sábado, 23 de julio de 2016

ESTEFANIA DELIRA

La lechuza Estefania, a pesar de haber nacido y criado en el ventanal de un convento, había perdido la fe. Andaba por la vida con suspicacias sin fin. Al no tener el consuelo que reporta la inspiración Divina, su ancianidad era un infierno. Y mira que había bebido aceite en los candeleros de la capilla.
Pero ella...,¡jerre que te jerre! -que si después de la muerte no hay nada..., que aquí está el cielo y el infierno, y todos sus males anímicos los solucionaba bebiendo vino del que tenían preparado para el ceremonial de la misa.

Una mañana que estaba mareada por que abusó de sus degluciones, hubo de esconderse detrás de un macetero. Le cogieron de lleno los cantos del coro. Madrugaban las novicias para hacer sus ensayos matutinos. Quedó extasiada al escuchar aquellas voces angelicales que parecían venir del más allá.
Y empezó a dudar. Si eran capaces de hacer esas maravillas para ofrecer sus plegarias al Altísimo,
seguro que el Altísimo era el único capaz de inspirarlas.

Se retiró a su escondite y se puso a meditar. Las ancianas del convento, con sonrisa angelical, padecían con paciencia los dolores de su artrosis. Se refugiaban en sus rezos y no tocaban el vino.
Y mira que lo tenían fácil. Que un devoto agricultor lo regalaba a garrafas.
Después de mucho pensar, como ella era lista, sacó sus conclusiones:
Si ahora estoy en el más acá, y me puedo beneficiar del más allá, que importa lo que hay más allá, si ya lo tengo más acá.
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