miércoles, 26 de febrero de 2014

ALARMA EN LA COLMENA

 En la colmena cundía el pánico. La Reina montada en cólera, había proclamado convocatoria. Ciertos rumores le habían forzado a tomar una decisión: Dejar de poner huevos para castigar a los
atrevidos. Una abeja obrera había puesto los ojos en el zángano elegido para fecundar a la nueva Reina.

  Todas las obreras, formadas ante su Majestad, miraban de reojo a la insurrecta.
--Ella sabía desde siempre que no le era permitido amar --decían sus compañeras.

 No existe ni ha existido una mirada tan desolada y triste como la de nuestra abejita.  Ojos caídos, alas arrastrando por el suelo, cestillo vacío, cinco días sin salir a libar las flores.

  La Reina, cosa inusual en ella, se había propuesto poner las cosas en orden. Llegó el día del juicio:
 --¡Tú! ¿Cómo te atreves a poner los ojos en el elegido?, --decía la
Reina-- de sobra sabes que no puedes enamorarte. Sólo puedes trabajar y servir a la comunidad. ¡Estás castigada a cuidar tú sola todas las celdillas, alimentar a todos los pollos y traer tres cestillos de polen de romero todos los días!

 --¡Y tú, zángano infiel, quedarás inutilizado para volar, con tus alas presas en miel!

 La pobre abeja, lloraba tanto, que tuvieron que encerrarla en una celdilla. Abrir con el aguijón de un zángano un desagüe al exterior tenía riesgo de inundación.

  Por fin llegó el día para hacer una nueva Reina. Soltaron a la princesa. Voló alto, muy alto. Los zánganos salieron tras ella con ansias locas de alcanzarla. El más ágil y fuerte la alcanzó y cumplió su triste destino. Después de alcanzar la gloria, murió.

 En la colmena todo era cuchicheo. La abejas obreras, en complot con la Reina, comentaban que, una vez fecundada la princesa, los zánganos restantes eran un estorbo. Comían mucho, y ensuciaban en vez de colaborar. Acordaron que esa noche acabarían con todos.

    La abeja enamorada, al oír los comentarios, se llenó de adrenalina. De ninguna manera iba a consentir que eliminaran a su
enamorado de una manera tan ladina y cruel. Utilizó su trompetilla de libar la flores para agrandar el desagüe y escapar. Por una entrada que sólo ella conocía, llegó donde estaba su amor preso en miel.

  Escaparon. 
--Tendremos que ser amantes platónicos, --decía la abeja a su enamorado-- yo no estoy dotada para el amor sexual. 
--Cuando dos espíritus conectan, va en ello el placer de cualquier categoría que quieras aplicarle.
   
  Marcharon juntos. Siguieron como siempre:  ella trabajaba y hacía miel, él miraba cómo trabajaba y comía. Nunca más la mirada de la abeja fue triste, ni sus alas caídas. Parecía frágil como un suspiro, pero no, era fuerte como un girasol.

 Un día, cansado el zángano de no hacer nada, puso una escuela para zánganos que tampoco hacían nada. Hasta los lugares más recónditos había llegado el dicho:  "Es un zángano", cuando quieren vapulear a cualquier individuo falto de iniciativas. Esto se iba a terminar. Él les enseñaría a ser zánganos de provecho.

  Todos le querían y agradecían sus esfuerzos. En su cumpleaños le regalaron una buena ración de Jalea Real:
¡Esto para ti, porque te lo mereces por enseñarnos a ser Zánganos de Primera!


 Lo agradeció de corazón. Él sabía que sólo era privilegio de la Reina comer la Jalea Real.
     


sábado, 8 de febrero de 2014

RANITA QUITA




 La ranita Quita no era feliz, no se sentía satisfecha de sí misma. Siempre enterrada en la arena del desierto.Todo lo que poseía le había sido regalado. Cuando llovía salía hacía acopio de agua desovaba sus huevecillos, y a dormir al calor de la arena.

 Un día, con andar cadencioso, marchó cabizbaja dejando un largo camino marcado por las dunas del desierto.
  Un científico inquieto buscaba habitantes escondidos en las arenas. Sentía fascinación por los desiertos. Parecen estériles y sin  vida y escondidos en la arena viven cantidad de seres adaptados a su medio. Encontró  el sendero marcado por la ranita Quita y lo iba siguiendo. Ésta, se había escondido para descansar a la sombra de una duna en forma de concha.


 Como el sendero marcado terminaba allí, nuestro hombre  decidió tomarse un descanso y quedó dormido.
  Aprovechó la ocasión la ranita y  se colocó en un bolsillo de su mochila. Procuró no dormir y tener los ojos bien abiertos, tenía que vivir grandes aventuras; aprender, ¿Quién sabe? ¡Quizá su vida cambiara y le encontrara un sentido!

 Viajó, primero en tren, luego en barco, y por fin en avión.
La mochila fue depositada en el portal de una casa con jardín. Pensó que era buen momento para continuar ella sola su aventura.  

 Marchó dando saltos a esconderse en el seto del jardín colindante, hasta que inspeccionara el terreno y se hiciera cargo de la situación.

 Se oían voces extrañas. Ella nunca imaginó que cosas así se pudieran oír. Después de mucho intentarlo llegó a ésta conclusión:
 Hacían sonar instrumentos con maestría adquirida con el trabajo constante de muchos años.

-¡Qué pena! -decía para sí- ¡Cuantas cosas hay para poder hacer y yo toda mi vida durmiendo! Se metió dentro de un piano. Viajó a un lugar donde instrumentos de diferentes formas sacaban acordes que le hicieron llorar  de emoción. 

A un violín que sonaba de maravilla   lo protegía la policía.  Pensó que por delincuente; pero no, era por su antigüedad y su valor. Se llamaba "Stradivarius". Quizá tenia tendencia a extraviarse -pensó.
 También viajó dentro de una guitarra. Oyó una voz que decía: voy a echar una siesta -¡vaya! -pensó- a éste le pasa como a mí le gusta vivir bien.
  
Lo pasó genial. Andaba de fiesta en fiesta. ¡Qué trajes! ¡Qué colorido! A veces, creía estar en el desierto por el calor que hacía.

 Aprendió que es saludable echar una siesta. Que no hay que avergonzarse por ello. Cada uno hace lo que le enseñan sus mayores. Sólo hay que intentar mejorarlo y ser feliz, porque los que  te quieren sólo pueden ser felices si tú lo eres... y se dispuso a echar una siestecita. 

 Al despertar, se sorprendió, no por los ruidos, sino por el silencio. Sacó la cabeza con cuidado, y vio que estaban a la sombra de una duna en forma de concha. -¡Es mi destino!- Se dijo. Salió decidida con firme determinación:

¡Haría una orquesta con todas la ranas del desierto! Cuando venga la lluvia, cantarán y llenarán el desierto de acordes musicales. 

viernes, 7 de febrero de 2014

AFRODITA Y ADONIS

Las zapatillas estaban sucias y el humor por los suelos. La ventana abierta dejaba entrar el aire fresco de la mañana; gracias a eso se podía respirar. Las duchas no eran muy frecuentes a pesar del cartel que su amigo había colgado frente a su cama: "EL AGUA Y EL JABÓN NO HACEN DAÑO AL PULMÓN". Singular donde los haya, pensaba que, así como Sansón tenía la fuerza en el pelo, él la tenía en las uñas de los pies. Garfios enroscados parecían las suyas. De zapatos usaba dos números más de la cuenta. Un día, su amiga más íntima se las cortó cuando dormía. Pasó una semana en la cama alegando que su debilidad era extrema; eso sí, con musiquilla de fondo.

Escritor de humor, tenía los chistes esparcidos por el suelo. -¿A que parece una calamidad de hombre? ¡Pues no, era una buena persona! Daba lo que tenía, amigo de sus amigos; en fin, que sólo le faltaba enamorarse de verdad. 

A millones de años luz de distancia, se preparaba un milagro par él. Una partícula cósmica visitaba el planeta con frecuencia inusual. Había encontrado un atajo. Se colaba por un agujero negro, y, en media hora terrestre, se plantaba en el planeta con toda facilidad. No tenía manos, ni ojos, ni boca; lo que sí tenía era una gran sensibilidad. Se había enamorado. Todas las mañanas se colaba por la ventana para darle un beso a nuestro amigo el güárrete. Soñaba con tener manos, boca, y... todo lo demás. Pensaba que, si los tuviese, le cuidaría. Le compraría vestuario con estilo y pasearían por el parque cogidos de la  
mano. 

Lo que se desea con fuerza se convierte en realidad, siempre que sea un sueño de amor. Nuestra partícula enamorada, un día se quedó en la tierra el tiempo suficiente. Le crecieron sus manos, su boca y todo lo demás. Se hizo la encontradiza en un baile de disfraces. Vestía de Afrodita. Su belleza era digna de la diosa a la que representaba. Nuestro amigo quedó inutilizado para escribir chistes  de  humor, sólo le salían poemas de amor. Quedaron en verse. Gastó parte de sus ahorros en ropa. Pasó la mañana en el salón de estilismo. Se presentó a la cita, cómo un Adonis digno de una Afrodita. Su casa olía a rosas, por si acaso... ¡EL PODER QUE TIENE EL AMOR! 

miércoles, 5 de febrero de 2014

ERASE UNA VEZ.....

Érase una vez una (O) que se sentía la más feliz del mundo. Se deslizaba éntre sílabas construyendo bellas palabras que la enardecían y llenaban de un éxtasis celestial.

   Quiso hácer sociedad con la (I) y con la (E) Éstas le dijeron:
-¡Nosotras no tenemos imaginación, solas no podemos decir nada!
-¡Todas unidas podremos! -les decía la (O) empeñada en conseguir su propósito.
- La (I), haciendo gala de compañerismo, les dijo:
-¿Qué hacemos con la (U) y con la (A), no les vamos a decir nada?
-Seremos cinco cómo siempre. Tenemos que reclutar a las consonantes, junto con los signos de puntuación haremos maravillas.

-¿Y qué vamos a decir?, -preguntaba la (I)  asustada.
-Todas juntas diremos lo que se nos ocurra, que pára eso estamos, aclaró la (U), que parecía un poco enfadada. Cogió con decisión la batuta y se puso a dirigirlas a todas:
-¡Tú, ponte aquí!, ¡Tú, ponte allá! Con mano diestra y experiencia de siglos, fue combinando, vocales consonantes y signos de puntuación, quedando prendada del resultado: 
    
 -¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
     ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
      que a mi puerta cubierto de rocío,
      pasas las noches del invierno oscuras?
   
    -¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
     pues no te abrí! ¿Qué extraño desvarío,
     si de mi ingratitud el hielo frío 
      secó las llagas de tus plantas puras?

     -¡Cuantas veces el ángel me decía:
     "Alma, asómate ahóra a la ventana,
      verás con cuánto amor porfía"

      -¡Y cuantas, hermosura soberana:
       "Mañana te abriremos respondía"
       ¡Pára lo mismo responder mañana!

- ¡Pero, bueno!... ¡Si eso es de Lope de Vega! Eso ya estaba escrito,
-protestaron al unísono. 
-¿Tengo yo la culpa de que eso ande suelto por ahí, y se me haya copiado? -Se disculpaba la (U). 
-¡Ya no dirijo más, ahóra que dirija quien quiera!    

   

lunes, 3 de febrero de 2014

LA FUENTE CRISTALINA

  En el mundanal ruido, a penas había un momento de respiro para el joven Mario Cabero, doctor en medicina. Se hallaba inmerso en un mar de dudas; a pesar de su entrega total al cumplimiento de su profesión con toda honestidad y capacidad a quién solicitaba sus servicios, en su fuero interno, tenía necesidad imperiosa de un cambio en su vida, un descanso espiritual para su alma que sentía de un modo demoledor los sufrimientos y penurias ajenas.

A veces, cerraba los ojos y se imaginaba en ciertos parajes que un día, por cosas de la casualidad, viera. En un viaje de rescate en helicóptero, éste sufrió una avería, fue necesario un aterrizaje forzoso. Desde aquél día, subyugado por la belleza del lugar, rondaba en su mente el pedir un año sabático y vivir una experiencia insólita de soledad y supervivencia. 

NO fue fácil, pero, cierto día que tuvo que sufrir la pérdida de un paciente, un joven de dieciocho años, por el que se había esforzado hasta el máximo, tomó la decisión de su vida. Puso en marcha los procedimientos y, a pesar de las controversias, preparó su viaje hacia su pretendida aventura.  
Se había despedido de todos. Atrás quedaban todas las comodidades, los amigos y la familia. 

  Cerraba los ojos. Imaginaba los picos de los montes que, en la distancia, besaban las nubes. ¿Donde iba a ir?  Sólo él lo sabía. Ni teléfono, ni comunicación posible.
  
   El lugar era abrupto. En un  helicóptero transportaba los escasos pertrechos, a él, su perro, un pastor alemán   y una pareja, macho y hembra, de cabras. Los dejó en unas soledades perdidas en picos y vaguadas de montes.

  Nadie sabía que en aquel lugar existía una cueva. Él la descubrió aquél día que anduvo por aquellos lugares.  Se le podía llamar "La Capilla Sixtina", no sólo por la belleza de sus estalagmitas, sino también, por sus preciosas y profusas pinturas rupestres. Las aguas cristalinas de una fuente caían en cascada desde lo alto.  
  
   Instaló en un recodo, que parecía echo a propósito, sus enseres y su avituallamiento, y se dispuso a vivir su vida de ermitaño. Provisto de herramientas rudimentarias, con el hacha en la mano, salió al exterior a construir un cercado para sus cabras.

   La primavera casi tocaba su fin. Un viento agradable le acariciaba el rostro cómo en señal de bienvenida. No halló problemas. En poco tiempo  hizo el cercado y puso a sus compañeras a buen recaudo. Confiaba en ellas para la supervivencia.
  
   -¿Qué haces tú aquí? -Sentía una voz interior que le preguntaba. 
-Busco el cómo y el porqué, los puntos y las comas -otra voz le respondía.
     
   El  Sol salía, cómo tenía por costumbre, todos los días. Él le esperaba sentado en lo alto de un monte. Gustaba de darle los buenos días porque siempre recibía una cálida respuesta. Un día, mientras le esperaba, horadaba con su machete una protuberancia agrietada que había llamado su atención varias veces. 
-¿Qué es  ésto? -Un tubérculo  parecido a una patata salió del pequeño promontorio. Se propuso recolectarlos, había leído que, en cierto monasterio de la antigüedad,  los comían.

   En las noches oscuras, allá en la lejanía, creía atisbar un resplandor que le daba qué pensar. Tomó la decisión de salir de
marcha y averiguar qué era aquello. Preparó su mochila sin olvidar su minitienda de campaña. Marchó con la compañía de su perro . Le era cotidiano mantener largas conversaciones con él, siempre le escuchaba y nunca le contradecía. Estaba encantado con su compañía. 
Anduvo todo el día. Hacía altos en el camino siempre que lo creía oportuno para recolectar los tubérculos, que sólo daban señales de su existencia con  protuberancias agrietadas.

   Al atardecer instaló su tienda. Repuso energías con un queso, que él mismo había hecho con la leche de su cabra, y varios tubérculos asados que hacían las veces de pan. Durmió tranquilo. Había su perro, fiel guardián que le protegía. Cercano el amanecer, un sueño premonitorio le mantuvo todo el día con cierto desasosiego. Una voz suave, suave, le susurraba muy bajito:
-Quiero hablar a tu espíritu sin que se enteren tus sentidos.
-Esto no es posible, -respondía él- mi oído es quien te percibe. Es uno de mis sentidos.
-¿No has oído hablar del sexto sentido?
-Si, algo he oído.
-Por el sexto sentido nos entenderemos.
  
   Llegada la mañana se sentía descansado. Desayunó de lo mismo que cenó. Siguió su camino meditando sobre el extraño sueño que se hacía  más misterioso influido por la soledad. En el camino encontró un arroyo. Guiado por el sexto sentido siguió su curso. Anduvo en pos de sus orillas largo trecho. Sus pies cansados le detuvieron a la sombra de un sauce que parecía llorarle al agua. Quedó dormido al calor de su perro.

   Creía estar soñando. Unas voces excelsas parecían venir del infinito. Su perro le devolvió a la realidad con ladridos de aviso. Marchó éste corriendo e invitándole a que le siguiese. Cómo por arte de magia, un monasterio románico apareció ante sus deslumbrados ojos. 
-Ya has llegado -le dijo su sexto sentido.
La inmensa y milenaria mole parecía estar hecha para la eternidad. Al abrigo de su pórtico se hallaba un portón de descomunales dimensiones. 

   Golpeó su aldabón tres veces. Al rato, un leve ruido denotaba que la mirilla había sido abierta. La puerta empezó a ceder haciendo chirriar sus goznes herrumbrosos.  El claustro estaba desierto y silencioso. Respiraba sobriedad. Enmarcado por sus columnatas con sus capiteles tallados por manos de artistas, dignos de pedestales en la gloria. Sobrecogido, siguió  adelante ganado por la curiosidad. De
pronto, un  estallido de voces con ecos profundos y misteriosos de los cantos gregorianos llenaron los espacios de tal forma, que hacía imposible averiguar de donde provenían. Un  fraile encapuchado le salió al paso. Parco en palabras le dijo que le siguiera.  En un despacho que, para nada se podía llamar austero por la importancia de su tallado, un anciano de blanca barba y ojos penetrantes le recibió; se levantó, le dio la mano, y,  le rogó que le siguiese.  De acuerdo con su sexto sentido, le siguió a través de pasillos y escaleras.

   Tres hombres de mediana edad estaban muy enfermos. En sus celdas sufrían dolores terribles. No podían comer, pues la hinchazón  de sus bocas lo hacía ya imposible. Se le hizo patente, casi al instante, el diagnóstico de aquella enfermedad. La carencia total de vitamina C les había producido una grave enfermedad. En su avituallamiento había puesto gran profusión de complejos vitamínicos   para paliar una deficiente nutrición. 

   Cómo los había dejado en la cueva, se puso en camino. Ni pernoctó ni recolectó. Desandando lo andado llegó al lugar. Hizo acopio de lo que necesitaba y marchó con sus cabras y su perro. No sabía el tiempo que tardaría en volver.

   El padre Anselmo le dio conocimiento del celo tan excelso que ponían los hermanos en el cumplimiento de las reglas. De ahí el motivo de las carencias nutricionales. 
-Padre Anselmo, cambie las reglas de su orden,  -le dijo-  el cuerpo humano  no es algo miserable que hay que combatir ni abatir. Es el templo donde DIOS habita. Del que se vale para completar su creación en la tierra. Cuidémonos con esmero, cuerpo y espíritu están creados para habitar juntos.

   Se quedó en el monasterio hasta que los enfermos sanaron. Después, marchó a terminar su año sabático en compañía de su perro, sus cabras, y su sexto sentido.   FIN