jueves, 7 de julio de 2016

ANÍS EN EL CAFÉ

Vicenta absorbía con deleite su tacita de café y sonreía. Le resultaba sumamente agradable añadir unas gotitas de anís y saborearlo sentada en la plaza de la catedral tomando apuntes en su tablet. Los transeúntes masculinos no pasaban sin mirar sus largas piernas cruzadas con un sexy natural que cautivaba. Ella parecía no enterarse y admiraba con ojos soñadores los cambios de diseño de los chorros de la fuente central. La primavera se había fusionado con los murmullos del agua y la exuberancia de las petunias y laureles que de manera profusa rodeaban la fuente. La plaza jalonada de naranjos era el marco ideal para el idilio de los cientos de pajarillos que trinaban sin cesar al son del agua. Y para poner la guinda al pastel, ¡allí estaba! la catedral imperturbable, firme, viendo pasar los siglos sin que su fisonomía cambie. Dando testimonio de las maravillas que son capaces de hacer los hombres... ¡Cuando un gran ideal les anima!
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