lunes, 12 de septiembre de 2016

LEYENDO AVENTURAS

Resultado de imagen de fotos de bosques nevadosVenía de vivir en clima templado. Nunca le había gustado el frío, ni las ventoleras; algo que ahora tenía a espuertas.

¡Ah, el amor! El amor puede ocasionar estragos en los años jóvenes: ¡un brillante porvenir tirado por la borda! 
Si aquella mañana no se hubiese tropezado con ella, él no se encontraría ahora en aquellos lugares inhóspitos y salvajes; alejados de todo mundo civilizado; pero, ¡ay! la vio, y le robó el corazón, la sensatez y la calma. De su punto de mira desapareció todo aquello que hasta entonces había sido importante: sus padres, sus hermanos, todos, hasta su perro, fiel compañero de correrías y confidencias;fiel guardián de sus más íntimos secretos; incapaz de contarlos a nadie.   Nunca pensara ni en sueños que aquello pudiese suceder.

Estaba aterido por el frío. El bosque dormía bajo un manto de nieve. Recordó que el esquimal remoto hacía su casa de hielo. Sacó fuerzas de flaqueza, cosa que le vino bien porque entró en calor arañando el duro suelo. No hizo un iglu de bloques de hielo porque hay que ser experto para poder hacerlo: signo de la inteligencia del ser humano que se ha manifestado en todos los tiempos.
Después de escavar una cueva algo profunda, una luz se hizo en su mente. ¡Nunca estamos solos, si estamos con nosotros mismos!

Era el único superviviente del avión que se había estrellado en su viaje hacía un lugar desconocido hasta entonces para él. El amor de su vida era descendiente de una etnia muy peculiar. Sus parientes vivían en plena zona austral. Era preciso hacer aquel duro viaje para conocerlos y allí encontrarse con ella.  Llevaba la mochila a cuestas, pero nada de víveres había dentro. No sabía cómo salir del atolladero. Por suerte llevaba algo de lo que nunca prescindía en sus salidas, un regalo que le hiciese su abuelo en su quince cumpleaños: un estuche de herramientas con entre otras cosas, una navaja de buen tamaño, unos anzuelos de pesca.

Su yo interior se puso en marcha para la supervivencia, tenía que intentar encontrar algún alimento. Por suerte, el bosque podía proporcionarle algún útil para componer una caña de pescar. Buscó ramas para impermeabilizar el fondo de su cueva e hizo una hoguera a la entrada de ella. Ni yesca ni nada parecido tenía para prender las llamas; pero recordaba los trucos que seguía el sabio que acompañaba al equipo del Capitán Hatteras, novela de Julio Verne que leyera en su adolescencia. Siguió al pie de la letra sus recuerdos y vio sorprendido cómo el fuego prendía en la leña. 
CONTINUARÁ


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