. Los amigos no sabían nada del porqué  de su ausencia. Pasaron su día en el monte como de costumbre. Demetrio había cazado un jabalí de descomunal tamaño.
  Cuando volvieron al pueblo era un revuelo de la muerte de don Jenaro. 
Demetrio encontró a Leti conmocionada. Él, la quería consolar de la mejor manera que podía, le enseñaba la caza y le decía: -Mira, mira, he sido yo, el que ha matado al cerdo.






6 comentarios:

  1. Je, je... Me ha encantado ese humor negro final de Demetrio. De una manera natural y directa consigues ambientar muy bien la historia. Los nombres, los diálogos... Un relato de un suceso rural delicioso. Me has llevado al pequeño pueblo de mis padres en Almería. Saludos!

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    1. Gracias David. Espero seguir haciendo relatos rurales pues es lo que me gusta y si Dios lo quiere así, escribiré ese libro al que aspira, según el dicho, todo español.

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  2. Muy buen sobre todo la vuelta que le dio al final . Un saludo

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  3. ¡Imaginación al poder!...Esto, Encarna, es una pequeña novela. La misma trama, el mismo desenlace, con una descripción de los personajes más completa y con una pormenorización de los hechos, da como resultado una buena novela.

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  4. Gracias, Jesús. Todo irá viniendo y siguiendo su curso si Dios lo quiere así. Un saludo afectuoso.

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