domingo, 24 de julio de 2016

LA ELEFANTA MARFILQUINA

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La elefanta Marfilquina, cansada de su nombre tan largo, dijo a todos los miembros de su manada:
-¡Estoy cansada de mi nombre, largo y aburrido. Es propenso a ejercer mayor atracción sobre los cazadores furtivos. Quiero que de ahora en adelante me llaméis... Y quedó pensativa. 
En el preámbulo, vinieron a su memoria nombres muy bonitos que ella había escuchado a algunos turistas de los que participaban en los safaris que a diario daban la nota discordante entre las acacias, baobabs y demás plantas de la Sabana. 
Como por arte de magia, un nombre que escuchó decir a un enamorado a su amada la animó a decidirse en su elección: ¡Alondra!... Se llamaría Alondra.

 Las risas disimuladas, por respeto a la "matriarca" se contagiaron en cadena. Todos se abanicaban con las orejas, porque hacia calor, y por que Marfilquina no notara que se estaban mofando en su propia trompa. 
Pesaban que ya chocheaba. Con más de setenta años, no era de extrañar. Además, hacia tiempo que andaba un poco distraída, ya no azuzaba a las hijas en correcciones ni aleccionamientos para que todo marchase al punto en la comunidad. Y..., lo de llamarse Alondra con su peso, venía a darles la razón y poner en tela de juicio el buen estado de su razonamiento.

Marfilquina, elefanta experimentada y bien cimentada en su cometido de guía del rebaño sabía lo que todos pensaban. Bajo su trompa prensil hacía muecas sarcásticas y reía a hurtadillas:
-¡Estos incautos piensan que me van a trajinar! Yo he cumplido los setenta. Se acabó correr detrás de nadie, ahora, ellos han de correr tras de mí. Me llamaré Alondra si me apetece aunque pese seis mil kilos.

   

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