lunes, 30 de junio de 2014

LA ARAÑA TIESA


La araña Tiesa era mala, de sentimientos reprobables. Ya no se contentaba con absorber la sangre a sus víctimas. Ahora, también quería robarles sus conocimientos intelectuales. Sin haber dado jamás un golpe, pretendía saber tanto como aquellos que pasaron su vida almacenando conocimientos a costa de esfuerzo y sacrificio. ¡Qué mala era! 


 Dejaba a sus víctimas colgando de los hilos de su tela, hasta extraerles el último de sus datos. 
Estaba fastidiada de tanto escuchar al búho Caroncio:
 --¡Estoy explorando el pozo del saber!  
¡Qué fatuo! Ella tenía que sacarle ventaja. 

Tampoco comprendía que el sentimiento no caduca con los años.
Nace y muere con nosotros. Por eso no soportaba que el ficus centenario estuviese enamorado. Es el acicate que el Sumo Hacedor nos ha puesto para que siempre nuestra vida tenga aliciente. 

El búho Caroncio, lleno de sabiduría y buenas intenciones, aconsejaba a su vecina la oruga Potula:
 --¡No desperdicies tu vida, Potula, ama siempre, verás que la vida, amando, es un jardín de tiernas y jugosas hojas con gotas de rocío y álamos con sinfonías.
--¡Sí, Caroncio, --decía Potula-- de hecho yo amo. Te amo a ti Caroncio, y me regocijo en este amor, aunque, como ves, la vida está llena de amores imposibles. 

sábado, 28 de junio de 2014

MI TIERRA

 
El color de tu piel me subyuga.
El perfume que de ti emana, 
Me enardece.
Ardo en deseos de probar en mi boca,
Tu sabor, tu esencia que provoca.
¿Quién eres? ¿De dónde tu figura redondita?



Soy del lugar donde el sol tiene su hogar,
Invadimos el mundo para llenarlo de vida.
¡Quien no conoce Murcia,
No conoce la tierra prometida!
Su vigor se manifiesta,
En ricas frutas cómo ésta.









miércoles, 25 de junio de 2014

LAZO AZUL


Ven, abre la ventana,

Verás las montañas en la lejanía.

El paisaje lo hizo el Sumo Hacedor,

Para que en este momento lo admires tú.

Peinaré tu pelo.

Lo recogeré con lazo de seda azul.

Porque la niña más linda,

Luce brillante el amor de su madre.

Seré tu ejemplo y tu protectora.

Donde estemos las dos juntas,

Estaremos bien,

Espérame.

Que tengo que peinar tu pelo,

Y cogerlo con lazo azul.

martes, 24 de junio de 2014

ÉSTO SÍ ES AMOR









Le amaba tanto,tanto, que no podía conciliar el sueño.

Se le acercaba cuando dormía y susurraba en su oído palabras de dulce amor con la intención de grabarlas en su subconsciente,

para que nunca las olvidara. 

Oía su respiración. 
Esperaba a que despertara para regalarle la más luminosa de sus sonrisas. 
Ella le correspondía llenando las auras de flores, de mariposas, de ilusiones, de promesas de una larga vida en común. 

Amándose mutuamente con la más fiel de las entregas. 

¡Todo lo mío es tuyo! Te daré lo que tengo y lo que soy. ¡Mi yo ha desaparecido cuando has aparecido tú! ¡No existo! 

¡Sólo existes tú! 

Y... la sacó de la cuna, y la meció en sus brazos.

lunes, 23 de junio de 2014

EL BRAZO DE HIERRO

 Marchaba sediento campo a través. Fluían los recuerdos en su mente, sin orden. La perspectiva era aciaga  con los rayos de sol de frente, abrasadores. Una voz imperiosa en su interior le ordenaba: -- "sigue, sigue, eres el superviviente..., el brazo de hierro"
  Con el fusil al hombro y la mirada en la distancia, no era momento, ni para llantos, ni para mirar atrás: ¡Sólo para sobrevivir! Con el alma rota por el espanto de haber visto la muerte de cara, tragando su aliento, sintiendo su hedor. Al sentirse vivo, fluían en su mente perdida los recuerdos de la batalla: ¡Sangre! ¡Lamentos!

 Los campos yermos, secos de lluvias, se regaban con la sangre de sus compañeros muertos. El silencio y la soledad, el hambre, la sed, eran ahora los  que seguían sus pasos, inexorables, si no lo habían hecho los tiros..., ¡éstos acabarían con él! 


No se rinde fácilmente el guerrero que a los siete años, ya se ganaba el pan. En su pueblo, agrícola, emplazado al borde de la vega del río, todos los vecinos tenían su parcela donde cultivar lo necesario para vivir. 

Las mulas y los carros paseaban por las calles a diario. No era necesario contratar empresas para la limpieza de los excrementos que éstos iban dejando, los niños del pueblo los recogían muy de mañana para abonar las tierras de cultivo. Siete años tenía él cuando había de recoger siete capazos de estiércol antes de desayunar.

No le afectó el trabajo desde su infancia, ni en el desarrollo físico ni en el carácter: ¡Era fuerte y alegre!

 A los dieciséis años dirigía su grupo de trabajo de maestro albañil...  Ahora, en una guerra cruel entre hermanos,trabajaba matando en las trincheras. No lo hacia por voluntad propia. Le obligaban a hacerlo; esta batalla había sido sangrienta: ¡Todos habían caído! ¡Manos, piernas, cuerpos destrozados por doquier!  ¡A todo el batallón había visto caer!  Todos... menos él. La sangre de sus compañeros salpicaba sus ropas y su alma.  Ahora le tocaba batallar solo, perdido en la lejanía, en los campos yermos...
 Lejos de la civilización, se abría ante él la incógnita: ¿Sería ésta también su última batalla? ¿Sobreviviría al hambre, al desafío de la soledad y el miedo?

Cuando el límite de su resistencia física era casi inminente, una palmera en la lejanía abrió una brecha a la esperanza. Pronto se vislumbraba una casa solariega.

 Estaba desierta. En muchos kilómetros a la redonda  todas lo estaban, debido a la proximidad de los campos de batalla. Inspeccionó los alrededores. 
El hambre mordía sus entrañas.  La necesidad aviva el ingenio.  Hay variedad de plantas silvestres que son 
comestibles y son una verdura apreciada y agradable al paladar.  En aquella inmediaciones había variedad de ellas.

Él las conocía.  Encontró una olla abandonada, casi oculta, junto un horno y aljibe lleno de agua a rebosar, de los que se hacen en el exterior de las casas de campo, y las puso a cocer .   Su destino estaba jugando la partida, no era su momento de partir de este mundo: abandonado en un rincón,  encontró un saco que contenía varios kilos de trigo, dorado..., limpio, pero difícil de consumir en su estado natural... 
Encendió el horno con unos leños y algunos matojos y lo puso a tostar.
Una vez tostado, ya lo podría comer, más fácil de ingerir y de digerir. Comió de las verduras silvestres y del trigo tostado y descansó. Ya recuperado,  puso el trigo tostado en el saco donde lo encontró, lo ató a su cintura, llenó su cantimplora con agua del aljibe, y se dispuso para la partida.

 Con fuerzas recuperadas y provisiones, siguió su camino hasta encontrar los puestos de mando de su tropa. No tenía sólo el brazo de hierro, el corazón y todo él, era fuerte cómo el metal.   

domingo, 22 de junio de 2014

LA ORUGA POTULA




A la oruga Potula le encantaba bañarse en las gotas de rocío que la brisa marina depositaba en el haz de las hojas del ficus centenario. En el envés, las gotas caían cuando el ficus lloraba. A pesar de sus años, estaba enamorado de un imposible. Sus raíces le tenían atrapado sin posibilidad de acercarse a la fecunda de sus sueños.

Las noches de luna, Potula gustaba disfrutar del baño al son de la sinfonía de los álamos, de sus hojas mecidas a impulsos del viento.

El búho Caroncio, que también salía de noche, la observaba con preocupación. Quiso advertirle del peligro que suponía andar
 sola a deshoras de la noche. También de los estragos que sufriría su intachable reputación: 



--No salgas sola, Potula, --le decía-- hay algunos que comen insectos. Tienen su mirada puesta en ti. Además, bañarte sola y desnuda, no me parece adecuado.

--No perdería un baño de rocío a la luz de la luna, con notas musicales, aunque me costase la vida y la reputación, --decía. ¿Y tú? ¿Porqué sales de noche, solapado, cuando todos duermen? ¿Acaso tú no corres peligro alguno?

--Tú sabes,--decía el búho-- que yo por el día estoy explorando el pozo del saber.
--¡Bueno, pues ya me avisarás cuando llegues al fondo!

Esta conversación estaba perturbando el descanso de la araña Tiesa. Ésta dormía poco. Por los hilos de su tela se deslizaban las gotas de rocío cuando el ficus lloraba los sinsabores de su amor imposible. Todo eran goteras. ¿Porqué no se secará ya este viejo verde? --Decía, --¡solo me faltaba que estos dos no tengan el más mínimo sentido de la discreción!

viernes, 20 de junio de 2014

VILLA ADRIANA

  En "Villa Adriana" el verano tocaba a su fin. Los álamos hacían tintinear sus hojas mostrando el haz y el envés sin cesar, a impulsos del viento. La finca era un oasis en el desierto. Oculta tras una cerca de mampostería, que más bien parecía una muralla, pocos conocían el lugar de su emplazamiento.  Se abastecía de las aguas del arroyo que emanaba de los montes cercanos. El entorno, en muchos kilómetros a la redonda, eran campos de secano. Villa Adriana era un vergel, donde parecían tener su morada las ninfas y todos los dioses del Olimpo.       

 El doctor Amador, desde su más tierna infancia, pasaba allí los veranos con su familia. Esta heredad, había pasado de padres a hijos primogénitos desde tiempos inmemoriales. Estaban los herederos sujetos y obligados a conservar y proteger el patrimonio recibido y guardar el secreto de su existencia.  Amador amaba el lugar. Era una auténtica villa romana. El esplendor de sus mosaicos, sus murales, las columnas de mármol, todo de un valor arqueológico incalculable, estaba preservado, cerrado a los ojos del mundo.

 Algo aciago se presagiaba. Manuela, la única hija del doctor Amador, hacía tiempo que no hacía sus practicas de piano. El doctor andaba cabizbajo. La niña estaba pálida. Languidecía. 

Temía el doctor que el azote de la época se hubiese instalado en su hogar. La temida tuberculosis hacía estragos en esos tiempos. 
Él tenía más que claros los síntomas de ésta enfermedad. En Manuela no se daban. También había barajado la posibilidad de que una tenia, un parásito que se instala en el intestino humano absorbiendo todos los elementos vitales de la sangre, la hubiese invadido. También lo había descartado. Se aplicaron los remedios conocidos sin resultado.

Varios colegas conocidos del doctor visitaban a Manuela. Ninguno encontraba el diagnóstico de la enfermedad.

 La preocupación de todos se estaba convirtiendo en angustia.  La niña no se levantaba ya de la cama, y su final se veía cercano. 
La adolescente Clarita, sufría por la desgracia de sus benefactores.

Marchó Clarita de incógnito a visitar a una señora a la que, por curar por medio de oraciones, la llamaban "santera". Tenía ésta una habilidad fuera de lo común para sanar a los enfermos con tisanas y brebajes, acompañados de oraciones y jaculatorias.

Después de contarle Clarita a la señora todo lo que ella quiso saber,  ésta quedó un rato a solas en oración.
 Concluidas  sus oraciones le dijo: 
--La niña no tiene mal de ojo. Diles a sus padres que si el relleno de su almohada es de plumas de ave que lo sustituyan.

Lo trágico de la situación le dio el impulso para vencer su timidez. No era tarea fácil dirigirse a los señores para hacer la sugerencia. ¿Cómo explicarlo?  Pensó que no había tiempo que perder y se dirigió con valentía a la habitación de la moribunda. Todo un conjunto de grandes eruditos en medicina acompañaban a los afligidos padres junto al lecho de la niña. Con voz temblorosa les dijo: 
 --Disculpen los señores, conozco a una señora, que sana con hierbas. Creo que no se pierde nada con seguir su consejo. Me ha aconsejado que, si es de plumas de ave el relleno de la almohada de Manuela, se le sustituya por otro que no lo sea.

 Todos la miraban con cierta curiosidad. La reacción de la madre fue inmediata. Se dirigió hacia la niña y, con exquisito cuidado, retiró la almohada dando la orden de que trajesen otra que no tuviera relleno de plumas de ave.
  
Igual que sale el sol después de la tormenta, así sucedió con Manuela. Quedó sumida en profundo sueño. Despertó con apetito, y fue resurgiendo de su letargo. Volvió la alegría a Villa Adriana. La adolescente Clarita, había ganado la estima de todos para siempre. 






    





domingo, 15 de junio de 2014

SUCEDIÓ A PRINCIPIOS DEL NOVECIENTOS

 Clarita estaba asustada. Le había dicho su madre que preparara sus cosas que se iba a servir a casa del doctor Amador.


 Éste veraneaba en el campo, en una finca de su propiedad colindante con la casa de los padres de Clarita.


  La esposa del doctor, movida por un sentimiento de compasión al ver a la niña en un grado peligroso de desnutrición, le dijo a su madre que la dejase ir con ellos a la capital.


 Anduvo escondida llorando hasta que llegó la hora de la partida. En contadas ocasiones había visitado la capital, precisamente para ir a la consulta del doctor. Éste, de un modo altruista, resolvía los problemas de salud y ayudaba en muchas ocasiones a sus desfavorecidos vecinos.  

 --¿Por dónde andas hija? --La llamaba su madre-- ¡Venga, que te están esperando!

 Subió al coche sin mirar a nadie. En el asiento trasero, encogida, con la mirada perdida, sonrojada, se sentía como parte del equipaje. 


 La familia del doctor al completo se componía del matrimonio, la hija (Manuela), y la madre de éste (doña Virginia) que vivía con ellos. Charlaban éstos ignorándola de un modo total. Manuela hacía comentarios que a ella le resultaban sorprendentes. Su léxico rara vez lo comprendía. Tenía la sensación de que estaba dando un salto hacia un mundo desconocido lleno de seres extraños. 

  
El trayecto hasta la capital se le hizo largo. Sentía una presión desagradable en su estómago. En cierto momento pensó que iba a vomitar.



  Nada más llegar, doña Virginia la condujo hasta las dependencias de la servidumbre. Allí estaba Engracia, la cocinera, y Concha, la que hacía las tareas de la casa. 

   --Encargaros de que se bañe --les dijo. Os traeré ropa limpia. Llevarla a la consulta cuando esté lista para que la examine el doctor.
   Fue muy humillante para ella que aquellas dos desconocidas la vieran desnuda. También oír sus comentarios sobre su delgadez.


En la consulta esperaban el doctor, su señora y doña Virginia.

Otra vez se hubo de desnudar delante de todos con el consiguiente pudor. Se sentía indefensa.
  La examinó el doctor. Sintió el frío del fonendoscopio auscultando su pecho y espalda. La mandó sentar y anduvo el doctor golpeando sus rodillas con un martillo, por suerte no muy grande. Inspeccionó sus oídos, su cuero cabelludo, sus ojos, sus narices, su boca, y ciertas partes que nadie antes había mirado. 
  
 Por fin, las señoras que se hallaban expectantes y ansiosas, temerosas de haber metido en casa un nido de infecciones, hallaron la tranquilidad con la explicación del doctor: 
 --Está sana. Con los cuidados adecuados pronto se recuperará.



Le fue asignada una cama para ella sola. En su casa, en el campo, dormían las tres hermanas en el mismo lecho. En invierno, antes de Navidad cuando los pavos estaban grandes, su madre los escondía en la habitación de las niñas por las noches para protegerlos de los ladrones.


Este hecho le causaba tal humillación, que se cuidaba mucho de comentarlo con nadie. 



 La vistieron con ropa de Manuela. A pesar de tener ésta diez años y ella trece le venía grande. No le gustó mucho el hecho, pero le gustó mucho menos el aceite de hígado de bacalao que le hicieron tomar. Aquello sabía a demonios. Si hubiese estado en casa, de ninguna manera lo hubría tomado, --pensaba ella.

  De momento la dejaban dormir cuanto quería y no le pusieron obligaciones. Andaba como una sombra por las dependencias de la servidumbre. Para que se entretuviera, Concha le dio un paño y la mandó pasarlo, uno por uno, a todos los libros de la biblioteca. Los ojos de Clarita se agrandaron cuando vio tantos libros  apilados uno junto a otro en las estanterías. Ella sólo había visto dos: La Primera Enciclopedia y Lecturas y Dibujos. Con ellos había aprendido a leer sin profundizar mucho en las reglas de ortografía y sintaxis para un uso correcto del idioma y la escritura. 

 Pasaba las horas encerrada cumpliendo esta tarea, según creía Concha, que era la responsable de su cuidado, pero la realidad era otra. Había descubierto "El Libro de la Selva" de Rudyard Kipligng. Después de éste vinieron, La Isla del Tesoro, y  otros. Un mundo nunca vivido se habría ante sus ojos. Dos Años de Vacaciones de Julio Verne le impactó. Aquella aventura la mantuvo un día entero en otro mundo. Decidió leer la colección completa.

 Increíble la agilidad que fue adquiriendo en lectura y comprensión de los textos. Soñaba con saber expresar sus pensamientos con aquellas palabras tan cultas y bellas.
 --¡Qué cosas se me ocurren! --Decía para sí-- y, ¿por qué no? Oigo decir al doctor a muchos de sus pacientes que, si pones empeño, todo se puede conseguir. Que aquello que se cultiva es lo que florece.



 Pasaban los días y la niña desnutrida y mal cuidada iba cambiando de aspecto y de hábitos. Descubrió el placer que proporciona el aseo personal y la lectura. Sentirse plena y bien nutrida. Por fin apareció la menstruación, y en unos meses su aspecto de niña se iba transformando. La promesa de una bella mujer se hacía patente. 


 Se esforzaba en ser útil, pero sobre todo en ampliar sus conocimientos del idioma. Se había propuesto que un día, ella, sería escritora.



 Había pasado casi un año. El verano ya se hacía notar con las altas temperaturas propias de la zona. Manuela había vuelto del colegio y se preparaba la marcha para la residencia del campo. Todo había sido como un sueño para Clarita. Ahora, su temor era que la dejasen en casa de sus padres. Por suerte, el doctor tenía planes para ella. En vista de la evolución tan sensacional que había tenido en todos los sentidos, le preparaba un empleo en su consulta. Observaba cómo la niña se promocionaba y adquiría un encanto especial. Un día en que su recepcionista se puso enferma la sustituyó con soltura y talento.  Quedó patente que había en ella una promesa de aptitud para ocupar el cargo.

 Llegados al campo, su familia la miraba con ojos atónitos. Ahora su melena era larga. Negra como el azabache. Los ojos grandes, claros, de un gris azulado tenían el brillo de la salud y la juventud. Su perfecta dentadura, limpia, resaltaba en su amplia sonrisa. Sí, todos pensaban que era una belleza.



 Había nacido para ser querida y admirada y nadie iba a cambiar su destino. <<Continuará>>












EL PATO CLETINO

 El pato Cletino tenía calor. Entre juncos y cañas, nadando en el río, transcurría su vida. Tenía muchos hermanitos; pero a él, que era muy independiente, le gustaba nadar solo. Lo que más le gustaba comer... ¡Caracoles!

 Tenía su pico de pato, patas palmeadas de pato, porque como él era un pato, por eso tenía todo lo que tiene un pato. 

Gastaba bromas a sus hermanos cuando sesteaban en las márgenes del río debajo del puente.

 Estos, a veces, le hacían el boicot porque se las daba de listo. 

Siempre estaba mamá pata a la expectativa porque terminaban utilizando los picos de una manera poco apropiada, picándose unos a otros con la consiguiente algarabía.
--¡Cua, cua, cua!  --Decía mamá pata--, que traducido quiere decir:  ¡Estoy de los nervios!

 A mamá pata le sorprendían algunas veces, cuando se paraba para escucharlo, las ocurrencias de Cletino: 
 --Mamá, ¿A que no sabes cómo puede cruzar un pato un puente nadando con una pata sola? 
 --¡Qué ocurrencia! --Que traducido al idioma patuno quiere decir: ¡Cua, cua, cua! 

 Las amigas de mamá pata, que, por cierto, siempre estaban de cotilleo, le decían a raíz de escuchar su comentario sobre la ocurrencia se su hijo : --Cua, cua, cua,  --Que traducido quiere decir: ¡Esto parece una adivinanza! 

 Mamá pata, preguntó a Cletino: --¿Cua, cua, cua?-- Que traducido quiere decir: --¿Es sto una adivinanza?
--Me tacháis de sabiondo, --contestó él--  ¿Se puede cruzar un puente nadando con una pata sola? 

  Mamá pata decía que no. Cletino decía que lo podía demostrar. 
 Decidieron todos los patos del río hacer una concentración para que demostrara Cletino su habilidad para cruzar el puente nadando con una pata sola.

Aquello resultó espectacular. Todos los patos apostados en ambas orillas para ver a Cletino cruzar el río nadando con una pata sola.

 Cletino con sonrisa pícara, solicitó a una de sus hermanas para que le acompañara en un cruce de prueba. Esta accedió y nadaron juntos, ante la expectación de todos, por debajo del puente. 
 --¡Cua, cua, cua,! Decía eufórico Cletino. Que traducido quiere decir: ¡Lo he conseguido, he pasado el puente nadando con una pata sola!
     

lunes, 9 de junio de 2014

MI QUERIDO TELO

 Las lágrimas cegaban sus ojos. Levantó el pie del acelerador y se dispuso a aparcar el coche, la congoja le hacía imposible seguir conduciendo. En su aturdimiento olvidó que el coche era automático, al pisar el freno pensando que era el embrague, la sacudida fue tremenda. Era noche cerrada y la autovía estaba desierta. Un fuerte viento de levante hacía presagiar que en el mar habría tormenta.

 Sin dejar de llorar, miró Adelina a su fiel compañero que yacía en el asiento del copiloto. Gimiendo quiso arrancar de nuevo y otra vez volvió a utilizar el pie izquierdo. La fuerte sacudida del Mercedes automático desplazó del asiento a Telo, cayendo éste hacia delante. Ella le volvió a acomodar emprendiendo compungida el camino de su casa de la playa.

Al llegar, le sobrecogió la soledad de la noche invernal en el entorno de casas vacías. No se veía ni una sola ventana iluminada, ni un solo coche que denotara la presencia de un ser humano en aquellos contornos.
 El viento humedecía las puertas y ventanas, y el mar, embravecido, parecía querer penetrar hasta el salón con sus olas espumosas.

Sentada frente a Telo, al que había tendido en el sofá, le hablaba como si éste pudiese escucharla: --Mañana te enterraré donde sé que te hubiese gustado reposar. Nadie sabe que te has ido, yo te echaré de menos, querido Telo... De pronto, un grito humano se oyó con claridad mezclado con los gemidos del viento. Sobresaltada, sintió como si alguien cayese junto a la puerta. 

Dio un salto instintivo, abrió, y sí..., en el suelo había alguien al parecer inconsciente. Una ráfaga de la ventisca estuvo a punto de tumbarla a ella también, pero esto no era tarea fácil, los kilos de grasa acumulada año tras año en su cuerpo la hicieron quedar tan firme como la torre centenaria a la que su casa estaba adosada. Ni la furia de los vientos, ni el batir de las olas, habían mermado lo más mínimo la fortaleza de sus sillares.

Con cautela, comprobó que se trataba de una mujer. Ésta, al acercarse ella, abrió los ojos, y de modo impulsivo se levantó y se abrazó a su cuello. Lloraba. De pronto, la empujó con violencia hacia dentro de la casa cerrando la puerta con un golpe fuerte y dijo:
--¡Disculpe señora! ¡Corremos gran peligro! Vengo huyendo de unos maleantes que me han asaltado en mi casa. Está unas calles más atrás. No sé cuantos van. Creo que más de cuatro. ¿Tiene móvil para llamar a la policía? 

 Adela estaba perpleja. Tenía ante sí a una mujer escultural con sus ropas empapadas hasta el punto de hacer un charco en el salón. Su melena pelirroja también goteaba. Con la noche de invierno que hacía, pensó que lo estaría pasando mal y que era urgente que se cambiase de ropa.
--¡Si, llamaremos a la policía, pero antes miraremos qué tengo por aquí para que te cambies de ropa, estás empapada -dijo.

No había terminado de hablar, cuando se oyeron ruidos que venían de la puerta de entrada.
--¡Corramos, corramos! Dijo Adelina dirigiendo sus pasos con premura hasta un punto determinado de una gran librería que había en el salón. Pulsando en un resorte oculto, ésta fue cediendo quedando al descubierto una puerta blindada que daba asceso a la torre. 
--¡Dios mio! --Dijo la evadida--. No salgo de mi asombro. ¿Quién ha tenido esta idea!

--Mi marido,--dijo Adelina-- en tiempos ya lejanos sólo estaba la torre. Servía para vigilar e impedir las incursiones de los piratas. La compramos. Mi marido era un
apasionado de las antigüedades arquitectónicas. Hicimos la casa adosada a ella. Mi marido no tuvo tiempo de disfrutarla, al poco de acabarla, falleció.

Entraron. Quedaron sumidas en la oscuridad. La puerta volvió a ocultarse y Adelina hizo servir su móvil de linterna. Subieron por la escalera que conducía a la única sala existente justo debajo de la terraza de las almenas. 

Buscaba Adelina el interruptor. Un hedor nauseabundo les golpeó nada más abrir la puerta. Aquello era un nido de gaviotas. Los excrementos lo invadían todo. Salieron a la terraza, el viento hacía tiritar de frío a la evadida con sus ropas mojadas pegadas al cuerpo.

 Recordó Adelina que tenía unos baúles con ropas del vestuario de cuando hacía teatro. Entraron. Andaba con repugnancia pisando la inmundicia: resbaló dando con su exceso de kilos encima de aquella materia orgánica, impregnándose toda ella.

--¡Dios mio! --dijo la evadida-- ¡Esto sobrepasa los límites de mi comprensión! ¿Cómo ha podido almacenar tanta grasa en su cuerpo, mujer de Dios? Veremos qué hacemos ahora, --decía acercando una silla para que se agarrase.
 --¡Señora! ¿Cree apropiado el comentario? Decía Adelina mirándola desde el suelo con la cara salpicada con heces de gaviota.

 Las dos aunaron esfuerzos y, por fin, se levantó. Abrieron el baúl. Un traje de una obra de Enrique VIII sirvió para Adelina. Otro de Ana Bolena vino bien a nuestra evadida. Cuando se vieron vestidas de esta manera, las dos rieron de buena gana.

--Aún no me has dicho tu nombre, --le dijo Adelina atusándose las arrugas del traje.

--¡Es cierto, no nos hemos presentado! Pues allá va:
Yo soy Isabel, escritora. El motivo por el que me hallo en este lugar solitario en esta época del año es éste: vengo buscando vivencias, aventuras para escribir mi próxima novela, y... estoy aquí vestida de Ana Bolena, perseguida por unos maleantes, encerrada en una torre inmunda con una señora que no sé ni cómo se llama. Las dos rieron.

--Pues, yo soy Adelina. Estoy aquí porque soy la dueña de esta torre, y he venido en esta noche infernal a enterrar a mi perro. Creo que lo más sensato es que llamemos a la policía. Un olor a chamuscado les sacó de sus coloquios. Salieron a mirar con disimulo por un hueco de las almenas. Una hoguera crepitaba en el jardín avivada por el fuerte viento. Olía a carne quemada.

--¡Dios mio! ¡Están  incinerando al perro! Exclamó Adelina horrorizada. ¡Dios quiera que venga pronto la policía!
Fueron descubiertas. Con una ballesta que decoraba el salón trataban de lanzar las flechas hacia ellas.
--¡Qué manía la de mi marido con las cosas medievales! Se quejaba Adelina mientras corrían a refugiarse a la sala.
--¡Ten cuidado Adelina, no vayas a resbalar y manches ese traje tan hermoso que llevas puesto! --Le avisaba Isabel, que a pesar de las circunstancias no perdía el sentido del humor.

Se oyó la sirena de la policía. Se dispusieron a bajar sin tener en cuenta lo peculiar de sus atuendos. Las vieron salir de detrás de la librería de aquella guisa. Los delincuentes habían desaparecido sin dejar rastro. Por más explicaciones que dieron no las creían, se las llevaron detenidas.

Cuando llegaron a la comisaría todos los allí presentes sintieron arcadas. Hubo hasta vómitos, se apresuraron a abrir ventanas y las encerraron sin dilaciones. Los delincuentes que había allí, les querían pegar por no poder soportar lo mal que olían. 

--Espero que me harás protagonista de tu próxima novela,--Le decía Adelina a Isabel. 
--Prometido, si adelgazas treinta kilos.