miércoles, 20 de julio de 2016

LA SOMBRA

La sombra que parecía seguirla se diluía si paraba a mirar. Algo extraño lo envolvía todo en halo de misterio. Ana había quedado sola en el viejo caserón. Él, su amante, se había ido. Una llamada de teléfono le había obligado a ausentarse nada más llegar. Todo eran ruidos y sombras.  Tomó la decisión de quitarse los zapatos. El sonido de sus propios tacones la llenaban de espanto.
Sus pies descalzos se posaban peldaño a peldaño por la escalera que daba absceso al piso superior.
 Un fuerte olor a moho y polvo llenaron los detectores de su olfato; la repugnancia que sentía se confundía con el miedo de verse entre aquellas paredes deslucidas...Los viejos cortinajes, los muebles, todo parecía estar preparado para ser escenario de una película de terror. No comprendía por qué Andrés se había empeñado en llevarla allí.

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Todo empezó como una broma y las cosas se fueron complicando. Ana y Andrés trabajaban en la oficina de un importante constructor y se habían liado. Un día una broma, otro un chiste subido de tono, una comida de trabajo, hasta que una noche que estaban muy alegres después de una cena con muchas exquisiteces, se fueron juntos a la cama.
 Andrés era hombre casado. Tenía buena planta y buen sueldo. La alegría de vivir rezumaba por todos los poros de su piel. A sus treinta y cinco años  conservaba la frescura de la juventud y una gran belleza varonil.
Ana estaba en la exuberancia de sus veintidós años,  bella y elegante,  criada entre algodones y sin haber  carecido de nada, era dada a los caprichos sin ningún miramiento.

Ninguno de los dos había calculado las consecuencias que conlleva compartir intimidades tan profundas. Es algo que marca huellas y se corre el riesgo de no poder dar marcha atrás. Ellos se encontraban atrapados en una red que cada día les ataba más y más.  Esperaban con ansia el momento de encontrarse a solas y lo hacían cada vez con más frecuencia.

La mujer de Andrés, al parecer, ni sospechaba, pero en su cama cada vez eran más escasas las demostraciones de amor de su marido. Ella aducía el hecho  al exceso de trabajo... Siempre venía tarde y cansado: por las horas extraordinarias, según él. No habían tenido hijos, querían disfrutar unos años sin ataduras; circunstancia que Ana estaba por aprovechar. Si tenían un hijo Andrés sería solo suyo. -Pesaba ella. Y en ello estaba. Cuando él le propuso pasar unos días juntos en la casona que heredara de su madre en el campo no lo pensó dos veces. Apañaron la escapada y allí estaba, dispuesta a concebir un hijo de su amante. Lo que nunca pudo sospechar era el cariz que iban a tomar los acontecimientos. La misteriosa llamada había propiciado la embarazosa situación. No le creía capaz de dejarla sola pero lo hizo; le dijo que esperase que iba a volver pronto. Abrió el portalón de la casona y le aconsejó que entrase y se instalase por su cuenta.

Abrumada por lo insólito del momento, arrastraba con dificultad su equipaje escaleras arriba. Las opacas luces de los apliques que iluminaban la mohosa escalera hicieron varías intermitencias a causa de un relámpago seguido de un trueno estrepitoso. -¡Vaya, por si algo faltaba! -Pensó. Una tormenta se estaba acercando y unas gotas sonoras empezaron a golpear los cristales. Al llegar al rellano se encontró ante una misteriosa puerta cerrada, de gran altura, casi llegaba al techo. Al abrirla un grito de terror escapó de su garganta: casi se da de bruces contra un esqueleto humano que servía de lámpara de velador. Tenía encendidas la cavidades de los ojos y su perenne sonrisa lanzaba destellos verdes. Una sombra salio de detrás del un cortinaje y la empujó escaleras abajo. Cayó destrozada en el zaguán. Cuando Andrés regresó la encontró tendida en un charco de sangre. Nunca se supo qué fue lo que pasó. 

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