jueves, 24 de noviembre de 2016

LA ESCAPADA

Los largos y estrechos pasadizos se alumbraban con una difusa luz cenital. Las sombras que discurrían silenciosas, apenas cruzaban saludos casi ininteligibles entre sí. El sonido de sus pasos hacían eco que se expandía en la distancia y volvía a resonar una y otra vez. Todos se dirigían  a la sala de los alambiques.
Portaban sobre sus espaldas un haz de raíces sesgadas a  la profundidad de la tierra.

Era la sala un habitáculo excavado a gran profundidad, como toda la ciudad que habitaban los supervivientes de la guerra nuclear. Destilaban las raíces  y se alimentaban de lo que una vez fue sustento de una maravillosa flora terrestre.
El acopio proteico dependía de los seres invertebrados que a modo de granjas al igual que hacían en la superficie del planeta reproducían a gran escala.

El manto freático suministraba agua que por su aislamiento no había sido contaminada. Gozaban de buena salud de modo inexplicable, confirmando la teoría de la adaptación del ser humano a cualquier medio.
 Taciturnos y silenciosos, se regían por una democracia simulada. El que cogía el poder, se convertía en el más tirano de los dictadores.

Se les había prohibido reproducirse y gozar del sexo. Aquél que incumpliese las reglas, sería expulsado al exterior sin sus retoños. Aún así, había una escuela guardería de niños nacidos del incesto.
Se les educaba de manera que, no podían intimar unos con otros. Convivían por parejas sin coincidir nunca antes de los sesenta días.

Haro, adolescente insumiso, esperaba con impaciencia coincidir con Daía, chica de su misma edad. Cada sesenta días, disfrutaban de un día de convivencia. Cuando Haro miraba  los  ojos pardos de Daía, llenos de una belleza tal, que sólo un alma pura puede proyectar, sentía tal placer, que no deseaba otra cosa que estar siempre a su lado.
Hacían proyectos y buscaban el modo de escapar de aquel lugar siniestro.
Tenían intención de excavar un túnel que les llevase a ese lugar de luz y color que nunca habían visto, aunque les costase la vida.

Hicieron caso omiso a los instructores.  Buscaban la ocasión cuando todos dormían para reunirse y arañar la tierra, hasta que fueron descubiertos y expulsados al exterior.

Seguía la vida paulatina en la comunidad. Un día, en la sala de los alambiques, el alborozo atrajo la atención de todos.
Sin saber cómo, un extraño ser había irrumpido en el recinto:

 "Corrían los supervivientes tras una paloma que portaba en el pico una rama de olivo"




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