sábado, 17 de octubre de 2015

SOPLABA EL VIENTO

Caminaban monte arriba con el viento soplando fuerte. Las mochilas a la espalda, el bastón de apoyo incrustándose en los riscos.
 --¡Ja, ja, ja,...No hay viento ni marea que nos detenga! --Reía de buena gana Marcela que caminaba detrás de Juanon, su marido; salían a diario al monte. Llenaban las mochilas con golosinas, agua y una botellita con licor de anís.
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 A veces, cuando llovía, salían con chubasquero y paraguas, hacían un alto en una pequeña cueva. Tomaban galletas y el licor de anís viendo caer la lluvia sobre la pinada. Los aromas del monte les embriagaban los sentidos, se ponían románticos como dos jovenzuelos; se besaban, conteniendo los impulsos de llegar más lejos, por aquello de guardar la compostura en todo lugar y en todo momento. --Los esposos no necesitan desparramar los sentimientos fuera del hogar. Todo tiene su lugar y su momento. --Decía Juanón, hombre educado en la sobriedad y el comedimiento; pero Marcela, volvía loco a Juanón y le sacaba de sus casillas cuando se lo proponía.
    Aquella tarde, las intenciones de Marcela tenían premeditación y alevosía. Llevaba toda la mañana maquinando un plan para seducir a Juanón en pleno monte.
  A Juanón, no le había pasado inadvertido lo verdaderamente preciosa que se había puesto esa tarde.    Se dio la vuelta en redondo para mirarla y darle un beso, cosa habitual en él, pero a Marcela la cogió de improviso, perdió el equilibrio y cayó rodando ladera abajo dando gritos de terror. Juanón a su vez, quiso sujetarla para que no cayese y también cayó rodando tras ella. Iban quebrantando arbustos y soltando piedras a su paso que caían en cascada imparable barranco abajo.
Resultado de imagen de fotos de simas Habían pasado por aquél lugar cientos de veces. Jamás llegaron a sospechar el secreto que allí se guardaba debajo del gran arbusto que frenó su caída. Era un lentisco muy desarrollado de espléndido ramaje. Se deslizaron  por debajo de sus ramas y vieron con terror la sima oculta y  tenebrosa que se habría ante ellos. Por suerte, algunas raíces de los pinos circundantes habían tejido un fuerte entramado que frenó la caída de ambos. Quedaron anonadados mirando hacia abajo donde al parecer, el agua hacía brillar luces centelleantes.

 Se abrazaron sin decir palabra. De pronto, Juanon recordó la película que había visto días atrás. Por esas coincidencias que a veces hay en la vida, en el tema de la película a una pareja de enamorados les había pasado exactamente igual que a ellos. El protagonista había bajado hasta el fondo, y halló un tesoro que los había hecho ricos, inmensamente ricos. Miró con atención los destellos del fondo y dijo a Marcela:
 --¡Tengo que bajar! ¡Algo me dice, que tengo que bajar!
--¡No, por favor, no bajes! ¡Puede ser peligroso! --Decía Marcela asustada y temerosa.
--Me sujetaré a esa raíz que baja hacia el fondo. Tengo que saber qué es, eso que brilla.

Así lo hizo. Según iba bajando, no podía dar crédito a lo que estaba viendo. Cuánto más bajaba, una veta de dorado metal se iba ensanchando hasta llegar a ser en el fondo, un total filón de puro oro. 

  A Juanón se le escapó un grito de alegría y de asombro por el hallazgo, pero Marcela no pudo oírlo, había sufrido un desvanecimiento y estaba inconsciente. 
La consternación de Juanón era evidente y justificada. Al volver junto a Marcela y ver el estado en que se encontraba quedó preso de pánico. ¡Había cambiado de fisonomía! Tenía el cabello revuelto en ciento de rizos incontrolados. Sus ojos, dos llamas incandescentes. Su piel, casi transparente, y sus dentadura... ¡de oro, y sus uñas, y sus pestañas! 
--¡Oh! ¡Dios! Se decía, qué ha pasado aquí... ¿Estaremos malditos, cómo el Rey Midas? ¿Se convertirá en oro todo cuanto toquemos?
 Marcela balbuceaba palabras de modo extraño, casi ininteligibles:  ¡Hazme el amor Juanón! --decía mientras se desnudaba como una posesa. 
Juanón lloraba desconsolado. Había encontrado una fortuna, pero había perdido a su mujer. 
Imagen relacionada  ¡No me llores Juanón mío, y hazme el amor! --Gritaba.
--¿Pero tú estás loca? ¡Mírate! ¡Si ya no te conozco! ¿Aquí, y en esta situación? ¡Qué disparate! ¿Has perdido el juicio!
--¡No Juanón, yo siempre he sido así, pero tú, nunca te diste cuenta!
  


3 comentarios:

  1. BELLO CUENTO DE FINAL INESPERADO.ME CAUTIVO.saludos.

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  2. BELLO CUENTO DE FINAL INESPERADO.ME CAUTIVO.saludos.

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  3. Saludos, Elvira. Es bonito agradar con algo que escribiéndolo yo también lo pasé bien. Gracias.

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