domingo, 4 de septiembre de 2016

LAS REFLEXIONES DE LAS VIDRIERAS

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La devoción de algunos causaba sarcásticas risitas disimuladas de otros. La comitiva de visitas programadas al santo lugar escuchaba al guía, parecía éste una enciclopedia andante. Con una perfecta pronunciación del castellano, era placer de algunos, ávidos de cultura. Otros en cambio, deseaban que aquello terminase. Venían de lejos. Kilómetros de distancia les separaba de sus hogares, de su vida cotidiana. La diversidad de caracteres entre ellos era bien evidente. Mientras unos viajaban por ver los monumentos y disfrutar del clima religioso que desprendían todos ellos, otros lo hacían por ingerir grandes cantidades de la rica gastronomía del lugar.

Se hizo de repente un silencio sepulcral. Desde el coro salieron voces varoniles, llenas de una fuerza inusitada. Cantos a coro llenaron los espacios. Subían por las altas columnas hasta los maravillosos cruceros del techo. Parecían traspasar los duros sillares y rebotar para entrar de lleno en los espíritus para elevarlos del suelo.

-¡Parece mentira! -Decían los escépticos-, que queden hombres de juventud plena que nieguen su condición humana renunciando a los placeres de la vida para dedicarse a estas cosas absurdas. ¡Qué cantos tan fastidiosos! ¡No sé cómo no mueren del aburrimiento!

Los creyentes quedaron todos sobrecogidos. Dieron gracias a Dios por los humanos que sacrifican sus vidas para dar testimonio vivo de que el hombre desde que existe necesita demostrar que Dios habita dentro de todos nosotros. Dentro de los escépticos también. A todos nos ha de hermanar el amor y la caridad. Hay escépticos fieles cumplidores de la misión para lo que han sido enviados. Ellos creerán en su momento porque no se han cerrado al amor y la bondad.   

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