miércoles, 3 de agosto de 2016

SAPITO NAQUITO

Naquito, el sapito verde, recordaba con nostalgia su última noche en la ciénaga. Estaba oculto en el cañaveral huyendo de unas voces que anunciaban presencia humana. Todavía sentía escalofríos al recordar la última vez que se halló ante un hombre barbudo y tripón   que le miraba con cara de asco.
¡Dios mio! ¡Qué grande era!

 Él, siempre había sentido curiosidad por saber cómo eran los humanos. En las largas épocas de letargo, su madre, para distraerlo, le contaba historias que le causaban terror:
Decía que los hombres, siempre estaban buscando a quién aniquilar, y que con los sapos, tenían mucha fijación. Cuando veían uno, no dejaban de golpearle hasta que le vieran muerto. Por esa razón, ellos siempre estaban ocultos y salían a la luz en contadas ocasiones.

En estas divagaciones estaba sapito Naquito, cuando sintió que una mano enorme se acercaba a él para sacarlo de su escondite. A punto estuvo de ahogarse con la fuerza de los latidos de su corazón. La enorme mano lo agarró. El vértigo le hizo cerrar los ojos y cuando los abrió, se encontraba a una altura descomunal del suelo. 

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Ya esperaba sentir los golpes que lo dejarían sin vida, cuando el hedor familiar de la ciénaga llenó de alegría su pobre corazón. Una voz dulce le decía: -"No temas sapito verde y tristón, queda en tu medio y reproduce tu especie que es lo que hacemos los que habitamos este planeta. Es trabajoso y duro, pero es misión que hay que cumplir. Vive en la ciénaga si es ahí donde te ha correspondido vivir. Si lo haces con amor, mejor para ti. 


La extrañeza de sapito Naquito no tenía límite. ¿Acaso su madre estaba equivocada? ¡Dónde estaban los hombres tan fieros que ella decía!


Pasados unos días, sintió sapito Naquito deseos de volver al cañaberal. Le había subyugado el sonido que producía el agua cristalina de la acequia y el verdor sublime de las hojas de las cañas que subían altas, hasta rozar el azul del cielo. Extasiado y enamorado de la libertad, de vivir sin temor, se recreaba en el ambiente cuando un griterío infernal y una lluvia de piedras vinieron a dar al traste con sus idílicos razonamientos. Corrió cuanto pudo. Saltó de una manera nunca vista. Llegó hasta la ciénaga exhausto.
¡Razón tenía mi madre! ¡Con estos humanos, nunca se puede bajar la guardia! 

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