martes, 10 de febrero de 2015

AVENTURA EN EL CAMPO

EL
DESPERTAR
DE LA
SEÑORA VIVIANA

La señora Viviana, a pesar de sus años, era fuerte y robusta; había enviudado no hacía mucho; estaba pasando una crisis emocional y su sentido común le decía que no podía seguir en esa situación sin hacer nada al respecto.

 Un buen día tomó una decisión que a todos dejó perplejos: Se marchaba a vivir al campo, sola, y no quería ver a nadie tras ella. Tenía una pequeña finquita en una barriada de casas diseminadas en el campo con una casita para los aperos del trabajo agrícola, donde su marido y ella habían pasado una etapa feliz de sus vidas. Les dijo a sus hijos que se marchaba al campo una temporada para hacer terapia de recuperación. Se inquietaron y aconsejaron para que desistiese del proyecto.
De una cosa anduvo siempre sobrada Viviana: de carácter. No hubo jamás nadie que la hiciese retroceder en sus decisiones.

 Preparó sus pertrechos y su avituallamiento.  Marchó una mañana de primavera.  El autobús la dejó justo enfrente de su cuartucho, se quedó con sus bultos y su equipaje. Cuando abrió la puerta, aquello era un berenjenal de trastos y de polvo. Su vecina Amparo que la vio llegar, se presentó para saludarla. Le ayudó a meter sus cosas y se quedó haciendo cruces:
--¿Qué te ha pasado Viviana, por qué  vienes sola? --Le preguntó.
--No me preguntes. Ayúdame a arreglar todo esto, porque yo me quedo aquí.
--¡Pero mujer, si tienes aquí enredos del año que pidas!
El huerto en abandono era un matorral de malas hierbas. El corral estaba lleno de “Gandules”, unos arbustos que siempre salen en las casas deshabitadas.

Viviana siempre fue una mujer de pueblo, limpia y ordenada. De buena genética. A sus setenta años tenía la energía de una mujer de cuarenta. Lo único que le tenía la vida amargada, ¿saben qué era?, sus arrugas. Se había jurado a sí misma no mirarse jamás a un espejo. 
--Pero… Viviana, aquí no tienes televisión. –Le decía Amparo.
--¡Ni falta que me hace!—decía— Cuando quiera ver la televisión me voy a tu casa.  Miraba de reojo a su vecina y reía al ver el gesto de ésta que no salía de su asombro.

En menos que canta un gallo todo estaba en orden y bien dispuesto. Un camastro que Rosendo, el marido de Viviana, utilizaba para echar la siesta, estaba limpio y preparado para descansar de momento. También había un armario donde encontró Viviana algo que le hizo llorar, dormida en el silencio, estaba la guitarra de Rosendo. Dentro de su funda, guardaba en su diapasón las huellas de sus dedos. También estaban las partituras de sus canciones preferidas: rancheras, boleros, habaneras, pasodobles,  el método para aprender a tocarla y… ¡Sorpresa!- Una carta. Sí, una carta de amor. Rosendo era un romántico empedernido; lo había ocultado con celo; después de muerto, su mujer estaba conociendo su verdadera personalidad. No era la primera carta que  encontraba. Un día, limpiando en la chimenea del salón, en un resquicio del interior, todo lleno de hollín, encontró un envoltorio que contenía unos escritos en verso que hacían alusión al día que se conocieron.
Desdobló Viviana el papel y, con los ojos nublados por el llanto, comenzó la lectura de aquella carta que llegaba a sus manos con veinte años de retraso:

¡Oh! Viviana, que guapa estás por la mañana.
¡Si abro un ojo, qué bien te veo mi amor!
Y si abro los dos, te veo mucho mejor.




No pudo seguir leyendo. Las lágrimas estaban estropeando el escrito. Guardó la carta.  En ese momento, prometió a  su marido que iba a pasar lo que le quedaba de  vida  aprendiendo a tocar la guitarra. El día de su aniversario de bodas tenía que saber interpretar "LA PALOMA" la canción favorita de Rosendo; entonces terminaría de leer la carta.  Tenía que demostrarle que si él había sido romántico, ella lo era más.                                                                                                                                                                                                                                     
La vecina  Amparo le invitó a comer en su casa. Viviana, educada, comió todo lo del plato; pero no vomitó de milagro. Se sacó de la boca con disimulo un pelo que se le enredó entre los dientes, y se juró a sí misma no aceptar más las invitaciones de Amparo.
Después, cuando estuvo recogido todo, marcharon a comunicarles a todas las vecinas de los alrededores que Viviana había venido a vivir al barrio. Todas se volcaron en atenciones. Le regalaron huevos y frutos. También unas gallinas y conejos macho y hembra, para su auto abastecimiento de carne y huevos.

Se brindaron para acondicionar su residencia. Le encalaron la casa. La  dejaron blanca como una  paloma.
--No preocuparos por mí.  -Les decía-  Yo con unas lentejitas soy la más feliz del mundo… y como todas tenéis higueras… seguro que los postres no me faltarán.
Esa primera noche las vecinas no querían dejarla dormir sola. Cuchicheaban criticando a los hijos por no estar pendientes de las necesidades de su madre. Ella dijo que se había ido allí porque quería estar sola. Ya lo estaba en el pueblo; pero quería estarlo más. Encendió su transistor a pilas, sacó su labor de ganchillo y, allá que eran las dos de la madrugada, como no tenía sueño, se puso a repasar el método para aprender a tocar la guitarra. 

Amparo, al ser la vecina más cercana, se sentía obligada. ¡Una anciana viviendo sola! –En aquella vivienda mal acondicionada.
 Viviana recibía con gusto a su vecina. Ésta, la visitaba y le hacía saber  lo que comentaban los vecinos con respecto a su situación allí:
--Dice Cordelia que alguna noche vendrán y te violarán. No respetan ni a las ancianas hoy en día.

--¡Madre del  amor hermoso! –Decía Viviana--¡No creas que voy a llorar! Desde que murió mi Rosendo no ha recibido este cuerpo la bendición divina! –Di  a Cordelia que duerma tranquila, creo que sabré arreglármelas.

El panadero dejaba todos los días el pan en una bolsa colgando del picaporte de su puerta.  Ella, con pintura,  había  hecho un rótulo en la fachada de su casa que decía: “LA PALOMA” en honor a su  Rosendo que siempre cantaba esta canción,  y  al blanco que lucía ésta, gracias a la ayuda de sus vecinas. Cordelia, le había regalado dos macetones.  Los había colocado a ambos lados de la puerta que ella había pintado a tres franjas: roja, amarilla y verde. Esta combinación de colores le gustaba. La llevaba una toalla de baño que le regalara su nuera Angustias.   Decía ésta, que, era diseñada por “ "Alpargata Esprin de la Braga”; pero,  como Viviana andaba un poco mal del oído, ella…  (Mutis)  mejor no hacer comentarios.

Una mañana lluviosa, su vecina Dolores se presentó en casa de Viviana para invitarla a ir a coger serranas al monte cercano.
--¡Madre del amor hermoso! -¡Qué alegría me das! – Me gusta más buscarlas que comerlas. – dijo Viviana  a su vecina.  ¿Y, quién  más viene?
--Nadie. Vamos tú y yo solas.
--Mira Dolores que si nos caemos o nos pasa algo…
--¡Pero bueno! -¿Ahora me sales con éstas?- Una mujer que no tiene miedo de nada… ¿Tienes miedo  salir sola con Dolores? -¡Venga, venga, vayámonos. -¡Que, las serranas nos esperan...!
Estar en el monte era un placer. Todo fresquito y lavado por la lluvia. ¡Qué bien lo pasaba Viviana cuando levantaba un pedrusco y encontraba un nido de serranas debajo! Daba un grito de euforia.
--¿Te pasa algo?-Le gritaba Dolores desde donde se encontraba.
--¡Nada, nada, que voy llenando la bolsa!-¡Llevo más de treinta docenas cogidas!-¡Voy a tener serranas para hacerme arroz con conejo y serranas todo el año!

Volvieron con gran acopio de ellas. Las puso en un saquito de malla para que respirasen con ramitas de tomillo para que se fuesen alimentando hasta  el día de su partida de este mundo hacia otro mundo peor.
Acto seguido, fue a recoger los huevos al nido. Encontró las cáscaras vacías. Las gallinas se los habían comido. Se puso furiosa: -¡Ingratas!- ¿Acaso creéis que os voy a alimentar gratis?-
 Fue de inmediato a casa de su vecina Remedios. Ésta le dijo:
--Si se han comido los huevos, córtales medio pico. Verás que no se los volverán a comer. Le regaló dos para que se hiciese una tortilla para cenar.  Ella le había traído unas docenas de serranas para que se hiciese un arroz. Se quedó con ella para charlar un rato.


Entre otras cosas, le contó Remedios su aventura del primer día que fue a la playa. Era ya mozuela. Le daba tanto apuro quedar en bañador, que se bañó vestida con una camisa de su madre. Viviana también contó su primera vez… “en la playa” –Había quedado con su prima Josina.  Se fueron las dos con sus novios… en la moto.  ¡El padre de Viviana se fue con ellos!  …Ja, ja, ja…
Les llevó a comer mújol  de la encañizada a la sal. No se separó ni un momento del lado de ellos. No quedó muy contento con el novio de la prima… ¡Estuvo a punto de propasarse!... Ja, ja, ja…
De pronto cesó la risa: ¡Dios mío!- Dijo Viviana--¡Mis arrugas! –Con tanto reír, seguro que mañana pasearé por el rostro unas cuantas más; por cierto, tú no tienes ninguna. --¿Qué haces, Remedios, para conservarte así?
--Simplemente… me cuido.
--Sí, de acuerdo, te cuidas;  pero  ¿Cómo?...,
--Te lo voy a decir; pero no creas que esto, se lo cuento yo a cualquiera. 
Tú, cueces dos manzanas con piel. Lo de dentro te lo comes. La piel la pones sobre tu cara con un poco de aceite de oliva. Notarás que tu piel se nutre y se refresca. Es un remedio casero que es barato y que va bien. También has de cuidarte del sol directo en tu  cara.
--¡Si ya no tengo remedio! - ¡Si estoy como una pasa!--decía Viviana compungida.
--Por lo menos  evitarás ponerte peor.

--Gracias Remedios. Me voy que ahora mismo empiezo a poner en marcha la receta.
¡Quién sabe!- A lo mejor se me quitan las arrugas, y con lo bien que se me da la guitarra, todavía me hago yo famosa…y recorro el mundo en la cima la gloria...
Se marchó. Por el camino se encontró con Cordelia. –“Parece que me sigue los pasos” --Pensó.
--¡Hola, Cordelia! - ¿Dónde vas? – La saludó.
--Pues, mira, a casa de Remedios. ¿Y esos huevos? - ¿No ponen tus gallinas?--Le dijo Cordelia que no se le escapaba una.
--Sí, pero hoy, he ido a recogerlos y las gallinas se los habían comido.
--¿Y te vas a comer los huevos de las gallinas de Remedios?
--Sí,  ¿Por qué?
--¡Madre mía! - ¡Si supieras lo que comen!
--¡Mujer! - ¡Comerán como todas las gallinas!
--Pues no. Como todas las gallinas no. Las mías comen arroz con trigo candeal amasado con aceite de oliva virgen. Por eso ponen los mejores huevos de estos contornos.  ¡No como las de otrasss…Que sólo comen desperdicios.
--Bueno, Cordelia, me voy que llevo prisa.
Cuando llegó a casa, supo de inmediato que alguien la había visitado cuando ella estaba fuera. Había un paquete en el portal. Tenía algo escrito:
(LEOCADIA Y ROSENDÍN)  Eran su hijo y su nuera. Seguro que ésta, había dejado el paquete en la puerta y se había ido sin llamar.
¡Bueno, qué se le va a hacer!  -Entró el paquete, y cuál sería su sorpresa, que  de  la impresión se le escapó de las manos y se rompió. Era un jarro de cristal lleno de caramelos. Sobraron de la procesión de los nazarenos de Semana Santa. Por lo visto se estaban deshaciendo de ellos.  ¡En fin! Lo agradeció como si hubiesen sido comprados para ella. Su Rosendin  siempre había sido su ojito derecho.  Ahora él, sólo tenía ojos para su Leocadia. Ella comprendía… ¡Es la vida!

Aquel día fue de sorpresas para Viviana. Su hija Vela que vivía en Estados Unidos le había mandado un mensaje: le pagaba un viaje para que fuera a visitarla ya que ella no podía venir. Esta hija suya estaba en la cima. Tenía un talento fuera de lo común; era astronauta. No tenía tiempo para nada: ni para casarse, ni tener hijos, ni visitar a su madre… lo que se dice para nada.
Anduvo pensativa toda la mañana. ¡Marcharse y abandonar a los animales!
La llamó por teléfono y le dijo que ya le avisaría ella cuando   estuviese lista para ir.
De buena mañana, se levantó Viviana muy molesta. Tenía los ojos secos, le dolían cantidad. Marchó sendero adelante a buscar a su vecina Remedios…
--¡Me parece que el campo no me sienta bien!- Pensaba. Por poco no se dio de bruces en el suelo de un traspié. –Me parece, me parece…Que tendré que ir a vivir otra vez al pueblo. Remedios le abrió la puerta de su casa con una amplia sonrisa y le invitó a pasar.
--¡Venga, no te apures mujer! –Le dijo tranquilizándola. Verás que pronto te alivias. Tengo yo manzanilla de la que cultiva mi Anselmo. Voy a cocer una poca. Te  pondré unas compresitas en los ojos y seguro que se te pasa. Mira: Hoy es mi santo.  Quédate a pasar el día que vamos a hacer buñuelos. Llamaremos a las vecinas  esta tarde, y los tomaremos con chocolate.
Viviana se vio en un apuro. Estuvo a punto de soltar una lagrimita. Desde que le faltaba su Rosendo, nadie la había tratado con tanto cariño. Pensó que su vecina se merecía un regalo sorpresa en el día de su santo.

Aceptó la invitación. Prepararon entre las dos la comida. Encendieron el horno. Remedios tenía preparada la masa y cocieron el pan. Llamaron a la puerta y salió Viviana  a abrir:
--¡Hola, Viviana!-¿Qué haces, cómo es que estás aquí? –Era Cordelia, que llegaban hasta su casa los olores de lo que estaban cocinando y se había propuesto averiguar qué estaban haciendo.
--¡Pasa, pasa! Salió Remedios al oírla. Mira, estamos haciendo buñuelos. Esta tarde los tomaremos con chocolate. Tenemos que celebrar que es mi santo.
--Bueno, bueno. ¿Necesitáis ayuda?
--No, pero puedes quedarte si quieres.

Cordelia no se quedó. Cuando fueron a avisar a las vecinas para el convite, todas estaban enteradas de lo que había. Modesta, la vecina más alejada, no había sido puesta al corriente por Cordelia. Se llevó la sorpresa y se puso muy contenta. Le llevó un regalo  que a Remedios le gustó mucho: unas habas secas para que se hiciese unos michirones. Todas acudieron con sus  regalos, pero el que fue una verdadera sorpresa fue el de Viviana. Con todo disimulo, se acercó a su casa y se trajo la guitarra. Demostró que, durante toda su vida, había tenido una habilidad oculta: De modo magistral, fue desgranando una a una, todas las partituras que había guardado Rosendo junto con la guitarra dentro de su funda. También les hizo una confidencia: Le había puesto música a la letra de la poesía que encontró dentro de  la funda de la guitarra. El día de su  aniversario de bodas, haría una fiesta y la interpretaría para todas ellas.

Aquel fue el primer paso que dio Vivi, (que así la llamaban sus vecinas) hacia la fama. La llamaban en todos los eventos y celebraciones que se hacían en la barriada. Le llovían los regalos y los halagos. No era extraño levantarse por la mañana y encontrar en el portal paquetes con higos secos y almendras.
Llegó el día del aniversario de bodas. Compuso Vivi el patio de su casa con papelillos y banderitas.   Todas las vecinas trajeron buñuelos, paparajotes, pan de higo y obleas. Se sorprendieron, porque, cuando ellas estaban en pleno banquete, acudieron Angustias y Leocadia sus nueras. Entonces, Vivi, sacó su guitarra y les cantó “LA PALOMA” ¡ Si a tu ventana llega una paloma, trátala con cariño que es mi persona!

Sus dotes artísticas se hicieron eco. La llamaron para que hiciera una actuación en televisión.  Una casa discográfica se ofreció para grabar un disco. Le llovían los contratos para actuar.
Ella estaba radiante. Con las recetas de su vecina Remedios, y los éxitos con la guitarra de Rosendo, ni se acordaba de sus arrugas. Su hija Vela, que había visto en televisión  a su madre tocando la guitarra, vino a verla y se la quería llevar a Estados Unidos.
--¡No, hija no! Yo me quedo aquí! 
--¡Qué barbaridad!- Decía su vecina  Cordelía-, tener una hija, y no querer ir a vivir con ella. Modesta, que nunca abría la boca para decir, “ésta boca es mía” hizo un comentario sensato que todos aplaudieron: "No envejezcas Viviana, sé siempre tú misma

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